04 de setembre 2012

Un poema de amor no escrito de W. H. Auden



Entre las múltiples y variadas “cartas de almor”[1] que se han escrito y se seguirán escribiendo, hay un subgénero muy especial, tal vez el más sutil y verdadero, del que habría que hacer alguna vez el catálogo siguiendo el mejor espíritu macedoniano (de Macedonio Fernández). Es el género de las cartas-poema de amor que no cesan de no escribirse pero que no por ello dejan de llegar a su destinatario — como todas las demás cartas, por otra parte, si seguimos la conocida indicación de Jacques Lacan según la cual toda carta-letra llega siempre a su destinatario—. En dicho catálogo, necesariamente incompleto, debería figurar en lugar distinguido el texto que me ha sugerido esta nota y que se debe a la pluma del gran poeta inglés —autor, entre otros, del notable In Memory of Sigmund Freud—, llamado Wystan Hugh Auden. La carta-poema lleva un título ilustre, en alemán: Dichtung und Wahrheit, como el famoso texto de Goethe, “Poesía y verdad”. Y un subtítulo enigmático: An Unwritten Poem, “Un poema no escrito”.
El primer párrafo del texto empieza del siguiente modo: “A la espera de que llegues mañana, me sorprendo pensando Te amo: y viene después la siguiente reflexión: Me gustaría escribir un poema que expresara exactamente lo que quiero decir cuando pienso estas palabras.[2] Los cuarenta y nueve párrafos siguientes, debidamente numerados y de una lúcida y fina escritura, son un desesperado intento de cumplir este anhelo hasta llegar a la constatación de su imposibilidad lógica: “las palabras no pueden verificarse a sí mismas”. Sin embargo, durante el recorrido que rodea este real imposible de escribir W. H. Auden ha desgranado una serie de consecuencias nada despreciables sobre la experiencia del amor, toda ella entretejida en el lenguaje, en las palabras que no pueden verificarse a sí mismas y que verifican así aquel axioma lacaniano: “no hay metalenguaje”. Es un axioma enteramente compatible, idéntico de hecho en su modo de abordar lo real, al igualmente conocido: “no hay relación sexual”… que pueda escribirse. Pero hay que probarlo para comprobarlo, hay que tirar los dados necesariamente para entender la contingencia de este encuentro con lo real que llamamos amor y que viene al lugar de la imposibilidad lógica tan bien escrita por el poema, no escrito, de W. H. Auden.
La condición homosexual del autor, así como su matrimonio forzado por las circunstancias con Erika Mann, la hija de Thomas Mann, permiten diversas hipótesis sobre la identidad del You al que se dirige la carta-poema. Aunque en este punto no parece esta identidad lo más importante dada la posición de sus dos personajes y de su reciprocidad en el lenguaje: “Común tanto al sentimiento-de-Yo (I-feeling) como al de-Tú (You-feeling): un sentimiento de hallarse-en-medio-de-una historia (being-in-the-middle-of-a-story)”, una historia que el propio lenguaje irá mostrando cada vez más Otra, más ajena, librada necesariamente a las ambigüedades, a los equívocos del significante: “siempre que el habla es necesaria, la mentira y el autoengaño son posibles”. Entonces, hay algo que necesariamente no cesará de no escribirse en esta historia de amor, algo que da testimonio de un real imposible de atrapar, como lo era la tortuga Briseida para su perseguidor Aquiles: “Te amaré siempre, jura el poeta. Me parece un juramento fácil de hacer. Te amaré a las cuatro y cuarto de la tarde del martes que viene: ¿sigue siento tan fácil?”. Difícil de precisar. ¿Y un segundo después? Más todavía. En la vía por la que el amor intenta atrapar lo real, siempre un poco más allá, el sujeto se encuentra inevitablemente con el imperativo de goce del Superyó (¡o del Supertú!) que también le pide al sujeto ir cada vez un poco más allá…
Ante este real, como indicaba Lacan en su Seminario Aún, al sujeto solo le queda “la única cosa un poco seria que puede hacerse, la carta —letra— de amor”[3].
Aunque no cese, aún, de no escribirse.


[1] Este es, en efecto, el neologismo lacaniano que condensa el alma con el amor. Da nombre al Boletín electrónico de preparación de las próximas Jornadas de la ELP sobre “Un nuevo amor…” al que esta nota quiere contribuir.
[2] W. H. Auden, Los señores del límite. Selección de poemas y ensayos (1927-1973), Edición bilingüe de Jordi Doce, Galaxia Gutenberg, Barcelona 2007, p. 289.
[3] Jacques Lacan, Le Séminaire XX: Encore, Ed. du Seuil, Paris, p. 78.

1 comentari:

Vicent ha dit...

Deia J.M.Serrat "...ara que encara puc creure en déus..." potser la única cosa seriosa a banda de fer una carta d'amor que li queda a l'enamorat siga creure en déus i aprofitar la situació de pensar que potser en un altre lloc la relació sexual seria possible, però no ho és i eixa és la veritat.
Tot i que hi ha vegades en que el metallenguatge s'acosta a la seua existència com un substantiu clar i propi, i és aleshores que hem de posar límits que ens allunyen de la bogeria que deia Lacan i que suposaven el límit de la llibertat.
La "falta" és inherent a tot individu o sistema i fins i tot pensant en que tot fóra possible restaria la falta de la mateixa tinta, la tipogràfica, la metalingüística si volem anomenar-la així.

Una abraçada

Vicent