13 de desembre 2020

El autismo, entre lalengua y la letra




















Intervención en la presentación del libro de Patricio Alvarez, El autismo, entre lalengua y la letra. Editorial Grama, Buenos Aires 2020.

 

Diré en primer lugar lo que he encontrado en el libro de Patricio Alvarez después de una primera lectura —digo primera porque ya sé que es para leerlo varias veces— y de seguir sus precisas articulaciones: es una valiosísima actualización de la clínica del autismo a la luz de la última enseñanza de Lacan. Pero es una actualización no a la manera acumulativa, siguiendo una supuesta evolución de saber —desde un primer Lacan hasta un último Lacan— como si hubiera una superposición de etapas. No, es una actualización al modo, digamos, «transversal», mostrando que hay unas líneas de fuerza muy intensas en la enseñanza de Lacan que la atraviesan y que tienen un valor clínico muy importante. Y esta operación de lectura que nos da el libro de Patricio —es casi una operación clínica en sí misma— se hace siguiendo un trabajo minucioso sobre dos nociones fundamentales de Lacan, dos líneas de tensión que están en el título del libro como su cifra: lelangua y la letra. Son dos nociones que no tienen nada que ver con lo que habitualmente se entiende por ellas en el discurso común, y también en otros campos y prácticas. 

1. Lalengua no es aquí un instrumento de comunicación (como lo entiende buena parte de la lingüística o también de las llamadas ciencias cognitivas). Lalengua —escrito todo junto, en un solo bloque—  es un impacto, es una colisión, es un golpe que el lenguaje produce en el cuerpo, en el goce del cuerpo hablante. No sabemos de hecho qué es un cuerpo hablante, y esta pregunta se nos hace especialmente significativa leyendo este libro así como cuando tratamos al sujeto con autismo. Porque por un lado constatamos, percibimos que el sujeto con autismo es un cuerpo hablante, que no está fuera del lenguaje, pero que está habitado por la lengua de un modo singular, sin una «intención comunicativa» por decirlo así. Lalengua se revela entonces como un medio de goce del cuerpo antes de ser un medio de comunicación, como también saben muy bien los poetas.

2. La segunda línea de tensión es la letra. La letra no es una inscripción, no es la impresión, no es una representación gráfica de los sonidos de la lengua. La letra es para Lacan un recorte en el saber y en el cuerpo del goce, es lo que permite la constitución de un borde alrededor de los agujeros del cuerpo. La letra es «un soporte material» —es una definición temprana de Lacan—, un soporte en el cuerpo para organizar en él los recorridos pulsionales alrededor de sus diversos agujeros. Y la clínica del autismo nos muestra qué ocurre cuando la letra no puede recortar, bordear los agujeros del cuerpo para enlazar la pulsión con el campo del Otro.

Lo que nos muestra Patricio de un modo muy clarificador es la gran operatividad de estas dos nociones —lalengua y la letra— en la clínica y en el tratamiento del sujeto con autismo. Y lo muestra también con la exposición de cuatro breves secuencias clínicas, en cuatro casos concretos expuestos en el capítulo 7. Son tres casos atendidos por él y un cuarto por nuestro colega Carlos Rossi. Son tres niños y un adulto. El segundo, el caso llamado «El contador», es un hombre de 35 años que Patricio ha acompañado durante ocho años en un tratamiento que tiene como instrumento fundamental los números (p. 144-148). Es un caso muy interesante por varios motivos. Por la operación de anudamiento entre lalengua y la letra que se produce con un uso muy singular del número y en su modo de experimentar la transferencia con su analista, al que llama «el profesor de las cosas sin sentido». El contador llega a aislar en las intervenciones de Patricio «16 modos de intervenir», que no son 16 frases concretas sino 16 modos de responderle que él ha ido contabilizando. En efecto, el número es en cada lengua aquello que no tiene sentido pero que puede servir para contabilizar distintos modos de sinsentido, modos de anudar lalengua y la letra. El caso de «el contador» nos plantea también una cuestión que no se suele tratar y que es el destino del sujeto con autismo en la edad adulta, especialmente cuando faltan estos recursos como los que sí tiene «el Contador» de Patricio. Dejo solo planteada la cuestión.

Entender esta función de anudamiento del número entre lalengua y la letra, entre el cuerpo del goce y el lenguaje, requiere una lectura transversal, no acumulativa, de la enseñanza de Lacan. Entonces, el trabajo de Patricio no es solo una actualización epistémica pivotando sobre estos dos operadores —lalengua y la letra—, sino que es una actualización clínica que decide, finalmente y como él mismo lo recuerda, una posición ética frente al sujeto llamado autista. Es verdad, como decimos con frecuencia, que no hay clínica sin ética. Y en el caso del autismo la cuestión se ha convertido ya en una elección de civilización: qué hacer con el sujeto con autismo: ¿Integrarlo, no integrarlo? ¿Respetar su aislamiento, modificarlo para adaptarlo a su entorno, modificar el entorno para adecuarse a él? La operación de acompañarlo en la construcción de un objeto autístico —como muestra el uso de los números del contador de Patricio— es una operación que escapa a estas falsas alternativas.

Entonces, lalengua y la letra. En realidad, vemos que sin estos dos operadores no pueden explicarse los fenómenos más importantes de lo que llamamos autismo, y que tampoco puede abordarse un tratamiento que respete la singularidad del sujeto. Pero tampoco puede explicarse sin ellos, finalmente, lo que hay de autista en cada ser hablante, el goce de lalengua que toma como soporte el cuerpo de la letra.

Quiero «detenerme» en una expresión que Patricio toma de Lacan a propósito del autismo y que desarrolla en varios momentos de su libro en sus consecuencias clínicas. Es una expresión que no sólo describe fenómenos que encontramos siempre en el registro de los trastornos del habla en el autismo, sino que apunta a lo más estructural del ser hablante. Es «la detención del lenguaje». No se trata de una detención en el sentido evolutivo, psicológico, de la detención en una supuesta fase de desarrollo del lenguaje, como se piensa en psicología evolutiva. No hay, de hecho, evolución del lenguaje en sentido genético. El lenguaje funciona de manera sincrónica, como el inconsciente, más bien en bloques, sintácticos y semánticos. No se trata de la detención del desarrollo de la lengua. Tal como observó Lacan —y Patricio vuelve sobre ello en varios momentos— los sujetos con autismo pueden ser muy «verbosos». Se trata de una detención más bien en el sentido de parálisis, incluso de fijación, de congelamiento, de momentos de interrupción, de desconexión. Es también la detención de lo que llamamos «iteración» para distinguirlo de la repetición. En la repetición hay diferencia entre los dos acontecimientos que se repiten, una diferencia que es condición del surgimiento de algo nuevo. En la iteración, que encontramos con frecuencia en las estereotipias reiteradas de sujetos con autismo, no hay tiempo, no hay diferencia, no hay aparición de lo nuevo hasta que, de manera siempre contingente, puede enlazarse con el campo del Otro.

Este fenómeno de la detención del lenguaje nos plantea, cada vez, la pregunta sobre qué es hablar, qué quiere decir hablar, qué es este «enigma del cuerpo hablante», como plantea la última enseñanza de Lacan, enigma que es de hecho el propio enigma del psicoanálisis que trata solo con el cuerpo hablante. Nada en la naturaleza de un cuerpo indica que deba ser un cuerpo hablante. La ciencia de nuestros días se encuentra con muchas dificultades al querer definir un cuerpo como hablante, al querer localizar en tal o cual parte suya la función misma del habla. Es mucho más fácil distinguir y localizar, por ejemplo, la función orgánica de la digestión. Pero ¿de dónde le viene el habla? El habla, se suele imaginar de manera tan ambigua, es una función, una adquisición que se aprende. Toda la psicología, evolutiva o no, se funda en esta idea: el niño aprende a hablar, aunque para sostener esta idea haya que recurrir, como hizo Noam Chomsky, al supuesto de una «estructura profunda» que estaría inscrita de algún modo en el genoma del individuo. Así, un cuerpo hablante nos parecería algo bien natural. Pero un cuerpo hablante no tiene nada de natural, y la clínica del autismo nos lo muestra cada día.

Es conocido el fenómeno en algunos casos de sujetos para los que el habla parece que llegaría a des-aprenderse de un modo que ninguna determinación genética o biológica, ningún proceso evolutivo o regresivo puede explicar. Veamos, por ejemplo el interesante testimonio del escritor francés Pascal Quignard, en su precioso relato titulado «El nombre en la punta de la lengua», donde explica que en sus primeros años llegó a perder dos veces el habla. Son precisamente dos «detenciones del lenguaje». No se trata de «perder el habla» como quien se queda pasmado, o aturdido por un acontecimiento traumático, o de alguien que encuentra a faltar una palabra por un olvido más o menos episódico. Se trató para Pascal Quignard de perder absolutamente la función misma del habla, de quedar desconectado de ella, de quedar desconectado del lenguaje en bloque y por entero, durante un tiempo: «Perdí dos veces el lenguaje —escribe—. A los dieciocho meses me callé. Comía en la oscuridad sobre una mesa azul de cañizos de la que me acuerdo mejor que de mí mismo. Se plegaba. Era mi mesa de silencio. Es por esta razón que nunca he podido escribir sobre una mesa o un escritorio y que nunca tendré ninguno.»(1)  A los dieciséis años el habla volvió a abandonarle, como si se tratara de una sombra que se desprendía de su cuerpo para dejarlo inerme en el mutismo. El conjunto del lenguaje en bloque funcionaba para él como un nombre imposible de atrapar: «No era un nombre en la punta de mi lengua sino en la punta [en el borde] de mi cuerpo». El testimonio de Pascal Quignard, alguien que por otra parte no desconoce los textos de Lacan, transmite una concepción del cuerpo hablante que no se adecua en modo alguno al de una función cognitiva u orgánica, fruto de un aprendizaje. El habla, sigue escribiendo, «no es un acto reflejo […] no somos animales que hablan del mismo modo que ven», podemos conocer su abandono. Lo que quiere decir que el conjunto del lenguaje funciona como una suerte de parásito en el cuerpo —incluso como un virus— y no como una memoria almacenada por paquetes de información en alguna parte suya, en el cerebro por ejemplo, como todavía creen y siguen buscando confirmar algunos en nombre de una falsa ciencia. También a propósito del autismo.

Es desde ahí que la experiencia del sujeto con autismo nos enseña algo fundamental sobre qué es un cuerpo hablante. Lo que hace que un cuerpo sea hablante no es una función biológica o una función cognitiva que se aprenda. Más bien, el habla se «aprehende» (con hache intercalada), se contagia, se transmite como una epidemia. Y es sabido que uno debe sumergirse en la lengua del país para que prenda en el cuerpo, para que las resonancias de esa lengua, propia de cada lugar, lo aprehendan a uno. Siguiendo esta vía nos damos cuenta muy pronto que el habla del cuerpo hablante no es del registro del aprendizaje, pero tampoco finalmente es del registro de la lingüística —de la «lingüistería» como terminó llamándola Lacan— que no puede dejar de estudiarla como un sistema de comunicación verbal. Y es por ello que Lacan tuvo que crear este neologismo para el habla del cuerpo hablante, el término «lalangue» que traducimos por «lalengua» (escrito todo junto). La introducción de este nuevo término va a la par de la introducción de otro término que vendrá a substituir el que había utilizado hasta entonces con el nombre de sujeto del inconsciente, el sujeto representado por el significante. Este otro término, lo conocemos y citamos con frecuencia, es el «parlêtre», término del que ninguna traducción agota sus múltiples resonancias y que incluye la letra, el ser hablante, el hablante-ser, pero también «por-letra», «por-el-ser». Todo se juega entonces entre lalengua del goce y la letra del cuerpo.

El sujeto con autismo es precisamente el que se mantiene en una posición «congelada», detenida, de modo re-iterado (son varios los términos que Patricio aísla en Lacan para definirla), una posición «entre lalengua y la letra». Hay el «entre» en el título del libro de Patricio, un «entre» que me parece fundamental para seguir esta elaboración de la clínica del autismo: es un lugar entre lalengua y la letra.  El «entre» nos indica la importancia de este lugar tan singular del sujeto con autismo que, por su misma estructura, no es tanto un lugar como la falta de un lugar. En lugar del lugar, lo que encontramos es, por una parte, un cuerpo sin lugar y, por la otra, una lengua privada que no puede conectarse con el campo del Otro. 

Recordemos el título de otro interesante libro de Dona Williams, una mujer que explica su experiencia autista en su conocido libro: «Nadie en ningún lugar. La historia extraordinaria de una autista desde su infancia hasta su juventud.» Nadie, en ningún lugar. Es una fórmula que se pone en serie con la fórmula que Eric Laurent ha utilizado y que Patricio trabaja en varios lugares para situar la posición del autismo en el mundo del lenguaje: «la forclusión de un agujero». La forclusión —es decir, la no inscripción— de un agujero es la imposibilidad misma del lugar. Allí donde no puede inscribirse un agujero en el cuerpo no hay posibilidad de hacerse un lugar en el mundo. Es, en efecto, «nadie en ningún lugar». La posibilidad de construir un objeto autístico es también la posibilidad de construir un lugar desde el que el sujeto pueda soportar ser un cuerpo hablante. Este objeto, con mucha frecuencia, se instala precisamente en el soporte de la letra. Y es por ello que Patricio puede rescatar esta función de soporte de la letra, a través de la observación de Eric Laurent, que permite «un abordaje no social del lenguaje», un puente posible entre la lengua privada del autista, de lalengua reducida muchas veces a sonidos, incluso a ruidos, con la lengua común del Otro del que está separado, detenido, congelado, en el borde entre el Uno del goce y el Otro del discurso.

El autismo nos plantea entonces de manera privilegiada la cuestión de este lugar del «entre». Situar el autismo en un espacio «entre lalengua y la letra», entre el goce de la lengua y el agujero que la letra recorta en el cuerpo, es ya una buena manera de dar un lugar al sujeto con autismo. Darle un lugar ahí donde no lo tiene en absoluto como cuerpo hablante. No es pues que en el autismo haya un lugar vacío, deshabitado. En este punto debemos contradecir el título del libro clásico de Bruno Bettelheim, «La fortaleza vacía. Autismo infantil y el nacimiento del Yo». No, en el autismo no se trata de un lugar vacío, se trata precisamente de la forclusión de todo lugar, se trata de que no hay un lugar para habitar o deshabitar, es la imposibilidad misma del lugar. Y no se trata tampoco del nacimiento del Yo, sino del nacimiento del Otro, como titularon Rosine y Robert Lefort su clásico libro sobre el tema, y que es una mejor referencia tomada por Patricio para el estudio del autismo. Se trata primero del nacimiento del Otro para hacer un lugar al sujeto. Y todo el tratamiento posible del sujeto con autismo desde la orientación lacaniana —también en lo que llamamos «práctica entre varios»— toma su apoyo en esta inversión: no es el nacimiento de un Yo sino el nacimiento del Otro desde el que inscribir un lugar al sujeto. Y este lugar sólo puede generarse «entre lalengua y la letra», como indica el título de Patricio.

Aquí, como suele suceder, nos resulta siempre muy valioso el testimonio del poeta. Citaré aquí a un artista llamado Perejaume, un artista con quien estoy trabajando actualmente en la traducción y edición en lengua catalana de un complejo texto de Lacan titulado «Lituraterre», un texto del que podemos aprender mucho también para la clínica y tratamiento del autismo. Perejaume escribe (traduzco del catalán): «Cuanto más se examina un lugar, más verdad se encuentra en él. Bajo una forma u otra de atención, la singularidad es inagotable, desbordante […] A veces me he preguntado si los lugares pueden habitar en personas»(2).

Pues bien, la investigación sobre el autismo que Patricio nos presenta y propone en su libro me parece de este mismo orden, casi poético: examinar ese extraño lugar que es un no lugar, el lugar del autismo en la singularidad de cada caso, examinar cómo el lugar puede llegar a habitar a un sujeto que de entrada no lo tiene, ni en el lenguaje ni en el discurso del Otro.



[1] Pascal Quignard, Le nom sur le bout de la langue, P.O.L. Paris 1993, p. 62 (la traducción es nuestra).

[2] Perejaume, Treure una marededéu a ballar. Galaxia Gutenberg, Barcelona 2018, p. 114-115, y p. 31.

04 de desembre 2020

La diferència dels sexes no existeix en l’inconscient



Tot llegint el discurs de Paul B. Preciado adreçat als psicoanalistes: «Yo soy el monstruo que os habla. Informe para una academia de psicoanalistas», Nuevos Cuadernos Anagrama, Barcelona 2000.

Serà potser una sorpresa per als que coneixen de la psicoanàlisi solament una divulgació caricaturesca. I ho serà sobretot per als que no han llegit Jacques Lacan com mereix. Però era allà, com la carta robada del conte d’Edgar A. Poe —especialista en monstres—, a la vista de tots i amagada a la de cadascun: no hi ha res en l’inconscient freudià, res tampoc en les seves formacions —somnis, símptomes o deliris— que ens asseguri que la diferència entre un ésser-home i un ésser-dona hi estigui inscrita. L’inconscient es comporta com si només existís un sexe, i tot el problema és saber quin. Caldrà repetir-ho perquè quedi ben clar, després de buscar i rebuscar: d’aquesta diferència sexual, ni rastre en l’inconscient freudià, res de res. Mal podria la psicoanàlisi construir la seva arquitectura sobre una diferència de la qual no hi ha cap notícia en l’inconscient. Que Paul B. Preciado atribueixi a la psicoanàlisi el contrari pot ser desconeixement o no, és exactament el mateix a efectes de l’argumentació.

La qüestió no es resol amb l’expedient de repetir que els gèneres, diferents o no dels sexes, només són una construcció cultural. Trobem moltes diferències inscrites en l’inconscient entre termes que es defineixen, precisament, cada un per la diferència binària amb l’altre: actiu / passiu, present / absent, veure / ser vist, empassar / ser empassat, expulsar / ser expulsat, fal·lus / castració, pare / mare, fill / filla… La llista segueix, encara que no fins a l’infinit. Impossible, però, fer diferències i establir una relació entre coses que no tenen una representació en l’inconscient. És el cas de l’ésser-home i l’ésser-dona.

Per tal de formalitzar els binaris que sí que estan inscrits en l’inconscient, Lacan va partir al principi del seu ensenyament del seu famós axioma: «l’inconscient està estructurat com un llenguatge», és a dir construït amb una arquitectura feta a partir de les diferències entre els seus elements, elements definits precisament per aquestes diferències. Són diferències relatives entre «significants», és el terme que Lacan va recollir de la lingüística del seu temps que entenia, i segueix entenent, la llengua com un sistema de diferències, no per cap essència o significat definit d’entrada. El llenguatge, i els discursos que es construeixen per i des del llenguatge, es funden necessàriament en aquesta categoria de la diferència relativa entre els seus elements. I no sembla tan fàcil sortir d’aquesta llei de ferro del llenguatge en el qual cadascú està submergit, sempre sense saber-ho del tot. Amb aquesta sòlida diferència relativa entre dos elements s’ha construït tot un sistema, s’ha construït també cada civilització coneguda, cada forma de pensament binari: ment / cos, naturalesa / cultura, normal / patològic, home / dona, hetero / homo, ying / yang, etc. La diferència és el principi d’una maquinària que arriba fins on arriba, sovint per camins que són els de la segregació, més o menys dura, més o menys subtil, però sempre a llocs realment inhòspits per preservar la singularitat dels éssers humans, els éssers que reivindiquem —m’hi incloc decididament— aquesta singularitat.

Lacan va partir, doncs, d’aquell aforisme sostingut en el binarisme del significant, però va ser per arribar a formular-ne un altre, més complicat en aparença, però més senzill finalment: «no hi ha relació sexual». El que vol dir en primer lloc: no hi ha res en l’ésser humà que asseguri l’existència d’una diferència entre els sexes des de la qual establir-hi després una relació, normativa o no. D’això, tampoc n’hi ha cap notícia en l’inconscient i cada arranjament que s’intenti —també amb la multiplicació de «gèneres»— sembla destinat a errar-la, a errar en aquest espai sempre «trans».

I és que la solidesa de la llei de ferro de «la diferència» arriba fins on arriba per a construir un discurs que pretengui assegurar una identitat. I quan es tracta de la sexualitat, cal dir que no arriba massa lluny. En realitat, quan es tracta de la sexualitat i de les formes de gaudir, quan es tracta de resoldre la pregunta sobre el més íntim de la identitat sexual de cada ésser humà, pres un per un fora del seu gènere, no hi ha barrots de ferro suficients per a construir la gàbia. Tot intent de resoldre la qüestió de la identitat sexual de l’ésser humà fracassa estrepitosament si només funciona amb la categoria de «diferència» com a brúixola per transitar aquest desert, el desert del gaudi en el qual, diguem-ho ja, no hi ha terra promesa possible. Dit d’una manera més simple i directa: al desert de del gaudi sexual, no hi ha oasi, només miratges. Cada ésser humà és «trans», ja sigui trànsfuga o transhumant, en trànsit o en transferència d’un lloc a un altre. Perquè són sempre «un lloc» i un «altre lloc» que només podran definir-se, cadascun, precisament per la seva diferència, la de l’un amb l’altre.

Aquest fet d’estructura estava escrit amb totes les lletres en l’obra de Freud. Però, és cert, calia saber-ho llegir allà on era, i no llegir el que no hi és, amb tots els miratges i mirallets amb els que s’adorna el ball de màscares de la vida sexual. I, diguem-ho clar també, va ser només Jacques Lacan qui va saber posar aquestes lletres al seu lloc amb aquest aforisme, sempre difícil de comentar sense sortir-ne escaldat: «no hi ha relació sexual». Quan es tracta de la sexualitat, no hi ha manera d’establir identitats a partir de la diferència entre significants, siguin quins siguin. Cosa que deixa a l’ésser humà —a cada ésser humà sense excepció— en una situació més aviat precària a l’hora d’instal·lar-se en identificacions sòlides. Tot el que puguem construir en el discurs dels gèneres es mou necessàriament en aquest trànsit generalitzat entre significants i mascarades que el discurs i l’experiència de la psicoanàlisi pot ajudar a transitar, però sense cap norma prèvia com a brúixola.

És cert, tal com evoca Paul B. Preciado en diversos moments del seu discurs: el ser home i el ser dona només poden definir-se per la seva diferència entre ells, com dos significants del llenguatge, i no per una essència definida per si mateixa. Aquest és el punt d’acord, però és precisament sobre això mateix que Paul B. Preciado construeix tot el seu desacord i la seva crítica als psicoanalistes en el seu conjunt. El malentès està, doncs, assegurat. Però el malentès és també la llei de tota conversa possible. Quan dos estan molt d’acord, no hi ha conversa, només consens sostingut en acords tàcits. I la conversa, quan és analítica, posa sempre en qüestió els acords tàcits.

La diferència llavors. Com sortir-ne sense veure’s entrant de nou en el seu imperi governat per la llei de ferro del significant, ja sigui per identificar-se amb algun dels dos termes o ja sigui per rebutjar-los amb un de tercer? La diferència té sempre un caire una mica monstruós perquè s’escapa de si mateixa i s’expandeix per tot el sistema. I s’expandeix més en la mesura que un vulgui fer d’aquest sistema un tot, sac o gàbia, precisament.

És també el problema del «binari» i el «no-binari» en què Paul B. Preciado funda la seva altra crítica al discurs de la psicoanàlisi. On acaba un, «el binari», i comença l’altre, «el no-binari»? El binari es contagia a tots els elements del sistema, ja sigui que els considerem cada un en relació a qualsevol altre, o bé sigui que els considerem cada un com oposat a tots els altres. Lacan va escriure el codi d’aquest virus del llenguatge d’una manera molt senzilla: S1 → S2. (Lacan, de fet, és molt més senzill que Freud, encara que sembli més complicat). Amb aquest parell de lletres afectades per un ordre i una fletxa que les vincula en la seva diferència, tenim ja escrit tot aquest sistema de gèneres que podia semblar tan monstruós en les seves diferències i les seves segregacions.

S’haurà, però, observat ja que la pròpia definició de «no binari» és, es miri per on es miri, binària ella mateixa, només construïda per la seva diferència amb «el binari»? No és amb la negació, binària ella mateixa, com podrem sortir d’un sistema binari. Aquest joc de mans no és una simple paradoxa lògica. O, millor dit, és perquè sembla una paradoxa que pot utilitzar-se per confondre totes les cartes en el joc. No, no és tan simple sortir-ne airós de la lògica de la diferència i del binarisme que està sempre implícita en cada estructura de llenguatge, en cada discurs que en sorgeix. El binarisme o el dualisme que nia modestament, sempre de manera silenciosa, en tot discurs es reprodueix en cadascuna de les diferències que s’estableixin entre un element i un altre de el sistema. Afegir un tercer o un quart element no anul·la el binarisme fonamental, simplement el desplaça a cadascuna de les relacions entre els elements de la sèrie que considerem: LGTBIQ + … La llei de ferro del significant no tindrà cap problema en afegir a la llista la M de «monstre». Queda lloc a l’abecedari i si un dia s’acabés, es pot fer com es fa amb les matrícules dels cotxes i seguir escrivint noves combinatòries, binàries totes elles. El significant no coneix una altra llei, la del poder del significant amo per a organitzar diferències. Cosa que té sens dubte la seva dimensió política, també quan es tracta d’engabiar éssers humans.

I aquesta llei —l’única que és en realitat més enllà de tota norma jurídica i social— insisteix de manera especial quan es tracta de definir el «trans». Parlem de «home-trans» i de «dona-trans» però el binarisme segueix estant inevitablement allà on era, sense haver-se mogut un pèl del seu lloc, perquè és pel binarisme que es defineien els llocs. Tampoc hi guanyarem massa reduplicant el significant: «trans-trans». Caldria trobar, doncs, una manera d’abordar el «trans-» que pugui escapar d’aquesta llei de ferro. Paul B. Preciado és molt honest en aquest punt: «No és fàcil inventar una nova llengua, encunyar tots els termes d’una nova gramàtica.»(1)  Si en algun lloc podem sentir-nos més acompanyats per Paul B. Preciado és en aquest intent: amb les paraules de la tribu, crear un nou llenguatge, un nou vincle entre els éssers humans fora de tota segregació. És el fil en què el discurs de la psicoanàlisi promou, no només en la privacitat de la seva experiència individual sinó també en el col·lectiu. És el problema de la segregació de l’Un i l’Altre. Anomenem doncs aquesta llei: llei del binarisme de l’Un i l’Altre, perquè és així com se’ns presenta en els discursos dels quals l’ésser humà es mostra sempre serf.

En tot cas, i aquest és el factor fonamental, la lògica binària del significant explica només una part de la sexualitat, de les identificacions i de les maneres de gaudir, i no és la part més important. Diguem que explica únicament la part representable de la sexualitat, allò que se sol anomenar avui «gènere». Explica el ball de màscares, però no pot dir res de la música i de la partitura amb la qual s’escriu la partitura del ball. Què passa si intentem sotmetre el camp del gaudi, tal com Lacan l’obre a partir dels anys seixanta, a aquesta lògica binària? Doncs que la maquineta de la diferència relativa i binària deixa de funcionar, això és el que constatem. La màquina s’encalla, produeix tota mena de signes que els psicoanalistes —però no només els psicoanalistes— anomenen «símptoma». Quan es tracta del gaudi, i especialment del gaudi sexual, entrem en el camp de l’Un… sense Altre. Cada un amb els seus fantasmes i els seus símptomes, i cada un sense saber la partitura que els xifra. I cal aleshores passar a una altra lògica que no és la de la diferència relativa i binària, «una nova lògica» anunciada i desenvolupada per Lacan a l’última part del seu ensenyament.

N’hi havia prou amb una lectura, per succinta que fos, de seminaris de Jacques Lacan com el seminari «Encara» per entendre que aquest canvi de registre és fonamental, que entrem en una altra lògica que no és ja la de la diferència de l’Un amb l’Altre, siguin els que siguin, sinó que entrem en el camp de l’Un… sense l’Altre. L’Un sempre ens enganya quan se’ns presenta com Un Altre, un altre que rebutgem, que segreguem, que considerem subaltern, fins i tot subdesenvolupat. I és així com podem arribar també a creure’ns estranys per a ell, fins i tot monstruosos. En realitat, creiem i creem el monstre amb aquesta lògica.

Que aquesta alteritat radical —una alteritat sense cap Altre a partir de la qual puguem definir-la— sigui el femení —no les figures culturals de la feminitat— no pot atribuir-se al patriarcat i a la lògica segregativa de les diferències. És una alteritat anterior lògicament al patriarcat, fins al punt que podem preguntar-nos si el Pare mateix no és potser, però només potser, un dels noms d’aquesta Alteritat sense Altre en el qual sostenir una reciprocitat. Hi ha un munt de llocs on Lacan llança aquest guant per a qui vulgui recollir-lo. Vegem-ne un:

«Com saber si, tal com ho formula Robert Graves, el Pare mateix, el nostre pare etern, el de tots, no és sinó Nom entre d’altres de la Deessa blanca, la qual en el seu dir es perd en la nit dels temps, per ser la Diferent, l’Altra per sempre en el seu gaudi —talment aquestes formes d’infinit l’enumeració de les quals no comencem sinó sabent que és ella la que ens suspendrà a nosaltres.»

Heus aquí a el famós patriarcalisme posat cap per avall, desmantellat definitivament. El Pare: només un nom entre altres de la Deessa Blanca, mite anterior a tota cultura patriarcal. Ja no es tracta aquí de la diferència relativa a què es refereix Paul B. Preciado, la diferència dels sexes que no té cap inscripció en l’inconscient. És una diferència absoluta, Un altre radical sense cap Altre un al qual oposar-se per definir-s’hi. És el gaudi del cos, la sexualitat mateixa. I hi ha, en els textos i seminaris de Jacques Lacan una profusió de desenvolupaments seguint aquesta via a Lacan: «el pare, servir-se’n per prescindir-ne» va ser el tema d’un congrés de l’Associació Mundial de Psicoanàlisi. I serien molt més fructífers de conèixer que no pas seguir encolomant a la psicoanàlisi lacaniana la falsa etiqueta d’hetero-patriarcal.

(Continuarà)

  1. Preciado, P.B. (2020), Yo soy el monstruo que os habla. Informe para una academia de psicoanalistas. Anagrama, Barcelona, p. 55.
  2. Lacan, J., «Préface à L’Éveil du printemps». Autres écrits. Du Seuil, Paris 2001, p. 563.