14 d’abril 2018

Toti Soler y Gemma Humet: La cuerda y la voz

Toti Soler i Gemma Humet al CCIB (5/04/2018)









Presentación del concierto de Toti Soler y Gemma Humet en la sala plenaria del XIº Congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, en el Centre de Convencions Internacional de Barcelona (CCIB), el 5 de Abril de 2018.

Estimados colegas, les invitamos ahora a afinar sus oídos para una audición musical muy especial, un gran regalo que nos dispensan dos, sin duda, de los mejores músicos de este país. Son “la cuerda y la voz”, en realidad son seis cuerdas y muchas voces a la vez: Toti Soler y Gemma Humet. 
Para los que todavía no conozcan a Toti Soler, les diré que su guitarra ha creado un nuevo género que ya se conoce como la “guitarra catalana”, mezcla de muchas formaciones e influencias, desde la música clásica hasta el flamenco, pasando por el jazz. Ha grabado más de treinta discos en los más de cincuenta años de carrera musical. Él ha acompañado a personajes tan entrañables como el gran cantante y recitador francés Léo Ferré, o como el inolvidable valenciano de la ciudad de Alcoi, Ovidi Montllor. Para resumir la obra de este investigador, casi un alquimista, de las seis cuerdas no he encontrado nada mejor que las palabras del poeta Vicent Andrés Estellés al describir su música: “Luminoso y terrible, Toti Soler y su guitarra, toda hecha de luz y de ternura, de delicadeza, de agua.” Ustedes verán enseguida el porqué de esta descripción realmente extraordinaria.
La juventud y la voz de Gemma Humet, cantante y pianista, es el mejor regalo, la mejor “agalma” —como decimos los lacanianos— que pueden encerrar los sonidos de la guitarra de Toti. Proveniente de una familia de músicos, empezó a los cinco años una prometedora formación como pianista clásica que se adentró muy pronto en el jazz, en el flamenco y en la música tradicional y popular. Gemma Humet condensa lo mejor de una larga saga de voces en las que resuena una misma luz, la luz de la voz del mediterráneo. Su segundo disco, a sus veintinueve años, tiene un nombre que sin duda les sonará muy bien a todos ustedes. Se llama “Encara”, Aún, — Encore, ¡como el Seminario XX de Jacques Lacan! Bienvenida esta contingencia para escuchar la música de la lengua, la música de la lengua del síntoma, como hemos dicho en algún momento.
Podrán encontrar las letras de las canciones que escucharemos, todas ellas poemas de diversos poetas de aquí y de allá, con una traducción a alguna otra de nuestras lenguas, en la página Web de este Congreso. 
Afinen pues su oídos: Toti Soler y Gemma Humet. 


(Gràcies, Toti, pel teu somriure guitarrer. Gràcies, Gemma, per "una-jove-veu-que-l'il·lumina")

09 d’abril 2018

Barcelona, puerta, puerto y puente























Discurso en la Recepción en el Saló de Cent de l’Ajuntament de Barcelona, el 3 de Abril de 2018, con motivo del XIº Congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, Las psicosis ordinarias y las otras, bajo transferencia.

Parlaré en llengua castellana per deferència als molts col·legues que vénen d’altres països i que no coneixen prou la nostra llengua— Hablaré en castellano por deferencia a los colegas que vienen de otros países y que no conocen  suficientemente nuestra lengua.

Bienvenidos a este Saló de Cent, a este impresionante Salón del Consejo de Ciento del Ayuntamiento de Barcelona que desde finales del siglo XIV, con sucesivas reformas, ha alojado múltiples acontecimientos históricos de esta ciudad. Tal y como nos informa una lápida situada al fondo de la estancia, fue aquí donde el rey Pere III celebró su primer Consejo de los Cien Jurados, el 17 de Agosto de 1373. 

Somos aquí algo más de cien Jurados, conjurados más bien por la causa del psicoanálisis de orientación lacaniana. Somos en realidad más de 2000 que nos reunimos estos días en Barcelona en el XIº Congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis para estudiar y tratar un tema clínico de primer orden en nuestras sociedades, el tema de las llamadas “psicosis ordinarias”.

Como Presidente de la Asociación Mundial de Psicoanálisis quiero agradecer de manera muy especial y cariñosa al Ayuntamiento de mi ciudad, Barcelona, por esta preciosa recepción a los colegas que vienen de muchas partes del mundo. Gracias a nuestra alcaldesa Ada Colau, gracias a la teniente de alcaldía Laia Ortiz. Gracias también a la Comisionada de Salud Gemma Tarafa, y a la Directora del Programa de Salud, Pilar Solanes por todas las gestiones que han llevado a cabo para la acogida y la difusión de nuestro Congreso. Y gracias a María Magdalena Barceló, regidora de Ciutadans, por su presencia en esta recepción.

Muchos miembros de la AMP conocen ya nuestra ciudad, muchos la conocen desde hace veinte años cuando realizamos aquí el primero de los Congresos de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. Algunos que vienen ahora de otros países han vivido y trabajado aquí durante varios años. Alguno me ha llegado a decir: siento que vuelvo a casa. Y sí, Barcelona es también la casa del psicoanálisis. Es un signo más de que el psicoanálisis es una experiencia que atraviesa lenguas, naciones, identidades. La propia historia del psicoanálisis está hecha a través de exilios y de migraciones, haciendo presente de varias formas este Otro lugar, esa palabra del Otro que llamamos “inconsciente” y que está presente de múltiples formas en cada ciudad, en cada país. Y es así también, a través de exilios y migraciones, como el psicoanálisis lacaniano llegó a Barcelona y a España, allá en la segunda mitad de los años setenta, de la mano del psicoanalista y escritor argentino Oscar Masotta, persona muy querida sobre quien estos días tenemos el placer de poder visitar la exposición que le dedica el MACBA (Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona), exposición a la que no pueden faltar. Es una buena muestra del lugar que el psicoanálisis debe saber escuchar y debe hacer presente en nuestro mundo, siempre un poco delirante. No es por azar que esto haya ocurrido en Barcelona. Y es que desde siempre Barcelona ha hecho honor a aquel dicho que un político, Jaume Ciurana, me recuerda con frecuencia, según el cual esta ciudad ha sido desde sus orígenes “puerta, puerto y puente” (porta, port i pont), es decir: lugar de apertura, lugar de llegada desde otros países, y lugar de pasaje también hacia otros sitios. Es así un buen lugar para entender que la verdadera patria para cada uno es ese texto del propio inconsciente que aprendemos a descifrar siempre con un gran trabajo. 

De modo que es difícil sentirse extranjero en esta ciudad, o más bien, diríamos los psicoanalistas, es un buen lugar para entender que cada uno es siempre un poco extranjero para sí mismo desde la perspectiva del inconsciente, que todos estamos siempre un poco exiliados de este saber que nos habita y del que sabemos tan poco cómo nos determina, cómo determina el sentido y el sinsentido de nuestras vidas.

Estimados colegas, Barcelona es hoy una ciudad convulsa, una vez más, como lo fue a finales de los setenta, como lo ha sido tantas otras veces a lo largo de la historia de este país. Barcelona siempre ha sabido estar en la vanguardia de los movimientos culturales y sociales, en la defensa de los derechos civiles sin los cuales el psicoanálisis no ha podido ni podría existir. Permítanme pues darles la mejor bienvenida diciendo: ¡Bienvenidos a esta casa!

28 de març 2018

El Procés: dues preguntes de Xantal Llavina
















Després de l'entrevista enregistrada al programa "Autèntics" de El Punt Avui TV, la periodista Xantal Llavina va voler fer-me dues preguntes més per escrit a propòsit de la situació política a Catalunya i publicar-les en l'edició en paper. Aquí van les meves respostes, tot agraïnt a Xantal Llavina el seu saber fer.


El procés ha afectat emocionalment les persones?

— De ben segur. Com qualsevol esdeveniment polític i social d’aquesta magnitud, el que s’ha anomenat “el procés” ha tocat també el més íntim de cada persona, sempre de maneres diferents: la incertesa i l’angoixa, la sensació de rebuig o de desemparament, però també de solidaritat i de decisió conjunta, el sentiment de pertinença a un grup, sigui el que sigui, l’alegria i la tristesa alhora, els sentiments de injustícia i d’opressió. El ventall d’emocions i afectes és ben ampli, des del sentiment maníac fins la depressió més profunda. És un temps de pujades i baixades emocionals que cadascú viu d’una manera diferent. S’han trencat grups de WhatsApp però també se n’han creat uns altres per aquestes mateixes raons. Els afectes són a flor de pell, gairebé ningú s’hi sent indiferent i en parla també a les seves sessions de psicoanàlisi. Allà hi diu coses que a vegades no pot dir en un altre lloc, amb els amics, amb la família o a la feina. Això és possible en la mesura que el psicoanalista és un lloc neutral ideològicament, sense una posició partidista, algú que ha de saber escoltar igualment cada persona singular més enllà de la seva ideologia o identificació política.

Això no vol dir que l’analista i el discurs de la psicoanàlisi no hagi de prendre partit públicament —cosa diferent del partidisme— en qüestions molt precises com són la defensa de l’estat de dret, dels drets civils i d’expressió. Allà on aquests drets no poden existir tampoc pot existir la psicoanàlisi que és abans que res un exercici de la llibertat de paraula. Encara que és precisament en l’exercici de la paraula quan ens mostrem menys lliures del que ens pensàvem. “Digui tot el que se li acudeixi” —és la regla fonamental de la psicoanàlisi. I de seguida comencem a experimentar la gran dificultat que té cadascú per complir aquesta regla. Així, l’experiència d’una psicoanàlisi és també l’experiència de les contradiccions que suposa ser un subjecte que parla, un ésser de llenguatge. No sabem dir tot el que realment volem i desitgem i això fa encara més difícil la conversació política.


Diuen que ha faltat la conversació…

— Sí, clarament ha faltat la conversació que només pot existir entre dos subjectes que es reconeixen com a tals en el respecte de la seva singularitat. El fet de no respectar la singularitat de l’altre té un efecte paradoxal: es perd l’autoritat, també l’autoritat política, sobre aquest altre. I l’Estat espanyol ha perdut, en efecte, la seva autoritat política en una part important del seu territori quan no ha pogut reconèixer la seva singularitat. Aleshores, quan s’interromp o es trenca la conversació que es funda en aquesta autoritat que ens dóna la paraula, només queda l’exercici del poder, ja sigui el poder de la llei o el de la força física més brutal. A vegades no hi ha cap altre sortida, és cert, però és una paradoxa que la psicoanàlisi coneix prou bé: quant més recurs cal fer a la legalitat i a la força física, menys autoritat es té. O com deia el filòsof Alexandre Kojève, “la legalitat és el cadàver de l’autoritat”. Ho repetim sovint i és ben cert: el conflicte a Catalunya, el “símptoma Catalunya” que ja és un símptoma a Europa de coses que no van bé en les seves nacions, no es pot tractar només des de la legalitat sinó que és un conflicte polític que demana una conversació seriosa. I cal fer tot el possible per reprendre el fil d’aquesta conversació política. Una psicoanàlisi no és una conversació política, en el sentit clàssic de la paraula “política”, però la psicoanàlisi pot ajudar a trobar els elements simbòlics necessaris per fer-la possible: les identificacions, la transferència, les satisfaccions substitutives de la pulsió, tot això també està en joc en el tauler simbòlic de la política. El simbòlic —aquests dies se’n parla molt dels “actes simbòlics”— és molt important per entendre la dimensió del símptoma i del conflicte, ja sigui individual o social. Hi ha una política del símptoma, com deia Jacques Lacan, que funciona amb aquests símbols. En la mateixa mesura també afirmava, de manera molt enigmàtica, que “l’inconscient és la política”. Això vol dir que ens movem inevitablement per raons que no sabem, per identificacions i fantasmes inconscients, també en la política.


Els psicoanalistes que seguim la via oberta per Jacques Lacan hem impulsat recentment un moviment internacional, anomenat Zadig, per veure precisament quines conseqüències podem extreure des de l’experiència psicoanalítica en el camp de la política. No es tracta de psicoanalitzar els polítics sinó de veure les maneres de recuperar la conversació política sobre els conflictes a partir del que ens ensenya la psicoanàlisi.

11 de març 2018

After Bach



















A la memoria de Serge Cottet

Escribir sobre música —dicen que decía Frank Zappa— es más o menos como bailar sobre arquitectura. Es decir, imposible. Tal vez por eso lo intentamos. Sobre música sólo se puede hacer música, no vale hacer de ella una forma de expresión —como dicen todavía— de la que podríamos obtener una traducción en palabras. Ni tan solo una transliteración.

Esto viene a cuento después de haber escuchado el disco After Bach de Brad Mehldau, tal vez la interpretación —una suerte de reescritura— más impactante que hemos conocido de Bach, con el permiso de Glenn Gould. Ya querríamos nosotros saber interpretar a Bach para leer como conviene esta obra de uno de los mejores pianistas que no dejamos de escuchar, siempre con la sorpresa sonora que atraviesa el lenguaje. ¡Como si fuera posible hacer música desde afuera del lenguaje! Y es que el propio Brad Mehldau nos lo avisa, cuando relee el dicho de Stravinsky, en su escrito Wisdom in music (léanlo, se encuentra en su Web): “We cannot put in words what is essential about music.” Brad Mehldau va un poco más lejos: “It is probably more reasonable to say that we cannot put in words what is essential about anything.” La música, entre las palabras y lo inefable. Y a pesar de ello, acaba escribiendo Brad Mehldau, la música nos habla. Y, como en el caso del autismo —sí, hay siempre una suerte de autismo en la música, en su goce que se repliega sobre sí mismo—, seguramente tenemos alguna cosa para decirle.

Topamos entonces con el objeto de la voz, aquel objeto a que Jacques Lacan aisló del común de los objetos perceptibles, el objeto silencioso que anida en cada sonido, o entre ellos, el objeto que nos es tan cercano como ajeno y que se nos aparece en la música como si fuera posible hacerlo presente fuera del lenguaje, fuera del discurso de las palabras al menos. ¿Podemos hablar entonces del “lenguaje de la música”? Sólo por un abuso, precisamente, de lenguaje. Del transcurso de la materia sónica en el tiempo —de hecho, ese es el real de la música— podemos construir una lógica, la de las notas y sus intervalos, podemos hacer también una escritura en el pentagrama. Pero de la música no podremos hacer nunca un lenguaje en sentido estricto, aquel lenguaje doblemente articulado en fonemas y monemas como exigía la lingüística de André Martinet. También sería abusivo hacer de ella una sintaxis y una semántica, por mucho que queramos estirar la analogía entre música y lenguaje. Tal vez más cercana a lo real de lalangue —la lengua escrita todo junto, de la que Lacan decía que el lenguaje es sólo una elucubración—, la música es antes que nada un goce del cuerpo que habla, una satisfacción pulsional que resuena en todo el cuerpo. Y es por ello que sí se puede bailar la música. Tal vez no haya modo de no bailarla, por poco sensibles que seamos a su impulso, aunque sólo sea tamborileando los dedos sobre la mesa para seguir el ritmo de una canción.

Lo que es seguro, añade Brad Mehldau, es que la música no es ninguna forma de expresión de un sentimiento o de una idea previa, como quieren hacer creer algunos teóricos al describir la experiencia musical. La presencia pulsional que la música introduce en el cuerpo, su objeto a, no es interpretable —en todos los sentidos de la palabra— a partir de otros circuitos pulsionales. Podemos tocar, ver o degustar la música sólo a través de una metáfora sinestésica, aunque músicos como Skriabin o Sibelius hayan querido hacer de esta sinestesia un cierto método. De la misma manera, otro teclista ilustre, Keith Jarrett, se quejaba un día al público interrumpiendo un concierto en directo cuando le hacían fotografías —¡Cuándo entenderán que la música no se puede fotografiar! Tete Montoliu, otro pianista que nos es cercano, también lo sabía, incluso diríamos que gracias a la experiencia personal que le imponía su ceguera de nacimiento.

Vayamos pues a escuchar After Bach. After, después, pero no Beyond, más allá. Mehldau toca cinco de los cuarenta Preludios y Fugas canónicas de Bach intercalando cinco respuestas suyas, cinco resonancias que la escritura del músico barroco ha producido en su cuerpo. Todo ello con un preludio —Before Bach— y un final —Prayer for Healing— que dejan el conjunto muy abierto a su audición. Por ejemplo, después de una fina interpretación del Preludio número 3 en Do sostenido Mayor, Mehldau nos ofrece un Rondo que vuela ligero escaleras arriba para hacérnoslas bajar de inmediato con el vértigo de quien descubre el laberinto sonoro que lleva, inevitable, el sello de Bach. Reconocemos en él el plano del laberinto, muy bachiano, pero nos distraemos gustosos en las idas y vueltas, en las disonancias y contrapuntos, muy mehldanianos, que nos conducen por pasillos que no habíamos escuchado nunca pero que sabíamos que estaban allí, como aquella parte de nuestra casa que no conocíamos y que se nos aparece, extraña, en los sueños. Y así una pieza tras otra, haciendo un injerto del barroco musical con el jazz más transversal de nuestros días. Nada que ver con la operación, más o menos fallida, de interpretar a Bach a ritmo de swing, lectura tan agradable como culturalista que hizo, por ejemplo, un Jacques Louissier  en los años sesenta. No, Mehldau nos muestra los planos de la casa de Bach alzados con la tinta invisible de su objeto a, de la voz que le habla y que sabe hacernos escuchar entre silencios sabiamente dispuestos en el pentagrama. De hecho ¿no es eso mismo lo que Bach hizo con la frase inicial, el aria de quien siempre se discute la autoría, a la hora de construir sus inolvidables Variaciones Goldberg? El tema de partida, treinta y dos compases —algunos sostienen que los ocho primeros son ya una cita de una Chacona de Haendel—, es el plano de un edificio que se irá construyendo en una serie de variaciones de una implacable lógica interna. Quiere decir que Bach, a partir de la cita de otro, desarrolla una serie de citas recursivas sobre su propio tema de partida. Todo ello, hay que recordarlo, para suavizar las noches insomnes del conde von Keyserlingk. Y la  implacable lógica interna no disminuye en nada su libertad en la composición. Hasta llegar a Mehldau citando a Bach.

Entendemos entonces que la música de Bach atraviesa buena parte de las músicas que se han hecho después —la de Brahms, la de Bartok, la de John Coltrane o la de Miles Davis— así como buena parte de las músicas posibles que se puedan hacer hoy. Sólo que algunas no lo saben todavía. Mehldau lo sabe y es un gusto que nos lo haga saber con After Bach.