Don Francisco de Quevedo y Villegas encarna, sin duda alguna, el genio más alto de la literatura castellana, brillando con luz propia en el llamado Siglo de Oro del barroco español. Jorge Luís Borges, que no gustaba de los sutiles retruécanos y juegos de palabras de Quevedo, se refería a él, de modo algo ambivalente, como “el primer artífice de las letras hispánicas [que], como ningún otro escritor, es menos un hombre que una dilatada y compleja literatura.” [1]
Y, en efecto, su extensa y variada obra incluye desde piadosos textos ascéticos, con la gran finura de la más sublime reflexión estoica, hasta la parodia feroz que hurga con ensañamiento en las más bajas pasiones del ser. Leyendo a Quevedo, asistimos a una verdadera pirotecnia del estilo plagada de juegos del significante y de la letra. A la vez, su humor se dirige del modo más crudo y directo posible al objeto de goce desnudo de cualquier apariencia, de cualquier semblante. Si hay alguien con la voluntad expresa de hacer caer todos los semblantes, ese es Quevedo. Lo cómico toma aquí la forma aguda de la sátira feroz en un combate donde la lengua se vuelve espada con la que herir a todo ser viviente.
Es famosa la enemistad de Quevedo con el otro gran poeta del siglo de Oro español, Don Luis de Góngora y Argote. Quevedo le dedicó unos versos burlándose de su aspecto, unos versos que todo bachiller de mi época se sabía de memoria: “Érase un hombre a una nariz pegado…”. La nariz de Góngora era, en efecto, tan prominente como lo excesivo de sus cultas e indescifrables metáforas. En otros versos, Quevedo sigue con sarcástico humor su diatriba contra el ingenioso poeta de ascendencia judía. Son la mejor muestra del arte del insulto quedevesco.
Yo te untaré mis obras con tocino
porque no me las muerdas, Gongorilla,
perro de los ingenios de Castilla,
docto en pullas, cual mozo de camino;
Góngora responderá con un modesto juego de palabras, ironizando con el supuesto abuso que hacía del vino tinto el hidalgo don Francisco, llamándolo: “Quebebo”.
En efecto, el humor burlón y sarcástico de Quevedo, como se dice en castellano, no deja títere con cabeza. Su sátira alcanza a todo el que se mueva en la España decadente del siglo XVII: el rey soberano y el pobre mendigo, el cortesano ampuloso y el político corrupto, el poeta culto y el pedante abogado, la mujer bien casada y la mala prostituta, el judío converso y el no converso, el catalán trabajador y el andaluz saleroso, el buen estudiante y el mal usurero, el monje hipócrita y la astuta beata… La lista de los seres que son objeto de sus burlas y humillaciones es tan interminable como la serie de imágenes y símbolos con los que cualquier sujeto pudiera identificarse para cubrir el vacío de su ser.
Todo ello sucede en un momento crucial del declive del imperio español que ha perdido ya todo su antiguo esplendor y ve caer sus propios semblantes reducidos a la miseria corrupta de su pueblo y sus gobernantes. Y, sin embargo, no hay que olvidar que don Francisco de Quevedo es un noble hidalgo, un hombre cercano al poder, rompu aux intrigues de la cour d’Espagne, nombrado caballero de la gran Orden de Santiago, que mantiene hasta el final de su vida una notable y febril acción política. Encumbrado y desterrado de la corte española varias veces, Quevedo muere pocos días después de salir de su segundo y largo presidio debido a sus sátiras ofensivas contra unos y otros. En sus últimas cartas a un amigo, deja escrita la frase que mejor dice su posición de sujeto ante lo real de la España de su tiempo: “Dios lo sabe; que hay muchas cosas que, pareciendo que existen y tienen ser, ya no son nada, sino un vocablo y una figura.” [2]
La reducción brutal de todos los semblantes a un solo significante y a una imagen vacíos de todo ser, es el producto final de la operación cómica y burlesca de Quevedo, la que animó obras tan sabrosas y lúcidas como “El Buscón”, “Los sueños” o “La hora de todos”.
Hemos dicho que Quevedo no deja títere con cabeza. Y es cierto, pero quiero subrayar un hecho que me parece más interesante y que no suele ser observado por sus lectores. Y es que Quevedo no se excluye finalmente a sí mismo de los títeres sin cabeza de su grotesco teatro. Sus ataques burlescos, tan exagerados y excesivos, tan ridículos a veces, se vuelven entonces más cómicos cuando se encuentran dirigidos al propio sujeto. Varias veces, y siempre muy indicativas, lanza sus críticas burlescas y aceradas también contra sí mismo, incluyendo especialmente su aspecto físico.
El Quevedo que padecía de una severa miopía y una notable cojera es el mismo que puede decir, respondiendo a las burlas para justificar su extraño modo de caminar: "Mis pasos, señores, son más meditados que los vuestros." El Quevedo miope y estrábico que debía usar los anteojos que desde entonces llevan su nombre, “los quevedos”, es el mismo que podía escribir, con un precioso signo de su división subjetiva para explicar su desviada mirada: “Mirábame a mí, que, como estaba tan cerca, no me veía.”
El lector atento entenderá entonces que su arrogancia tan explícita se convierte así en una sátira de su propia arrogancia intelectual. Sátira de su propia sátira, sátira elevada a la segunda potencia, Quevedo nos hace saber que, en efecto, la verdad de su comicidad tiene una estructura de ficción, pero que su operación deja a la vez un resto imposible de reciclar en su ingeniosa maquinaria de lenguaje, un resto de goce del que solo él podía hacerse responsable.
¿Qué enseñanza podemos extraer entonces de la comicidad de Quevedo para el psicoanálisis?
Siempre me ha llamado la atención que Jacques Lacan retomara la referencia a Góngora, y no a Quevedo, para señalar un rasgo de estilo. En su escrito “Situación del psicoanálisis en 1956”, se refirió a sí mismo –sin duda por algún comentario que recibió sobre las dificultades de su estilo barroco–, como “el Góngora del psicoanálisis, para servirles”. Les recuerdo el párrafo donde se refiere a los medios retóricos del inconsciente freudiano:
« Ce qui nous contraint à conclure qu'il n'est pas de forme si élaborée du style où l'inconscient n'abonde, sans en excepter les érudites ; les concettistes et les précieuses, qu'il ne dédaigne pas plus que ne le fait l'auteur de ces lignes, le Gongora de la psychanalyse, à ce qu'on dit, pour vous servir.»[3] "Lo que nos obliga a concluir que no hay forma tan elaborada del estilo en la que no abunde el inconsciente, sin exceptuar las eruditas, las conceptistas y las preciosas, a las que no desdeña más de lo que hace el autor de estas líneas, el Góngora del psicoanálisis, según dicen, para servirles".
Góngora fue el representante insigne del estilo barroco más refinado llamado culteranismo. Francisco de Quevedo fue el representante opuesto en el llamado conceptismo. De hecho, el término “culterano”, que acompaña ya para siempre a Góngora, fue una invención que le endilgó el propio Quevedo, jugando con el significante “luterano” (que en la época era sinónimo de hereje, de judío converso), para ridiculizar y burlarse de su difícil estilo y de sus cultas referencias a los autores clásicos.
Curiosamente, Lacan usa el término conceptista en su referencia a Góngora, poniéndolo en serie con la literatura de las preciosas, y no el término culteranismo con el que se le conoce en el mundo académico.
Sea como sea, la pregunta puede plantearse:
¿Qué rasgos podríamos encontrar en un conceptista quevedesco del psicoanálisis?
¿Qué estilo encontraría en la retórica del inconsciente? Sería un precioso ejercicio de estilo, al estilo de nuestro admirado Raymond Queneau, reescribir algunos textos en el estilo satírico de Quevedo. ¿No hay, tal vez, un ligero rasgo conceptista y quevedesco en el propio texto de Lacan que he evocado, donde dedica algunos sabrosos e irónicos calificativos a los miembros de la comunidad analítica de aquel momento?
Por nuestra parte, la lectura de Quevedo nos enseña que hay que saber dosificar los poderes satíricos de la palabra, incluso y sobre todo en el discurso analítico, sin confundir lo real con el semblante. Cuando se trata de atravesar los semblantes, no hay que querer atrapar lo real del goce en su pura y cruda desnudez, hay que saber que en lo real hay ya un agujero que solo puede abordarse de sesgo, rodearse sin querer añadir nada en él. Se trata entonces de no alimentar la ferocidad obscena del superyó queriendo llenar grandes vacíos una vez caen los semblantes. La lectura de lo cómico en Quevedo nos enseña que la burla y el insulto son también una defensa contra lo real, y que hay semblantes que es necesario respetar para saberlos interrogar de la buena manera.
Encontramos así en Quevedo, de manera ejemplar, las dos caras del superyó. Una es la cara del humor y la comicidad, a la que Freud dedicó su precioso artículo de 1927, la voz que permite hacer aparecer la falta del Otro sin grandes desastres subjetivos, aplacando el sufrimiento del sujeto con su decir benévolo. La sátira cumple aquí la mejor función de tránsfuga del superyó –es el término utilizado por Lacan– y tiene entonces su mejor razón de ser. Tal como indicaba Jacques-Alain Miller en su libro Le Neveu de Lacan, que lleva precisamente el subtítulo de “sátira”: "Pourquoi la satire? Parce qu'une satire soulage."[4] La sátira alivia.
Pero encontramos también en Quevedo la cara más dura y pétrea del superyó como imperativo de goce que Lacan subrayó a lo largo de su enseñanza, la cara que impone al sujeto siempre una renuncia más, siempre un nuevo plus de goce alimentado per esa renuncia, encore. La risa hiriente de Quevedo indica entonces la voluntad del propio goce en el sujeto de hacer caer todos los semblantes, de hacer caer incluso lo que queda una vez han caído todos los semblantes. Llevada al extremo, podemos escuchar cómo resonaría su grotesca carcajada en el mismo boudoir sadiano.
El poeta cubano José Lezama Lima, buen lector de Quevedo, es quien tal vez haya resumido mejor y de manera más concisa la voz terrible del superyó que su obra sigue haciendo presente. Lo hace con una expresión que me parece la mejor conclusión para esta breve semblanza del hidalgo español. Quevedo fue, como escribió Lezama, la “risota en el infierno”[5].
1. Borges, J. L. Prólogos, Buenos aires, Torres Agüero Editor, 1975, p. 126.
2. Carta CCXCI a Don Francisco de Oviedo, en: Luís Astrana Marín, Epistolario completo de Don Francisco de Quevedo Villegas. Instituto Editorial Reus, Madrid 1946, p. 503.
3. Lacan, J., “Situation de la psychanalyse en 1956”, Écrits, Ed. du Seuil, Paris 1966, p. 466-67.
4. Jacques-Alain Miller, Le Neveu de Lacan. Satire. Verdier, Paris 2003, p. 8.
5. José Lezama Lima, Poesía completa. Editorial Letras Cubanas, La Habana 1991, p. 370.
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