Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris salud mental. Mostrar tots els missatges
Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris salud mental. Mostrar tots els missatges

05 d’agost 2017

Ecos de Pipol 8: la clínica fuera de las normas













Entrevista realizada por Betina Ganim para Radio Lacan


1 - ¿Qué repercusiones ha tenido Pipol 8 en la dimensión clínica, política y epistémica?

El tema para este 4º Congreso Europeo de Pipol se ha demostrado muy bien escogido para tratar la coyuntura actual de la clínica en el campo de la llamada “salud mental”, una coyuntura que está macada por una ausencia cada vez mayor de una orientación precisa. “La clínica fuera de las normas” es un título provocador de debate, pero es que hoy parece que una verdadera clínica que atienda al sujeto en su singularidad ya solo puede situarse “fuera de las normas” en todos los sentidos de la expresión. El fracaso del proyecto DSM que se ha estado desarrollando durante estas últimas décadas, como manual normativo para el diagnóstico y tratamiento, ha dejado fuera de la norma, tanto de la norma estadística como de la norma de salud, la mayor parte de fenómenos ordinarios en el sujeto de nuestro tiempo. El sujeto de nuestro tiempo está ya, él mismo, fuera de la norma. Lo que supuestamente vendrá al lugar de este declive del DSM, la orientación llamada con las siglas RDoc (Research Domain Criteria), no hará más que agudizar las contradicciones de esta coyuntura, por el simple hecho que con el solo uso de los llamados marcadores biológicos deja fuera de su campo la singularidad del sujeto de la palabra y del lenguaje, el propio ser que habla y que es el único que puede dar testimonio del sufrimiento psíquico. Hemos podido escuchar múltiples casos en los que esta cuestión ha sido central: casos de autismo, de fenómenos del cuerpo, de síntomas inclasificables, de casos tratados en instituciones y en las consultas privadas, casos que cuestionan las normativas diversas y las ideas previas de normalidad, tanto sobre la sexualidad como sobre la idea de felicidad.
Entonces, en el registro clínico, se trata de sacar consecuencias de esta constatación: la singularidad del ser que habla y sufre de su síntoma está siempre fuera de las normas. La idea misma de norma se muestra entonces como una patología más, el sujeto que se quiere o se supone normal. Hemos escuchado también casos de “normopatía”, por decirlo así, y pueden ser los de peor pronóstico, si se me permite la ironía.
Esto tiene consecuencias inmediatas en el registro político, entendiendo la política en sentido habitual, la política de la salud mental por ejemplo, pero precisamente porque tiene consecuencias en el sentido estricto de la “política del síntoma”, para tomar la expresión de Lacan. El síntoma no es un trastorno que se aparta de la normalidad, un trastorno de inadaptación a la realidad supuestamente normal. El síntoma es lo que cada sujeto debe construir, inventar incluso, para dar una respuesta a lo real, ese real del goce y del lenguaje ante el cual no hay adaptación posible. La política del psicoanálisis parte de esta premisa para dar todo su valor y función al síntoma. ¿Es posible pensar una política, en el sentido amplio y clásico de la palabra, orientada por lo real del síntoma? Es lo que estamos poniendo a prueba siguiendo el impulso que Jacques-Alain Miller ha dado estos últimos meses a la iniciativa de la Red Zadig-Le réel de la vie, que ha tomado la forma de una red cuyos nodos se están multiplicando de manera acelerada en distintos lugares, tanto en Europa como en América.
Todo ello tiene ya efectos sobre el registro epistémico del psicoanálisis en nuestra orientación y sobre las Escuelas de la AMP. Para decirlo con una expresión que el propio Jacques-Alain Miller lanzó hace unos años: creíamos saber lo que hacíamos cuando analizábamos la singularidad del ser hablante; ahora, cuando queremos decir lo que sabemos hacer nos damos cuenta que debemos inventar nuevas formas de decir. ¡Bienvenidas sean!
Serán sin duda formas de decir fuera de las normas, fuera incluso de nuestras propias normas, las que nosotros mismos vamos instaurando sin darnos cuenta. Estar fuera de las normas no es fácil. Bob Dylan, el reciente premio Nobel, decía que para vivir fuera de la ley hay que ser un tipo honesto, de lo más legal. Nosotros podemos decir que para hacer una clínica fuera de las normas hay que ser alguien muy bien sostenido en la ley del deseo, del deseo que no se deja nunca atrapar por la normalización uniforme.


2. ¿Qué lectura puede hacer del Forum animado por Jacques-Alain Miller que se ha desarrollado dentro del propio Pipol 8?

El tema del Forum ha sido de gran actualidad: el ascenso del llamado populismo en Europa. El populismo es algo que designa fenómenos muy variados, desde el ascenso del neofascismo con rostro humano hasta los distintos movimientos populares que surgen del malestar en la calle en las capas sociales más desfavorecidas, pero también, —y no es la menor de las paradojas— de las no tan desfavorecidas. Y se han planteado respuestas desde diversas perspectivas, de políticos, intelectuales y de los propios psicoanalistas. La primera constatación es que no todos entendemos lo mismo con el término populismo. Generalmente se utiliza la palabra de modo peyorativo, ya sea dirigida hacia la derecha como hacia la izquierda, para designar la demagogia en el discurso político, es decir, el uso del puro semblante para los simples intereses de clase, para la  opresión social o para la segregación más brutal de lo diferente, de lo extranjero. Sucede con este término algo parecido a lo que sucede con el nacionalismo: la nación es la mía, los nacionalistas son los otros. Pues bien: el pueblo es el mío, los populistas son los otros. Difícil salir de este malentendido.
En todo caso, Jacques-Alain Miller distinguió el populismo de ayer, que tenía toda su dignidad en el mundo clásico en contra de la autosuficiencia de las élites y de sus privilegios, del populismo de hoy, resultado de la caída del universo comunista que produjo sus propias élites y sus propios privilegios. Estamos viviendo entre los restos ideológicos y políticos de ese universo que ha dado la vuelta, como un guante, en el universo del neocapitalismo, en lo que algunos han llamado las “neo-democracias totalitarias”. ¿Es posible limitar los privilegios de las nuevas élites sin substituirlas por otras nuevas, aunque sea con privilegios aparentemente más decentes? Digamos que la llamada “izquierda”, con el calificativo que se le quiera añadir, se ha visto desde hace un par décadas totalmente a contrapié de la lógica que gobierna estos nuevos movimientos. Responder a las demandas sociales puede ser entendido a veces ya como un populismo, como una cesión al discurso del Amo que no puede descifrar qué deseo se esconde en esas demandas, qué deseo insiste sin saberse decir ni escuchar. Entonces, el discurso del Amo no es sólo el del poder político. Los analistas debemos saber que esta reducción es demasiado fácil y siempre peligrosa. El discurso del Amo también es el discurso del inconsciente, el que se agita en cada uno más allá de lo que cree saber y decir. El discurso del Amo también es el discurso de la transferencia, motor de la experiencia analítica y de la Escuela, en lo que llamamos la transferencia recíproca. Así que denunciar el discurso del Amo es por sí mismo un efecto más de lo que Lacan abordó con su aforismo: “el inconsciente es la política” (subrayo el “es”). Y recordemos lo que el propio Lacan les dijo a los jóvenes de Mayo del 68: denunciar simplemente el discurso del Amo es la mejor forma de reforzarlo.
No podría terminar de responder a su pregunta sin referirme al impactante testimonio que escuchamos justo antes del Forum. Fue el testimonio del Doctor Pietro Bartolo, médico en Lampedusa que está en primera línea recibiendo a los desplazados que llegan a las costas, vivos y muertos terriblemente mezclados, en barcazas indignas. Su testimonio, extraordinariamente vivo y directo, inhumano de tan humano, dejó al auditorio del Congreso entre mudo y agitado, tocado en lo más íntimo por las palabras y las imágenes que mostró. “Ahora ya no pueden decir que no saben”, nos soltó. Lo peor es que lo sabíamos pero no podíamos decir nada de lo que sabíamos después de escucharle a él.
Varios efectos se han sucedido ya. Un miembro de la AMP ha impulsado una colecta para dar apoyo humanitario a la labor que el Dr. Pietro Bartolo está realizando en Lampedusa con muchos otros. Pero él quería sobre todo lanzar una llamada de alarma. La AMP, en tanto es una ONG reconocida ante la Organización de las Naciones Unidas, junto a la SLP, la Escuela italiana, y la EuroFederación de Psicoanálisis presidida a partir de ahora por nuestro colega Domenico Cosenza, está impulsando la realización de una serie de Forums sobre el tema de “lo extranjero” y del malestar social producido por los fenómenos de inmigración y de segregación de enormes masas de población que no atienden ni a fronteras ni a litorales. El reto que tiene Europa ante estos fenómenos es hoy de una magnitud imposible de reducir a números y estadísticas, toca lo más íntimo de la subjetividad de nuestra época, esa subjetividad para la que Lacan exigía al psicoanalista de nuestro tiempo estar a su altura, saber descifrar la lógica que gobierna sus síntomas y sus nuevas formas de gozar.
Estamos en ello.

30 de setembre 2010

Paradojas de la “gestión” de la Salud Mental




















“Gestión”: este es el término que se ha ido extendiendo subrepticiamente desde el mundo empresarial a los ámbitos más diversos de la vida cotidiana. Se habla de gestión de los recursos, de gestión de proyectos, pero también de gestión del conocimiento, de gestión del ambiente y de la cultura, de gestión de la vida familiar. Igualmente se utiliza la expresión “gestión clínica y sanitaria” para designar la acción en las políticas de la salud. Y también se escuchan cada vez más expresiones como “gestión psicológica de la angustia”, “gestión de la vida sexual”, de las relaciones interpersonales… Decididamente, “gestión” es hoy uno de los significantes-amo de nuestra realidad, el significante que gobierna la política que interpreta y a la vez produce la significación de esa realidad. “Gestión” es el significante de lo que debe andar y funcionar según la norma más o menos estadística, la norma con la que se interpreta lo “normal” y que reduce así la singularidad de cada sujeto a la medida que se aparta de ella. La política reducida a la gestión necesita, como si fuera su mejor instrumento, la lógica de la evaluación continuada para justificar su eficacia. Pero la evaluación no es, en realidad, un instrumento, un método de aspecto más o menos científico al servicio de la política reducida a la gestión, sino su ideología más espontánea, tan espontánea que se da por sentada su validez en un acuerdo tácito entre políticos y asesores expertos. La pareja gestión – evaluación se ha convertido así en el recurso mayor frente a los impasses que lo real del síntoma presenta al discurso del Amo.
Este recurso se hace especialmente acuciante y sintomático cuando se trata del ámbito de actuación en las políticas de Salud Mental: cuanto más se “gestionan” recursos y personas en pie de igualdad, más el síntoma se hace escurridizo en su singularidad.
Así nos lo muestra de manera tan franca como opaca a esta lógica el documento publicado el año 2007 por el Ministerio de Salud español, titulado Estrategia en Salud Mental del Sistema Nacional de Salud. El documento traza un recorrido de las políticas de salud mental en España desde 1985, momento en que se elaboró el Informe de la Comisión Ministerial para la Reforma Psiquiátrica, para marcar después las directrices actuales a seguir en el marco europeo.
Sorprende en primer lugar que la autoridad del documento diga sostenerse en una supuesta “unanimidad” de las opiniones de los diferentes sectores y orientaciones implicados en los programas de Salud Mental: “Unanimidad, evaluación y realismo (…) La fuerza de este planteamiento no está en su parte técnica o científica, que también, sino sobre todo en la autoridad que le confiere reflejar una opinión unánimemente compartida. La psiquiatría y la psicología, antaño lastradas por la especulación y la ideología, son ahora materias que basan sus planteamientos en la experiencia y en el método científico” (p. 18). A decir verdad, en este campo hay de todo menos unanimidad, empezando por la propia consideración epistemológica de calificar de científica a la psiquiatría y la psicología actuales, siguiendo por las concepciones clínicas tratadas (sobre la esquizofrenia, los estados depresivos o sobre la misma angustia) y terminando por los modos propuestos para su tratamiento[1]. Digámoslo sin reparos: es precisamente la falta de unanimidad, la diversidad de orientaciones y perspectivas, lo que hace más productiva y finalmente más democrática la realidad de un campo en el que no hay posibilidad de homogenización ni de perspectiva única. Y es resguardando la posibilidad de esta diversidad, especialmente de la diversidad de tratamientos, como se resguarda a la vez el derecho permanente del sujeto a la elección.
¿Cómo podría haber unanimidad, por ejemplo, ante el supuesto ideológico tan gigantesco implicado en el siguiente enunciado cuando es planteado como principio de una política: “Hay datos que revelan una relación estrecha entre el capital social de una comunidad y la salud mental de sus miembros” (p. 20)? La referencia a la recogida empírica de esos “datos” como argumento de cientificidad parecerá pura ironía a un pensamiento mínimamente crítico. Hay quien podría sostener incluso la relación inversa entre estas dos nociones, imposibles de cuantificar por otra parte: a mayor “capital” libidinal acumulado por el sujeto, mayor trastorno y segregación se produce en su vínculo con el Otro social. Un caso de paranoia podría demostrarnos, sin lugar a dudas, tanta verdad científica en esta correlación como en la anterior.
La metáfora económica del “capital social” como signo de buena salud lleva, en efecto, a paradojas insolubles en la defensa ideológica de la “gestión y evaluación de la salud mental”. Entre ellas, la que tiene el mayor interés clínico desde el psicoanálisis: cuanto más se “gestionan” recursos y personas con el criterio prioritario de la eficacia a corto plazo, más el síntoma se hace escurridizo en su singularidad, más retorna de manera insidiosa como segregado por el sistema, más este retorno repetido exige al sistema nuevos recursos. De hecho, el documento mismo no deja de señalar esta paradoja cuando da cuenta de la inflación de recursos cada vez mayor que debe soportar el sistema, denunciando de hecho lo mismo que promueve: “El gasto sanitario ha crecido de forma importante en las últimas décadas. Con el fin de controlarlo, las Administraciones sanitarias han adoptado criterios de gestión empresarial y de mercado, con el riesgo de anteponer la economía a cualquier otra consideración” (p. 30).
Hay que recurrir entonces a otros principios y valores que los económicos, a otras variables que la eficacia y la rentabilidad a corto plazo. ¿Cuáles? Los que la propia ideología de la evaluación promueve como signos de salud mental. La llamada “resiliencia” en primer lugar (p. 75), término técnico con el que hoy se designa el fin último de una terapéutica que promueva esa idea de salud, lo que hace unas décadas se definía de manera más simple como fin de las terapias de modificación de la conducta y que llegó también a una versión degradada del psicoanálisis: adaptación a la realidad. Pero el movimiento circular de la paradoja de la gestión y la evaluación de la salud mental encuentra de nuevo su significación economicista a la hora de justificar su promoción: “La salud mental es un valor por sí mismo: contribuye a la salud general, al bienestar individual y colectivo y a la calidad de vida; contribuye a la sociedad y a la economía incrementando el mejor funcionamiento social, la productividad y el capital social” (p. 74). Es lo que se da en llamar “salud mental positiva” para distinguirla, en una nueva perspectiva, de la que se centraría en el mero tratamiento de los “trastornos mentales”.
En esta nueva perspectiva, la salud, y especialmente la que se califica de mental, no es ya el “silencio de los órganos” con las que el clasicismo de un Claude Bernard la definió, sino un claro objeto de mercado, un plus que, como indicaba Jacques Lacan a propósito de la felicidad, se ha convertido en factor de la política.


[1] Para dar sólo una referencia, de corte tan “científico” como las que se incluyen en el documento, ver: Germán Berríos, Psicopatología descriptiva. Nuevas tendencias, Ed. Trotta, Madrid 2000, así como las recientes críticas de este autor a los métodos de la Evidence Based Medicine.

18 de juliol 2008

Depresión, con demasiada alegría













¿Cómo sigue la política en España el avance imparable de la depresión, esta epidemia que amenaza nuestro futuro pero que es ya hoy la responsable de uno de las mayores partidas del gasto social? Esta es la mejor respuesta que hemos encontrado: “En estos momentos, se toman antidepresivos con demasiada alegría”. Son las palabras del director del Institut Català de Farmacologia alertando a la prensa de los costes y los riesgos de la administración indiscriminada de antidepresivos. ¿Humor involuntario? ¿Lapsus calculado? En todo caso, muestran de nuevo la paradoja en la que se mueven las políticas sanitarias actuales, también en España, entre el imperativo de la eficacia verificable y la hemorragia de un gasto social cada vez más hipotecado a la demanda de curación inmediata del sufrimiento psíquico. Y el problema no es sólo que se tomen sino que se receten… con demasiada alegría. Es la alegría fundada en las promesas anunciadas a tambor batiente por los sucesivos Ministerios de Sanidad estatal y seguidas, más o menos de manera uniforme, por los gobiernos de las Comunidades Autónomas. 

La consejera de Sanidad del gobierno catalán, la Sra. Marina Geli, podía así declarar alarmada por el aumento del gasto social en la prescripción de psicofármacos: “En el trasfondo de la prescripción de muchos psicofármacos, tal vez exista la falta de tiempo del médico de familia o del personal de enfermería, de tener un espacio para escucharlo y decirle: ‘Vuelva usted mañana, porque tal vez esto que tiene es simplemente una tristeza y no un trastorno depresivo’. Pero tal vez tenga sólo dos minutos para hablar de esto” (1) . En realidad, bastan menos de dos minutos para decir esta frase que finalmente deja para mañana lo que no se puede hacer hoy, aplazando la cita con el sujeto de la demanda y de la transferencia, y no por falta de tiempo sino por falta de saber localizar a ese sujeto en su justo término y valor. Es verdad, la indicación de Marina Geli sitúa el problema en su principio, pero harían bien, tanto el médico como el personal de enfermería - ¿y por qué no finalmente un psicoanalista? - en aprender a situar ese sujeto de la demanda siguiendo las indicaciones de Jacques Lacan: “La curación es una demanda que parte de la voz del sufriente, de alguien que sufre de su cuerpo o de su pensamiento. Lo sorprendente es que haya respuesta, y que desde siempre la medicina haya dado en el blanco por medio de las palabras”(2) . Es precisamente cuando faltan estas palabras, y no el tiempo, cuando el objeto, medicamento o respuesta inmediata a la demanda, viene a colmar el vacío abierto entre cuerpo y pensamiento, el vacío de su identidad imposible.
Asistimos así en España a los efectos, tal vez menos espectaculares que en otros lugares pero no menos persistentes, de la ideología de la evaluación y de las políticas “basadas en la evidencia” que afectan también a los diversos estratos del campo de la salud mental. Un sistema sanitario sin sujeto, que se controlara y evaluara a sí mismo con la eficacia de una máquina, este parecería ser finalmente el ideal de un sistema funcionando a la perfección, sin mayor traba que el de la inversión económica que supone. Pero a fuerza de proponer un sistema tan seguro como garantizado por un Otro completo, - llave en mano después de dar dos vueltas al cerrojo -, el resultado es justo el contrario del que se esperaba: la sensación de una inseguridad permanente. En realidad, constatamos a nivel macrosocial lo que encontramos en lo singular de cada sujeto en la intimidad de la consulta psicoanalítica: cuanto más el Otro se esfuerza en hacerse completo, más la división subjetiva florece con todas sus paradojas. O como decía el excelente humorista llamado “El Roto” en una viñeta aparecida en “El País", con un sano saber sobre las paradojas del superyó, inscribiendo el siguiente mensaje en un cartel colgado de un enrejado: “Por razones de seguridad, no hay seguridad”.

1. Marina Geli, Salut mental i qualitat de vida, Generalitat de Catalunya – Departament de Salut, Març 2006, p. 28.
2. Jacques Lacan, Television, Editions du Seuil, Paris 1974, p. 17.

19 de febrer 2008

Por una política psicoanalítica en la Salud Mental












La segunda jornada del Colloque Déprime-Dépression vio desarrollarse, en el corazón mismo del Ministère de la Santé francés, un debate crucial sobre la política y la estrategia del psicoanálisis de orientación lacaniana en la Salud Mental. Ocho intervenciones, desplegadas en cuatro series de dos, expusieron los puntos fundamentales de la clínica de la melancolía y de la llamada “depresión”. Y apareció un mismo hilo conductor que podemos escribir muy bien con el siguiente matema:

D

-------- = M2

M


Matema que podemos leer así: el significante “Depresión” (D) ha venido a sustituir en la clínica actual a la “Melancolía” (M) como índice de la relación del sujeto con su ser. Lo que da como resultado una suerte de retorno del sujeto melancólico elevado a la segunda potencia (M2) en la multitud de fenómenos clínicos que se multiplican y que no pueden ser subsumidos por la mera descripción de la clínica del “trastorno” presentada por el DSM.

Así, en la primera serie dedicada a la cuestión de la melancolía, el Profesor Roland Gori introdujo el tema con la pregunta: “¿Hemos perdido la melancolía?” La “Depresión” pertenece, en efecto, a un estilo de discurso psiquiátrico, técnico y objetivo, que multiplicó por siete ese diagnóstico a partir de la década de los sesenta. El diagnóstico de depresión se ha convertido así en una epidemia en la misma medida que la psiquiatría se ha desconectado desconectado de la clínica clásica. Por el contrario, la melancolía es el resultado de haber perdido el cuidado y la cultura del objeto perdido mismo. La biopsiquiatría sufre así de una suerte de síndrome de Cottard, delirio de negación del ser mismo del sujeto en su vínculo con el Otro. Un diálogo de Kafka sirvió al orador para reivindicar el derecho a la pérdida: “¿Por qué esperas a alguien si sabes que no vendrá? – Es igual, prefiero que me falte mientras lo espero”.

Por su parte, el Dr. Jean-François Rabain, representante de la IPA francesa, expuso la doxa postfreudiana sobre la angustia de separación y su relación con el neodiagnóstico de depresión, cada vez más aplicado y tratado por los mismos médicos de cabecera y no tanto por los psiquiatras. La conclusión tenía, sin embargo, un tinte melancólico: la cura analítica no sería, ella misma, más que una melancolía a duo prolongada.

Jacques-Alain Miller situó en el debate la importancia del término “Depresión” en la actualidad y su coherencia con el esprit du temps. Es el vínculo del síntoma con la civilización, el punto de Arquímedes en el que debemos apoyarnos. El diálogo de “maestros” de la Academia Psicoanalítica sobre el texto de Freud “Duelo y melancolía”, que no se sostenía en estadística alguna, no interesa en absoluto a los evaluadores del bio-comportamentalismo.

La segunda serie fue introducida por el Profesor Alain Vanier que realizó una crítica sistemática a la concepción del DSM donde encontramos un continuum entre los trastornos del humor y las depresiones graves, con una total imprecisión clínica. Por otra parte, es de señalar el desplazamiento que se ha operado en la función de médico que ha asumido la función pedagógica de enseñar al enfermo un saber marcado por una estrategia financiada por los laboratorios farmacéuticos: el enfermo debe consentir al tratamiento sin saber de qué se trata. Todo ello, indica un declive de la propia experiencia del sujeto y del relato de esa experiencia, esencial para la clínica, en aras de una objetivación del sujeto. En este sentido, el problema no es que las TCC sean falsas sino que pueden llegar a ser verdaderas.

M. Hugo Freda puso el contrapunto de la posición irreductible del sujeto llamado depresivo como un “no consumidor” que representa un coste en la economía, pero que hace también presente una falta estructural que no puede colmarse. No hay en este sentido tratamiento standard de la depresión. Al analista le corresponde informar al Otro social de esta condición y, en su práctica, mostrar la eficiencia de la clínica realizada en los CPCT, experiencia que en Francia cuenta ya con diez centros y con unas cinco mil personas que se han beneficiado de sus tratamientos en ellos.

La intervención de Jacques-Alain Miller en este punto introdujo un punto clave que se hizo presente en todo el Coloquio: somos un pueblo sometido al poder de la industria y de la gestión de la población. Rechazamos este modo de gestión pero debemos también ofrecer una salida además de la resistencia: elaborar y proponer una política alternativa de salud mental. El éxito del término “Depresión” no es sólo un éxito de un complot farmacéutico, es también el índice de la relación del sujeto con el objeto al desnudo. La depresión es una enfermedad contemporánea, es cierto, y debemos demostrar que la “pedagogía” es impotente para combatir esta plaga. Hacen falta lugares donde el sujeto haga la experiencia de su relación con el objeto de otra forma, sin un significante amo director. Se trata para la política del psicoanálisis de promover una multiplicación de lugares de la palabra no directivos y de impulsar su socialización. Éric Laurent relanzó a continuación el debate haciendo una crítica de los métodos estadísticos de la correlación sobre muestras homogéneas del sistema actual de cuantificación. Frente a esta forma de evaluación, el psicoanálisis evalúa cualitativamente con métodos más complejos donde prevalece el saber hacer clínico sin la burocracia que lastra el método cuantificativo.

La dos últimas series, - El concepto de depresión en cuestión y El psicoanálisis y la depresión – expusieron desde diversas perspectivas la consistencia de la clínica psicoanalítica en relación a la epidemia depresiva. El Profesor Jean-Claude Maleval partió de una constatación: la “depresión” no existía antes de la invención de los antidepresivos. Así, la estadística del DSM contabiliza el duelo por una muerte como el único acontecimiento de tristeza no patológica, y no, por ejemplo, por una separación o un problema laboral. Así, el propio Robert Spitzer, uno de los redactores del DSM, ha podido señalar la concepción inadecuada al contexto como un problema de dicho manual, problema que se propone solucionar en la edición del año 2011 con la inclusión de nuevas elaboraciones y descripciones. Ante este crecimiento cada vez más ineficaz del sistema descriptivo, se alza por otra parte el cajón de sastre de la llamada “depresión residual” que hace estallar el conjunto de la clasificación. La Dra. Dominique Laurent situó a continuación el fenómeno de la depresión como un índice de que aquello que ha sido afectado es la relación del sujeto con lo viviente en el cuerpo, en la medida que está enfermo de lenguaje. La hipótesis biologicista es que el cerebro haría el Uno de ese cuerpo enfermo de lenguaje. Por el contrario, lo que los analistas podemos desprender de la clínica es que no hay sentido común en la relación al cuerpo del viviente.

El Profesor Roger Wartel empezó citando un testimonio de primera mano que escuchó del famoso psiquiatra americano Karl Menninger, fundador de la Menninger Clinic en Topeka, quien declaraba hacia el final de vida que “el DSM quedará como la vergüenza de la psiquiatría americana”. El cientismo subyacente ha confundido, en efecto, la causa y el efecto en la clínica de los “trastornos” y de los mecanismos neuronales en los neurotransmisores. Un contexto así impone es una servitud mortal en el llamado “deprimido”. ¿Por qué no considerar entonces la depresión como una reacción terapéutica negativa que pide la intervención del psicoanálisis? Las acciones que el psicoanálisis debe emprender en esta dirección pueden enumerarse así: no ceder a la intimidación, no ser prevencionistas, convencer por el caso clínico, poner la transferencia en el principio de nuestra acción.

Finalmente, el Profesor Hervé Castanet, siguiendo una de estas propuestas, expuso la importancia de la singularidad de un caso contra la lógica de la contabilidad. Un caso clínico de una mujer de 38 años que desde los tres años había sido diagnosticada de “depresión”. La muerte de la madre vino a sellar ese diagnóstico en un “yo soy la muerte de ella, así la tengo siempre en mí”, en un duelo imposible que hacía presente el vacó en el cuerpo. Durante un tratamiento de diez años, esta mujer rechazó cualquier tratamiento farmacológico para construir un velo que pudiera desplegarse sobre el vacío del objeto y poder decir así “no” de otra forma. Un interesante debate se abrió a continuación sobre la clínica del “caso por caso” en la que el psicoanálisis se transmite. ¿Es esta, sin embargo, la única forma posible de responder al cientismo cuantificador? El Proyecto Mathema, proyecto de creación de una base de datos psicoanalítica de síntomas, complementario de la clínica de los CPCT, es la formalización que precisa hoy el psicoanálisis para responder en la lengua de los gestores de la salud a los problemas actuales en Salud Mental.

Si la acogida dispensada por el Ministerio de Salud francés y de la ministra Mme. Roselyne Bachelot-Narquin fue, sin duda, un reconocimiento manifiesto y honorable al lugar y a la función del psicoanálisis de orientación lacaniana en la red de Salud, no es menos cierto que, más que nunca, se hace verdad la famosa sentencia freudiana cuando de la política psicoanalítica se trata: “The struggle is not yet over”. En realidad, no ha hecho más que empezar...