Las XXIII Jornadas de la EOL se anuncian con un título tan
enigmático como apasionante: “Bordes de lo femenino: sexualidad, maternidad,
mujeres de hoy”. Y la primera pregunta que el tema nos sugiere es precisamente
la siguiente: ¿Tiene bordes lo femenino, sea éste lo que sea? Un borde sugiere
la existencia de un límite, de una frontera entre dos espacios que son, a
partir de ese momento, extranjeros el uno para el otro, pero con una “medida
común”, como indica Jacques Lacan en su texto “Lituratierra”. La maternidad,
las diversas significaciones del falo, las diversas figuras de la feminidad
contemporánea, son en efecto formas que bordean la terra incognita de lo femenino para darle una medida común, una
topografía que permita nombrar sus accidentes
orográficos, los seres que la habitan, las construcciones simbólicas que
produce y que pueblan nuestra realidad más o menos cotidiana. Sin embargo,
estas formas, por inéditas que sean, dejan siempre una parte no representable
en el mapa del ser hablante, una zona en la que lo femenino no encuentra ya
“medida común”, ni con la maternidad, ni con lo masculino, ni con ningún otro
campo limítrofe. Es allí donde la referencia lacaniana al poeta, Henri Michaux
en este caso, nos lleva a una investigación de los bordes de lo femenino siguiendo
el tema propuesto por las Jornadas. Es una referencia que promueve una
investigación del espacio de lo femenino “entre centro y ausencia”. ¿Qué Otro espacio
indica esta localización paradójica? Es la pregunta que intentaremos responder.
18 de novembre 2014
Victimología
No fue hasta mediados del siglo pasado
que la figura de la víctima mereció ser objeto de estudio en sí mismo, después
de haber quedado relegada a un segundo plano por el discurso jurídico en favor
de la figura del delincuente o del acontecimiento delictivo. Hans von Hentig,
criminólogo alemán emigrado a los EEUU después de la Segunda Guerra Mundial y uno
de los creadores de la victimología, fue el primero en proponer un método
clínico en la formación jurídica para estudiar a la víctima como un nuevo
objeto. El otro cofundador de la disciplina, Benjamín Mendelsohn, siguiendo el
mismo enfoque interaccionista, situó el nuevo objeto víctima en una curiosa
escala según su participación en el origen del acontecimiento traumático. Con
ello empezó una taxonomía de las diversas figuras de la víctima que tomará cada
vez más relieve en el discurso jurídico y social. Llama la atención que ya en
estas primeras clasificaciones aparezca como primer rasgo diferencial la resistencia
o la cooperación en distintos grados de la víctima en el acontecimiento del que
ha sido objeto. Desde la víctima totalmente inocente —llamada curiosamente
“víctima ideal”— hasta la víctima simuladora, se siguen distintos grados de implicación.
A finales de siglo apareció sin
embargo un nuevo fenómeno que modificó sustancialmente la condición del objeto víctima,
un fenómeno asociado a la defensa de sus derechos en todas las tipologías
aisladas. El objeto víctima vino a encarnarse ya no en un sujeto singular sino
en un grupo o en el conjunto de una comunidad. Se produjo así una colectivización
masiva, extendiendo los rasgos de identificación del objeto víctima a grupos o
comunidades más o menos amplias.
Así, asistimos hoy a una
generalización de formaciones asociativas de víctimas, que van desde las asociaciones
de víctimas del terrorismo, víctimas de accidentes de tráfico, pasando por las
víctimas de fraude en el juego online, del aborto o de los efectos nocivos del
amianto, hasta las víctimas de la violencia rural o de las negligencias
médicas. En esta lógica, cada sujeto estaría efectivamente en posición de ser
objeto víctima, de ser identificado en una victimización que se reparte de modos
diversos según grupos y subgrupos sociales. El objeto víctima se diluye de este
modo en otros tantos rasgos de identificación grupal.
Cuando alguien acude al psicoanalista pide
ser reconocido en su singularidad como un sujeto que sufre de una experiencia
traumática. Es en primer lugar una demanda de ser reconocido como tal, y muchas
veces de ser reconocido como víctima objeto de esa experiencia. Es en este
punto donde el psicoanalista opera una inflexión en el sentido que el discurso
social y jurídico han dado a la victimización generalizada para subrayar algo
que, de hecho, este mismo discurso ha introducido ya de maneras diversas sin localizarlo
en su verdadera dimensión: la responsabilidad del sujeto ante su posición de
objeto.
Debemos detenernos entonces en otra diferencia
que la victimología encuentra de una manera cada vez más relevante en sus
observaciones. Es la diferencia entre la “victimización primaria”, la del
objeto víctima del acontecimiento traumático o delictivo, y la “victimización
secundaria”, cuyo origen está en la relación del sujeto con esta misma experiencia,
con el discurso familiar, social y jurídico y con los distintos modos de
intervención del aparato del Estado en su tratamiento. Es llamativo que una
buena parte de los estudios se dediquen hoy a las dificultades surgidas para
tratar esta segunda dimensión de la experiencia de la víctima, la dimensión en
la que el sujeto debe responder ante su posición de objeto. La llamada “doble
victimización” es el peor y más notable efecto de este retorno sobre el propio
sujeto de su posición de objeto víctima ante el Otro social y jurídico.
Desvictimizar a la víctima es así la
primera forma de devolver al sujeto de la experiencia traumática la dignidad de
ser hablante que podría seguir perdiendo en el juego social de las
identificaciones. Distinguir y separar el eje de las identificaciones del Yo y
el eje de la relación del ser que habla ante su posición de objeto es la
primera y más simple operación que debemos deducir de la orientación lacaniana
al tratar la posición de la víctima sin redoblar su victimización.
Se trata aquí de estudiar aquella
“afinidad estructural entre el yo y la vocación de víctima, que se deduce de la
estructura general del desconocimiento”, de “la ley de la victimización
inevitable del yo”, tal como señaló en su momento Jacques-Alain Miller[1].
Y es que, hablando propiamente, el
destino del sujeto —si es que hay destino— es más bien el de ser desecho. Es su
verdadera dimensión de objeto, cuando éste le revela en el fantasma que su aparente
destino no era sino encuentro contingente con un real del que siempre deberá saber
hacerse responsable.
[1] Jacques-Alain Miller, Curso del 26 de
Enero de 1994, publicado en Donc, la lógica
de la cura. Editorial Paidós, Buenos Aires 2011, p. 120-121.
11 de novembre 2014
Barcelona, una Altra per a ella mateixa
En aquest nou segle, moltes ciutats capitals d’Estat
estan deixant de ser el que eren: centre únic del seu poder polític,
administratiu, econòmic i cultural, “cap i casal”, “metròpolis i mare del
regne”, com va ser qualificada la pròpia Barcelona ja fa molt de temps[1].
És una transformació que l’anomenada globalització va imposant en una
diversificació dels llocs de poder cada cop més difusa, en una estructura que tendeix
a la forma d’una xarxa més que no pas a la d’una piràmide jeràrquica. La xarxa,
amb les seves formes diverses que van des de la Internet fins a les noves
cultures basades en la mobilitat del món virtual, desplaça els centres únics
cap a focus multipolars. I això afecta a la vida de les ciutats de manera cada
cop més manifesta[2].
Davant de l’extensió d’aquest fenomen, podem
constatar dues reaccions, dues “respostes clíniques” possibles si se’m permet
l’expressió, dos símptomes que a voltes es poden donar simultàniament en les ciutats
preses com un subjecte de ple dret.
Algunes capitals reaccionen amb certa
malenconia, per dir-ho amb un terme que la psicoanàlisi ha interpretat com una
identificació amb l’objecte perdut. Hi ha ciutats que es resisteixen a
separar-se de l’objecte que han perdut i queden aleshores fixades a l’ombra del
que van ser. L’ombra de l’objecte ha caigut sobre el Jo, escrivia Freud en una
cèlebre fórmula per definir la posició melancòlica. A voltes, algunes antigues
capitals en fan d’això també el seu encant —¡oh, estimada Venècia!—, però sempre
amb el preu del seu declivi imparable.
Altres capitals responen a aquest fenomen amb
una mena de sentiment maníac, d’inflació narcisista de la pròpia imatge que ja
no es correspon amb la seva vida real i efectiva. El Jo ha pres aleshores el
lloc de l’alteritat, el que és una altra manera de negar qualsevol pèrdua
possible. S’aferren aleshores a un centralisme exclusiu i excloent que va a
contracorrent del moviment general menat per la lògica de xarxa. El primer
símptoma d’aquest pendent maníac és la queixa, habitual i creixent, d’una
megacefàlia de la ciutat capital, és a dir, del pes mortífer que el seu ésser
de cap i casal imposa a un cos social cada cop més afeblit. En tenim exemples
prou a prop.
Tant en la malenconia com en la mania, es
tracta de dos efectes mortificants produïts pel pes i per l’ús del poder sense
alteritat possible, el poder que podem simbolitzar amb l’escriptura d’un
significant primer, S1, el significant amo. Són dues formes de negar
l’Altre, l’exterioritat necessària per fer suportable l’ús i el poder del
significant amo. Cal, en efecte, una estructura mínima de dos significants per
sortir de la patologia maníac-melancòlica, perill de tota capitalitat sense
Altre.
Escrivim per fixar les idees aquests dos pols
o focus amb dues lletres indexades: S1 i S2. És la manera
com el psicoanalista Jacques Lacan va formalitzar l’estructura mínima de tot
discurs. El lligam estructural entre els dos significants, (S1 --> S2), en forma de xarxa ens ofereix un model
molt més interessant que el model centrat en l’S1 quan funciona tot sol,
sense un S2 que li faci d’alteritat, d’exterioritat en el seu propi
si.
Seguint aquesta lògica, existeixen altres
símptomes que ens poden ensenyar els reptes actuals de convertir-se en ciutat
capital d’un Estat, encara que no sigui necessàriament per seguir-ne el model.
De fet, en el cas de Catalunya estem veient que no hi ha model possible, que
està gairebé tot per inventar.
Hi ha, per exemple, cada vegada més estats en
els quals la capital, —en el sentit clàssic de lloc central i jeràrquic del
poder administratiu i polític—, no és la ciutat més gran o més poblada, ni la
de més pes específic en els moviments socials i culturals del conjunt de l’estat.
La figura geomètrica de la circumferència amb un centre únic (S1) dóna
pas aquí a la figura de l’el·lipse amb dos focus (S1 à S2) que fan de contrapès l’un per a l’altre.
És una figura que inclou l’alteritat en el si del propi moviment gravitatori. Els
exemples dels Estats Units (Washington D.C – Nova York), del Canadà (Ottawa –
Toronto), del Brasil (Brasília – Sao Paulo), ens mostren que aquesta condició
va més enllà de l’anomenada bicapitalitat en alguns estats. Curiosament, a
Europa són estats petits els que tenen aquesta condició. Per exemple Suïssa, on
la capital Berna té la meitat de població que Zurich, però també Liechtenstein,
San Marino o Malta, microestats europeus que fan present aquesta lògica de
l’alteritat en una estructura d’el·lipse. No volem dir amb això que ens calgui
prendre’ls com a model per a una bicapitalitat, però sí com a signe d’una forma
de fer amb el pes a voltes mortificant de la capitalitat. Cal dir d’altra banda
que en el cas de Barcelona i la capitalitat de Catalunya, ja hi ha hagut
urbanistes que han obert el debat sobre la bicapitalitat o el sistema de ciutat
de ciutats[3].
Des d’aquesta perspectiva, cal subratllar que
Barcelona té una experiència acumulada que pot ser-li molt útil a l’hora de
considerar la possibilitat d’esdevenir capital d’un nou estat. De fet, podem
dir ben bé que Barcelona ha estat ja de fet una cocapital de l’Estat espanyol
en moltes èpoques i durant molt de temps. Ha estat focus de connexió i de
difusió de corrents culturals, científics i de pensament d’Europa i d’arreu del
món, ha estat lloc privilegiat d’encreuament de poblacions i corrents, tant
interiors com exteriors a l’Estat espanyol. La seva vocació d’exterioritat l’ha
fet lloc permanent de trànsits i de migracions, de transmissora en una estructura
de xarxa, més propera a la lògica S1 à S2 que a la
del significant amo funcionant tot sol. Dit amb els termes que hem fet servir
abans: la ciutat de Barcelona ha fet present de manera especialment marcada
l’existència d’una exterioritat i d’una alteritat en l’interior de la unitat
sempre incerta de l’Estat espanyol, ha fet present l’S2 en relació a
l’S1 de la capitalitat, fins i tot quan aquesta cocapitalitat de fet
no li ha estat reconeguda com a tal.
Diguem doncs que Barcelona té ja una
experiència acumulada experiència acumulada de vocació d’exterioritat,
que va des de la integració de diverses immigracions fins a la seva
sensibilitat per la mobilitat deslocalitzada.
Quan es tracta de passar d’aquesta cocapitalitat
de fet a una capitalitat de dret en un nou estat, Barcelona en pot aprendre doncs del que ella
mateixa ha estat en la seva història, seguint la llei psicoanalítica segons la
qual és millor recordar per no repetir. I Barcelona ha estat sempre l’Altra per
excel·lència, l’Altra capital en molts casos. Cal ara que sigui també una Altra
per a ella mateixa, com ho ha estat per als altres.[4] Una capital també que no es miri tant a si mateixa com a voltes creu que
la miren els altres (turistes i no). Una capital doncs ni melancòlica ni
narcisista.
Dit d’una altra manera: Barcelona capital
d’un nou Estat haurà de reinventar-se fent present aquesta vocació d’exterioritat
que ha estat el seu tret fonamental, haurà de saber fer present aquesta
alteritat per a ella mateixa i pel conjunt del nou Estat. Només així tindrà les
millors possibilitats de sobreviure a mig i llarg termini als efectes sempre
mortificants de la capitalitat.
[1] Tal com ens informa la Gran Enciclopèdia Catalana, (en línia), a l’entrada “cap i casal”.
[2] Aquí, ha estat sobre
tot Manuel Castells qui ha insistit de fa temps en aquesta condició de les
nostres formes actuals de vida. Vegeu ja, per exemple, el seu llibre La societat xarxa, Editorial UOC,
Barcelona 2003.
[3] Per exemple, Jaume Masip Tresserra i Josep Roca Cladera, “Repensant el territori català:
cap a una bicapitalitat catalana i metropolitana?”, ACE: Architecture, City and
Environment = Arquitectura, Ciudad y Entorno [en línea]. 2011, Año 6, núm. 18,
Febrero. P. 325-360.
[4] És una fórmula que manllevem a Jacques Lacan quan definia la posició femenina: “la dona esdevé aquest Altre per a ella mateixa, tal com ho és per a ell”. Écrits, Éditions du Seuil, Paris 1966, p. 732.
[4] És una fórmula que manllevem a Jacques Lacan quan definia la posició femenina: “la dona esdevé aquest Altre per a ella mateixa, tal com ho és per a ell”. Écrits, Éditions du Seuil, Paris 1966, p. 732.
07 d’octubre 2014
Transferencia, amor y goce
Beata Ludovica Albertoni - Bernini - 1674 - San Franscesco a Ripa, Roma |
Entrevista realizada por Carlo De Panfilis para la revista APPUNTI
de la Scuola Lacaniana di Psicoanalisi, en Julio de 2014, después del Congreso de la Scuola Lacaniana di Psicoanalisi en Roma, en el que se trató el tema de la transferencia pensada en su relación
estructural entre el amor y el goce.
1. — Tal
como usted lo ha evocado en su intervención conclusiva del Congreso, entre amor
y goce hay siempre una discontinuidad de la cual da cuenta la vida amorosa en
sus derivas y en sus síntomas. La transferencia analítica es el intento de
construir un vínculo entre estos dos territorios de la vida pulsional del
sujeto. ¿Qué fronteras debe afrontar el psicoanálisis del siglo XXI?
Partamos de la idea, fecunda, de frontera. La
frontera supone un límite trazado entre dos territorios, dos espacios que existen
a partir de ese momento como distintos, como extranjeros el uno para el otro. Antes
de trazar una frontera no hay distinción posible entre espacios. De hecho, sin
frontera no podemos concebir al propio espacio. La frontera hace existir dos
territorios de modo que puedan mantener una relación de reciprocidad, con una
medida común entre ellos. Es lo que sucede, por ejemplo, con el cambio entre
monedas de dos países distintos. La medida común permite la reciprocidad. Es
una idea que Lacan investiga en su texto, difícil, titulado Lituraterre, donde
distingue la frontera del litoral, siguiendo la distinción entre la lógica del
significante, que traza fronteras simbólicas, y la lógica de la letra, literal,
que hace más bien de litoral en lo real. Cuando se trata de la letra, todo un
dominio hace de frontera sin que haya pasaje al Otro lado, porque no hay en
realidad Otro lado, sólo corte, discontinuidad. El litoral es una frontera muy
extraña porque no conduce a Otro lugar. Es la experiencia que podían tener, por
ejemplo, los habitantes de uno y otro lado del Atlántico antes de que Cristóbal
Colón dibujara sin saberlo una frontera entre ellos con el viaje de sus tres
carabelas. Debía ser una experiencia extraña, que ya no podemos conocer, ante
la inmensidad de un territorio que no conducía a ninguna parte. Una frontera, en
cambio, además de diferenciar dos dominios, supone que hay un pasaje posible de
Un lugar al Otro. Es la ley del significante, que permite al sujeto remitirse
de un significante a otro, y ser entonces representado por un dominio en
relación al otro. La letra, por su parte y tal como Lacan la elabora como
distinta de una representación gráfica del significante, no supone al Otro, se
inscribe más bien en el lugar del Otro que no existe, supone un corte, un
agujero real en los semblantes, en los significantes del lenguaje.
Valga esta breve introducción para responder
a la pregunta de un modo acorde con la experiencia analítica orientada por lo
real.
El psicoanálisis ha tratado siempre con el
dominio más extranjero que existe para cada sujeto, un dominio sin fronteras
precisas, imposibles de delimitar en el mapa, una terra incognita que sólo aparece como un espacio en blanco hecho de litorales y de
discontinuidades. Freud lo llamó inconsciente y es un dominio que cambia con el
tiempo, como cambia también la clínica de un tiempo a otro, como cambia el
propio psicoanálisis a través de las décadas. Llamamos también a ese dominio
“el campo del goce”, retomando el término que Lacan introdujo para condensar la
libido freudiana y la pulsión de muerte. Cuando se trata del goce, no hay
reciprocidad posible, hay sólo una extranjeridad radical. No podemos decir, por
ejemplo, que el goce del sujeto es el goce del Otro, como sí podemos decirlo
del deseo según la conocida fórmula lacaniana: “el deseo es el deseo del Otro”.
También podemos decirlo del amor que, cosa extraña, Lacan sostenía que siempre
era recíproco: amar es siempre ser amado por el Otro.
En la heterogeneidad territorial que existe
entre estos dos dominios del amor y del goce, siempre extranjeros el uno para
el otro, podemos situar toda la serie de malestares y síntomas del sujeto
contemporáneo que suele llegar al analista precisamente con una queja a partir
de su experiencia singular de extrañeza, de imposibilidad de gozar de aquello
que ama y de amar aquello de lo que goza, de lo que goza siempre a pesar suyo.
Pues bien, estamos asistiendo precisamente en
este siglo XXI al declive definitivo de una clínica, la del DSM, que creía
poder trazar fronteras precisas, clasificando hasta el infinito los malestares
del sujeto con su descripción normativa. Y la propia psiquiatría no puede
concebir hoy qué viene después de ese mar difuso de síntomas y malestares que
se abre cada vez más, como tampoco podían concebir los habitantes precolombinos
qué venía después de su litoral marítimo.
La experiencia de la transferencia analítica,
de la clínica bajo transferencia —como la ha definido hace tiempo Jacques-Alain
Miller— es siempre una novedad en el campo de la clínica. Es un nuevo discurso,
la apuesta de cada sujeto para investigar esa zona de inclusión y de exclusión
entre amor y goce que está en el núcleo de su malestar. Es una apuesta, cada vez
renovada, para saber si puede amar aquello de lo que gozaba, sin saberlo, en su
síntoma. Dicho de un modo que retoma los términos anteriores: se trata para cada
sujeto de saber inscribir y leer su litoral, el de la instancia de la letra de
su inconsciente, allí donde no hay frontera posible entre territorios para
siempre extraños entre sí, nunca recíprocos. Saber leer la letra del texto del
propio inconsciente, esa terra incognita
de cada uno, es el fin propio del psicoanálisis, con el efecto terapéutico, el
único realmente deseable, que se deriva de ello.
Pero digamos a la vez que el mismo psicoanálisis,
desde que Freud descubriera el inconsciente como un Cristóbal Colón del siglo
XX, es y funciona como una terra
incognita de nuestra civilización. Lo es incluso para sí mismo. Por eso
necesitamos la experiencia de la Escuela, que es una forma de inscribir y de leer
los litorales tanto del analista como del sujeto que llama a su puerta, allí
donde sus fronteras ya no sirven o han desaparecido para tratar el malestar del
síntoma.
2.— En
Roma, usted nos ha indicado un próximo tema de trabajo que se anuncia, por su
contenido, fértil para el psicoanálisis: interrogar la articulación entre los
restos sintomáticos y los restos transferenciales. ¿Puede trazarnos este tema
de investigación?
Es la investigación que llevamos a cabo en
esa terra incognita privilegiada de
nuestras Escuelas que es la experiencia del pase, una experiencia después del
final del análisis. La experiencia del pase es también un litoral del psicoanálisis,
una experiencia heterogénea a la del propio análisis, en un dominio sin fronteras
establecidas o dibujadas previamente. El pase es nuestra propia extranjeridad
en la que sólo nos podemos adentrar a partir del trabajo y de los testimonios
de los Analistas de la Escuela.
Sacamos de esa experiencia en cada caso una
enseñanza muy valiosa sobre lo que hemos aislado y llamado “los restos
sintomáticos”, los restos opacos de goce una vez el síntoma ha sido reducido a
su sinsentido. El núcleo del sinthome
que encontramos en la última enseñanza de Lacan está hecho de estos restos
sintomáticos una vez han perdido su poder patógeno y pueden ser reutilizados en
la invención de cada sujeto. Lo que me parece interesante es el vínculo que
podemos establecer ahora entre estos “restos sintomáticos” con aquello que el
propio Freud denominó, precisamente en su texto final de “Análisis terminable e
interminable”, los “restos transferenciales” de un análisis. Los postfreudianos
creían que el final de un análisis consistía en la liquidación de esos “restos
transferenciales”, restos que adquirían entonces, como señala Freud, un tinte
paranoico. Es el drama de la propia institución analítica cuando cree que puede
curarse de la transferencia, del sujeto supuesto saber, de la creencia en el
inconsciente. La historia de la IPA puede leerse muy bien siguiendo el
pentagrama de esta armonía imposible de la liquidación de la transferencia. Hay
que decir que el cientificismo de nuestra época nos empuja a ello, en la
creencia —valga aquí la redundancia del término— de que el saber de la ciencia
puede ahorrarse esa creencia tachándola de religiosa. Hay cierta verdad en ello
cuando los propios analistas no pueden decir nada del destino de la
transferencia en su propia formación y en su propia experiencia. El
psicoanálisis puede virar entonces hacia la religión, como le sucede a veces a
la propia ciencia que ha tomado en muchos casos el relevo de la religión como
lugar de autoridad del saber.
En las Escuelas de la AMP se trata por el
contrario de dar su justo lugar a la transferencia como el motor mismo de la
experiencia analítica y de su transmisión en un uso que no sea de impostura, de
pura sugestión o de creencia en el saber. Ahí, cada uno debe encontrar su
vínculo singular entre los restos sintomáticos y los restos de la
transferencia.
¿Qué hace cada uno con los restos de la
transferencia en su propia experiencia? Es la pregunta que debería dirigir la
elaboración de cada miembro en nuestras Escuelas. Para mí, una idea fulgurante
de Jacques-Alain Miller expuesta en un tweet
funciona como una brújula: “El común de los mortales tiene su sujeto supuesto
saber en el exterior, un analista debería haberlo introyectado = confiar en el
trabajo de su inconsciente”. Pero hay que seguir esa consigna con la que viene
en su siguiente tweet: “¿Puede uno
confiar en su inconsciente? Sí, estando siempre en guardia, ya que hay
traidores y sin fe, y otros que son tontos…”
Me parecen dos principios para una suerte de
“Oráculo manual y arte de prudencia” —como el título de la obra de Baltasar
Gracián— para un analista a la altura de su tiempo.
3.— Usted
nos ha indicado que la apuesta del psicoanálisis, orientada por su real,
orientada por el uno por uno, es hacer de los restos elaborados entre amor y goce
en el cuerpo hablante, el objeto más fecundo y agalmático para relanzar la
transferencia, el amor al inconsciente en el siglo XXI. ¿Nos puede dar una
reflexión ulterior?
De hecho, uno de los primeros descubrimientos
del psicoanálisis —por el que Freud parece de hecho que sigue sin ser
perdonado— fue que en el corazón del amor y del goce se aloja un resto
imposible de reciclar en la supuesta armonía entre los sexos. Por mucho que la
sexología o la psicología de nuestro días se sigan empeñando en ello, en la
imposible complementariedad y reciprocidad entre los sexos se encuentra ese
objeto resto que Lacan escribió con la a
del objeto abyecto, causa del deseo. En efecto, el objeto fetiche sigue siendo
el paradigma del objeto residual sobre el que se construyen las condiciones de
goce para cada sujeto, tanto del lado masculino como del lado femenino.
Recordemos que Lacan situó muy pronto (“La significación del falo”, en 1958)
está condición de estructura en el amor y en el goce, de un modo divergente del
lado masculino y de un modo convergente del femenino. Para el lado masculino,
siempre hay una fuerza centrífuga que tiende a separar el objeto de amor del
objeto del goce. Para el lado femenino, la fuerza es más bien centrípeta,
encarnando en un mismo objeto la demanda de amor y la exigencia del goce,
aunque sea al precio de separarlo finalmente del cuerpo natural de su pareja. La
película “El imperio de los sentidos”, de Nagisa Oshima sigue siendo
paradigmática de esta condición del goce femenino haciendo aparecer ese resto
del objeto en la castración real del hombre. Sea como sea, el final de la
historia hace aparecer siempre el objeto en cuestión como un resto.
No debería sorprendernos tampoco entonces que
Lacan situara ese objeto resto como el alfa y omega de la civilización: “La
civilización —escribía en 1971— es la cloaca”. Y no se trata únicamente del
objeto anal sino de toda la serie de nuevos objetos —orales, escópicos,
invocantes, fálicos— que relucen en el cenit social con las nuevas tecnologías.
Ya no sabemos qué hacer con sus restos imposibles de reciclar.
Lo interesante del psicoanálisis como nuevo
discurso —el último en nacer después del discurso del Amo, con su variante
capitalista, del discurso de la Universidad y del discurso del sujeto Histérico—
es que muestra la fecundidad de este objeto a condición de renunciar a su
reciclaje imposible, a condición de comprender que está en el lugar de un
objeto perdido y que funciona en la medida de esa pérdida estructural. Dicho de
otro modo: no hay ya objeto natural que podamos recuperar, ya sea en la
experiencia sexual o en la experiencia del saber, sólo su sustituto creado por
el lenguaje, por el significante, como un “semblante”. El poeta —José Lezama
Lima en este caso— lo dijo a su manera citando a Pascal: “como la verdadera
naturaleza se ha perdido, todo puede ser naturaleza”. Y añade: frente al
pesimismo de la naturaleza perdida, la invencible alegría de la imagen, de la
metáfora, de la substitución, de la sobrenaturaleza, de lo que nosotros
llamamos también “síntoma”.
El amor en el siglo XXI, el amor en los
tiempos del semblante generalizado, es la invención de un nuevo síntoma que
haga soportable, “sostenible” podemos decir ahora con un tono ecologista, la
imposible relación entre los sexos.
4.—La
transferencia y el cuerpo hablante vinculan los trabajos del reciente Congreso
de la SLP con el próximo Congreso de la AMP, que tendrá lugar en Rio de Janeiro
en 2016. ¿A qué vertientes de la clínica y de la teoría psicoanalítica deberemos
confrontarnos, según usted, para orientar el estudio y la práctica psicoanalítica?
En efecto, el tema del próximo Xº Congreso de
la AMP, tal como lo ha propuesto Jacques-Alain Miller, será “El cuerpo
hablante. Sobre el inconsciente en el siglo XXI”. El cuerpo hablante es un
nombre del inconsciente en el siglo XXI. De hecho, es hoy un nombre más
enigmático todavía que el propio término de inconsciente. ¿Qué es un cuerpo hablante?
Nadie lo sabe definir muy bien, es realmente un misterio, como decía Lacan. Nada
que ver en todo caso con la idea de un organismo, por muy vivo y complejo que
lo supongamos, tal como lo conciben por ejemplo la biología y las neurociencias
de nuestro tiempo. Por otra parte, lo viviente, lo que hace específica la vida,
es también un enigma para la propia biología que no ha llegado a definir
todavía qué distingue a un ser vivo. La Bios
no se deja atrapar tan fácilmente desde la Antigüedad sin remitirla a la muerte
que le resulta consubstancial, una muerte que sólo tiene lugar en un mundo
simbólico, producto ya del lenguaje. Parafraseando a Heidegger, podemos decir
que sólo el ser que habla llega a morir, los otros seres perecen, lo que es muy
distinto.
La ironía de nuestro tiempo es que el término
Bios, que ha designado la vida desde la
Grecia antigua, ha llegado a designar el Basic
Input / Output System, el programa firmware de los ordenadores. Parece así
que la ciencia esté a un paso de confundir definitivamente el ser vivo con un
programa genético, una compleja Máquina de Turing que sería finalmente reducible
a una serie de algoritmos. Es el sueño —pesadilla más bien— del cientificismo
de nuestro tiempo: reducir el ser que habla a una serie de algoritmos
objetivables y manejables de modo computacional. De ahí se han derivado una
serie de tratamientos más o menos degradantes, por ejemplo en el caso del
autismo, cuando se piensa que ese cuerpo hablante sufre de algún desarreglo en
su Bios.
Nada de todo eso tiene en cuenta la
especificidad de lo que llamamos “el cuerpo hablante”.
Lo curioso es que allí donde suponemos que
algo habla suponemos también una vida, y no necesariamente al revés. ¿Cómo
abordar este misterio que es a la vez una evidencia, un indicio más bien del
ser que habla? Nuestra clínica es una Evidence
Based Clinic sólo en este sentido. Para abordarla, precisamos del término y
del campo del goce introducidos por Lacan que reactualizan esta clínica. “Là où ça parle, ça jouit, et ça sait rien”,
leemos en el capítulo IX del Seminario “Encore”:
allí donde algo habla, —el Ello, el Es freudiano—,
algo goza, y no sabe nada de ello. Sólo a partir de esta suposición, creencia
incluso, podemos situar la especificidad del cuerpo hablante, un cuerpo que es
en primer lugar hablado por la lengua del Ello.
Así pues, existe de entrada esta suposición
que es ya una transferencia, un sujeto supuesto saber, allí donde algo habla,
donde algo goza entonces, sin saber nada de ello.
El síntoma es el lugar privilegiado que ha
encontrado el psicoanálisis para escuchar este saber que no se sabe a sí mismo
en el cuerpo hablante. No hay cuerpo hablante sin síntoma. Y la clínica actual
nos plantea una gran variedad de nuevas formas con las que el cuerpo habla y es
hablado, formas que debemos estudiar a la luz de este nuevo término que viene
al lugar del inconsciente freudiano: desde los nuevos síntomas de conversión,
pasando por la angustia, siguiendo por las construcciones fóbicas y obsesivas,
desde las formas de psicosis que llamamos ordinarias hasta las más floridas en
el desencadenamiento y el delirio. En cada caso, la práctica y la experiencia
del psicoanálisis parte de este misterio que habita en el corazón del síntoma y
que llamamos “cuerpo hablante”, otro nombre del parlêtre lacanianio, del ser
que habla bajo transferencia.
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