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16 de març 2015

El Islam en España y la ley del superyó

Ramon Llull apedreado en Bugía (Miniaturas de Karlsruhe)


















Los medios han informado estos días de la detención simultánea en varias ciudades españolas de ocho personas sospechosas de “terrorismo yihadista”, de captar adeptos al Estado Islámico y de difundir su “ideario radical”. En varias ciudades españolas se ha detectado la existencia de “células yihadistas” dispuestas a realizar atentados “en cualquier momento”. La televisión muestra el instante de una de las detenciones en L’Hospitalet, ciudad contigua ya a Barcelona. Un joven de treinta años, esposado y vestido con un chándal del Barça, es conducido por dos policías; antes de entrar en el furgón policial se gira hacia las cámaras y lanza la consigna en árabe: “Alá es grande” —“…y Messi su profeta”, añade alguien con cierto humor.  El periodista interroga después a una vecina que da las ya habituales explicaciones: “Son una familia muy normal, los hijos son muy educados; me ha sorprendido que viniera la policía, pero si ha pasado algo con alguno de los hijos yo no lo sé”. Hace justo treinta años que viven en el barrio.
La escena me ha hecho presente otra, inversa en varios sentidos y unos seiscientos años anterior. Un hombre de setenta años, venido de tierras catalanas pero vestido con hábito sarraceno, se planta en medio de la plaza mayor de la ciudad de Bugía y grita ante la gente que se ha congregado a su alrededor: “La ley de los cristianos es verdadera, santa, cara a Dios. La ley de los sarracenos es falsa. Y estoy dispuesto a demostrarlo”. No pasará mucho rato hasta que la gente empiece a apedrearlo y las autoridades del lugar lo detengan para encarcelarlo. El episodio está explicado en la Vita Coaetanea de Ramon Llull, fechada en 1311. El insigne mallorquín fue en realidad un verdadero fan del islamismo, mantuvo una relación tan fuerte como paradójica con su religión, con su lengua y con su cultura, un vínculo paradigmático para entender la coyuntura de un conflicto que parece haber empezado ayer pero que lleva ya siglos.
El terrible atentado, el 11 de marzo de 2004, en la estación de Atocha de Madrid —casi doscientos muertos y dos mil heridos—, el segundo mayor atentado cometido en Europa hasta la fecha, significó sin duda en España el punto álgido en la percepción de peligro que supone la presencia del Otro malvado en el interior más interior del vínculo social. La comunidad musulmana se apresura una y otra vez a distinguirse de la acción de Al Quaeda o del Estado Islámico actual, sin conseguir separarse de esta percepción especular del Otro malvado.
En realidad es la continuación, por otros medios y con diferentes intensidades, de un antigua relación. Un somero repaso a la historia de España muestra el fuerte vínculo que la cultura española ha mantenido y sigue manteniendo con la cultura árabe y con el islamismo, vínculo marcado irremisiblemente por el conflicto y la exclusión recíproca. Setecientos años de fuerte presencia musulmana —desde el 711 al 1492, para tomar las fechas del principio de la conquista árabe y del final de la reconquista cristiana— no pasan en balde, tanto en la propia lengua, como en cada rincón de la vida religiosa, social y política. Hoy, uno de los objetivos explícitos del Estado Islámico es la re-re-conquista de al-Ándalus, el amplio territorio de la península ibérica que estuvo bajo poder musulmán durante la Edad Media. En realidad, lejos del ideal de la idílica imagen que a veces quiere darse en España de la convivencia entre las tres religiones monoteístas —la cristiana, la judía y la musulmana— que han definido su historia, ésta se ha caracterizado por un sanguinario conflicto de exclusiones y expulsiones, de integrismos, integraciones y desintegraciones de las respectivas comunidades.
En la actualidad, la población musulmana en España es de algo más de un millón de habitantes, unos 280.000 en Cataluña, unos 200.000 en Madrid, algo menos en Andalucía y en la Comunidad Valenciana. Alguien como Sami Naïr ha podido afirmar recientemente que “el islam forma parte de la identidad catalana”, a la vez que sostiene que “la estrategia occidental contra el Estado Islámico es peligrosa” (El Punt Avui, 10/03/2015). La destrucción del Iraq abrió en efecto la caja de Pandora y del “conflicto de identidades”. Más que de un rechazo del Islam, se trataría de una posición segregativa de la inmigración magrebí, alimentada por la politización propia del Islam. Con todo, es demasiado fácil atribuir a un rechazo de la inmigración el poder paranoico que está alcanzando la posición occidental ante el musulmán.
Hay que subrayar aquí la importancia de una nueva figura que ha aparecido en un panorama social que es común a buena parte de Europa: la del integrista integrado, la del terrorista hijo de la propia familia, la del enemigo que devuelve en espejo desde el propio interior de la comunidad la figura del Otro malvado que se trataba de poner en el exterior. En realidad, en el resorte del conflicto segregativo aparece esta figura paradójica del integrista tan bien integrado que no se le reconoce como tal, la del fundamentalista tan bien fundamentado en el vínculo social que se pasa por alto la verdad escondida que muestra en ese vínculo. Se trata finalmente de la figura del “enemigo interior”, tal como Jacques-Alain Miller la subrayó recientemente en su artículo de Lacan Quotidien nº 455, titulado El amor de la policía: “A la espera, sólo percibo una explicación, es que el islamismo guerrero es considerado por la población como un verdadero enemigo interior.”
¿Habrá que recordar el nombre que este “enemigo interior” recibió en la metapsicología freudiana y que Jacques Lacan igualó, a propósito precisamente del caso de un sujeto de la cultura islámica, a “un enunciado discordante de la ley” (cf. su Seminario I)? Es el superyó, y no tiene otro fin que alimentarse de aquella misma satisfacción que el sujeto se prohíbe en su nombre… y desde su propio interior. Tal vez esta figura del superyó, con su ley obscena y feroz, explique hoy también algo de la fascinación que produce al adolescente occidental la ley islámica cuando decide alistarse al “ejército enemigo”.

08 de juliol 2013

El ocaso de la psiquiatría, ¿y después?

















El título propuesto* me ha evocado de inmediato aquel otro ocaso, conocido por haber dado título al texto que Freud escribiera hace ahora casi noventa años, “El ocaso —Der Untergang, en alemán— del Complejo de Edipo”. ¿Tendrá algo que ver este ocaso del universo del Edipo con el que sugiere nuestro título en el universo de la psiquiatría?

Se trataba en el texto freudiano del declive del nudo de relaciones organizadas por la función sim
bólica del padre y de su substitución por una nueva instancia que actuará a partir de entonces como heredero de aquella organización. El heredero es el superyó que, con sus prohibiciones e imperativos, ordenará el goce del sujeto, en los diversos sentidos que tiene la palabra “ordenar”, de organizar y de imponer. El ocaso del Complejo de Edipo detectado por Freud en la primera infancia del niño no indicaba sin embargo un “más allá” de su organización sino más bien su propia pervivencia en el peso de una herencia que, por otra parte, queda siempre por determinar. Conocemos al heredero del Complejo de Edipo, el famoso superyó y sus imperativos de goce, pero no necesariamente la naturaleza y el peso de la herencia que éste recibe y que deberá ordenar.

Si quisiéramos seguir el paralelismo entre los ocasos, podríamos decir que la psiquiatría parece hoy destinada a desaparecer bajo el peso de una herencia que ella misma no puede llegar a determinar de manera clara y precisa. Poco queda de aquella psiquiatría del siglo XIX que ordenó las grandes entidades clínicas, poco queda de la que contribuyó en la primera mitad del siglo XX a cierta función civilizadora señalada en su momento por Jacques Lacan[1], y de cuya clínica el psicoanálisis fue también de otra manera el heredero.

El siglo XXI ha determinado ya la disolución de la psiquiatría y de su práctica como especialidad médica en el caldo heterogéneo de las llamadas neurociencias. Es el objetivo claramente manifestado por las instancias ordenadoras de la disciplina bajo la hegemonía del paradigma biomédico más reduccionista: dejar de lado las descripciones clínicas cada vez más ambiguas para fiarse únicamente de los marcadores biológicos, signos objetivos del trastorno en el cerebro y el sistema nervioso. La integración de la psiquiatría en la biomedicina y en las neurociencias va a la par de la progresiva reducción de la figura del psiquiatra a la de un “gestor de la salud mental” cuyo objetivo explícito es no tener que depender ya del testimonio siempre impreciso de la palabra del sujeto sino partir de los únicos datos objetivos que la tecnociencia de la neuroimagen y de los marcadores biológicos ofrecen al observador de manera aparentemente más eficaz.

Las reacciones no se han hecho esperar para declarar extinta a la propia psiquiatría, desde la llamada postpsiquiatría, pasando por los redactores del manual diagnóstico del DSM, hasta los epistemólogos más reconocidos como Germán Berrios, de la Escuela Psicopatológica de Cambridge, que pone el énfasis en  el “daño irreparable” que la llamada “psiquiatría basada en el evidencia” ha causado a la práctica clínica en el mundo “desarrollado”.

Así se va produciendo, como ha puesto de relieve recientemente Eric Laurent en su texto “Fin de una época”[2], un desplazamiento del sistema diagnóstico representado hasta ahora por el DSM hacia la nueva categorización impulsada desde los propios Estados Unidos por el National Institute of Mental Health con el Research Domain Criteria (RDoC), el nuevo sistema diagnóstico en construcción que tiene como objetivo establecer la cartografía, el mapping, de cada trastorno a partir de los datos objetivos proporcionados por las técnicas de neuroimagen y a partir de los marcadores biológicos.

En esta nueva perspectiva, la función del diagnóstico llevará más allá la tarea reduccionista que el propio DSM había iniciado, nombrando disfunciones neurológicas en lugar de cuadros clínicos. El ideal será poder diagnosticar y tratar el trastorno sin necesidad de intercambiar una sola palabra con el paciente.

El ocaso de la psiquiatría como práctica clínica va entonces a la par de la elevación de un nuevo objeto en el cénit del firmamento cientificista, el objeto cerebro. El objeto del tratamiento es el así llamado “conectoma”, el objeto definido a imagen y semejanza del genoma como el mapa exhaustivo de las conexiones neuronales del cerebro. De la estadística del trastorno, base de la operación del DSM, se pasa así a la cartografía promovida por el sistema RDoC, al mapping cerebral de las funciones cognitivas en un nuevo uso del número y de la medición. La medición, como señala Germán Berrios, consiste ahora en “mapear en números las características de objetos o procesos para que los cálculos posteriores de dichos números puedan brindar información sobre los objetos mismos”[3]. El elemento irreductible que queda fuera de esta cartografía siguen siendo los llamados qualia, es decir la semántica de dichos objetos, aquello precisamente que los convierte en singulares en la experiencia que cada sujeto tiene de ellos. Las escalas de evaluación se convierten entonces en sustitutos numéricos de los síntomas en la creencia de que su experiencia semántica no forma ya parte de la naturaleza del síntoma.

Pero en esta operación lo que queda obliterado no es sólo el sujeto de la palabra sino el propio objeto “mental” que la clínica había abordado hasta ahora desde diferentes perspectivas. Porque, ¿qué es en realidad un mapa sino una serie de fronteras y de significantes que definen y ordenan lugares y los pasajes que pueden hacerse entre ellos? Sin la introducción de esta operación simbólica en lo real no hay objeto posible de la experiencia ni de la propia observación. El mapping es hoy así el fundamento de toda la operación de las neurociencias, —como lo es también por ejemplo en el modelo propuesto por Antonio Damasio—, una operación y un modelo que deja siempre supuesto el lugar de un mapeador, de un cartógrafo que es tan interior como exterior al objeto neuronal considerado. En este punto, las propias neurociencias en las que se intenta absorber la extinta psiquiatría son de hecho un mapping de las funciones biológicas del nuevo objeto percibido como instrumento de las funciones subjetivas, percibido a su vez por las funciones biológicas de otro objeto.

Dicho de otra manera y en los términos que Lacan utilizaba en su Seminario XXIII de 1975 en su crítica al naciente cognitivismo de Noam Chomsky: “Ya no se cree en el objeto como tal, y es por esto que niego que el objeto pueda ser captado por ningún órgano. Ya que el órgano mismo es percibido como un instrumento. Y al ser percibido como un instrumento, como un instrumento separado, es, por esta razón, concebido como un objeto”. La idea según la cual la causalidad y el sentido del síntoma podrían ser captados en una cartografía, en un mapping, del objeto cerebro es de hecho tan delirante como suponer que podemos interpretar el sentido de un cuadro, como “Las señoritas de Avinyó” de Pablo Picasso por ejemplo, a partir del análisis molecular de los pigmentos de su pintura y del lienzo que le hace de soporte. Es esta reducción cientificista la que Lacan define de manera simple con esta operación: “El objeto mismo no es abordado más que por un objeto”.

En esta operación, el objeto desaparece al considerarse totalmente prescindible la dimensión del lenguaje y de la palabra que le dan su lugar. Como decía un investigador puntero en la alianza entre la psiquiatría, las neurociencias y la cibernética, Kevin Warwick, en su reciente paso por Barcelona: “Si lo comparamos con la transmisión instantánea y precisa de la red neuronal, el lenguaje se muestra como un código demasiado ambiguo e impreciso… Y hablar, ¡qué manera tan lenta y primitiva de emisión y recepción de las ondas sonoras!” El lenguaje se ha convertido para el nuevo modelo en un obstáculo, en una suerte de enfermedad, en un virus intrusivo que parasita el cuerpo biológico y lo convierte igualmente en un trastorno de lo real. De hecho, no es una concepción tan alejada de la que Lacan pudo tener al final de su enseñanza cuando sostenía que finalmente “la palabra es un parásito, que la palabra es una lámina incrustada [en el cuerpo], que la palabra es la forma de cáncer que aflige al ser humano”[4]

Después del ocaso de la psiquiatría, en los impasses clínicos a los que seguirá llevando el imperativo de la evaluación numérica, aparece pues más patente todavía un nuevo objeto como herencia imposible de cartografiar, una herencia que es, sin embargo, la causa misma de toda cartografía : el lenguaje como un trastorno de lo real. El lenguaje, como lo biológico desde que se hizo la pregunta todavía sin respuesta de “¿Qué es la vida?”, es hoy el trastorno de lo real por excelencia, el trastorno donde el psicoanálisis escucha la singularidad del síntoma de cada sujeto.
Y es en el amplio margen abierto por el lenguaje en lo real, por el abismo abierto en sus nuevas cartografías, donde por nuestra parte debemos seguir aprendiendo a escuchar las formas de goce singulares de cada sujeto.



* Intervención en sesión plenaria del Segundo Congreso Europeo de Psicoanálisis PIPOL 6, Bruselas, 7 de Julio de 2013.



[1] Ver su referencia a la figura de Henri Ey en el "Discurso  de clausura de las jornadas sobre psicosis infantil", en Psicosis infantil, varios autores, págs. 150-161, Editorial Paidós, Buenos Aires, Argentina, 1976.
[2] Eric Laurent, “Fin d’une époque”, Lacan Quotidien, numéro 319, 14 de Mayo de 2013.
[3] Germán E. Berrios, Hacia una nueva epistemología de la Psiquiatría, Editorial Polemons, Buenos Aires 2011, p. 293.
[4] Jacques Lacan, Le Séminaire, Livre XXIII, Le sinthome, Paris, Seuil, 2005, p. 95.

10 d’agost 2011

Lo que no es medible
























Tal vez la ciencia debería abandonar ya la nostalgia de no haber podido cumplir el imperativo galileano que se suele aducir como la primera máxima de su nacimiento: “Hay que medir todo lo que es medible y hacer medible lo que no lo es”. En realidad, el instrumento que ha sido motivo de grandes avances se demuestra ahora también como un verdadero corsé para hacer el necesario camino de vuelta: de lo cuantitativo a lo cualitativo. Al respecto, la vaga e inconsistente noción de "qualia" con la que las neurociencias actuales intentan atrapar lo imposible de cuantificar es un buen ejemplo del precio que hay que pagar por no dar lugar decididamente a lo más singular e incuantificable del sujeto en la propia ciencia.

¿No será hoy el imperativo galileano, tan imposible de cumplir en realidad en sus dos partes, una ley homóloga al imperativo categórico kantiano, ese imperativo tan cruel y feroz que Freud igualó a la ley loca del superyó? “¡Mídelo, numéralo, cuantifícalo todo!”

Cuando se cita tantas veces la consigna galileana, no habría que olvidar además la enorme distancia que nos separa ya de Galileo y de lo que podía ser "medir" para él y para su época, cuando había que cuantificar, por ejemplo, el tiempo de caída de un cuerpo con una clepsidra, sin disponer todavía de ningún reloj para ello. Hay una historia de la medida y sostener hoy literalmente la consigna de Galileo contra viento y marea puede resultar un anacronismo epistemológico (¡imposible de medir, por otra parte!). De hecho, un vistazo por Internet nos indica que son también los ingenieros del "management" empresarial y de organizaciones los que utilizan la consigna de Galileo como emblema de sus empresas.

A este respecto, las primeras páginas de los periódicos —y las interiores también—, suelen bombardear al lector con cifras para dar la razón de casi todo: desde la economía monetaria hasta el amor.

Por mi parte, cuanto más leo las noticias de estos días sobre la crisis económica, noticias gobernadas por el imperio de lo cuantificable, más me parecen pertinentes las siguientes constataciones sobre la complejidad de la situación actual:

1) La causa de la crisis está más en el miedo incuantificable ante las cifras manejadas por las agencias —la caída absoluta de la llamada "confidence" o confianza de los mercados—, que no en lo que las cifras mismas suponen estar midiendo realmente.
El mismo Paul Krugman señalaba hoy en un artículo de “El País” que la aritmética poco puede decir sobre las razones de esta crisis globalizada.

2) Suponer que una medición empírica es objetiva e independiente de los sujetos que la están haciendo o de los que la están "sufriendo" es un idealismo absoluto y de lo más peligroso. Delirante incluso.

3) Las mediciones pueden ser muy exactas pero dejan escapar necesariamente lo más real de lo que suponen estar midiendo. La verdad va por otro lado y es la que determina los efectos de ese real sobre el que mide y lo que es medido. Exactitud y verdad, como indicaba Lacan en varias ocasiones, no son idénticas. En el caso de la crisis económica, la loca economía del goce y de la pulsión de muerte escapan a cualquier posibilidad de cuantificación. Y esa economía es la que está precisamente en la caída de la “confidence” que se extiende desde los mercados hasta las propias agencias de evaluación, pasando por los bancos.

4) Al imperativo categórico de Galileo conviene responder pues con la máxima de Rabelais: "Ciencia sin conciencia [es decir sin sujeto] es ruina del alma"... y de todo lo demás. 

04 de juny 2011

La voz del Superyó: Just Do It!





















El concepto de Superyó no es claro ni transparente, merece ser historizado tanto en la obra de Freud como en la enseñanza de Lacan y en la propia historia de la clínica. Hay una historia del superyó que se hace presente en la variación de los síntomas de los que él mismo se alimenta. Existe el superyó freudiano que prohibe un goce de una manera siempre imposible de cumplir por completo, con esa ley loca que le dice al sujeto masculino: “así, como el padre, debes ser; y así, como el padre, no debes ser” (cf. S. Freud en “El Yo y el Ello” de 1923). Es el superyó que prohibe pero que también obliga poniendo al sujeto en una disyuntiva imposible de satisfacer: debes hacer A y no A a la vez.
La concepción lacaniana del Superyó operó muy pronto un desplazamiento desde el clásico superyó entendido como prohibición de un goce hacia el superyó, mucho más actual, entendido como un imperativo que finalmente impone al sujeto un goce igualmente imposible de obtener. Vivimos, es cierto, a escala global bajo el imperativo de la obtención de un goce que se revela siempre tan imposible de cumplir en su totalidad como inútil en su parcialidad, tan mortífero en sus consecuencias como ineficaz en su economía irreciclable. La conocida fórmula - “¡Goza!” - con la que Lacan distingue esta dimensión imperativa de un goce en el sujeto contemporáneo puede tener de hecho un buen antecedente en un pasaje de la obra del escritor André Gide, Corydon, alegato escrito en defensa de la homosexualidad contra el moralismo de su época. El autor pone allí en boca de la “voz de la naturaleza” este mismo imperativo, - “¡Goza!” – dirigido tanto al hombre como a la mujer. Es un imperativo que viene al lugar de un inexistente instinto sexual que diría tanto al uno como al otro cuál es el objeto natural y complementario de ese instinto. El imperativo “¡Goza!” que afecta a la pulsión del ser que habla, a diferencia del instinto natural, no dice sin embargo de qué objeto hay que gozar. Lo que produce a ese ser que habla un doble dolor de cabeza, siempre sintomático: tiene que satisfacer a la pulsión y tiene que hacerlo sin saber de entrada con qué objeto. Esta versión del “no hay relación sexual” en André Gide – no hay un objeto natural y determinado para la pulsión sexual –, esta dimensión que se expresa en el sujeto contemporáneo por un imperativo de goce llevado a veces hasta la muerte misma, será repescado por Jacques Lacan para dar la voz más precisa a ese Superyó tan enigmático como insidioso. Es una voz que aparece en toda la diversidad de fenómenos en la clínica contemporánea, desde la anorexia-bulimia, pasando por la serie de adicciones que alimentan la glotonería del Superyó. Si el Superyó prohibe un goce por una parte es para alimentarse él mismo de ese goce rechazado e imponer al sujeto un nuevo sacrificio bajo la forma de nuevos imperativos de goce. La economía de nuestra época y sus fracasos parecen seguir un guión escrito línea por línea por una instancia tan obscena y feroz.
Parece ser que cuando Lacan viajó a EEUU y vio la publicidad “Enjoy Coca-Cola!” escrita en letras luminosas colgando de los edificios urbanos comentó de inmediato: enjoy no será nunca una buena traducción del término jouissance. En efecto, la “jouissance” francesa no ha tenido en inglés ninguna buena traducción y las mejores versiones de textos lacanianaos han optado por dejar el término, tal cual, en francés. Nuestro “goce” castellano se acerca tal vez un poco más a esta dimensión; y el “gaudi” o la "fruïció" del catalán incluso un poco más…
En todo caso, puestos a encontrar fórmulas actuales del Superyó freudiano en la publicidad y en la psicopatología de la vida cotidiana, tenemos la del nuevo imperativo que alimenta hoy a esta figura obscena y feroz: “Just Do It!
Sí, “¡Simplemente hazlo!” parece hoy la fórmula, tan vacía como inmediata en su formulación, con la que economistas y políticos, higienistas y cientificistas, alimentan muchas veces el imperativo del Superyó. Es un imperativo que parece haber descubierto la inutilidad del goce en sí mismo para seguir la lógica implacable de un empuje al acto más allá del objeto del que habría de gozar. “¡Simplemente hazlo!” nos dice sin decirnos en realidad qué es lo que hay hacer.
Es en este nuevo imperativo donde podemos leer seguramente la voz actual del Superyó, una voz que se alimenta de la satisfacción pulsional en la clínica del pasaje al acto, tanto en la intimidad del sufrimiento como en su exposición más pública y, digamos también la palabra, indignante.

28 de juny 2009

“Principio de incertidumbre”, un nombre del superyó*








Gustavo Dessal, Principio de incertidumbre. (RBA, Barcelona 2009).


Seguramente la mejor manera de presentar una novela con este título sería hablar de ella sin conocer su final, especialmente cuando el relato sigue las leyes del suspense de la novela negra. La incertidumbre estaría así asegurada desde el lugar mismo de enunciación de quien la presenta, una incertidumbre que debería transmitirse tal cual al futuro lector. Pero no es este el caso. A la novela de nuestro estimado colega y amigo Gustavo Dessal no le ocurre como a aquella otra evocada por Macedonio Fernández en la que el lector se había ido hacía rato y la novela seguía y seguía y el lector ya no estaba ahí para leerla. No, les aseguro que “Principio de incertidumbre” atrapa de tal modo al lector que debe leerla necesariamente sin poder dejarla hasta el final… final que, por supuesto, no sería de recibo desvelar aquí.

Para presentarla como conviene, les diré pues que conozco el final de la novela pero también que no cuál es su final. Y espero que la incertidumbre que genere esta afirmación, entre conocer y saber, se mantenga hasta el final de mi intervención.

Podemos hablar, eso sí, de su “principio” que también produce una incertidumbre, la incertidumbre del sujeto post-humano, por decirlo así. Sabemos lo importante que es el principio de una novela, su primera frase, su primera escena. Hay famosas primeras frases de novelas, y a veces es lo único que se conoce de ellas. Después del título, que es el álgebra del texto, la primera frase es el teorema que debe estar bien desarrollado a lo largo de las páginas que siguen.

Cada capítulo se inicia de un modo que nos deja en la incertidumbre de quién narra, de quién habla, hasta al cabo de un rato. Debemos esperar unas cuantas frases en cada capítulo para saber de qué se trata en lo que se escribe. Es un recurso narrativo que Gustavo Dessal maneja de un modo tan efectivo, que parece que empecemos una novela en cada capítulo, en una incertidumbre permanente pero ofrecida a pequeñas dosis.

La novela nos sitúa de entrada en un lugar de enunciación marcado por la ironía, en el mundo y la realidad del espectáculo permanente, en el goce del reality show en el que hoy se nos pide vivir. Y mantiene así la incertidumbre de este sujeto desde el principio hasta el final, con la reescritura de una misma escena, -la que abre el relato, la famosa “Noche del cerdo”- cambiando su tiempo y su sujeto. Diez años cambian el sentido de una misma escena. Diez días también pueden bastar. En realidad, basta con contar hasta diez para que ese misterio del sentido penetre en el tejido que llamamos realidad. Y se produce otra ironía: lo que en un momento nos puede escandalizar, un tiempo después puede pasar por un juego de niños, tan inocentes como perversos en su relación con la muerte y con la sexualidad. De hecho, “detrás” de la escena inicial de la “Noche del cerdo”, con su tinte de obscenidad tan actual, hay otra, la de un cuadro enigmático que pone en escena el goce maligno de la infancia, de la violencia de la infancia ejercida sobre la infancia misma. Se trata del cuadro de un tal Anton Van Boek, con la imagen de un niño con los ojos vendados, objeto de una inexplicable crueldad y sujeto de una profunda ignorancia, en un no saber nada del goce que lo habita (p. 223). Es una suerte de escena fundamental, al estilo de la que el texto de Freud “Pegan a un niño” interpretó en la estructura masoquista del fantasma. Ese es el cuadro, Los niños malos, cambiante él mismo, que se pinta y se despinta con el tiempo, y que cambió la vida del protagonista de la novela, Mark.

Desde el principio se nos presenta así la división del sujeto post-humano ante el imperativo de goce que lo corroe, un imperativo que el psicoanálisis nos enseña a leer como el imperativo del superyó. Es un imperativo que divide al sujeto entre lo interior y lo exterior, entre la escena obscena del televisor dentro de su casa y el timbre de la puerta de alguien que llama a horas intempestivas:

“Al decidirme por fin a abrir, temeroso, con esa nerviosa prevención que nos embarga cuando nuestra intimidad se siente amenazada por el mundo exterior…”

Se trata de la división del sujeto que el psicoanálisis nos enseña a tratar en su incertidumbre fundamental ante la muerte y la sexualidad, los dos temas eternos alrededor de los cuales gira todo relato que se precie. Y hay, en efecto, varias posibilidades de tratamiento según el tercer término que haga trío con ellos: la comedia, la tragedia o el drama. Woody Allen decía “comedy is tragedy plus time”: comedia es tragedia más tiempo. El problema es cómo manejar este tiempo, el tiempo de la transferencia en la experiencia analítica, el tiempo de la sesión, el tiempo del análisis, y el tiempo mismo del relato. Gustavo Dessal lo maneja de forma admirable. Hay un tempo de la narración y de las voces distintas que la componen para introducir al lector en el registro de la comedia de los sexos que evitan siempre lo mismo: lo real de la sexualidad y de la muerte.

Creo que, desde esta perspectiva, podemos decir que “Principio de incertidumbre” es una novela que trata sobre el superyó post-humano. Y lo hace poniendo en acto una de las figuras tránsfugas del superyó indicadas por Freud, la del humor. Este superyó está de hecho anunciado en la cita de las Epístolas de Horacio que hace de exordio a la novela: “El culpable es el espíritu, que nunca huye de sí mismo”. En efecto, el sujeto no puede huir de esa parte de sí mismo que encarna el imperativo del goce del superyó. Y el humor de Gustavo Dessal transforma este imperativo en una buena novela.

(Diré entre paréntesis que no todos los que conocen a Gustavo Dessal saben que es un excelente contador de chistes.)


Cinismo e ironía

Frente al goce y a su imperativo encarnado por la voz del superyó hay, es cierto, al menos dos posiciones posibles, la del cinismo y la de la ironía. No es que todo sea apariencia en esta realidad que se nos presenta hoy como reality show, no todo es “semblante”, como dice nos quiere hacer creer el discurso cínico contemporáneo. Lo que ocurre es que cada vez es más difícil aislar lo real de la apariencia, dar a la apariencia lo que es de la apariencia y a lo real lo que es de lo real.

Mark, el personaje de la novela, no niega la condición de cínico que los otros pueden atribuirle con razón. (p. 64):

“Ya sé que todo el mundo me toma por un cínico, y no niego serlo, pero de tanto en tanto me gusta recordar que hubo un tiempo en que era diferente, una existencia anterior en la que de mi boca salían palabras que no estaban dañadas por el salitre del rencor y la rabia. O acaso me engaño, y he sido siempre un hombre envenenado por su mala fortuna”.

Y sí, el cínico se engaña con el fantasma según el cual todo sería posible en el mundo de las apariencias y los “semblantes”.

Pero esa no es “la voz del relato” – para retomar esa expresión de Jacques Lacan a propósito de “El arrebato de Lol V. Stein” de Marguerite Duras – esa no es la voz de “Principio de incertidumbre”. La voz del relato es más irónica que cínica, juega con la apariencia para decirnos que la verdad tiene estructura de ficción pero que esta verdad no autoriza al sujeto a responder al imperativo de goce con un “todo vale”. Y es desde esta ironía que nos ofrece una muy precisa descripción de las paradojas del goce y de la ley del superyó que habita en la voz interior de Mark. Les cito un párrafo, en la página 65, donde se da una preciosa descripción clínica de esta voz del superyó:

“Me acuerdo de su voz, una voz increíble para ser la de un policía, una voz de pájaro desafinado, no sé como pudieron admitirlo. Mientras me hablaba lo imaginaba gritando ‘¡tiren sus armas!’ a un grupo de terroristas, y a los tipos explotando de risa al escuchar unos cloqueos de vieja, te lo juro, él me hablaba de Melinda y yo no podía concentrarme en lo que me decía, porque estaba pendiente de sus cacareos. De acuerdo, no quería aceptar lo que oía, pero no puedes hacerte una idea de cómo sonaba  esa voz. Al final, no tuve más remedio que abrir la oreja y dejar que el mensaje me llegara al cerebro, donde causó una devastación instantánea y convirtió mi mente en esa montaña de escombros que cada día barro de un lado a otro. Es una buena descripción de mi ocupación cotidiana: barro los escombros, los acomodo en un costado de la cabeza, pero se vuelven a desparramar, y entonces tengo que acomodarlos de nuevo, y así día tras día, o casi, porque a veces estoy tan cansado que los dejo por medio, ocupándolo todo. Soy una variante posmoderna de Sísifo, conozco mi castigo y mi culpa. Pero los derechos constitucionales me otorgan un permiso de vez en cuando, a lo sumo un par de días, y vuelta a empezar, echar los escombros a un lado y hacer como que se vive”.

Excelente descripción de los estragos producidos por la voz del superyó en el sujeto de nuestro tiempo. Tal vez, entonces, “Principio de incertidumbre” sea un buen nombre para la voz del superyó: funciona como un imperativo, manda, ordena un goce, pero deja al  sujeto en la más absoluta indeterminación e incertidumbre sobre el objeto de ese goce. - ¡Sí, goza! – le dice al sujeto. - Pero ¿de qué? – responde éste.


La relación de incertidumbre y el goce

No estará de más recordar aquí que el Principio de Incertidumbre fue enunciado por el físico alemán Karl Werner Heisenberg en 1927. Es un principio fundamental de la física cuántica según el cual no se puede determinar, simultáneamente y con precisión, la posición y el momento lineal (la cantidad de movimiento) de un objeto dado. En otras palabras, cuanta mayor certeza se busca en determinar la posición de una partícula, menos se conoce su cantidad de movimiento lineal. Según este principio, sería imposible determinar por ejemplo la trayectoria de un electrón. Como consecuencia del Principio de Incertidumbre se abandonó la noción de órbita ya que ello significaba dar posiciones definidas del electrón y estados de energía igualmente definidos. Sería mejor, como se señala a veces, hablar de una “relación de incertidumbre”.

Pues bien, exactamente aquel mismo año 1927, a no muchos kilómetros de distancia, Sigmund Freud escribía su excelente texto sobre “El humor”, que es también un artículo sobre otra “relación de incertidumbre”, la del sujeto neurótico, que se manifiesta en el superyó. En realidad, el verdadero principio de incertidumbre es la relación de incertidumbre entre los sexos, ese principio que Jacques Lacan enunció con su famoso “no hay relación sexual”: cuanto más creamos definir qué es un hombre, qué es una mujer, menos precisión habrá para definir su relación. O también: cuanto más se ordena el goce, supuestamente con la mejor de las intenciones hedonistas, menos se sabe de qué se goza en realidad. Esto es lo que dice el superyó al sujeto: ¡Goza, pero a condición de que no sepas! “Là où ça parle, ça jouit, et ça sait rien”, decía Lacan en su Seminario Encore.

En ese mismo texto, Freud habla del superyó transmutado en humor como esa voz que le dice al condenado a muerte al levantarse el lunes por la mañana, momento en que va directo a la horca: “bonita manera de empezar la semana”. Pues hay una frase parecida en la novela de Gustavo Dessal (vean la página 101), aunque en una escena inversa en cierto modo:“Ronald empleó las últimas fuerzas del día en desnudarse y meterse en la cama. Cuando estaba a punto de dormirse, cayó en la cuenta de que no se había lavado los dientes. ‘Un día de estos voy a morir con mal aliento’, se dijo, mientras su conciencia se disponía a desmayarse durante seis horas”. Es en esta transmutación del feroz superyó en la figura del humor y la ironía, donde el sujeto encuentra un apaciguamiento de su sufrimiento y una forma de producir algo nuevo en su principio o relación de indeterminación con el goce.

Hay otra “relación de indeterminación”, la del sujeto con su propio inconsciente, ese texto escrito del que ignora qué quiere decir.

Otra página muy interesante de la novela de Gustavo Dessal pone en escena esa relación encarnada en una pareja que se hace escribir sus nombres en chino por una mujer china (en las páginas 112 y 113):

“ … Me gustaría saber si aquí pone mi nombre o no. - ¿Qué más da - Tienes razón, qué más da. Y no volvieron a hablar hasta media hora después, sentados junto a unas jarras de cerveza [Ha hecho falta un tiempo también para que ese hecho cobre una significación y pida ser leído como un enigma]. - Esto demuestra algo muy interesante – dijo Ronald -. Qué cosa nos parece más esencial que nuestro nombre, y sin embargo, cuando lo reducimos a esto, a un trazo, unos cuantos giros de pincel, lo vemos convertido en nada. No puedo saber si éste es mi nombre o no lo es, aunque pongamos por caso que lo fuese. Ya no puedo leerlo, y por lo tanto es indiferente que estos signos me represente. [Pero no, no es indiferente, y es ahí donde habrá que pasar del cinismo a la ironía]. - Es peor que eso –arguyó Mina-, porque te representan sin que tú puedas comprender lo que pone. De algún modo estos cartones son el reflejo de nuestra propia vida, conoces tu nombre pero en el fondo no puedes saber qué es lo que dice. [Conocer no es saber, aunque el knowledge anglosajón de las ciencias cognitivas se confunda en este punto, con consecuencias más bien nefastas.] - Es divertido – replicó McEwan al cabo de un rato. Imagina que la mujer ha puesto aquí la palabra ‘mátame’. Un buen día nos vamos de viaje a China y alguien nos pregunta cómo nos llamamos. Entonces, de pronto nos acordamos de que llevamos en el equipaje el cartón con nuestro nombre. ‘Espere un momento, ya vuelvo, vamos a buscar el cartón y se lo enseñamos al chino’. El tipo lo lee, saca una pistola y nos pega un tiro. Fin de la historia”.

Es un fin posible de la historia del inconsciente en su encuentro con la pulsión de muerte. Pero es una historia de la que nunca sabemos el final: he ahí el principio de incertidumbre.

El cinismo en la relación del sujeto con el texto de su inconsciente se resuelve en un feroz: “eso no tiene nada que ver conmigo”. La ironía es saber avanzar en esta historia pensando: mira que si pone ‘mátame”. Y hay siempre una parte de verdad: desde el momento en que me nombran, que entro en lo simbólico del lenguaje, soy un ser tocado por la muerte, un “ser para la muerte”, por el hecho de ser también un ser sexuado, es decir, prometido al malentendido entre los sexos, al “no hay relación sexual”.

La novela de Gustavo Dessal nos propone precisamente otro final para el principio de incertidumbre que el de la mujer china o el del cinismo contemporáneo, un final al que nos conduce con la sabiduría y el buen humor de la ironía, un final que les invito no sólo a conocer sino sobre todo a saber y a saborear.


* Intervención el 17 de junio de 2009 en Laie Llibreria Cafè, en la presentación del libro de Gustavo Dessal, Principio de incertidumbre, RBA, Barcelona 2009, junto a Lázaro Covadlo, escritor, el autor, y Joan Ramon Lairisa, director de la Biblioteca del Campo Freudiano de Barcelona.