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05 d’abril 2012

Confianza, depresión y "salud social"

Respuestas a Aida Acitores De la Cruz, redactora de Diario Palentino 

1) He estado leyendo algunos artículos de su blog y me parece muy interesante la idea de que la crisis actual no se puede explicar por estadísticas, sino por la transferencia y la confianza en el otro. ¿Es esa falta de confianza la clave de la "depresión" actual que, de algún modo, todos padecemos?

De hecho, son algunos economistas reconocidos, como Paul Krugman, los que han puesto todo el acento en la función que ha tenido, y sigue teniendo, la desconfianza recíproca en el desencadenamiento de la crisis actual. Fue en primer lugar una desconfianza entre los propios agentes económicos y bancarios que luego se extendió, como un reguero de pólvora, al conjunto de los vínculos políticos y sociales de manera global. La confianza en el otro es una variable subjetiva que no puede cuantificarse de ningún modo pero que determina, precisamente, todo cálculo colectivo, por muy objetivo que se quiera. Lo que así queda tocado, y en algunos casos "hundido" en la depresión, es la propia naturaleza del vínculo social y familiar.  

2) Habla también de la tiranía de las cifras y la obsesión de todos (sobre todo nosotros, los periodistas) por tratar de explicar la realidad con números, de cuantificarla. ¿Qué impacto tiene esa falta de humanidad y esa "objetivización" en la salud mental y emocional de la gente?

El sufrimiento psíquico es imposible de cuantificar como tal, no se deja atrapar por las cifras como si fuera la fiebre o el grado de una infección en el organismo. El imperativo "mide todo lo que sea medible y haz medible aquello que no lo es", —fue el ideal de Galileo—, es muy efectivo en otros campos pero fracasa absolutamente cuando se trata de definir y de tratar el sufrimiento de una persona que está deprimida o que sufre de alucinaciones, obsesiones o fobias. Tampoco se puede medir el amor o el deseo. Intentarlo es la mejor forma de empezar a ignorarlos. Y conduce a otro sufrimiento, siempre incuantificable. Hace falta una ciencia de lo que no es ni será nunca cuantificable.

3) Supongo que las causas más "claras" de que se extiendan patologías como la ansiedad, el estrés o la depresión son la falta de seguridad y perspectivas de futuro. ¿Es así? ¿Cabe la posibilidad de que surjan tendencias peligrosas de evasión? (Quizá mayor consumo de drogas, desobediencia al poder...)

No es necesariamente así, depende de cada sujeto en particular. A veces, es en una situación de extrema gravedad, incluso de guerra o de falta de recursos vitales, cuando el sujeto encuentra nuevos recursos para hacer frente a los malos encuentros y puede sentir la extrañeza de un nuevo deseo. Y, al revés, es conocido el fenómeno de la caída en una profunda depresión cuando el sujeto ha conseguido un ideal largamente esperado. También la angustia aparece en muchas ocasiones acompañando situaciones que parecerían ser muy placenteras. La relación que cada uno mantiene con la angustia y el deseo, como ya mostró Freud, es a veces muy paradójica.

4) A un largo plazo, ¿qué peligros conlleva para la "salud social" (si me permite la expresión) el hecho de que la juventud tenga que marcharse o, si se queda, deba renunciar a sus sueños y a su desarrollo personal y profesional? Personalmente entiendo que hay una generación (en la que me incluyo) que hemos sido educada en el argumento de que "si obtienes buenas notas de niño, conseguirás cualquier meta que te propongas de mayor".
¿Cómo se propone, desde el Psicoanálisis, reconducir ese estado de ánimo tan negativo?

El argumento que evoca es, en efecto, fuente de muchas desilusiones y falsas expectativas, y de hecho es finalmente independiente de la situación social. Sobre todo, cuando es el otro quien te fija esas metas y objetivos en la vida. He escuchado a suficientes sujetos que habían alcanzado las metas programadas por otro en su vida para entender el valor irreductible de la verdadera pregunta que escondía ese argumento: "Y tú, ¿qué quieres?" En todo caso, lo que produce efectos devastadores, desde la depresión a la más feroz angustia, es retroceder ante esa pregunta y a las respuestas que cada uno debe saber darle. El psicoanálisis puede ayudar a cada sujeto a encontrar su propia respuesta, sin tener ninguna prefabricada. El psicoanalista Jacques Lacan lo indicaba con una pregunta un tanto enigmática: "Y tú, ¿quieres lo que deseas?" ¿Queremos hacernos cargo, responsabilizarnos cada uno, de lo que deseamos, a veces sin saberlo?

19 de setembre 2006

La Promesa Prozac




A propósito de un dictamen de la Agencia Europea del Medicamento


1.- La reducción del síntoma a un trastorno orgánico sigue la misma lógica que la reducción del lenguaje a un órgano. Tratar el sufrimiento psíquico como la enfermedad de un órgano es una reducción del mismo orden que tratar el lenguaje como una función localizable en algún lugar del sistema nervioso central. Esta reducción, que excluye la dimensión del sentido y del sujeto de la palabra, la dimensión del ser que habla, ha sido uno de los sueños de lo que hoy podemos llamar, en sus distintas versiones, “la tecnociencia”, la práctica que tiene como fin, ya no el saber, sino el poder. Un mundo donde el lenguaje sería idéntico a un órgano – ¿por qué siempre se piensa en el cerebro? – es el sueño del tecnocientífico que piensa encontrar así la llave maestra de la teoría con la que justificar su práctica.



2. – Una reducción de este orden se opera cada vez que se propone el tratamiento farmacológico como solución mayor a un sufrimiento psíquico. Sucede así también cuando se trata de la serie de fenómenos que se agrupan bajo el término “depresión” y que responden en realidad a causas tan diversas como heterogéneas una vez escuchada la singularidad de cada caso. Estas causas no son reducibles, en ninguno de ellos, al órgano imaginado bajo la forma que sea (cerebro, neurotransmisor, gen o proteína). Resulta ser, sin embargo, una reducción seductora porque objetiva el malestar del sujeto atribuyéndole una causa aparentemente exterior a él, porque hace suponer que una acción directa sobre lo real del cuerpo actúa sobre la causa última del trastorno.



3. – Cuando el político o el gestor de la salud pública se dejan seducir por el sueño del tecnocientífico, el resultado puede ser una pesadilla de la que es difícil despertar. Hacia una pesadilla así nos conduce el reciente dictamen de la Agencia Europea del Medicamento por el que se recomienda el uso de la fluoxetina en los niños a partir de los ocho años diagnosticados de depresión. A pesar de opiniones autorizadas que desaconsejan claramente el uso de la fluoxetina especialmente a edades tempranas, la promesa del Prozac – término con el que se conoce en el mercado – se propone sin duda ir más allá del tratamiento de la depresión. Basta con ver el amplio espectro en el que se promueve su uso.



4. - Desde que en 1986 fuera descubierto el uso de la fluoxetina en los Estados Unidos, no han dejado de aparecer nuevas indicaciones de su uso, aunque no se conozcan bien los mecanismos de su acción. A la primera aplicación dirigida al tratamiento de las depresiones graves – el llamado trastorno depresivo mayor – siguió su indicación para el tratamiento de los “trastornos obsesivo-compulsivos”, se extendió al tratamiento de las depresiones menores y de las crisis de angustia – los “trastornos de pánico” – ya fueran o no derivadas en fobias, de los trastornos disfóricos premenstruales y de los asociados a la menopausia, pero también de la bulimia, la anorexia, el alcoholismo, los trastornos del sueño, las migrañas, las fibromialgias, el trastorno de stress postraumático, los tics, la obesidad, las disfunciones sexuales... hasta para el tratamiento del autismo. El furor generado en el mercado ha llevado a proponerla también para tratar ocasionalmente el llamado “trastorno por déficit de atención con hiperactividad”, diagnóstico con el que se intenta la prevención de los futuros delincuentes y violentos.

Si bien la lista de aplicaciones se ha ido alargando por un lado, también se ha ido limitando por otro, habida cuenta de los efectos detectados, a veces manifiestamente paradójicos con sus virtudes curativas: además de los diversos efectos somáticos, se dan “efectos secundarios” como el insomnio, el nerviosismo, la ansiedad... hasta llegar al riesgo de suicidio, tal como avisó el conocido psiquiatra David Haley en la famosa polémica lanzada en el año 2000, polémica que atravesó el medio universitario para llegar a las multinacionales del fármaco y a los gabinetes de política de la salud.



5. - Sin poder parar, sin embargo, la maquinaria que denunciaba, David Haley constataba así algo que la clínica psicoanalítica sitúa con la brújula del deseo y de su paradójico objeto: desinhibir al depresivo, “curarlo” de esta forma del afecto que viene al lugar de la pregunta por la causa, puede ser la mejor forma de llevarlo al pasaje al acto. Cuanto más se abría el abanico de aplicaciones más se disputaba, por supuesto, el monopolio sobre el Prozac. La patente de su fabricación y comercialización, uno de los mayores negocios farmacéuticos de la historia en manos hasta entonces de una sola empresa, fue distribuida en 2001 a diversas empresas.



6. – La lógica de la reducción del síntoma al trastorno, del lenguaje al órgano, de la causa al neurotransmisor, tiene en este caso un efecto doblemente excluyente, doblemente segregativo, justamente al proponerse como tratamiento al alcance de todos, también en el periodo de la infancia. Propone tratar el trastorno-objeto por medio, no de un sujeto sino de otro objeto, el objeto denominado Prozac. La reducción del sujeto al objeto, principio de toda segregación, se ve ahora llevada más allá cuando es el niño y el adolescente el que se hace objeto de la promesa Prozac. Todo ello, por supuesto, en nombre del mejor ideal de integración y bienestar social.

El retorno del síntoma está sin embargo, siguiendo esta lógica, asegurado.



El fenómeno Prozac llega entonces a los medios de comunicación con toda la polémica propia de una panacea que va mostrando no sólo sus obvias limitaciones sino también su lado más oscuro y cuestionable. La pregunta en la calle da cuenta entonces del retorno de la pregunta por el sujeto que, con razón, siempre sospecha que va a ser tratado como un objeto en nombre de su bienestar: ¿No será que algo que cura tantas cosas terminará por curarnos de nosotros mismos? Se trata en realidad de una operación sistemática de control y de domesticación de lo más singular del sujeto en nombre del ideal del bienestar.



7. – Lo deplorable del dictamen y de las decisiones que justifica en el mercado de la salud mental no debe hacernos olvidar el principio ético que está en juego y que Jacques Lacan pudo señalar a propósito de su crítica a un Noam Chomsky y su concepción del lenguaje como un órgano: “Cuando el órgano es percibido él mismo como un útil, un útil separado, es concebido a este título como un objeto. En la concepción de Chomsky, el objeto no es abordado él mismo más que por un objeto. En cambio, es por la restitución del sujeto en tanto tal, en tanto que él mismo no puede más que estar dividido por la operación del lenguaje, que el [psico]análisis encuentra su difusión” [1]



8.- Una clínica y una política dirigidas a la reducción del sujeto a un objeto, y a su tratamiento... no por un sujeto sino por otro objeto, no anticipa otro destino que el retorno, cada vez más insidioso, del síntoma segregado. La política del psicoanálisis es aquí, de nuevo, la política del síntoma, esto es, propiciar una clínica del sujeto que se oponga a la “política de las cosas”[2].








[1] Jacques Lacan (1975), Le Séminaire, livre XXIII, “Le sinthome”, du Seuil, Paris 2005, p. 36. La traducción es nuestra.


[2] Es con este término que Jean-Claude Milner ha designado recientemente la pendiente actual de la política fundada en la ideología de la evaluación.