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01 de desembre 2025

Quevedo, la sátira y el superyó












Don Francisco de Quevedo y Villegas encarna, sin duda alguna, el genio más alto de la literatura castellana, brillando con luz propia en el llamado Siglo de Oro del barroco español. Jorge Luís Borges, que no gustaba de los sutiles retruécanos y juegos de palabras de Quevedo, se refería a él, de modo algo ambivalente, como “el primer artífice de las letras hispánicas [que], como ningún otro escritor, es menos un hombre que una dilatada y compleja literatura.” [1]

Y, en efecto, su extensa y variada obra incluye desde piadosos textos ascéticos, con la gran finura de la más sublime reflexión estoica, hasta la parodia feroz que hurga con ensañamiento en las más bajas pasiones del ser. Leyendo a Quevedo, asistimos a una verdadera pirotecnia del estilo plagada de juegos del significante y de la letra. A la vez, su humor se dirige del modo más crudo y directo posible al objeto de goce desnudo de cualquier apariencia, de cualquier semblante. Si hay alguien con la voluntad expresa de hacer caer todos los semblantes, ese es Quevedo. Lo cómico toma aquí la forma aguda de la sátira feroz en un combate donde la lengua se vuelve espada con la que herir a todo ser viviente. 

 

Es famosa la enemistad de Quevedo con el otro gran poeta del siglo de Oro español, Don Luis de Góngora y Argote. Quevedo le dedicó unos versos burlándose de su aspecto, unos versos que todo bachiller de  mi época se sabía de memoria: “Érase un hombre a una nariz pegado…”. La nariz de Góngora era, en efecto, tan prominente como lo excesivo de sus cultas e indescifrables metáforas. En otros versos, Quevedo sigue con sarcástico humor su diatriba contra el ingenioso poeta de ascendencia judía. Son la mejor muestra del arte del insulto quedevesco.

 

Yo te untaré mis obras con tocino
porque no me las muerdas, Gongorilla,
perro de los ingenios de Castilla,
docto en pullas, cual mozo de camino;

Góngora responderá con un modesto juego de palabras, ironizando con el supuesto abuso que hacía del vino tinto el hidalgo don Francisco, llamándolo: “Quebebo”.

 

En efecto, el humor burlón y sarcástico de Quevedo, como se dice en castellano, no deja títere con cabeza. Su sátira alcanza a todo el que se mueva en la España decadente del siglo XVII: el rey soberano y el pobre mendigo, el cortesano ampuloso y el político corrupto, el poeta culto y el pedante abogado, la mujer bien casada y la mala prostituta, el judío converso y el no converso, el catalán trabajador y el andaluz saleroso, el buen estudiante y el mal usurero, el monje hipócrita y la astuta beata… La lista de los seres que son objeto de sus burlas y humillaciones es tan interminable como la serie de imágenes y símbolos con los que cualquier sujeto pudiera identificarse para cubrir el vacío de su ser.


Todo ello sucede en un momento crucial del declive del imperio español que ha perdido ya todo su antiguo esplendor y ve caer sus propios semblantes reducidos a la miseria corrupta de su pueblo y sus gobernantes. Y, sin embargo, no hay que olvidar que don Francisco de Quevedo es un noble hidalgo, un hombre cercano al poder, rompu aux intrigues de la cour d’Espagne, nombrado caballero de la gran Orden de Santiago, que mantiene hasta el final de su vida una notable y febril acción política. Encumbrado y desterrado de la corte española varias veces, Quevedo muere pocos días después de salir de su segundo y largo presidio debido a sus sátiras ofensivas contra unos y otros. En sus últimas cartas a un amigo, deja escrita la frase que mejor dice su posición de sujeto ante lo real de la España de su tiempo: “Dios lo sabe; que hay muchas cosas que, pareciendo que existen y tienen ser, ya no son nada, sino un vocablo y una figura.” [2]

 

La reducción brutal de todos los semblantes a un solo significante y a una imagen vacíos de todo ser, es el producto final de la operación cómica y burlesca de Quevedo, la que animó obras tan sabrosas y lúcidas como “El Buscón”, “Los sueños” o “La hora de todos”. 

 

Hemos dicho que Quevedo no deja títere con cabeza. Y es cierto, pero quiero subrayar un hecho que me parece más interesante y que no suele ser observado por sus lectores. Y es que Quevedo no se excluye finalmente a sí mismo de los títeres sin cabeza de su grotesco teatro. Sus ataques burlescos, tan exagerados y excesivos, tan ridículos a veces, se vuelven entonces más cómicos cuando se encuentran dirigidos al propio sujeto.  Varias veces, y siempre muy indicativas, lanza sus críticas burlescas y aceradas también contra sí mismo, incluyendo especialmente su aspecto físico. 


El Quevedo que padecía de una severa miopía y una notable cojera es el mismo que puede decir, respondiendo a las burlas para justificar su extraño modo de caminar: "Mis pasos, señores, son más meditados que los vuestros." El Quevedo miope y estrábico que debía usar los anteojos que desde entonces llevan su nombre, “los quevedos”, es el mismo que podía escribir, con un precioso signo de su división subjetiva para explicar su desviada mirada: “Mirábame a mí, que, como estaba tan cerca, no me veía.”

 

El lector atento entenderá entonces que su arrogancia tan explícita se convierte así en una sátira de su propia arrogancia intelectual. Sátira de su propia sátira, sátira elevada a la segunda potencia, Quevedo nos hace saber que, en efecto, la verdad de su comicidad tiene una estructura de ficción, pero que su operación deja a la vez un resto imposible de reciclar en su ingeniosa maquinaria de lenguaje, un resto de goce del que solo él podía hacerse responsable. 

 

¿Qué enseñanza podemos extraer entonces de la comicidad de Quevedo para el psicoanálisis? 

 

Siempre me ha llamado la atención que Jacques Lacan retomara la referencia a Góngora, y no a Quevedo, para señalar un rasgo de estilo. En su escrito “Situación del psicoanálisis en 1956”, se refirió a sí mismo –sin duda por algún comentario que recibió sobre las dificultades de su estilo barroco–, como “el Góngora del psicoanálisis, para servirles”. Les recuerdo el párrafo donde se refiere a los medios retóricos del inconsciente freudiano:

« Ce qui nous contraint à conclure qu'il n'est pas de forme si élaborée du style où l'inconscient n'abonde, sans en excepter les érudites ; les concettistes et les précieuses, qu'il ne dédaigne pas plus que ne le fait l'auteur de ces lignes, le Gongora de la psychanalyse, à ce qu'on dit, pour vous servir.»[3] "Lo que nos obliga a concluir que no hay forma tan elaborada del estilo en la que no abunde el inconsciente, sin exceptuar las eruditas, las conceptistas y las preciosas, a las que no desdeña más de lo que hace el autor de estas líneas, el Góngora del psicoanálisis, según dicen, para servirles".

 

Góngora fue el representante insigne del estilo barroco más refinado llamado culteranismo. Francisco de Quevedo fue el representante opuesto en el llamado conceptismo. De hecho, el término “culterano”, que acompaña ya para siempre a Góngora, fue una invención que le endilgó el propio Quevedo, jugando con el significante “luterano” (que en la época era sinónimo de hereje, de judío converso), para ridiculizar y burlarse de su difícil estilo y de sus cultas referencias a los autores clásicos. 


Curiosamente, Lacan usa el término conceptista en su referencia a Góngora, poniéndolo en serie con la literatura de las preciosas, y no el término culteranismo con el que se le conoce en el mundo académico. 

Sea como sea, la pregunta puede plantearse: 


¿Qué rasgos podríamos encontrar en un conceptista quevedesco del psicoanálisis? 


¿Qué estilo encontraría en la retórica del inconsciente? Sería un precioso ejercicio de estilo, al estilo de nuestro admirado Raymond Queneau, reescribir algunos textos en el estilo satírico de Quevedo. ¿No hay, tal vez, un ligero rasgo conceptista y quevedesco en el propio texto de Lacan que he evocado, donde dedica algunos sabrosos e irónicos calificativos a los miembros de la comunidad analítica de aquel momento?

 

Por nuestra parte, la lectura de Quevedo nos enseña que hay que saber dosificar los poderes satíricos de la palabra, incluso y sobre todo en el discurso analítico, sin confundir lo real con el semblante. Cuando se trata de atravesar los semblantes, no hay que querer atrapar lo real del goce en su pura y cruda desnudez, hay que saber que en lo real hay ya un agujero que solo puede abordarse de sesgo, rodearse sin querer añadir nada en él. Se trata entonces de no alimentar la ferocidad obscena del superyó queriendo llenar grandes vacíos una vez caen los semblantes. La lectura de lo cómico en Quevedo nos enseña que la burla y el insulto son también una defensa contra lo real, y que hay semblantes que es necesario respetar para saberlos interrogar de la buena manera.

 

Encontramos así en Quevedo, de manera ejemplar, las dos caras del superyó. Una es la cara del humor y la comicidad, a la que Freud dedicó su precioso artículo de 1927, la voz que permite hacer aparecer la falta del Otro sin grandes desastres subjetivos, aplacando el sufrimiento del sujeto con su decir benévolo. La sátira cumple aquí la mejor función de tránsfuga del superyó –es el término utilizado por Lacan– y tiene entonces su mejor razón de ser. Tal como indicaba Jacques-Alain Miller en su libro Le Neveu de Lacan, que lleva precisamente el subtítulo de “sátira”: "Pourquoi la satire? Parce qu'une satire soulage."[4] La sátira alivia.

 

Pero encontramos también en Quevedo la cara más dura y pétrea del superyó como imperativo de goce que Lacan subrayó a lo largo de su enseñanza, la cara que impone al sujeto siempre una renuncia más, siempre un nuevo plus de goce alimentado per esa renuncia, encore. La risa hiriente de Quevedo indica entonces la voluntad del propio goce en el sujeto de hacer caer todos los semblantes, de hacer caer incluso lo que queda una vez han caído todos los semblantes. Llevada al extremo, podemos escuchar cómo resonaría su grotesca carcajada en el mismo boudoir sadiano.

 

El poeta cubano José Lezama Lima, buen lector de Quevedo, es quien tal vez haya resumido mejor y de manera más concisa la voz terrible del superyó que su obra sigue haciendo presente. Lo hace con una expresión que me parece la mejor conclusión para esta breve semblanza del hidalgo español. Quevedo fue, como escribió Lezama, la “risota en el infierno”[5].

 

(Intervención en las Journées de l'Ecole de la Cause freudienne, París, Noviembre de 2025)


1. Borges, J. L. Prólogos, Buenos aires, Torres Agüero Editor, 1975, p. 126.

2. Carta CCXCI a Don Francisco de Oviedo, en: Luís Astrana Marín, Epistolario completo de Don Francisco de Quevedo Villegas. Instituto Editorial Reus, Madrid 1946, p. 503.

3. Lacan, J., “Situation de la psychanalyse en 1956”, Écrits, Ed. du Seuil, Paris 1966, p. 466-67.

4. Jacques-Alain Miller, Le Neveu de Lacan. Satire. Verdier, Paris 2003, p. 8.

5. José Lezama Lima, Poesía completa. Editorial Letras Cubanas, La Habana 1991, p. 370.

13 de juliol 2017

Góngora y Quevedo: la querella político-poética española


















(Intervención en el Curso de Jacques-Alain Miller, Paris, 24 de Junio de 2017)

Si hay un debate que encarna de manera paradigmática en España la querella entre sus pueblos y sus formas diversas de gozar, ese es el debate sobre la querella interminable entre las dos grandes cimas de la poesía del barroco español del siglo XVII, don Luís de Góngora y Argote y don Francisco de Quevedo y Villegas.
Digamos de entrada que, en opinión de los estudiosos, la querella entre Góngora y Quevedo —o entre Quevedo y Góngora para que no se enfade todavía hoy uno más que el otro— podría ser una querella tan inventada y mítica como cierta y verdadera. Unos la leen como una construcción a posteriori que la tradición literaria habría transmitido a partir de lo que habría sido un simple episodio de juego poético, un puro ejercicio de estilo de dos grandes malabaristas de la lengua que gustaban de lanzarse los insultos más ingeniosos: Góngora, el representante del culteranismo —más artificioso y clasicista— y Quevedo, el representante del conceptismo —más llevado por el ingenio del concepto y de la agudeza—. Otros leen, sin embargo, esta querella como una verdadera y cruel lucha ideológica por el poder político y poético de la época en un momento clave del declive del Imperio Español que ya no volvería a levantar cabeza. Las dos Españas clásicamente enfrentadas encuentran hoy, en efecto, un modo de hacerse representar en estas dos posiciones atravesadas por una misma lengua pero por formas de gozar que no pueden reconocerse entre ellas, que parecen destinadas a la recíproca y fatídica exclusión.
Me he sumergido gustoso estos días en la abundante y densa literatura producida entorno a este episodio de la cultura española que sigue desatando todo tipo de pasiones entre gongorinos y quevedistas. He aquí los retratos que obtenemos.
De un lado, Don Luís de Góngora: provinciano andaluz de la ciudad de Córdoba, formado en la Universidad de Salamanca y que accede por su propio pie a la Corte de Valladolid, descendiente de judíos conversos, de los judíos que habían sido expulsados de España hacía un siglo, sin vocación política expresa, vividor y amante del juego de las cartas y de la vida disoluta, sin aprecio por el dinero ni por la vida cristiana cuyas leyes quebranta sin demasiada vergüenza. Es en ese momento el poeta ya consagrado y reconocido, que ha marcado el corte radical con la tradición renacentista, autor de las “Soledades”, impresionante edificio barroco de la lengua que retuerce palabras y sentidos danzando sobre el vacío para entregarnos a cada pirueta un plus de gozar como oro en paño. Don Luís de Góngora, el “nuncio canoro” de la lengua (el gallo que canta al amanecer del lenguaje), el que motivó uno de los pocos apelativos que Jacques Lacan se dio a sí mismo, “el Góngora del psicoanálisis, según dicen, para servirles”[1].
Del otro lado, Don Francisco de Quevedo: hidalgo castellano de la ciudad de Madrid, formado en los jesuitas y estudiante de teología en la Universidad de Alcalá de Henares —lo que quiere decir la mayor excelencia académica de la época—, rodeado desde siempre de los nobles y potentados de la Villa y Corte —el Madrid más realista y palaciego—, con una vocación política y un gusto por las armas que siempre quiso anteponer a las letras, feroz antisemita, devoto y estoico cristiano que no dudará sin embargo en adentrarse en las zonas más oscuras y escatológicas de los goces y las lenguas. Es el joven provocador que lanzará toda clase de insultos e improperios al reconocido maestro, diecinueve años mayor que él, su Góngora obsesivo, su “Gongorilla, perro de los ingenios de Castilla” tal como lo apodó en uno de sus furibundos ataques. Cojo de nacimiento, algo deforme y con una severa miopía, huérfano de padre a los seis años, de infancia triste y solitaria, supo hacer muy pronto de la lengua una substancia de goce apta para decir lo más con lo menos, lo más cruel con lo más sutil. Don Francisco de Quevedo, el mayor sátiro de la lengua castellana, misántropo y misógino a la vez que adorador de las mujeres, autor de una “Execración contra los judíos” de un racismo radical, finalmente tozudo defensor de la ya pobre hegemonía de la monarquía española en el mundo.
Estos son los dos grandes personajes de esta noble e injuriosa historia española.
Y ahora una par de breves muestras de la querella. Empieza el joven Quevedo, sin pelos en la lengua ni modales en la pluma, contra el ilustre maestro imitando su estilo en una sublime metáfora anal para terminar evocando su supuesta homosexualidad:


Contra Don Luis de Góngora

Este cíclope, no sicilïano,
Del microcosmo sí, orbe postrero;
Esta antípoda faz, cuyo hemisfero
Zona divide en término italiano;

Este círculo vivo en todo plano;
Este que, siendo solamente cero,
Le multiplica y parte por entero
Todo buen abaquista veneciano;

El minóculo sí, mas ciego vulto;
El resquicio barbado de melenas;
Esta cima del vicio y del insulto;

Éste, en quien hoy los pedos son sirenas,
Éste es el culo, en Góngora y en culto,
Que un bujarrón le conociera apenas.

El comentario de este soneto satírico sería largo[2]. Se trata de la metáfora del ano (presente en varias rimas) convertido en “Cíclope” (también de un solo ojo) y en el último mundo (orbe) dividido en los dos hemisferios de las nalgas. Es también el cero de las operaciones económicas de los judíos venecianos, el monóculo en el ojo que es, sin embargo, ciego, adornado todo ello con las sirenas caras al lenguaje clásico gongorino transformadas en aromas anales, ridiculizando a su autor que es finalmente tratado de homosexual (bujarrón). De más está decir que en aquella época y lugar la condición de judío y de homosexual eran duramente castigadas tanto por la ley como por la opinión popular.
Responde ahora el maestro Góngora burlándose de la cojera y de la ceguera del joven candidato a poeta pero también de sus pobres facultades de traductor (del griego  Anacreonte), con una referencia al pasar al ojo ciego:

Anacreonte español, no hay quien os tope,
Que no diga con mucha cortesía,
Que ya que vuestros pies son de elegía,
Que vuestras suavidades son de arrope.

¿No imitaréis al terenciano Lope,
Que al de Belerofonte cada día
Sobre zuecos de cómica poesía
Se calza espuelas, y le da un galope?

Con cuidado especial vuestros antojos
Dicen que quieren traducir al griego,
No habiéndolo mirado vuestros ojos.

Prestádselos un rato a mi ojo ciego,
Porque a luz saque ciertos versos flojos,
Y entenderéis cualquier gregüesco luego.


Aquí son los pies maltrechos de Quevedo el objeto de la sátira, los pies de su cojera y también los pies de la métrica de sus versos que son de “elegía”, pero también “de lejía”, es decir ásperos y de poca dulzura, toscos y poco cultos.
Estos y algunos otros intercambios en el arte del insulto —es cierto, muchos más de Quevedo a Góngora que a la recíproca— siguen alimentando en la actualidad ríos de tinta en los críticos y comentaristas. Señalemos sólo que el propio Quevedo contó con el placer dudoso de comprar la casa de su enemigo Góngora una vez éste se vio arruinado por sus malas gestiones económicas y que no dudó en escribirle incluso un cruel epitafio de este tono:

Este que en negra tumba, rodeado
de luces, yace muerto y condenado,
vendió el alma y el cuerpo por dinero
y aun muerto es garitero.

(Garitero es término despectivo para jugador).
Por supuesto, la función de entretenimiento que tenía el humor burlesco en la literatura del barroco y en el contexto cultural de la Corte española del siglo XVII es uno de los argumentos para explicar este cruce arrasador de fuego de artificios retóricos. Pero es fácil encontrar de inmediato en ellos los temas predilectos en la cultura española a la hora de mostrar, hoy todavía, el odio más visceral y personal que nadie duda que existía entre los dos grandes escritores: la envidia y la corrupción, la homosexualidad y la misoginia, el judaísmo y el antisemitismo, el provincianismo de las regiones, aquí la andaluza, frente al centralismo de la villa y corte madrileña, la lucha entre generaciones que no pueden reconocerse, entre el clero y la corte, entre el católico y el judío, entre el desprecio de clase y el liberalismo. Son temas que vuelven una y otra vez en la historia de España y algunos de ellos siguen encontrándose hoy mismo en muchas disputas, como en los recientes debates de la última moción de censura presentada hace sólo unos días al presidente del gobierno en el Parlamento español.
Señalemos para concluir la importancia que tuvo este momento mítico de la literatura española, esta querella político-poética, para los poetas de la llamada Generación del 27, la que agrupó a nombres tan significativos como Luís Cernuda, José Bergamín, Federico García Lorca o Rafael Alberti. La fecha fundacional de este movimiento político-poético, nacido pocos años antes del estallido de la guerra española de 1936, es el 17 de Diciembre de 1927, fecha de la conmemoración de los trescientos años de la muerte de Don Luís de Góngora y Argote. El grito fundacional lanzado en la ciudad de Sevilla por esta prolífica Generación de poetas, tan cruelmente diezmada después por el franquismo, no fue otro que ¡Viva Don Luís!




[1] “le Gongora de la psychanalyse, à ce qu’on dit, pour vous servir.” Jacques Lacan. Écrits. Ed. du Seuil, Paris 1966, p. 467.
[2]. Rodrigo Cacho Casal, La poesía burlesca de Quevedo y sus modelos italianos, Universidad de Santiago de Compostela, 2003, págs. 308-315.