16 de març 2015

El Islam en España y la ley del superyó

Ramon Llull apedreado en Bugía (Miniaturas de Karlsruhe)


















Los medios han informado estos días de la detención simultánea en varias ciudades españolas de ocho personas sospechosas de “terrorismo yihadista”, de captar adeptos al Estado Islámico y de difundir su “ideario radical”. En varias ciudades españolas se ha detectado la existencia de “células yihadistas” dispuestas a realizar atentados “en cualquier momento”. La televisión muestra el instante de una de las detenciones en L’Hospitalet, ciudad contigua ya a Barcelona. Un joven de treinta años, esposado y vestido con un chándal del Barça, es conducido por dos policías; antes de entrar en el furgón policial se gira hacia las cámaras y lanza la consigna en árabe: “Alá es grande” —“…y Messi su profeta”, añade alguien con cierto humor.  El periodista interroga después a una vecina que da las ya habituales explicaciones: “Son una familia muy normal, los hijos son muy educados; me ha sorprendido que viniera la policía, pero si ha pasado algo con alguno de los hijos yo no lo sé”. Hace justo treinta años que viven en el barrio.
La escena me ha hecho presente otra, inversa en varios sentidos y unos seiscientos años anterior. Un hombre de setenta años, venido de tierras catalanas pero vestido con hábito sarraceno, se planta en medio de la plaza mayor de la ciudad de Bugía y grita ante la gente que se ha congregado a su alrededor: “La ley de los cristianos es verdadera, santa, cara a Dios. La ley de los sarracenos es falsa. Y estoy dispuesto a demostrarlo”. No pasará mucho rato hasta que la gente empiece a apedrearlo y las autoridades del lugar lo detengan para encarcelarlo. El episodio está explicado en la Vita Coaetanea de Ramon Llull, fechada en 1311. El insigne mallorquín fue en realidad un verdadero fan del islamismo, mantuvo una relación tan fuerte como paradójica con su religión, con su lengua y con su cultura, un vínculo paradigmático para entender la coyuntura de un conflicto que parece haber empezado ayer pero que lleva ya siglos.
El terrible atentado, el 11 de marzo de 2004, en la estación de Atocha de Madrid —casi doscientos muertos y dos mil heridos—, el segundo mayor atentado cometido en Europa hasta la fecha, significó sin duda en España el punto álgido en la percepción de peligro que supone la presencia del Otro malvado en el interior más interior del vínculo social. La comunidad musulmana se apresura una y otra vez a distinguirse de la acción de Al Quaeda o del Estado Islámico actual, sin conseguir separarse de esta percepción especular del Otro malvado.
En realidad es la continuación, por otros medios y con diferentes intensidades, de un antigua relación. Un somero repaso a la historia de España muestra el fuerte vínculo que la cultura española ha mantenido y sigue manteniendo con la cultura árabe y con el islamismo, vínculo marcado irremisiblemente por el conflicto y la exclusión recíproca. Setecientos años de fuerte presencia musulmana —desde el 711 al 1492, para tomar las fechas del principio de la conquista árabe y del final de la reconquista cristiana— no pasan en balde, tanto en la propia lengua, como en cada rincón de la vida religiosa, social y política. Hoy, uno de los objetivos explícitos del Estado Islámico es la re-re-conquista de al-Ándalus, el amplio territorio de la península ibérica que estuvo bajo poder musulmán durante la Edad Media. En realidad, lejos del ideal de la idílica imagen que a veces quiere darse en España de la convivencia entre las tres religiones monoteístas —la cristiana, la judía y la musulmana— que han definido su historia, ésta se ha caracterizado por un sanguinario conflicto de exclusiones y expulsiones, de integrismos, integraciones y desintegraciones de las respectivas comunidades.
En la actualidad, la población musulmana en España es de algo más de un millón de habitantes, unos 280.000 en Cataluña, unos 200.000 en Madrid, algo menos en Andalucía y en la Comunidad Valenciana. Alguien como Sami Naïr ha podido afirmar recientemente que “el islam forma parte de la identidad catalana”, a la vez que sostiene que “la estrategia occidental contra el Estado Islámico es peligrosa” (El Punt Avui, 10/03/2015). La destrucción del Iraq abrió en efecto la caja de Pandora y del “conflicto de identidades”. Más que de un rechazo del Islam, se trataría de una posición segregativa de la inmigración magrebí, alimentada por la politización propia del Islam. Con todo, es demasiado fácil atribuir a un rechazo de la inmigración el poder paranoico que está alcanzando la posición occidental ante el musulmán.
Hay que subrayar aquí la importancia de una nueva figura que ha aparecido en un panorama social que es común a buena parte de Europa: la del integrista integrado, la del terrorista hijo de la propia familia, la del enemigo que devuelve en espejo desde el propio interior de la comunidad la figura del Otro malvado que se trataba de poner en el exterior. En realidad, en el resorte del conflicto segregativo aparece esta figura paradójica del integrista tan bien integrado que no se le reconoce como tal, la del fundamentalista tan bien fundamentado en el vínculo social que se pasa por alto la verdad escondida que muestra en ese vínculo. Se trata finalmente de la figura del “enemigo interior”, tal como Jacques-Alain Miller la subrayó recientemente en su artículo de Lacan Quotidien nº 455, titulado El amor de la policía: “A la espera, sólo percibo una explicación, es que el islamismo guerrero es considerado por la población como un verdadero enemigo interior.”
¿Habrá que recordar el nombre que este “enemigo interior” recibió en la metapsicología freudiana y que Jacques Lacan igualó, a propósito precisamente del caso de un sujeto de la cultura islámica, a “un enunciado discordante de la ley” (cf. su Seminario I)? Es el superyó, y no tiene otro fin que alimentarse de aquella misma satisfacción que el sujeto se prohíbe en su nombre… y desde su propio interior. Tal vez esta figura del superyó, con su ley obscena y feroz, explique hoy también algo de la fascinación que produce al adolescente occidental la ley islámica cuando decide alistarse al “ejército enemigo”.

28 de febrer 2015

El psicoanálisis y la subjetividad de la época










Preguntas a Miquel Bassols, presidente de la AMP, para Lacan Digital, realizadas por Zully Flonenbaum (Israel).
Zully Flonenbaum. ¿Qué incidencia puede tener el psicoanálisis en los ámbitos políticos y sociales? ¿Cuál sería la brújula del psicoanálisis en caso de plantearse tal incidencia?
Miquel Bassols. Desde sus orígenes el psicoanálisis ha tenido incidencia en el campo social bajo distintas perspectivas, no sólo en lo que se refiere a la acción terapéutica y a las redes de salud, sino que ha tenido también una incidencia en el ámbito social y cultural. Esto, sin duda, nos retrotrae a Freud, nos induce a pensar en Lacan y en mayo del 68, que fue otro gran momento en el que se notó esta incidencia. También nos hace pensar, en un momento mucho más reciente, en la acción llevada a cabo por Jacques-Alain Miller en distintos frentes, ya sea a propósito de la liberación de la psicoanalista iraní Mitra Kadivar o de la legislación sobre el matrimonio homosexual en Francia.
ZF. ¿Pero no está usted refiriéndose a los grandes maestros del Psicoanálisis?
MB. ¡No se reduce sólo a ellos, en efecto! Pero estamos de acuerdo en afirmar que son momentos donde ha tomado más relieve una acción de este tipo. Por otro lado, no es menos cierto que hay muchos miembros de la AMP que actúan en ámbitos sociales, universitarios, políticos, dónde esta acción reverbera de muchas maneras. Tal vez no de forma tan visible, como en los casos a los que me he referido, pero que no son menos importantes y en efecto, tienen un valor muy precioso. Por otra parte, en el marco de la AMP hay lo que se denomina el “Comité de Acción”, donde de alguna manera recogemos la lógica y la política de lo que hemos llamado la acción lacaniana.
J-A Miller ha planteado con el concepto de “acción lacaniana” un modo de marcar esta incidencia como una política no sólo de cada miembro de la escuela sino en el ámbito mismo de la AMP, como una orientación política de la AMP. Habría que estudiar bien la idea de acción, distinta por una parte del acto analítico mismo, pero que no es tampoco la acción como la que se produce en el activismo propio de un partido político, aunque tiene algo que ver también con el auge actual de los movimientos sociales que vemos en distintos lugares, especialmente en España. En la vida actual de la política española se están viendo una serie de movimientos sociales que están tomando muchas veces el relevo de lo que antes eran las acciones de los partidos políticos. El problema que se presenta es saber qué forma de representación política tomará esa acción. Es un debate muy interesante que se está produciendo actualmente en España, pero no sólo allí sino también en otros países de los distintos continentes. Con esto queremos decir que sin ser un partido político la orientación lacaniana, podemos considerar a la AMP y al Campo Freudiano una forma de acción, que llamamos acción lacaniana, que debe tener su incidencia en los ámbitos políticos y sociales con una política que es la política del síntoma. Tomamos en cuenta lo que podemos elaborar a partir de la noción de “política del síntoma”, que motivó para Lacan el hecho de que el propio psicoanálisis estuviera a la cabeza de la política, como afirmó en su texto “Lituratierra”. Se trata de la política en el sentido fuerte de la palabra, del ordenamiento de la polis, de la ciudad, de lo que es la acción en lo social y en lo cotidiano. Tenemos líneas fundamentales y acciones concretas que ya se han llevado a cabo y que deben seguir desarrollándose.
ZF. ¿Puede ampliar la expresión de Lacan en “Función y campo de la palabra...”: “Mejor pues que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época”?
MB. En primer lugar debemos señalar que esa frase de Lacan en “Función y Campo de la Palabra…” alude al hecho de que el analista debe estar a la altura de la subjetividad de su época. Allí la palabra “subjetividad” para Lacan, en el año 1953, ya tenía su peso específico, luego lo tendrá mucho más, posteriormente la idea de sujeto se sustituirá por la idea de “parlêtre”, de ser hablante. En todo caso se trata de estar a la altura de la subjetividad de la época, lo que resulta un imperativo ético al estilo de la fórmula freudiana: “Donde Ello era Yo debo advenir”. Allí donde está la subjetividad de la época, allí el analista debe advenir. Hay algo de esta lógica en la frase de Lacan del año 1953. Allí la subjetividad es la de la época, no en primer lugar la del analista, aunque es cierto que en el año 53, Lacan pensaba al analista como un sujeto. El analista debe saber atrapar los efectos de la subjetividad de la época y estar a la altura de ellos. No es nada simple, sin duda, porque es cierto que de entrada, pareciera que el analista estaría en una posición extraterritorial, posición que Lacan criticó en muchas oportunidades. Ni el psicoanálisis ni el analista están en una posición extraterritorial. Si consideramos la cuestión en forma inversa, yo diría que es en la privacidad de la relación transferencial analítica y en la consulta del analista, donde aparece esta subjetividad de manera clara y precisa. Esto implica que si el analista saca conclusiones de lo que es la lógica de la transferencia y del síntoma en la experiencia analítica, eso lo llevará de inmediato a tomar también una posición en la subjetividad de su época, en lo social y en lo político, en el campo de la civilización y de la cultura. La clínica y la civilización no son ni han sido nunca compartimentos estancos, la una modifica a la otra. Pensando bien los efectos del dispositivo analítico vemos de inmediato estas consecuencias en lo social. Hace muy poco en la revista "Ñ" del diario  Clarín titularon una entrevista que me hicieron "Restauración del diván social". Me pareció un título muy impactante, la frase no la había dicho yo pero se podía deducir muy bien de esa entrevista. Se refería a algo de este orden, al hecho que lo más singular y privado de la experiencia analítica en el diván analítico tiene consecuencias sociales y políticas. Hay un diván social, en efecto, aunque el analista no puede analizar a grupos de personas sí hay una subjetividad de la época. Se puede tomar a la civilización como un sujeto, Freud ya lo hizo. Si uno opera esta reversibilidad de “la subjetividad de la época”, constatando que es el sujeto mismo de la experiencia analítica, se trata de ver qué conclusiones sacamos de lo que escuchamos en la experiencia analítica para responder a ciertos momentos, a ciertos impases de la civilización, a ciertas problemáticas sociales y políticas como las que vivimos de manera distinta en cada país. En España, por ejemplo, se está viviendo un momento en el que aparecen nuevos síntomas en el ámbito social, nuevos ecos en los movimientos sociales, donde el problema de las identidades se está localizando de una nueva manera. Y digo bien, "de las identidades" en plural, porque no hay un sujeto igual a una identidad ni una sola identidad para el sujeto que llamamos precisamente “sujeto dividido”, un sujeto que escapa a la identificación que le daría la unidad. Y eso es una consecuencia de la experiencia analítica, en la que es difícil reivindicar una identidad única del sujeto en lo social sino que hay que partir de un mosaico de identidades, de identificaciones. Es un problema también en el propio marco europeo actual: cómo reconfigurar ese mosaico de identidades distintas que anidan en la subjetividad de la época.
El sujeto produce síntomas más allá de estas identidades. Las identificaciones, tal como las estudia y las descubre el psicoanálisis, son intentos de fijaciones de un sujeto del goce que se desplaza de maneras muy diversas. Ahí tenemos cosas que hay que hacer escuchar, porque el analista no es solamente aquel que está encerrado en su consulta, supuestamente fuera del ámbito social, sino el que sabe escuchar esos síntomas, los impases en lo social. Ahí el discurso analítico tiene otra voz que no es la que encontramos habitualmente en los discursos políticos. Hay en la AMP un observatorio sobre el problema de la segregación en lo social que nuestro colega italiano Maurizio Mazzotti ha puesto en marcha, y en el que está estudiando los nuevos fenómenos de segregación que encontramos en distintos ámbitos, tanto en lo político como en lo cultural.
ZF. ¿Qué puede decirme sobre los riesgos de endogamia que se pueden producir en las Escuelas?
MB. Las dos bases que Lacan tomó para sostener una Escuela, el cartel y el pase, son dos instrumentos fundamentales para romper la endogamia propia del grupo analítico, y eso en dos flancos distintos: por un lado el trabajo del grupo llamado “cartel”, que debe estar atento a los fenómenos de endogamia propios de toda comunidad. El cartel debería ser justamente una máquina de disolver los efectos endogámicos del grupo cuando trabaja en la vertiente epistémica. Y, por otra parte está el pase, que es también, lo ha sido históricamente, una especie de dispositivo que los sociólogos llaman “analizador social”, es decir, un metabolizador de la ruptura de la endogamia del grupo analítico hasta el punto que a veces ha sido la causa de crisis internas rompiendo los acuerdos tácitos que fundan esta comunidad endogámica. Porque, en realidad, la endogamia de cualquier comunidad, ya sea la analítica, la científica o cultural, reposa sobre acuerdos tácitos, sobre los consensos no discutidos ni discutibles de estos acuerdos. Todo aquello que venga a poner sobre la mesa y a discutir esos acuerdos tácitos viene a romper la endogamia. La función del analista en el ámbito de la comunidad, del grupo, es justamente el que viene a romper esos acuerdos tácitos, a ponerlos en cuestión, a interrogarlos, a hacerlos trabajar. Y este puede ser tanto el trabajo de un cartel como el de un AE (Analista de la Escuela). El AE en una Escuela debiera ser el que está "más curado" de los acuerdos tácitos de la comunidad analítica.
ZF. ¿Y en las Escuelas que carecen de AE?
MB. Hay que ver entonces cómo crear las condiciones para que los AE se produzcan. El efecto de la endogamia es propio de cada Escuela, cada una seguramente de manera distinta, pero existe en cada una de ellas. Sería extraño que no fuera así porque la inercia de todo grupo sigue ese efecto, también en esa comunidad imposible que es la comunidad analítica, esa “comunidad de los que no tienen comunidad” como decimos a veces citando a Maurice Blanchot.
ZF. ¿Qué puede decirme en relación a la lógica de la Escuela y la de los Espacios y Secciones Clínicas?
MB. Hace poco estuvimos trabajando sobre este tema en la Comunidad de Catalunya de la ELP. No es un tema nada obvio. El Campo Freudiano se ha construido en cada lugar sobre estas dos bases, sobre el Instituto del Campo Freudiano, con sus Secciones Clínicas, y con la construcción de las Escuelas que hoy configuran la AMP. A veces el propio movimiento nos oculta la lógica por la cual somos conducidos, y es un tema sobre el que siempre debemos seguir trabajando. Al respecto, tengo siempre presente un breve texto que Jacques-Alain Miller escribió hace varios años en la revista Ornicar?, en la presentación de su número 35, y que lleva el título de “La Cosa y el Campo”. Situaba allí la lógica interna, porque es también un problema lógico, entre la Causa y el Campo freudianos. Podríamos decir que presenta por una parte a la Cosa, —das Ding— vinculada a la Escuela, a la causa analítica y al objeto. Y por otra, presenta la extensión del Campo Freudiano del lado del significante y de sus efectos de significación. Así, tenemos los dispositivos de formación clínica en los Institutos del Campo Freudiano, en la extensión y significación de los distintos campos terapéuticos, pero como dispositivos que no forman propiamente analistas. No hay que olvidar que el Instituto del Campo Freudiano se plantea explícitamente como un aparato de formación clínica para practicantes de la clínica, pero deja a resguardo la formación del analista como un asunto que corresponde a la Escuela. Es importante que esto sea recordado, que se lo tenga presente siempre. En el prólogo de Ornicar? al que me refería, ya en los años 80’, J.-A. Miller explica muy bien esta cuestión que sentaba las bases de la lógica de construcción de los Institutos de formación clínica, una lógica necesaria para la formación de los analistas pero no suficiente. Un analista debe tener un conocimiento muy detallado de lo que es la clínica psicoanalítica y de su historia y de su vínculo, por ejemplo, con la clínica psiquiátrica, también de los distintos momentos de la clínica en la orientación lacaniana, desde los años 50 hasta los 70. Todo ello siguiendo lo que J.-A. Miller ha desarrollado con los inclasificables de la clínica, de las psicosis ordinarias, etc. Es un acervo clínico que debemos saber trasmitir en los espacios clínicos del Instituto del Campo Freudiano existentes en cada país. Pero la formación y la producción de un analista es especifica de la Escuela, está del lado de la relación, siempre difícil, de cada uno con la Cosa, está del lado de la causa, no del lado del significante y del saber sino de la relación éxtima de cada sujeto con la causa analítica. El arte de la política en el movimiento analítico orientado por Lacan es saber articular bien estas dos dimensiones, sin confundirlas. Y eso es tanto tarea del Instituto como de la Escuela.
ZF. En el último Congreso en Paris, en su primer discurso como presidente de la AMP, expuso las coordenadas de su trabajo y entre ellas habló de la vivacidad necesaria para la invención de nuevos centros asistenciales sin que compitan con las "multinacionales" del ramo. ¿Puede ampliar este concepto?
MB. La cuestión es poder crear instituciones de base, a pie de calle, tan a pie que deben ser finalmente independientes de las redes de salud mental establecidas, que a veces determinan demasiado esos espacios y los convierten en maquinarias que trabajan y sirven para una orientación diferente. El problema es cómo generar instituciones, fundaciones, espacios, instancias diversas, que tengan una estructura institucional pero que no intervengan con la lógica de las grandes redes. Yo llamaba a esas grandes redes "las multinacionales de la minería". Por el contrario, las instituciones que debemos crear son más bien laboratorios de trabajo, es decir, talleres de investigación clínica a "pie de calle", tal como ha sido de hecho el proyecto de los CPCT en sus orígenes. J.-A. Miller puso en marcha estos dispositivos no como el proyecto de creación de grandes dispositivos de atención social, que deberían llenar el vacío finalmente dejado por la política de salud existente en los sistemas actuales, vacío que no se llenará nunca. En la medida que el psicoanálisis se integra en esa lógica se ve devorado por esos agujeros imposibles de colmar. Es el peligro que hemos constatado en algunos momentos a partir del crecimiento de los CPCT en distintos países.
Estamos ahora en un momento de rehacer la lógica de las posibles creaciones institucionales. Sucede lo mismo en campos distintos, en el de la atención al autismo, el de la adolescencia, en el campo de la inserción social, de la psicosis, etc. Tal como dije en el discurso de presidente entrante de la AMP, se trata de pensar más en esos dispositivos como laboratorios, de trabajo en intensión, lo que necesariamente requiere de un trabajo de extensión para sostenerlos. Debemos priorizar el trabajo en intensión sobre la demanda del Otro social y los imperativos del discurso del Amo.
ZF. ¿Qué ocurre cuando las leyes de las redes difieren a las de la comunidad?
MB. Lo que hay que saber transmitir tanto a las instancias políticas como sociales es que las leyes que los analistas nos imponemos a nosotros mismos son de mayor exigencia que cualquiera de las leyes vigentes que existen para la formación de psicoterapeutas en los distintos países. Finalmente, cuando uno comienza a ver los programas y lo que exige la Escuela, la AMP, constata que las leyes que nos imponemos nosotros para la formación del analista son mucho más exigentes que cualquiera de las leyes que están funcionando en el mundo para la formación de psicoterapeutas. Sin tomar en consideración los años que lleva la formación del analista, el trabajo en la Escuela, la cantidad de horas que eso implica… No hay ninguna Universidad capaz de integrar todo eso en una licenciatura, grado o master. De este modo debemos saber transmitir que si hay alguien exigente en la formación del practicante somos nosotros, tanto en las Escuelas de la AMP como en los Institutos. Y luego debemos ver las diferencias e incompatibilidades que se presentan en algunos lugares. Aquí es donde se nos presenta la lucha de orden social y político que debemos llevar a cabo en cada caso, cuando ciertas leyes tienden a ahogar la especificidad misma del psicoanálisis. Últimamente se presentó, por ejemplo, el caso de los colegas belgas que han conseguido modificar una ley en el momento que lograron conversar con algunos políticos. Era una ley que iba a disolver al psicoanálisis en el campo heterogéneo y cada vez más confuso de las psicoterapias. Pues bien, nuestros colegas han conseguido detener esa ley explicando la exigencia analítica que nosotros ponemos en juego nada más y nada menos que en el dispositivo del pase. Lo han logrado explicando el sentido de la experiencia "High Tech" de la orientación lacaniana, que es "la clínica del pase", y han sabido trasmitirlo a políticos que no tenían ningún conocimiento sobre el tema. Les han hecho entender que, en efecto, el psicoanálisis es otra cosa. Es un buen ejemplo, notable, de lo que debemos saber transmitir en cada lugar y ocasión cuando se plantean este tipo de incompatibilidades, cuando las leyes psicoterapéuticas pueden disolver la especificidad del psicoanálisis en un magma que finalmente lleva a lo peor.
ZF. ¿Qué vigencia tiene su artículo "Las puertas de la escuela", que fue traducido al hebreo recientemente por el GIEP-NLS?
MB. Yo mismo me sorprendí un poco por esa vigencia que me señalaron, porque este breve artículo fue publicado en la revista Uno por Uno en sus inicios, durante el tiempo de la creación de lo que fue la Escuela Europea de Psicoanálisis, especialmente a partir de lo que era su gestación en España. Fue entonces cuando pudimos ver en la práctica que el cartel era un dispositivo fundamental para introducirse en la lógica y la experiencia de la Escuela, para entrar en ella. Luego fue el propio pase el que permitió un dispositivo de entrada a la Escuela. Fue entonces también cuando Jacques-Alain Miller propuso un dispositivo de entrada en la Escuela a través del pase. Y así volvemos a tener al cartel y al pase como los dos dispositivos fundamentales para romper la endogamia propia del grupo. El cartel es un dispositivo no sólo para eso una vea uno ya está en la Escuela, es también una buena manera de solicitar la entrada en la Escuela. Es, como yo decía en ese artículo, un modo de llamar “desde el interior”, es la mejor manera de entrar a ese espacio tan particular que es la Escuela siguiendo la lógica de la posición del inconsciente, tal como Lacan nos lo recuerda en su texto titulado precisamente así, "Posición del inconsciente", donde señala la paradoja del inconsciente freudiano, que se cierra cuando llegamos a su puerta. Y para entrar hay que llamar a la puerta desde el interior, hay que abrir la puerta desde el interior. Es una paradoja topológica muy interesante. El cartel está concebido de esta manera, es juna bisagra de la puerta para entrar en la Escuela llamando desde el interior, con un trabajo efectivo, epistémico, colectivo por una parte, pero donde su valor y su producto se muestra solamente en el uno por uno, es un trabajo en el que cada miembro del cartel elabora su producto particular, pero con los otros.
ZF. ¡Muchas gracias, por su tiempo, por su generosidad!
MB. ¡Gracias a usted por sus preguntas que me han hecho trabajar muy bien!


01 de gener 2015

Homosexualidad y Transexualismo

Villa dei Misteri, Pompeya












Contribución para la Conversación Clínica del Instituto del Campo Freudiano 2015, “Homosexuales en análisis”, con el comentario del siguiente  texto de Jacques Lacan, distribuido por la comisión de organización.

"Falta sacar la lección de la naturalidad con que semejantes mujeres proclaman su calidad de hombres, para oponerla al estilo de delirio del transexualista  masculino. Tal vez se descubra por ahí el paso que lleva de la sexualidad femenina al deseo mismo."

Jacques Lacan, "Ideas directivas para un congreso sobre la sexualidad femenina", Escritos 2, Barcelona, 2001, p. 714.

Con este párrafo, Lacan vuelve a poner sobre la mesa, una vez más, no sólo la asimetría que existe entre los sexos sino, más radicalmente todavía, la no reciprocidad entre la posición femenina y la posición masculina cuando se trata de las identificaciones y del deseo sexual. Masculino y femenino no son anverso y reverso de una misma moneda, ni son tampoco posiciones complementarias en el deseo. Pero además, no son tampoco posiciones recíprocas donde cada Uno sería el Otro para el Otro. Esta falta de reciprocidad se debe al lugar de la mujer como “Otra para sí misma”, del mismo modo que lo es para el hombre, tal como Lacan lo formulará en este mismo texto. Dicho de otra manera, la mujer encarna la Alteridad del sexo como tal, en oposición al Uno fálico. Y será precisamente la sexualidad femenina, desde la homosexualidad o desde la heterosexualidad, la que indicará a Lacan el camino hacia un más allá del goce fálico, así como un más allá del Edipo freudiano. En este más allá, entre Uno y Otro sexo no hay simetría ni reciprocidad posibles.
Pero recordemos que el párrafo de la cita está extraído de un texto escrito en 1958, año de especial relevancia por lo que se refiere a la elaboración en la enseñanza de Lacan sobre la significación del falo como significante del deseo y como localizador del goce. El significante del falo viene precisamente al lugar de la no reciprocidad —de la no relación, dirá Lacan más adelante— entre los sexos y es el significante que en el lugar del Otro, del Otro sexo en primer lugar, dará una significación a su deseo, haciendo posible la localización del goce en una identificación sexuada, masculina o femenina. Esta alteridad sin reciprocidad posible de la mujer en el campo del deseo y del goce quedará definida por Lacan en esta misma época como “la mujer que falta a todos los hombres” (en su texto “Cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”). Más adelante, en los años setenta, será el famoso aforismo lacaniano el que vendrá a confirmar esta imposibilidad de representación de la mujer como un universal que existiera para todos: “La mujer no existe”.
Valga pues este breve recorrido para situar una posible lectura del párrafo citado. Señalemos de entrada que el término “semejantes mujeres” designa en el texto a las mujeres homosexuales. Si la homosexual femenina puede afirmar su posición masculina de manera más “natural”, —el término no deja de tener cierta ironía en Lacan cuando nada de la sexualidad puede entenderse aquí como algo natural— es precisamente porque desde ahí, desde el lugar del Uno fálico, puede tomar más directamente a Otra mujer como objeto, encontrando así en ella esa “Otra para sí misma” y  amándola por lo que no tiene, ese Uno del falo que sí podrá hacer parecer ella misma con su cuerpo en la parada sexual. En esta lógica, el pasaje hacia el deseo del Otro parece, en efecto, más balizado incluso que en el caso del propio hombre que nada sabe de esa “Otra para sí misma”.
En el lugar opuesto, es interesante observar que Lacan no sitúa al homosexual masculino, que se identifica también con el Uno fálico para el deseo del Otro, para el deseo de la madre en primer lugar. Ni sitúa tampoco al travestista, que juega a hacer aparecer y desaparecer ese Uno del falo bajo los velos del disfraz femenino. Sitúa al transexualista masculino que se identifica precisamente con “La mujer” como tal, con esa “mujer que falta a todos los hombres” y que se encuentra tanto en el principio como en el horizonte del delirio del presidente Schreber, al que Lacan refiere de forma paradigmática la posición transexual.
Transformarse en “La mujer” que falta a todos los hombres, en la mujer de Dios para el caso de Schreber, es en efecto una posición opuesta a la que hemos señalado en la homosexual femenina en relación al Uno fálico. Pero sobre todo es una posición menos “natural”, si se nos permite redoblar la ironía lacaniana, dado que contraviene de manera decidida la famosa máxima según la cual la anatomía, natural, sería el destino de la identificación sexuada.


28 de desembre 2014

Crisis y estafa del goce
















“No es una crisis, es una estafa”*. La frase fue uno de los lemas acuñados por el movimiento del 15-M en España cuando una multitud salió, el 15 de Mayo de 2011, a las calles de distintas ciudades haciéndose eco del creciente malestar producido por las nuevas políticas de recortes y de eliminación de derechos sociales. El lema hizo fortuna y se ha ido instalando cada vez más como una interpretación individual de lo que se imponía como un malestar en el orden social producto de la llamada crisis del sistema financiero. El lema era de hecho el índice de un nuevo sujeto de lo colectivo, un sujeto que surge de una reformulación de las coordenadas simbólicas que intentan ordenar el malestar del síntoma contemporáneo, un sujeto que traduce hoy en términos de delito, de fraude y de engaño, lo que en otros momentos y desde otro lugar se diagnosticaba como un momento de transformación, de cambio —argumentado como necesario desde el cinismo político—, un cambio supuestamente inherente a los procesos de reorganización social.

Vale la pena subrayar lo que la interpretación de este lema supone como cambio de discurso para responder a la desigualdad en la distribución social de los bienes y recursos. No se trata ya de un momento de crisis del sistema sino de su propia perpetuación sostenida sobre la figura de un Otro del goce que se revela finalmente en su dimensión más radical y traumática como imposición de un orden social fundado en el fraude y en el engaño, en el expolio sistemático de los bienes de muchos por unos pocos. El sistema simbólico imperante, lejos de proponerse “gestionar la crisis”, se revela entonces como un sistema que se alimenta él mismo de su propia crisis, dejando velada tras una cortina de humo la figura de Otro goce. Es un goce de los bienes y recursos tanto más codiciado cuanto más supuesto en el Otro, pero igualmente menos decible por el discurso que lo impone como necesario para todos, como un sueño del que sería mejor no despertar. Es la lógica del discurso capitalista tal como Lacan pudo formularla en su momento[1] al hablar de la llamada “crisis” del discurso capitalista que toma el relevo del discurso del amo. Es una crisis que se consuma en su propia consumición, o también una crisis que se consume en su propia consumación. Es una crisis finalmente que se alimenta de sí misma de un modo asintótico, sin que parezca llegar nunca al mismo límite que ordena su lógica y su movimiento internos.

Del mismo modo, el superyó que Freud describe en “El malestar en la cultura” se alimenta de las renuncias que impone a la satisfacción pulsional del sujeto, engordando cuanto más adelgaza el bienestar que el principio del placer intenta mantener en el aparato psíquico. En esta coyuntura, la figura del Otro goce —siempre Otro, siempre un poco más— que el superyó tiene a bien imponer —y siempre, precisamente, en nombre de un Bien—, se hace cada vez más consistente cuanto más supuesto. Es este imperativo de goce del superyó el que se escondía bajo la piel de cordero de las mejores intenciones enunciadas en nombre de la creación de riqueza y bienestar social.

El análisis lógico de Lacan indica que se trata, en la estructura de sus cuatro discursos, de una simple pero decisiva mutación, una permutación de los términos del sujeto ($) y del significante amo (S1) en los lugares que ocupan en el Discurso del amo. Allí donde en el Discurso del amo se sitúa el significante agente que comanda las significaciones y ordena el goce, allí mismo se sitúa en el Discurso capitalista la crisis del sujeto dividido por el imperativo de ese goce pulsional que lo habita. Hacer de este sujeto y de su malestar permanente el agente y el motor del propio discurso, la llave de vuelta de la maquinaria de producción de un “plus de gozar” que viene al lugar de la famosa “plusvalía”, y todo ello dejando velado el significante que ordena ese goce, es tal vez el invento más sutil del capitalismo en sus formas contemporáneas. Dicho de otro modo: hacer de la crisis del sujeto el alimento de la propia maquinaria que lo determina en su relación con el goce. Dicho todavía de otro modo: ¡Consúmase usted mismo… para consumar la crisis en la que se consume!

Constatación clínica. Debajo de la crisis, se esconde el superyó con su imperativo de goce imposible de cumplir. Querer curar la crisis —la de angustia, de pánico, de duelo, de insatisfacción, pero también la que carcome el orden social actual—, puede ser a veces la mejor manera de alimentar ese imperativo y sus efectos devastadores si no se analiza antes el significante que ordena —en todos los sentidos de la palabra “ordenar”— ese goce impuesto en nombre del Bien. La clínica del psicoanálisis, tal como indicó hace tiempo Jacques-Alain Miller, es en primer lugar una clínica del superyó y sus paradojas[2].

Constatación política. Conviene no confundir la justicia distributiva de los bienes y recursos, —tan defendible como la que se funda en los derechos humanos—, con la justicia distributiva del goce, incluida la del goce de esos mismos bienes y recursos. Esta última, más bien inhumana y de ascendencia siempre dudosa para Lacan, topa con un real imposible de “gestionar” de modo colectivo cuando se trata de la economía individual del goce pulsional. En realidad, ordenar la cosa pública no dirá nunca en qué consiste ni qué ordena el goce privado de esa cosa. Y hace falta a veces estirarse en la privacidad de un diván para descifrar lo que públicamente permanece como indecible de la Cosa que Freud llamó das Ding, el objeto indecible del goce. En este punto, la crisis está siempre asegurada.

Constatación epistémica. Todo sistema simbólico incluye entre sus principios la imposibilidad lógica de dar cuenta del nuevo real que él mismo engendra, si es que no se ha fundado ya en él. Los momentos críticos que se producen en todo sistema son momentos privilegiados para dar cuenta de ese real. Este teorema, que supuso en la historia de la ciencia su propio momento crítico (cf. Kurt Gödel), tiene para el psicoanálisis de orientación lacaniana su transcripción lógica: S(/A), significante de la falta del Otro; y su concepto: el inconsciente real.

Detengámonos entonces un momento más en este desplazamiento actual del malestar del síntoma y de su discurso que va desde la crisis estructural hacia la estafa de un goce que estaría en su reverso. Intenta dar cuenta de un nuevo real en el que se fundan tanto la crisis como la estafa. De hecho, el lema “No es una crisis, es una estafa” quiere decir también que toda crisis tiene algo de estafa, de pérdida de un goce que ha sido hurtado en el juego de manos de la maquinaria del discurso en la producción de su “plus de gozar”. Estafa pues, pero más bien estafa de un goce que no puede hacerse equivalente ni reducirse a los bienes que se trataba de distribuir. Cada sujeto puede hacer la experiencia, a veces de modo especialmente traumático, de esta diferencia cuando constata que el goce del objeto no estaba en el objeto mismo: tal vez estaba sólo en la adquisición del objeto, a veces en su misma pérdida, y casi siempre como un goce primeramente supuesto en el Otro.

Es una experiencia de verdad que sólo el psicoanálisis ha llevado a su condición de experiencia ética. Y tiene consecuencias decisivas para el estatuto de la propia verdad.
Cada crisis en un sistema simbólico de significantes, de semblantes, es así en primer lugar una crisis de la verdad que se sostenía en ellos. Desde esta perspectiva, como señalaba Jacques-Alain Miller citando a Gilles Deleuze[3], el tiempo siempre pondrá en crisis la verdad de cualquier sistema porque la verdad es tributaria de su tiempo interno, relativa al flujo de sus significaciones. No hay verdades eternas, como se suele decir, pero es porque, —al decir de Baltasar Gracián para quien el término “crisis” obtuvo su justa medida con El Criticón—, “la verdad siempre llega la última, y tarde cojeando con el tiempo”, siempre a contrapié y marcando un momento de crisis del sistema de significantes que requerirá su nueva ordenación. Es en este punto donde la verdad muestra su parentesco con el goce, un parentesco de fraternidad que Lacan había señalado muy bien en su Seminario XVII[4]. La verdad es allí hermana del goce. Cada crisis de la verdad es entonces en su reverso irrupción de un goce, de una satisfacción pulsional que el sistema del discurso no podía prever ni representar, un goce que siempre aparece marcado por una pérdida, hasta como un goce perdido. De ahí que en la experiencia subjetiva que aprehendemos en lo más particular de cada análisis, los momentos de crisis comporten siempre, de una manera o de otra, una pérdida del valor libidinal que algunos objetos tenían para el sujeto y un retorno de ese valor libidinal en otra satisfacción que no siempre se adecuará al placer. Lo que puede ser experimentado muy bien como una estafa por poco que esa pérdida se atribuya al Otro, a cargo de la contabilidad general de la justicia distributiva. La actualidad de la crisis nos muestra sin embargo que esos momentos puedan ser experimentados también como un momento privilegiado de elección, hasta de oportunidad como quiere hacer suponer aquella falsa verdad que, desde que John F. Kennedy la pusiera en circulación, da ese sentido de “oportunidad” al término chino de “crisis”.

De una forma o de otra, los momentos de crisis son siempre momentos de pérdida de un goce que retorna bajo las distintas formas del síntoma. Implican, cada vez, la irrupción de un real que exige una respuesta al ser que habla. Es la respuesta que el psicoanálisis de Jacques Lacan designó primero con el término “sujeto” para indicar el lugar de responsabilidad sobre ese goce imposible de contabilizar por el Otro, por ese Otro… si existiera. Es en esta respuesta, cada vez singular, donde la palabra “crisis” recupera su sentido genuino, el que la etimología le da también al traducirla como un “yo decido, yo separo, yo juzgo”.



* Texto de preparación del Congreso de la NLS, Ginebra 9 y 10 de Mayo de 2015, sobre el tema “Moments de crises”.
[1] Especialmente en su intervención del 12 de Mayo de 1972 en Milán recogida en Lacan in Italia 1953- 1978, La Salamandra, 1978, pp. 32-55.
[2] Jacques-Alain Miller, “Clínica del superyó”, en Recorrido de Lacan, Caracas 1984.
[3] Citado a su vez por Gil Caroz en su texto de presentación del Congreso de la NLS, “Moments de crise”: http://www.amp-nls.org/page/fr/170/le-congrs
Ver Jacques-Alain Miller, “Introduction à l’érotique du temps”, La Cause freudienne, nº 56, Navarin éditeur, Paris 2004, p. 69.
[4] Jacques Lacan, Seminario XVII, “El reverso del psicoanálisis”, Paidós, Barcelona, p. 57.