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11 de novembre 2022

Nuestro discurso del amo

Diógenes en su tinaja rodeado de perros. De ahí viene el nombre de los cínicos, del griego

A veces los analistas lacanianos solemos referirnos al discurso del amo como uno de los males de nuestra época, un mal del que habría que curarse, o al menos resguardarse. Y seguramente hay buenas razones para ello, especialmente si tenemos en cuenta la alianza actual del discurso del amo con el discurso de la ciencia y del más feroz neocapitalismo. Sin embargo, si seguimos la enseñanza de Lacan [1], hay que concluir que el inconsciente mismo es el discurso del amo, que el inconsciente tiene su misma estructura, su misma ordenación desplegada en un discurso, la del inconsciente como discurso del Otro. Querer curarse del discurso del amo sería entonces querer curarse también del inconsciente, librarse de él de manera definitiva. Y seguramente hay también buenas razones para quererlo. No sería ésta la primera, ni la última, de las paradojas del psicoanálisis. 

Lacan abordó esta paradoja enunciando, a finales de los años sesenta y poco después de fundar su Escuela, que el discurso del amo es, o está en, el reverso del discurso del analista. Y todo el problema es cómo los analistas entendemos hoy este “reverso”, cómo operamos con él, tanto en la experiencia analítica, con cada analizante, como también en la propia experiencia de la Escuela, donde tratamos con este colectivo llamado por Jacques-Alain Miller la “Escuela-sujeto”. ¿Cómo servirnos del discurso del amo, reverso del discurso del analista, sin terminar sirviéndolo a él? Cada acto de Escuela está marcado por esta elección. 

Quiero detenerme con ustedes en la importancia de esta paradoja para situar lo que he llamado “nuestro discurso del amo”.

Decir “nuestro discurso del amo” supone una comunidad de experiencia nada obvia. ¿Podemos compartir, todos nosotros, de la misma forma un mismo discurso del amo? Nada es menos cierto. En realidad, la experiencia nos muestra todo lo contrario. El inconsciente, como discurso del amo, no se deja colectivizar por ningún “nosotros”. Considerado desde la experiencia analítica, —uno por uno, como solemos decir— hablar de “nuestro discurso del amo” sería tan contradictorio como hablar de un inconsciente colectivo, famosa idea jungiana que Freud contradijo punto por punto y que Lacan refutó: no hay colectivización posible del inconsciente. 

Y, sin embargo, conviene recordar en este punto el título que Jacques-Alain Miller dio a uno de los capítulos del seminario XI de Jacques Lacan de 1964: “El inconsciente freudiano y el nuestro”. ¿Sería un abuso de lenguaje hablar de “nuestro inconsciente”? No, si entendemos que el sujeto del inconsciente es, como indicará Lacan, transindividual. Lo es en el propio dispositivo analítico, y lo es también en la experiencia que hacemos de la Escuela-sujeto donde esta dimensión transindividual se pone en acto en sus dos dispositivos fundamentales: el cartel y el pase. 

Sigamos entonces el hilo de esta paradoja. Nuestro concepto de inconsciente depende de la experiencia singular que cada uno hace de él. Es decir, depende de lo que llamamos transferencia. Hay tal vez un solo caso en el que uno deja de estar en su mundo y puede encontrarse con el mundo del Otro, aun sin saberlo necesariamente. Es lo que llamamos transferencia. La transferencia, como el amor, es vivir en otro mundo, es vivir en el mundo del Otro. La experiencia de la transferencia, principio y motor del psicoanálisis, consiste en aceptar entrar en el mundo del Otro al que se le supone un saber, un lugar en el que se supone, también, un sujeto colectivo de este saber. Es por ello que podemos decir que la transferencia es finalmente nuestro discurso del amo, y no solo el de cada uno. 

Hay un problema de principio, que Lacan consideró precisamente en el momento de realizar su “Proposición del 9 de octubre…” y que enunció de varios modos: no hay una intersubjetividad de la transferencia, la transferencia no es un fenómeno entre dos sujetos, como sí lo había considerado al inicio de su enseñanza creyendo posible una comunidad de experiencia fundada en esta intersubjetividad. No hay intersubjetividad posible de la transferencia o, dicho con otra fórmula lacaniana, no hay transferencia de la transferencia. Cosa que complica bastante el mundo de los supuestos psicoanalistas cuando creen entonces que pueden seguir hablando del mundo del Otro desde su propio mundo, el de una transferencia que sería entonces el Otro del Otro, el mundo de todos los mundos. Es, digámoslo así, la pendiente de la impostura del sujeto supuesto saber, esa especie de enfermedad iatrogénica de los propios analistas. La no intersubjetividad de la transferencia es una de las formas de nuestra enfermedad —la de la Escuela-sujeto— pero es, a la vez, la posibilidad de su tratamiento si podemos hacer con ella, y de ella, una verdadera crítica recíproca, sin dejar a cada uno tranquilo en su rincón, en su mundo. ¿Puede fundar esta perspectiva una reciprocidad de la transferencia? 

Los impasses más difíciles en la comunidad analítica suelen llegar precisamente  cuando alguien cree que está ya fuera de transferencia, que ha atravesado ese mundo que llamamos transferencia para poder vivir y hablar ya desde fuera de él. Y a veces la comunidad analítica parece algo así: cada uno acepta entonces que el otro esté en su rincón sin ser demasiado molestado, cada uno en su mundo… y Dios en el de todos. 

El buen uso de la transferencia, de nuestro discurso del amo, es entonces la clave de la transmisión del psicoanálisis y de la experiencia de la Escuela-sujeto. Lo que se transmite no vale, entonces, tanto por lo que se dice, por los enunciados, sino por el lugar de enunciación en relación con la transferencia. Me ha parecido encontrar una clave de este uso en un texto de Jacques-Alain Miller en el que sostiene, precisamente, que «no hay atravesamiento de la transferencia» [2], frase que está en el reverso de esta otra, «cada uno está en su mundo». Si no hay atravesamiento de la transferencia, si no hay intersubjetividad posible, ¿es el llamado individualismo democrático la única forma posible de experiencia colectiva? 

Dicho de otra manera: fuera de la experiencia analítica ¿es necesaria una reciprocidad de la transferencia? ¿es necesaria la Escuela misma? Nada lo indica. Porque la reciprocidad de la transferencia es, de entrada, contingente, fruto de un encuentro. Y sólo por cierto deseo, como en el amor, puede transformarse en necesaria en un segundo momento. Es, entonces, entre la contingencia y la necesidad de  nuestro discurso del amo donde se juega el destino del psicoanálisis mismo.

Diré, pues, para concluir: si el psicoanalista de nuestros días no puede elaborar, de una manera lógica y consecuente, las paradojas actuales del discurso del amo, que son también las paradojas de la transferencia tal como las he expuesto, entonces lo que le espera es pura y simplemente su disolución en el discurso común de las psicoterapias, donde cada uno está, en efecto, en su mundo, y sirviendo a un amo al que tal vez ya no sabrá reconocer como tal.



[1] Por ejemplo, en su Seminario 17 de 1969-70, El reverso del psicoanàlisis. Paidós, Buenos Aires 1992.

[2] Miller, J.-A, “Una observación acerca del atravesamiento de la transferencia”, en  Cómo terminan los análisis. Paradojas del pase.  Navarin Éditeur – Grama, Buenos Aires 2022, p. 143-148.

12 d’agost 2022

Háblame de amor

El inconsciente enamorado eBook de Silvia Elena Tendlarz - EPUB | Rakuten  Kobo España

Fragmento del Prólogo al libro de Silvia Tendlarz, «El inconsciente enamorado».

Grama ediciones, 2022.


Parlez-moi d’amour, decía una famosa canción interpretada por Lucienne Boyer allá por los años 20 del siglo pasado. Háblame de amor, como quien dice: háblame de veras, sin engaños, aunque no sea para decirme toda la verdad, aunque sea para no decirme toda la verdad, aunque parezca un cuento más. «Dime que me quieres, aunque no sea verdad», añadió después la otra canción. Más todavía: «Dime que me quieres, aunque sea verdad», como termina diciendo la que, de buen seguro, no será la última. 

Hay, sin duda alguna, una complacencia, una satisfacción en hablar de amor. Tal como decía Jacques Lacan y Silvia Tendlarz nos recuerda en este libro, hablar de amor es en sí mismo un goce, una satisfacción de la pulsión que no tiene un objeto predeterminado pero que lo encuentra en la propia palabra de amor como un don insospechado, como una palabra que se convierte, ella misma, en un acto de amor. Hablar de amor es ya una prueba de que se ama de algún modo, haciendo más cierto todavía aquel aforismo de La Rochefoucauld según el cual hay personas que nunca se habrían enamorado si no hubieran oído hablar de amor alguna vez.

Háblame, pues, de amor. Es menos frecuente escuchar o leer la frase: «escríbeme de amor». La gramática española lo permite, pero no parece una expresión tan verdadera, tan genuina como «háblame de amor», resulta un tanto forzada. José Cadalso la utilizó en el siglo XVIII en sus Cartas marruecas, pero fue para evitar poner cualquier empeño en ello: «Dios me libre de escribir de amor». Hay algo que se escabulle en el hecho de escribir de amor, algo que se desliza inevitablemente hacia escribir sobre el amor, en un desplazamiento que no ocurre en el acto de hablar de amor. Y, sin embargo, no hay un género más universal que las cartas de amor, que no tienen por qué ser cartas sobre el amor, incluso conviene que no lo sean en absoluto si quieren ser verdaderas cartas de amor. 

Es sabido que para Lacan no había nada más serio que las cartas de amor, aunque era porque en la lengua francesa una lettre d’amour es también una letra de amor, y también l’être d’amour, el ser de amor. La letra —y el lector encontrará en este libro múltiples referencias al campo de las letras, en todos sus sentidos— tiene una relación con lo real que el significante de la palabra dicha no tiene de entrada. Escribir de amor no parece lo mismo, entonces, que hablar de amor.

Este libro habla del amor, incluso cuando escribe sobre el amor. Y habla, en primer lugar, del amor más verdadero, tal vez el único verdadero, ese amor que fue el primer descubrimiento —invento más bien— del psicoanálisis: el amor al inconsciente que Freud llamó transferencia. La transferencia no es el amor, o el odio, que puede inspirar a veces la figura del psicoanalista. Esa es una tonta idea en la que creyeron algunos analistas —hombres, primeramente—, infatuados en su experiencia al confundirse con el lugar que ocupaban en ella como «sujeto supuesto saber», expresión con la que Lacan indicó la estructura de ese extraño fenómeno. El verdadero amor —aunque si uno sigue leyendo a Lacan termina por entender esta expresión como un oxímoron, como una contradictio in adjecto, como una contradicción insoluble—, el verdadero amor que miente como cualquier vía regia a la verdad, no es un amor a la figura del analista, sino que es un amor dirigido al inconsciente. La causa del amor es —o está en— el inconsciente, un saber que se hace escuchar en cada una de sus formaciones, ya sea el lapsus, el sueño o el síntoma. Y es la diosa transferencia la que supone un sujeto al saber del inconsciente. Esta es tal vez la mejor manera, la manera más amorosa, de leer la conocida expresión de Lacan «sujeto supuesto saber» para designar la transferencia, motor y obstáculo a la vez de la experiencia analítica. La transferencia es suponer un sujeto al saber del inconsciente, y no tanto suponer un saber a otro sujeto —ya sea o no un analista—, otro sujeto que no dejará de ser, también, una suposición, una creencia al fin y al cabo, y tan religiosa como cualquier otra. El amor es suponer un saber al otro sobre lo que yo soy, pero esta suposición no puede producirse si antes no se supone también un sujeto a ese saber.

Este libro, para quien sepa leerlo como conviene, habla, pues, de aquel nuevo amor que está en el principio del psicoanálisis para decir algo más sobre él. Y dice algo que nadie había dicho, que yo sepa, hasta ahora: que hay un «inconsciente enamorado» [...]

16 de març 2022

Resolución de la transferencia y pase



 

 

















(Text en català)


Supongo que todos ustedes habrán ya recibido y leído lo que podemos llamar “El Informe Aromi”, enviado a todos los miembros, sobre la situación del pase en nuestra Escuela —“Mutualismo y regionalismo en el ELP”—, excelente informe realizado en la perspectiva de un próximo Colegio del pase. Imposible pasarlo hoy por alto a la hora de establecer una verdadera conversación sobre el pase, con toda la affectio societatis de la que seamos capaces, pero también fuera de cualquier “conformismo amable” y complaciente, para retomar la expresión de nuestro colega Andrés Borderías en un texto que he evocado recientemente en el Blog del pase de la ELP. Seguir en la complacencia no haría más que ahogar la experiencia misma de la Escuela del pase que debemos saber transmitir de la mejor manera posible. La affectio societatis requiere de una crítica recíproca que ponga en cuestión los acuerdos tácitos, las “costumbres establecidas”, como dice muy bien allí Anna Aromí, nuestra secretaria del pase en la AMP.

El informe se presenta con lo que se llama una “disfunción del pase en la ELP”. “Disfunción” es una palabra lo suficientemente fuerte como para ponernos en alerta si ya no lo estábamos antes, y evoca otros momentos en los que la experiencia del pase ha hecho síntoma de un real en el que la Escuela-sujeto ha encontrado un punto de impasse, ya sea para sacar una enseñanza, o ya sea para seguir ignorándolo. Y sólo con una verdadera conversación analítica podemos tratar este punto de impasse de la Escuela-sujeto. Es cierto que es necesario esperar la reunión del Colegio del pase, pero también es cierto que es necesario prepararla de manera conveniente para situarnos en esta experiencia de Escuela.

Diré primero cómo veo el problema de una manera general, tomando una perspectiva histórica, para pasar después a una posible interpretación de este impasse, con un término que he escogido para el título de mi intervención y que subrayo en el texto de Jacques- Alain Miller que tienen en sus manos: “Resolución”. Es un término que puede tener distintos sentidos. Una resolución es una determinación decidida, también una toma de partido. Se utiliza también para hablar, en el análisis de un problema, de una operación de descomposición y reducción de su objeto. También hablamos —por ejemplo, en matemáticas— de resolución de una ecuación, al igual que Lacan propone la resolución de la ecuación del sujeto al final de un análisis. Y también en la música se habla de resolución como una forma de encontrar el acorde final de una pieza. Lacan utilizó precisamente esta referencia musical en su texto prínceps del año 1951, “Intervención sobre la transferencia”, cuando habla de la “necesidad generalmente experimentada de dar a una frase musical su acorde resolutivo” [1]. Pero para encontrar el buen acorde resolutivo de una melodía hay que conocer primero la armadura de la partitura, incluso la clave en la que se desarrolla y que determina su armonía. Pues bien, creo que es sólo en una resolución de la transferencia cómo podemos tratar este punto de impasse, y especialmente de nuestra transferencia de trabajo en la experiencia de una Escuela que sea digna de este nombre.

 

* * *

 

Conviene, pues, primero hacer una puntuación de los momentos de esta experiencia para entender cuál es el movimiento que nos conduce, porque a menudo somos conducidos por un movimiento del que no podemos ver la lógica que lo conduce, que nos conduce. Estos momentos van, más o menos, de diez años en diez años. (Sin duda, siempre que hacemos una puntuación de los momentos de una historia lo hacemos ya desde una elección de perspectiva, nada inocente, que es ya una interpretación de la actualidad):

 

—1967: “Proposición del 9 de octubre sobre el Analista de la Escuela...” de Lacan, proposición del pase que —recordémoslo— fue rechazada por buena parte de los miembros de su Escuela y que llevó a una crisis importante.

—1980: Disolución de la EFP. Otro momento de crisis institucional, que no era ajena al fracaso de la experiencia del pase indicada por el propio Lacan. La razón: la carencia de una enseñanza relevante sobre esta experiencia. Y seguidamente, la creación de la ECF que hizo del pase su primer estandarte (bandera), que no estándar (norma tipo).

—1990: Es el momento de este texto de Jacques-Alain Miller: "Observación sobre el atravesamiento de la transferencia". Dos años después, en 1992, viene la creación de la AMP, y fue un momento también de relanzamiento de la experiencia del pase en la ECF. 1990 es también el momento de creación de la EEP con sus grupos en el Estado español.

— 1998: gran debate sobre el pase en la AMP y crisis con la partida de colegas que nos habían acompañado hasta entonces. En el año 2000: Creación de la ELP en España. El dispositivo del pase para sus miembros se mantiene en el marco de la EEP (después FEEP y Eurofederación de Psicoanálisis).

— 2010: El dispositivo del pase pasa a cargo de la ELP con la constitución de un cartel calificado como “propio”, después de un largo debate —un debate que es absolutamente necesario revisar ahora— sobre la “mediación” de la FEEP que ya no se consideraba necesaria con la idea de “acercar” el pase a los miembros del ELP.

— 2022: Debate abierto en la ECF, tras constatar que “algo no va, que está out of joint, desarticulado” entre la Escuela y el pase, tal y como ha indicado J.-A. Miller en una intervención del pasado 22 de enero, donde añadía como conclusión: "Ha llegado el momento de interpretar a la Escuela en su relación con el pase".

La pregunta que podemos hacernos ahora es si no ha llegado también este momento —el de interpretar a la Escuela en su relación con el pase— para la propia ELP. 

Estamos, pues, ante un problema que atraviesa la historia del psicoanálisis, que decide sus derivas y sus aciertos, sus divisiones, disoluciones y (re)fundaciones, y que enunciaré así: ¿Cuál es el destino de la transferencia al final de un análisis? Es un destino que a menudo se presentaba como su disolución, y esto ya desde el caso Sandor Ferenczi, cuando hablaba del agotamiento de la transferencia para dar un giro decidido a la psicoterapia, a falta precisamente de una resolución de la transferencia. ¿Cuál es el destino de la transferencia en aquellos que se ponen en el lugar de psicoanalista? Hoy, este problema se nos presenta así: ¿el destino de la transferencia es hacerse analista de su propio caso o bien hacerse analista de la experiencia de la Escuela? La equivocación en la interpretación de esta frase de Lacan – “devenir analista de su experiencia” ha sido, y sigue siendo sin duda, en el tuétano del impasse actual, todavía.

El pase estaba pensado para hacerse analista de la experiencia de la Escuela, no estaba pensado, —lo diré ya de entrada, clara y directamente— para continuar el propio psicoanálisis en público haciéndose El analista del analista, El analista —singular y universal a la vez— de la propia experiencia analítica, El analista precisamente que decimos que no existe, no más que La mujer.

Y esto por una razón primera que hay que recordar una y otra vez: el pase no es una experiencia individual, de un individuo en un grupo o comunidad del que esperaría un reconocimiento siempre recíproco. El pase es una experiencia transindividual, colectiva, entendiendo por "colectivo" no un grupo o una masa sino lo que Lacan definió como "sujeto de lo individual". Entender la proposición del pase es entender también esta definición sorprendente de Lacan cuando la aplicamos a la Escuela-sujeto: el colectivo es el sujeto de lo individual. De la misma manera podríamos decir que la experiencia del pase —repartida entre sus diversos participantes: pasantes, pasadores y carteles— es la Escuela-sujeto para cada uno de sus miembros, para cada uno y no sólo para algunos. De ahí que el pase sea inherente a la Escuela, que podamos decir que no existe Escuela sin pase, y que no hay pase sin Escuela. No es tan simple ver por qué, y quizás esto se hace más evidente cuando hay un real con el que tropezamos en la experiencia de la Escuela-sujeto y se nos presenta como un momento crítico. El pase es entonces una especie de “analizador” de lo real sobre el que se funda la Escuela. Estamos en uno de estos momentos y la cuestión es qué enseñanza podemos sacar ahora de él.

Voy a decir una, al menos una que podemos sacar de momento: a falta de una resolución de la transferencia (ya sea positiva o negativa), el análisis se continua en el pase, lo que no augura nada bueno para la experiencia de Escuela. No es un problema de una exigencia de perfección que esperaríamos de la experiencia del pase. Es más bien lo mínimo que debemos esperar, que no sea la extensión del caso clínico del pasante, volviendo una y otra vez sobre sus hechos clínicos, vistos ahora desde un supuesto exterior del análisis y de la transferencia, sino que sea la razón bien expuesta de su relación con la causa analítica y con la experiencia de la Escuela que se hace su representante (y pongo todo el cuidado al subrayar este término, representante, veremos por qué).

 

* * *

 

En esta coyuntura me ha parecido interesante leer hoy con vosotros este texto de J.-A. Miller publicado el mes pasado en su libro “Comment finissent les analyses. Paradoxes de la passe”, volumen que reúne intervenciones sobre el pase que van de 1977 a 2002, primera parte de un segundo volumen que se anuncia y que pide una lectura muy atenta por nuestra parte. “Observación sobre el atravesamiento de la transferencia” (1990) no es, a buen seguro, la última enseñanza, interpretación más bien, que Jacques-Alain Miller ha puesto a disposición sobre la experiencia del pase en las Escuelas del AMP. Y, con todo, anunciaba ya muchos de los impases en los que nos encontramos treinta y dos años después.

Les ruego que, si no lo han hecho ya, lean este texto de 1990 atentamente, línea por línea —hacerlo ahora y aquí daría para un largo seminario entre nosotros, lo que me parecería lo más deseable—. Es, por así decirlo, una intervención bisagra si tomamos 1990 como la fecha entre 1980 (la disolución de la EFP por Lacan, con la creación de la EFC por sus alumnos) y 2000, el año de creación de la ELP que, recordémoslo también, debía ser primero una Escuela del Campo Freudiano de Barcelona para el conjunto del Estado español. Y todo esto dos años después de la crisis de 1998, crisis, como saben, nada ajena a la experiencia del pase y a los destinos de la transferencia en nuestras Escuelas. Hay un mismo real que insiste en repetirse en esta experiencia, especialmente en lo que se refiere a la ELP.

Me hago a menudo la pregunta y la hago aquí y ahora con ustedes: ¿hemos estado a la altura para responder a este real que motivó la experiencia, instaurada para hacer avanzar al psicoanálisis y no a los propios psicoanalistas entendidos como un cuerpo profesional?

Creo que la respuesta a esta pregunta depende de cómo entendamos lo que en este texto de J.-A. Miller se ubica como la resolución de la transferencia.

Haré ahora algunas puntuaciones, siete, sobre la lectura de este texto que me han servido como interpretación para ponerlas a su consideración.

 

Observación sobre la travesía de la transferencia

 

1. Y la primera observación (p. 3)[2] es precisamente que “No hay atravesamiento de la transferencia.” Es una fórmula del estilo de aquella del Dante en la entrada de su infierno: “lasciate ogni speranza”, abandona toda esperanza. No es una salida, es una entrada. No hay atravesamiento de la transferencia, sólo hay destinos de los efectos positivos o negativos de la transferencia en el propio grupo analítico, y esto, como veremos, siempre a falta de su “resolución”.

 

2. “El atravesamiento del fantasma es a la vez resolución de la transferencia” (p. 4). Este punto parece algo más difícil. Hay atravesamiento del fantasma, eso sí, cuando se ha reducido su objeto a los “bordes del agujero que él mismo constituye” (p. 4). No hace falta producirlo ese agujero, hay que saber encontrarlo, y bordearlo en sus bordes. Entonces, al mismo tiempo, hay reducción de la representación del analista en su “representante de la representación” (la famosa Vorstellungrepräsentanz, un significante binario como indica Lacan en el Seminario XI: S1->S2). Y existe, a la vez, resolución de la ecuación del sujeto, una resolución con el valor aislado en su fantasma fundamental. Es la resolución que anotamos con el objeto a.

Es necesario hacer aquí una observación a propósito de la Vorstellungrepräsentanz. Hay representaciones del analista: "la transferencia designa, en efecto, las modalidades de la representación del analista" (p. 4-5). Estas modalidades o representaciones conforman la Vorstellung, que es una representación imaginaria, un asunto de psicología, no de psicoanálisis. Una vez reducidas estas representaciones —es ya un primer trabajo de duelo que hay que hacer en el propio análisis—, lo que encontramos, sin embargo, no es una representación sino un agujero, a lo sumo encontramos un representante aislado de la cadena, el representante de la representación reducido a un significante solo, pero que ya no representa nada. No hay, de hecho, representante de la representación de El analista (como no existe tampoco el de La mujer). Es, por así decirlo, un segundo duelo que hay que hacer también al final del análisis, el del “deser” del analista. El analista no existe como tal, carece de inscripción posible en la realidad del inconsciente. Éste es el agujero, no hace falta producirlo (como a veces oímos decir), hay que saber bordearlo.

Hay, pues, reducción de la transferencia y resolución de su ecuación con el objeto del fantasma fundamental. Son lo mismo: S1 = a. De momento, esto no nos dice nada de ninguna caída de la transferencia o del analista, ni tampoco que podamos invertir los términos de la resolución.

 

3. “No hay más allá de la transferencia” (p. 6), "no hay grado cero de la transferencia". Hay en todo caso "restos de la transferencia", como ya indicaba Freud, y el problema es, entonces, cuál es el destino de estos restos, siempre fecundos, si no hay un "más allá".

Subrayo aquí, en la p. 7, la cita que hace J.-A. Miller de Lacan: “Es la cuestión de saber cómo el pase puede afrontar [el deser] para revestirse con un ideal del que se ha descubierto [este] deser”. Traduzco así la expresión “s’affubler d’un idéal”: mudarse, revestirse, engalanarse. Sin embargo, sigue diciendo, “un ideal que sólo son oropeles” (affûtiau: oropeles). Nada con lo que colgarse ninguna medalla, ningún título con el que identificarse, ningún narcisismo de escabel, ninguna estrella de Hollywood.

Para ello, es necesario deshacerse de una vez por todas de esta épica novelesca con la que se revisten demasiado a menudo las llamadas “enseñanzas de los AE” y que J.A. Miller, ya en este texto, ridiculizaba de forma cómica (p. 8):

«El pase tiene la estructura del chiste. No está hecho para llorar, no está hecho para durar. Ya sabemos, buen señor, que no pagará nunca su deuda, que le han robado la cartera, que la mujer es una coqueta, que su vida es una galera y usted el condenado. Pues bien, sáquese ya de encima su dolor de vivir, como supo hacerlo Molière, que tal vez sólo era la máscara de Corneille, sáquese de encima su tristeza, sus heridas, los acentos hechos para aburrirnos. La comedia va más allá que la tragedia, habría que verlo para no olvidarlo. En una palabra: con el peor (pire), hacer reir (rire), y no padre (père). Y si así esto le hace demasiada pupa, pues bien, vuelva a venir cuando esté listo y hayá sabido hacer de su narizota, siempre demasiado larga o demasiado corta, como Cyrano, su estandarte. El único defecto de Cyrano, la obra inmortal de Rostand, es acabar dónde habría tenido que empezar, y empezar dónde habría tenido que terminar.»

Pregunta: ¿Cuántos de los llamados “testimonios”, repetidos una y otra vez, acaban hoy donde deberían empezar y comienzan dónde deberían haber terminado, vistos desde la perspectiva de la resolución de la transferencia?

Al final del análisis, pues, no se trata de la caída de la transferencia [3], ni de la caída de las identificaciones, ni de la caída del sentido. Esto es en cualquier caso uno de los momentos cruciales de un análisis, pero no su final que pide una resolución.

 

4. “En el pase, ya no es el analista quien soporta la transferencia del saber que se le ha supuesto” (pág. 9). Subrayo "el analista", no "su analista". Es un segundo duelo, por así decirlo. Este sujeto, destituido al final del análisis, se convierte en la Escuela, como "emanación de este conjunto que llamamos Escuela", que será la Escuela-sujeto, el colectivo. Esto no significa seguir el análisis con la Escuela, a falta de resolución de la transferencia. La Escuela no es sustitución del analista, es el sujeto transferido a ella en una transferencia de trabajo.

 

5. “La transferencia de trabajo es una transferencia sobre el trabajo”. (p. 10)

Y sólo puede soportarse "idealmente" con una Escuela. Es una transferencia sobre la Escuela como sujeto transindividual. Aquí trabajo significa: crítica recíproca y conversación sostenida, no dejar tranquilo a nadie en su rincón. Y sí, es un ideal.

 

6. “La resolución de la transferencia [es] la destitución subjetiva como destitución del sujeto supuesto saber” (p. 11). Destitución no es liquidación, ni caída, ni siquiera declive; destitución es desposesión, sacar de su lugar, pero para ponerlo en otro lugar (que es lo que significa también transferencia, Übertragungdesde su origen, traslado de un lugar a otro, transposición, transmisión, delegación, cesión, incluso transfusión, contagio). Y esto implica la transferencia a la Escuela-sujeto de lo que han sido los restos del trabajo de transferencia en el análisis.

Y es por eso que (p. 11): "el significante del AE tiene el valor de causa del deseo, que sirve para sostener tanto el trabajo de transferencia como la transferencia de trabajo". Imposible hacerlo después de una supuesta travesía, caída, disolución o des-suposición del saber del analista, hasta burlarse de él.

Entonces, hace falta que hagamos un trabajo colectivo sobre el pase. No es cosa de uno, ni tampoco de al menos uno, como leemos en la p. 11 : "el discurso analítico no podría soportarse con uno solo", sólo "idealmente" con una Escuela —y subrayo el término, "idealmente", por mala prensa que tenga ahora entre nosotros la cosa esta de los "ideales", como si fuera una exigencia superyóica que sería imposible cumplir.

 

7. “No existe atravesamiento de la transferencia porque la transferencia no tiene exterior”. (p. 12)

Inútil pues querer hacerse analista de la propia experiencia, como si hubiera una transferencia de la transferencia, un Otro del Otro, una manera de hacer existir "El analista del analista". Hay que hacer el duelo de “El analista”, y no sólo de “su analista”.

No, no hay travesía de la transferencia al final del análisis, ni en la forma de caída del sujeto supuesto saber ni de disolución de su causa y, menos aún, de sus efectos. No existe ni siquiera declinación de lo que debe ser, de hecho, el propio motor, la causa de la Escuela-Sujeto. No hay salida a un exterior de la transferencia desde donde podría contemplarse el paisaje de un análisis, en un precioso fantasma, como desde la cima de la montaña un día de bonanza. Estamos aquí de lleno, todos en el mismo barco y en plena tormenta, o no estamos de ninguna de las maneras. Y como no hay atravesamiento de la transferencia sólo nos queda llevar hasta las últimas consecuencias, uno por uno, lo que debería haber sido su resolución, más allá precisamente de sus efectos negativos o positivos, porque ambos llevan al impasse del pase.

Todo esto debería poder decirse en una o dos frases cuando se trata del testimonio del pasante que ya ha pasado y ha dejado atrás su historia en cinco actos del Cyrano. (Lacan lo hizo a propósito de dos casos en su texto “L'étourdit”: dos breves frases para dos casos). Lo que importa son las consecuencias de la resolución de la transferencia, “y mejor –p. 7— si es en un solo acto, el acto analítico”. Lo demás es papeleo para adornar el paquete superponiendo una supuesta "teoría", el saber epistémico, no como una consecuencia sino generalmente como un a priori a confirmar. Y también generalmente, para que después venga alguien considerado notable a quien se le pide que acabe el trabajo con la episteme de su comentario. Me he encontrado, a veces, llamado a este lugar —en Jornadas y Congresos de varias Escuelas—, y tengo que decir que siempre me he sentido incómodo, tratando de salir airoso con una reducción al mínimo de la épica novelada cuando pasa por testimonio, para no borrar el rasgo del deseo del analista, cuando está ahí, no borrarlo con un saber sobrepuesto en un deseo de impostura de hacer de analista del analista, una nueva forma, de hecho, de impulsar un cuerpo de analistas didactas.

Mi pregunta es, pues, ahora: ¿Qué hay de nuevo, en los testimonios que escuchamos, sobre cómo se produce el deseo del analista (y no el deseo de ser analista) en una resolución de la ecuación del sujeto, y en una transferencia de la que no hay atravesamiento posible? ¿Cómo, desde esta posición, se interpreta a la Escuela-sujeto? Es la clave de la propuesta de Lacan sobre el analista de la Escuela de 1967. Y es de eso que depende la transmisión del psicoanálisis más allá de relatos autobiográficos (que pueden estar muy bien por otro lado).

El hecho de que no haya atravesamiento ni exterior de la transferencia hace sin duda las cosas más complicadas: ¿qué es lo que se transmite, entonces, más allá de los efectos, positivos o negativos, de la transferencia de una generación a la otra?

A falta de una resolución de la transferencia, el análisis prosigue en el pase, lo que no es el mejor uso que se puede hacer de él como colectivo. Y los testimonios añaden entonces más sentido a lo que ahora llamamos la “starificación” del AE, añadiendo sentido más que sacarlo.

Más preguntas, pues:

¿Por qué no hemos escuchado todavía ninguna novedad sobre la doctrina del final del análisis y del pase por parte de los AE —al menos durante los últimos diez años— o ningún cuestionamiento de la doctrina que se repite una y otra vez para verla confirmada en cada caso? (He estado leyendo estos días nuestros informes de carteles del pase —yo mismo he redactado algunos en otras escuelas— con esta perspectiva). Y todavía es el momento de escuchar una enseñanza que haga objeción a nuestros acuerdos tácitos. ¿Pensamos que las nominaciones se basan en la confirmación de una teoría ya hecha por otros? Si hay teoría del final del análisis y del pase —lo que ya es discutible, sólo sería una teología del analista que no existe— un avance epistémico no es en todo caso el que más parece valorarse hoy en los testimonios y enseñanzas del pase. Incluso hemos llegado a escuchar en un espacio de enseñanza de AE ​​que la teoría y la elaboración conceptual no era su fuerte, como una suerte de excusa para rebajar sin duda las expectativas del auditorio.

Les diré mi "ideal" que ha sido para mí una verdadera interpretación: "hacer de la excepción un para cada uno". Quiero una Escuela en la que cada uno haga la función de más uno para cada uno de los demás, poniendo en cuestión los acuerdos tácitos que gobiernan demasiado a menudo un reconocimiento mutuo (este mutualismo del que nos quejamos tan a menudo). Y esto requiere de una verdadera conversación en la que cada uno se ponga en su lugar de sujeto. En este punto, no hay —como oímos decir a veces— ningún agujero que haya que producir en el saber —en el Otro o en el Otro del Otro... hasta el infinito—, un agujero que se buscaría siempre desde un lugar supuestamente exterior de la transferencia, un exterior imposible. Esta idea de “agujerear al Otro”, que no he encontrado en ninguna parte en la enseñanza de Lacan como una orientación analítica, me parece ahora una de las consignas que lleva a una de las derivas más oscuras de la transferencia negativa en nuestras Escuelas. Es totalmente opuesta a la operación de “poner a cada uno en su lugar de sujeto”, expresión con el que J.-A. Miller modificó una famosa frase de Kant en el momento de “Campo Freudiano, año cero” (2017), para hacer de ella el punto de apoyo de la ética del psicoanálisis: poner a cada uno en su lugar de sujeto no es agujerear al Otro, al contrario, por la sencilla razón de que el Otro ya está agujereado y que es sólo desde el agujero del Otro como podemos interpretar al sujeto.

Discutir esto, como a veces debemos hacer, me parece tan cómico como aquel famoso ejemplo freudiano del hombre que le devuelve al vecino el caldero que le había dejado, y que es un buen ejemplo de los impases y tragedias de todo mutualismo. Se lo recuerdo:

1. En primer lugar, tú no me has dejado ningún caldero;

2. En segundo lugar, el caldero ya estaba agujereado cuando me lo dejaste;

3. Y, en tercer lugar, ¡qué caramba!, yo te he devuelto el caldero completamente intacto.

Más bien, debemos concluir otra cosa: el Analista de la Escuela es ya ese agujero mismo desde su constitución para quien quiera escucharlo y para interpretarlo como tal, es decir, como objeto y causa de nuestro supuesto saber.

Y esto debe ser precisamente, si me permiten decirlo así, para poner a la Escuela en su lugar de sujeto.

 

 

 

Traducción al castellano de una intervención en la Comunitat de Catalunya de la ELP, el 15 de marzo de 2022, en el espacio “Seminario del pase”.



[1] Lacan, J., Éscritos, Ed. Siglo XXI, México 1971, p. 204, n. 2.

[2] Las referencias son a la traducción al catalán del texto, editada en un cuaderno para uso interno de la Comunitat de Catalunya de la ELP, con el acuerdo de J.-A. Miller. El lector podrá remitirse al texto original en francés para verificar la traducción. Miller, J.-A., Comment finissent les analyses. Paradoxes de la passe. Navarin Éditeur, París 2022.

[3] Sé muy bien que el propio Jacques-Alain Miller habló, en 2017 en “Campo Freudiano, año cero”, de su “caída de la transferencia con el Campo Freudiano”, pero no era para hacer de ello el culmen del pase sino, precisamente, por relanzar una apuesta por un pase de la Escuela-sujeto, aún por verificar.

Véase, si no: “El final del análisis, sin embargo, es completamente distinto si se le encuentra —aunque se la vele— una solución por la identificación o por la transferencia. Tan pronto como se habla del final del análisis en términos de liquidación de la transferencia o de caída del sujeto supuesto saber, uno siempre se ve conducido a la solución vía la identificación”. Miller, J.-A. (24 de enero de 1990), El banquete de los analistas. Paidos, Buenos Aires 2000, p. 175.

 

21 de gener 2020

Recomienzos de análisis


Conversación Clínica del ICF-E 2020











Convengamos en que no hay un momento cronológico preciso que delimite cuándo comienza realmente un análisis. El plural del título de esta Conversación clínica, “comienzos”, nos indica ya que puede haber más de uno, incluso si nos referimos a un solo caso donde podemos hablar también a veces de recomienzos. Las mal llamadas “primeras entrevistas”, supuestamente previas al comienzo de un análisis, implican que sólo lo habrán sido si llegan unas segundas, y después unas terceras hasta que pudiéramos situar entonces, siempre retroactivamente, el comienzo de un análisis. Pero tal vez el análisis comenzó ya antes de esas “primeras”, con la pre-interpretación que el sujeto ha hecho de su malestar dándole valor de síntoma. La cosa no mejora mucho si llamamos a estas entrevistas “preliminares”, preámbulo del supuesto comienzo. La paradoja de los comienzos de un análisis es semejante a la de aquel sujeto que comienza a hablar diciendo: “antes de comenzar a hablar quería decir…” En el comienzo de un análisis hay algo siempre de este estilo: ya has comenzado… sin saberlo. Y es sólo a partir de este “sin saberlo” donde debemos situar la puerta de entrada al análisis, aquella puerta que sólo se abre llamando desde el interior. Es por otra parte lo que define propiamente un acto en el discurso del psicoanálisis: no hay un sujeto ni un saber explícitos y previos al acto, los dos son un efecto y un producto posteriores lógicamente al acto. Estrictamente hablando, no hay entonces un modo preciso de situar cronológicamente el comienzo de un análisis. 

En realidad, lo único que puede definir lógicamente el punto de discontinuidad que marca el comienzo de un análisis es la transferencia, aquella transferencia que Lacan situó precisamente en el comienzo, en el principio lógico del psicoanálisis: “Al comienzo del psicoanálisis está la transferencia”[1]. ¿Y qué es la transferencia? Se trata siempre y en cada caso de un encuentro con un real que desencadena la función del sujeto supuesto saber, lo que quiere decir tanto suponer un saber a otro sujeto como suponer un sujeto al saber, a ese saber no sabido que lo habrá llevado al acto. Tal encuentro es también aquello que precipita el síntoma para que cristalice, en una suerte de reacción en cadena, alrededor de un significante que por esta misma razón llamamos “significante de la transferencia”. Así pudo situarlo Jacques-Alain Miller en los comienzos del Campo Freudiano en aquella operación —clínica, política y epistémica— que fue en realidad la de un retorno, un recomienzo pues, de la clínica bajo transferencia: “El paso del que se trata no se confunde de ningún modo con el paso del sujeto cuando se dirige al analista, es anterior, y se corresponde con aquello que llamaré la pre-interpretación por el sujeto de sus síntomas.”[2]

Recomencemos pues: Campo Freudiano, año cero.


[1]  Jacques Lacan, “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela”, Otros escritos, Paidós, Buenos Aires 2012, p. 265.
[2] Jacques-Alain Miller, “C.S.T.”, en Ornicar? Nº 29, Paris 1984, p. 144.

14 d’abril 2017

La presencia, real, del analista




















“El lugar del psicoanalista en la enseñanza de Lacan se aborda a partir de “hacer el muerto” para luego ser situado en el lugar de objeto pequeño a: este descompleta el lugar de la buena fe y no se identifica con él”.

Éric Laurent, “Ciudades Analíticas”. Tres Haches, Buenos Aires, p. 60.


En efecto, una de las primeras figuras que Lacan toma al principio de su enseñanza para situar el lugar del analista en el dispositivo analítico es el lugar del muerto. Pero digamos de entrada que se trata de un muerto que debe estar muy vivo en su deseo para cumplir esta función y hacerla presente para el sujeto. Nada que ver con la imagen del analista petrificado y neutro, más cercano a la imagen del feto macerado que Lacan mismo tomó para criticar la pose de algunos psicoanalistas postfreudianos. No hay lugar del muerto sin el deseo del analista, término que Lacan preferirá finalmente para indicar la presencia, real, del analista en el dispositivo.
Cuando en “La dirección de la cura y los principios de su poder” Lacan hace esta primera referencia al lugar del muerto lo hará tomando el ejemplo del juego del bridge. En este juego de dos parejas, uno de los cuatro jugadores —el llamado “declarante”— recibe la ayuda de su compañero que está en el “lugar del muerto” y cuyas cartas se colocan en la mesa cara arriba dejando que sea el declarante quien las juegue con las suyas. El muerto no juega pues sus cartas aunque puede advertir a su compañero si su juego infringe alguna de las reglas de la partida. Lacan señala que “el analista se adjudica la ayuda de lo que en ese juego se llama el muerto, pero es para hacer surgir al cuarto [jugador] que va a ser ahí la pareja del analizado, y cuyo juego el analista va a esforzarse, por medio de sus bazas, en hacerle adivinar la mano: tal es el vínculo, digamos de abnegación, que impone al analista la prenda de la partida en el análisis.”[1] En el juego de cuatro lugares que Lacan sitúa en su esquema L —el Sujeto, el otro, el Yo y el Otro—, el analista deja a su Yo en el lugar del muerto en el registro de lo imaginario para que, a su vez, el Sujeto deje al suyo de lado y pueda surgir para él el lugar del Otro, el inconsciente, el cuarto jugador, su verdadera pareja, en el registro de lo simbólico. Se trata pues de dejar de lado los sentimientos, los prejuicios y las pasiones que están del lado del Yo para dar línea abierta a la relación del sujeto con el inconsciente. Si el analista “presentifica la muerte”, como indicará también en “La cosa freudiana…”, es en este sentido. A Yo muerto, el Otro viene a su puesto.
Es el lugar de la causa de la división del sujeto que Lacan formalizará más adelante con la función del objeto a, presencia irreductible.
Lo interesante de la cita de Éric Laurent es que pone en relación esta función con el hecho de descompletar el lugar del Otro de la buena fe, de no identificarse con él, entendiendo que el error de buena fe puede ser el peor de los errores cuando se trata de la dirección de la cura. Es cierto que, como en el infierno, las almas caritativas pueden estar llenas de las mejores intenciones terapéuticas pero será siempre para barrar el paso del sujeto al inconsciente que, por su parte, no las tiene ni buenas ni malas. Hay un índice mayor de esta presencia que Lacan hará consistir en la función del objeto a. Es la angustia, que no engaña nunca, signo de que el sujeto está jugando su partida con el Otro, más allá de sus buenas o malas intenciones, más allá de la buena fe que lo haría completo.
La presencia, real, del analista es pues también una forma de descompletar al Otro: lo hace surgir para el sujeto como su verdadera pareja y a la vez lo marca con un falta irreductible. 
Digamos para concluir que esta lógica lleva necesariamente a la tesis que Jacques-Alain Miller enunció como “el inconsciente intérprete”. Sólo por un abuso de lenguaje podríamos decir que es el analista quien interpreta el inconsciente, suponiendo que pudiera tomarlo como el lenguaje objeto de su interpretación hecha metalenguaje. Sus intervenciones, jugando con el lugar del muerto para el sujeto, deben propiciar que sean las cartas del Otro las que digan la verdadera interpretación, la del inconsciente del sujeto, la que no dirá nunca la verdad de la verdad, como querría precisamente la buena fe.

*Comentario a la referencia escogida por Ruth Pinkasz para los Flash de la Conversación Clínica del ICF en España, Marzo de 2017, sobre Presencia del analista en la cura.





[1] Jacques Lacan: “La dirección de la cura y los principios de su poder”. Escritos, Ed. Siglo XXI, México 1984, p. 569.