Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris goce. Mostrar tots els missatges
Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris goce. Mostrar tots els missatges

22 de maig 2023

Notas sobre el Goce

 

 

Que suis-Je ? 

Je suis à la place d'où se vocifère que « l'univers est un défaut dans la pureté du Non-Être ». 

Et ceci non pas sans raison, car à se garder, cette place fait languir l'Être lui-même. Elle s'appelle la Jouissance, et c'est elle dont le défaut rendrait vain l'univers.

 

Jacques Lacan. Écrits, Ed. du Seuil, Paris 1966, p. 819.

 

 

Bien enrevesado te parecerá esto, lector. Pero, inocente como crees ser —tanto como creyente—, lo cargas a cuenta del Otro, a cuenta y a cargo del Otro que no existe (Dios, por ejemplo, pero también La mujer). Mejor, pues, que te hagas cargo de ello de una vez, en lugar de seguir creyendo en ello.

 

Veamos:

 

— No se trata de saber quién soy Yo (da igual, "Yo" es siempre un impostor, yo es siempre otro, como dice el poeta) sino qué soy Yo, es decir, qué es mi ser, qué es el Es freudiano (que traducimos del alemán como el Ello), donde Yo no piensa ser, allí donde Yo ya no puede pensarlo.

— Pues, qué eres, no te lo responderá, el Ello que te hace la pregunta a ti, a ti que debes responder, te pongas como te pongas.

— Él te dirá sólo, si sabes leerlo, dónde estás, en qué lugar, en lugar de qué.

—Y te lo dirá desde el lugar, allí donde tú eres sin pensártelo.

— ¿Y qué te dice? Que eres en el lugar de una voz, de un objeto al fin y al cabo, que te habla en voz tan baja como la voz de la razón. Tan baja pero tan insistente también.

- ¿Y qué te dice la voz? (No es sólo que se lo diga a cualquiera, es que ahora te lo dice a ti).

—Dice —es una cita de Paul Valery— que «el universo es un defecto en la pureza del No Ser». Pues sí, es sólo por la voz de Otro que te lo dice. El Otro que no existe, pero que, sin embargo, te habla, que se dirige a ti.

— Es decir, que primero era el No Ser, que, puestos a decir, es como si no fuera nada, nada de nada. No quieras ni imaginarlo, es imposible. Es decir, es real.

— Sólo puedes pensarlo y decirlo en la forma de un mito (como el que sostiene la ciencia misma, mal que le pese; leed, si no, la Física de hoy). Es el mito de lo que era antes del Big Bang, por ejemplo, antes del tiempo, antes de que hubiera "antes" ni "después". Donde ello era —y siempre era— la pureza del No Ser.

— Y después, precisamente después: al No Ser le ha faltado algo. Nada, un pequeño defecto (o grande, ¡vete a saber!), alguna cosa no más, no más, pero más que nada (no-res i res en catalán dicen casi lo mismo).

— ¡Vaya por Dios! Me doy cuenta ahora de que Res (Nada en catalán) se escribe al revés que Ser (en castellano y en catalán). Contingencias de la letra, del ser de la letra a través de las lenguas.

— Y es por este defecto del No Ser que el universo comienza a Ser.

— Y esto es el universo: un defecto en la pureza del No Ser. Una casualidad sin causalidad, dicen hoy los físicos, los de la Física, la mejor ciencia (y quizás la única que merece este nombre).

—Esto es lo que la voz te dice que es el universo, pero no todavía lo que es Yo, ese Yo que ya te habla. Es que te habla desde allí, desde el lugar de un defecto en la pureza del No-Ser.

— Y tiene toda la razón, (mejor dicho, la tiene siempre no-toda, pero suficiente para que lo escuches). Tiene razón porque es sólo desde el No-ser, desde el des-ser, que el ser puede hablarte, como un defecto del No-Ser. Si no fuera así, no te diría nada, no te hablaría. Sólo te habla si lo preservas como tal, como des-ser, como el lugar del ser, vacío. Es sólo por el hecho de preservarse (en francés: se garder) que este sitio te habla, como des-ser.

— Y es este des-ser que hace languidecer al Ser mismo, cualquier ser que sea. Cada ser lleva la marca de este defecto, en el no-ser estando, desde ese sitio estando. (En castellano podemos servirnos de la diferencia entre ser y estar de manera muy eficiente).

— Si este des-ser no fuera, si hiciera falta esa falta misma, entonces el universo sería en vano. La angustia-de-ser es eso: cuando la falta te falta, cuando te hace falta la falta.

— Y ahora démosle el nombre que más le conviene, a ese lugar del ser que te habla, (en voz baja, pero te habla).

— El nombre que más le conviene (si encuentras otro, ya me lo dirás) es éste: "el Goce". En mayúscula (como hacía el poeta Foix): Goce, nombre propio, nada común.

— (Nota: el poeta Enric Casasses te ha propuesto otra traducción en catalán que no es “Gaudi”; prefiere el “Joi” de los trovadores. Piensa en ello, porque dice "Jo-i", es decir, en castellano “Yo-y”).

—Eso sí es, el Goce. Y si no fuera, es el propio universo el que sería en vano. Quizás lo sea, en vano. Sólo que el Goce —el Ello de Freud— no es en vano. Y esto excluye la posibilidad de que el universo sea en vano. Es necesario, pues, que te hagas cargo de él.

— El Goce no es en vano porque se te impone, lo quieras o no, lo sepas o no (de hecho, nunca lo sabes, no del todo, al menos).

— El Goce te exige que respondas, que respondas por él, que te hagas cargo de él. Y es por eso que no es en vano. Y si lo fuera, el universo lo sería también.

— Así pues, es necesario que elijas, que lo decidas, que te decidas. O bien el Goce no es en vano, o bien es el universo el que es en vano.

— Es una elección donde te juegas la vida, sin sentido alguno. Como quien tira los dados al azar y sabe que debe responder por lo que salga. Y debe responder no al azar, sino con determinación, como se suele decir.

—Así pues, del Goce, —del Goce que si no fuera haría vano el universo— de ese Goce que sí es, de este Goce tienes que hacerte cargo, lo quieras o no.

— Esto no es ninguna "metafísica", ni tampoco ninguna tontería, como piensa el cientificismo más cretino, el que hace que la ciencia sea, en definitiva, en vano. Al cientificismo, esto le parece una tontería. A la ciencia no debería parecérselo.

— No es ninguna metafísica, no es tampoco ninguna ciencia posible, no todavía, al menos.

— Es, eso sí, una ética, y muy pragmática. Y también una política. La política del psicoanálisis, al menos.

— Y ahora, si has llegado hasta aquí, si has llegado al lugar desde donde el Goce te habla, desde el des-ser, ahora di.

— ¡Ahora habla! ¡Ahora haz, haz como eres! (En catalán, "Fes com ets" tiene dos sentidos: “Haz tal como eres”, imperativo de "hacer", y “Hendido como estás”, escindido, objeto y sujeto dividido a la vez: a -->$).

 

— Y ahora puedes traducir también este pequeño párrafo de Lacan en tu idioma (Adjunto la traducción al catalán y la traducción conocida al castellano):

 

Què soc Jo?

Soc en el lloc d'on es vocifera que «l'univers és un defecte en la puresa del No-Ésser».

I això no pas sense raó, atès que en preservar-lo, aquest lloc fa llanguir l'Ésser mateix. S'anomena el Gaudi, i és el seu defecte que tornaria va l'univers.

 

¿Qué soy Yo [Je]? 
Soy en el lugar desde donde se vocifera que "el universo es un defecto en la pureza del No Ser". 
Y esto no sin razón, pues de conservarse, ese lugar hace languidecer al Ser mismo. Se llama el Goce, y es aquello cuya falta haría vano el universo. 

 

 

21 de mayo de 2023

29 d’octubre 2021

¿Pueden confinarse distintas formas de gozar?

Cientos de migrantes intentan nuevamente cruzar el túnel del Canal de la  Mancha - SWI swissinfo.ch

Tal como he señalado en el breve texto de presentación de esta conferencia (1), el verbo «confinar» tiene varios significados que nos plantean ya algunas de las paradojas que estamos viviendo en estos tiempos de pandemia. Confinar quiere decir aislar, encerrar, pero también quiere decir colindar, poner en contacto, en proximidad, en vecindad. La experiencia de la pandemia ha puesto de manifiesto, más todavía si cabe, la dificultad política y social para hacer compatibles diversos modos de vivir, para hacer compatible aquello que llamamos «formas de gozar», las formas de satisfacer necesidades, deseos y pulsiones. No hay una sola forma de gozar, homogénea y universal, aunque lo que llaman globalización nos empuje cada vez más hacia esta homogeneidad. De hecho, cuanto más empuje a lo homogéneo experimentamos por un lado, más aparecen por el otro las singularidades y las reivindicaciones de la diversidad. Es la razón de muchos conflictos sociales, políticos, culturales y religiosos de nuestra época. Hay una diversidad irreductible de formas de gozar, ya sea que las percibamos como culturas, como estilos de vida o como costumbres, formas que muchas veces se muestran incompatibles entre ellas.

 

La lógica de la burbuja

Cada uno goza según ciertas condiciones, cada uno tiene sus propias condiciones de goce. ¿Cómo confinarlas, entonces, en su diversidad, y en todos los sentidos de la palabra «confinamiento»? Empezaré haciendo lo que hoy llaman un spoiler, sin mantener el suspense esperando a ver cómo termina la serie. Responderé de entrada a la pregunta de mí titulo: no, las distintas formas de gozar no pueden confinarse de ningún modo, en ninguno de los sentidos. Es algo que nos enseña la experiencia del psicoanálisis. Hay siempre algo del goce que no puede confinarse del todo, que no admite límites. El goce siempre está más allá de los límites que Freud encontró trazados en el principio del placer, un principio que se mantiene poniendo un límite al exceso de placer que se transforma en goce. Una buena comida entre amigos se mantiene en los límites del principio del placer. El goce va más allá del confinamiento del placer. Y, por otra parte, hay también una imposibilidad de trazar fronteras claras y precisas entre las formas distintas de gozar para que no interfieran entre ellas. Necesariamente, llega un momento en que una forma de gozar molesta a la otra, hasta el límite de lo intolerable y de la segregación. Y este es un verdadero problema, un problema epistémico, clínico y político a la vez.

La pandemia ha obligado así a poner en marcha una política social de confinamientos distintos y sucesivos, y a una organización de la vida en burbujas. «Burbuja» se ha convertido estos días —al menos en España— en una palabra para nombrar cada forma singular de vida, cada forma de gozar. Es otro modo de designar el confinamiento, un modo más sutil todavía. Burbuja es estos días lo que llamamos, en el psicoanálisis de orientación lacaniana, un significante amo, una palabra que gobierna y que tiene también el poder de anular todas las significaciones. Todo puede permitirse o prohibirse según la burbuja de cada uno. Y cada uno debe estar y ser en su burbuja. Y hacemos una constatación clínica: la burbuja puede ser un aparato para enclaustrar el deseo, para vaciar la libido, un aparato de des-libidinizar al sujeto con los otros que están en la misma burbuja. Los cuerpos quedan fosilizados en las burbujas. Vemos cada vez más los efectos subjetivos de esta operación que se reproduce también en el uso de internet. Internet es también una burbuja, con la ilusión de que salimos de un lugar y entramos en otro. Pero no: la voz y la imagen viajan, pero el cuerpo queda «aquí», no sabemos muy bien dónde, en una suerte de no-lugar, en una burbuja.

La lógica de la burbuja nos plantea ya un problema de confinamiento, de sus límites, de sus fronteras. ¿Dónde termina una burbuja y empieza la otra? Al revés de lo que podría parecer a primera vista, la lógica de la burbuja borra las fronteras, las hace más frágiles, menos verdaderas también. Y muy especialmente borra las fronteras entre el interior y el exterior de los cuerpos. Lo escuchamos hoy en fenómenos clínicos diversos. En los servicios de salud se ha constatado un notable aumento de autolesiones, especialmente en adolescentes. Las autolesiones en la superficie del cuerpo —frecuentes en casos de anorexia— con cuchillas o instrumentos cortantes es un modo de intentar localizar el goce del cuerpo que no encuentra su confinamiento. Es un modo de intentar recuperar los límites del cuerpo, a veces con la experiencia del dolor. El signo del dolor, siempre más allá del daño real, es un modo de encontrar los confines del cuerpo.

Todo ello nos plantea también un problema sobre las fronteras entre los cuerpos, entre el cuerpo y la naturaleza, entre el cuerpo y lo real —lo real como distinto de la naturaleza misma—, entre lo vivo y lo muerto. No son fronteras tan claras, tal como estamos viendo en la experiencia de la pandemia y del confinamiento. De hecho, el famoso coronavirus plantea ya este problema de la frontera entre el interior y el exterior, entre lo vivo y lo muerto. El coronavirus no es ningún ser vivo hablando propiamente, es un organismo que muchos biólogos no aceptan como un ser vivo. Necesita de una célula viva, de un organismo vivo para transmitirse de un cuerpo a otro, pero él mismo no es un ser vivo, borra la frontera entre lo vivo y lo muerto, frontera, por otra parte, nada simple de establecer. ¿Qué es lo que define a un ser vivo si no es el hecho de que se satisface de alguna manera, una satisfacción que implica un goce? Entonces, la vida humana es una forma de gozar que confina estos días con este virus —ni vivo ni muerto— que llamamos coronavirus.

Entonces, con la pandemia algunos han descubierto que tal vez, visto desde la perspectiva de la naturaleza, es la propia especie humana la que se ha convertido en una epidemia, una especie que va en contra de sí misma hasta límites insospechados. Y no solo con la guerra, con la segregación, con el racismo y con la xenofobia que vemos florecer. La especie humana parece confinar consigo misma de maneras bastante contradictorias visto desde la perspectiva de la autoconservación. Freud llamó a esta paradoja con un nombre contradictorio en sí mismo: pulsión de muerte. La pulsión empuja a la vida, pero es también la que lleva a la muerte. Sólo hay pulsión de muerte en un ser hablante, en un ser que habita en un mundo simbólico de lenguaje. El coronavirus no es ni tiene ninguna pulsión de muerte, él solo sabe trasmitirse, multiplicarse de un cuerpo a otro. No sabe morir, ni tampoco vivir. O, tal como decía Heidegger: solo el ser humano muere; los animales y los virus, simplemente perecen.

Si la pandemia puede entenderse realmente como tal es por el hecho de que el ser humano es un ser hablante. Es el lenguaje el que es una pandemia, que se contagia de un ser a otro para hacerlo humano. Entonces, esta pandemia no es solo una pandemia biológica, la pandemia del virus covid-19, es también una pandemia de palabras, de sentido, de discursos, una pandemia de lenguaje que puede aliviar o complicar a la primera que entendemos como biológica. Pero es también el lenguaje el que produce formas distintas de gozar, el que establece la diferencia entre un modo y otro de gozar. Hasta llegar al racismo. No solo hay un racismo por el color de piel, hay también un racismo en la relación entre los sexos —los distintos feminismos nos lo hacen escuchar—, también un racismo lingüístico, con la extinción de las lenguas minoritarias. Todo ello es un índice de la dificultad para confinar la diversidad de los modos de goce. 

El problema entonces es que el goce, en su diversidad, no puede confinarse tan fácilmente como querría el discurso que llamamos con Lacan «discurso del amo». El capitalismo, como una de sus formas modificadas, cree, por ejemplo, que la ley del mercado puede equilibrar por sí misma esta diversidad y sus contradicciones, que ella misma podrá regular las incompatibilidades entre las formas de gozar. No es cierto. El principio del mercado, como el principio del pacer, fracasa de distintas maneras en este ordenamiento. Y esta pandemia nos ha planteado, de manera más manifiesta todavía, los problemas para hacer compatibles las diversas formas de gozar. La cuestión podía comenzar al principio con el vecino que se aprovechaba de tener un perro para salir a pasear por la calle quince veces al día. Siempre había alguien que las contaba. Y se continúa ahora con quién se beneficia —más pronto, más tarde o incluso nunca—, de la distribución de las vacunas. El confinamiento de los goces precisa de un cálculo colectivo que hoy se extiende a la humanidad en su conjunto, y no parece que este cálculo pueda hoy terminar con el crecimiento de las distintas segregaciones al que nos vemos llevados. Ni falsamente optimista, ni catastrofista apocalíptico, el psicoanálisis sabe que después del declive de la función simbólica del padre —la función que clásicamente ordenaba el goce— lo que viene no es necesariamente mejor. Más bien, como indicaba Lacan, vamos del padre a lo peor.

La necesidad de compatibilizar las formas de gozar es hoy, pues, un problema fundamental. Desde el psicoanálisis situamos este problema en tres dimensiones: en una dimensión clínica, en cada sujeto particular, en una dimensión epistémica —del saber, también del científico— y en una dimensión política.

 

Dimensión clínica

Es sabido que los llamados «trastornos de salud mental» han aumentado notablemente durante este periodo de pandemia. Se han agudizado de manera general los fenómenos propios de nuestra civilización, del malestar en la cultura: incertidumbre y preocupación, hasta la crisis de ansiedad, fenómenos depresivos, aumento de diversos modos de autolesiones, y muy especialmente en adolescentes, aumento de adicciones diversas, el temor al contacto, la hipocondría. Y todo hace suponer que habrá más consecuencias en este sentido. Se habla ya de una ola, más allá de las olas propias de la epidemia, que será la ola de un creciente malestar por síntomas diversos. Hay síntomas que no aparecen de inmediato sino un tiempo después, como suele suceder en todo acontecimiento traumático. Se señala que tanto del lado femenino de los seres humanos como de las clases menos favorecidas económicamente estos efectos se hacen más patentes, más importantes. 

Más allá de estos fenómenos esperables, no hay generalizaciones posibles. Hay también algunos sujetos con autismo y también casos de esquizofrenia y psicosis —bastantes curiosamente, aunque no todos por supuesto— que han «mejorado» sensiblemente, que han encontrado cierta estabilización. A mayor paranoia social y mayor aislamiento, más facilidad en algunos casos para soportar la situación y encontrar una estabilización. Se observa también un rasgo general: la fatiga pandémica —ansiedad, tristeza, apatía— y el sentimiento de soledad. El sentimiento de soledad no es lo mismo que estar solo. Se puede estar solo y no sufrir de este sentimiento que, curiosamente, también se produce y aumenta en compañía de los seres más cercanos. El sentimiento de la soledad no se produce siempre por el hecho de estar solo. Se puede tener un sentimiento de soledad rodeado por una multitud, también por una multitud de burbujas. Y la pandemia también nos ha enseñado esto: el problema es estar solo… con el propio cuerpo, con la excesiva cercanía del cuerpo en el que el sujeto se siente confinado. 

El ser humano no es un cuerpo, sino que tiene un cuerpo. Y es en la relación con el cuerpo que tiene como hace la experiencia de una cercanía, más o menos soportable, con su propia forma de gozar con este cuerpo. En este registro, la angustia es el afecto de una excesiva proximidad con el propio cuerpo, que se hace demasiado real. La angustia, decía Jacques Lacan, es el afecto que no engaña sobre lo más real del ser humano, es la mejor brújula del objeto. Y en este punto es donde aparecen las singularidades que le importan al psicoanálisis en la clínica. No hay un temor igual a otro, cada sujeto pone en acto de manera diferente su relación con el propio cuerpo y con el cuerpo del otro. 

 

Dimensión epistémica 

El saber de a ciencia ha venido a ocupar para el sujeto contemporáneo el lugar del que se espera un saber absoluto, tal como se lo esperaba, desde siempre, de la religión. Hemos visto, sin embargo, que no hay saber absoluto, sino que hay posiciones diversas entre los especialistas, no siempre por razones obvias para la propia ciencia y la opinión pública. Y ello no solo sobre el tema, espinoso, del origen del virus sino también sobre las previsibles epidemias que pueden aparecen en un futuro. Con todo, hay un acuerdo general entre los especialistas epidemiólogos: no es nada extraño que se haya producido la pandemia del Covid-19. Lo extraño sería que no se produjera algo así en algún momento. 

Karl Ekdahl, jefe de la unidad de enfermedades en el Centro Europeo de Control y Prevención de Enfermedades, afirmaba hace poco: «Viviremos con la pandemia al menos hasta finales de año». Sabemos ahora, sin embargo, que el coronavirus seguirá estando ahí, con todas las mutaciones que sobrevengan. También afirmaba: «No será la última pandemia que vivirá el mundo y no sabemos cómo será el próximo virus». La imposibilidad de una predicción se suma así a la incertidumbre por la distinta evolución de la pandemia en los diferentes lugares del planeta. El contagio y las mutaciones siguen leyes muy precisas desde la perspectiva biológica, pero no tanto desde la perspectiva social y cultural. Hay así un real imposible de calcular cuando esta segunda perspectiva actúa sobre la primera. El saber de la ciencia no puede precisar los efectos de esta retroalimentación entre el registro del lenguaje y el registro de lo biológico. Se nos dice que no se podrá vacunar el 100% de la población y que el antídoto tampoco será 100% efectivo. Lo que implica que «siempre habrá personas afectadas». Habrá más mutaciones y es posible que cada tanto «habrá que vacunar con una dosis extra» a la población para protegerla de las variantes. Sabemos, sin embargo, que esta indeterminación depende también de las políticas de vacunación y de patentes de las vacunas en los diferentes países.

Sabemos bastante más ahora que hace en un año, pero también hemos llegado a saber que no sabemos mucho sobre el origen preciso del coronavirus, de dónde viene, a adónde va. Sí sabemos que viene del mundo animal, pero no por qué intermedio ha llegado al cuerpo de los seres humanos. Es otro problema de confinamiento, de frontera entre el mundo animal y el de los humanos. ¿Cómo se produce este pequeño salto entre los dos mundos de consecuencias tan enormes? Es todavía una zona de no saber. Y todo este no saber no tiene nada qué ver con el real del coronavirus que va por su cuenta, que va «a su bola», con mutaciones imprevisibles que siguen una ley por descifrar cada vez. Pero es ante este otro real de la pandemia humana al que nos confrontamos hoy: un real sin sentido y sin una ley descifrable, según los modos de gozar que se diversifican en cada lugar y que lo convierten en una epidemia tan difícil de tratar. Lo más difícil de tratar no es tanto el coronavirus sino los efectos simbólicos que tiene en la propia epidemia que es el ser humano con sus formas de vivir y de gozar. Se constata ya entonces un nueva «ola» de la pandemia que será la de los trastornos de salud mental.

Finalmente, se está abriendo una hipótesis que al principio parecía solo fruto del pensamiento «conspiranóico». No es descartable el origen del coronavirus y de la epidemia por la acción misma de la investigación científica. En realidad, que su aparición sea debida a los efectos de la ciencia sobre lo real de la naturaleza es una hipótesis casi imposible de descartar, sea por los caminos que sea. Es una indeterminación que se convierte en certeza cuando el propio investigador entra en la pendiente de la angustia, signo de un real que el saber no puede controlar. 

Al respecto, es interesante recordar aquella observación de Jacques Lacan a propósito del síntoma como un «acontecimiento de lo real» y su relación con la investigación científica: «[…] cuando los biólogos, para nombrarlos, esos sabios se imponen el embargo de un tratamiento de laboratorio de las bacterias so pretexto de que si se las hace demasiado duras o demasiado fuertes, podrían muy bien deslizarse por debajo de la puerta y limpiar por lo menos toda la experiencia sexuada al limpiar el parlêtre.» A Lacan, este «acceso de responsabilidad» le parecía hasta cómico: «Toda vida reducida finalmente a la infección que ella realmente es, con toda verosimilitud, es el colmo del ser pensante.» en este punto, la vida humana misma se convierte en una epidemia que quiere curarse de sí misma. Lo peor es que puede conseguirlo, limpiando el planeta de la propia vida humana, una vida que depende finalmente de la relación del sujeto con el goce de la lengua, con lo que Lacan llamaba, con un neologismo, lalengua. Y es por ello que añadía: «Lo malo es que no se dan cuenta de que la muerte al mismo tiempo se localiza en lo que en lalengua, tal como yo la escribo, hace signo de ella.» (2) Es el lenguaje, como aparato de goce, el que transmite el signo mismo de la muerte. Y es esta una dimensión que escapa a cualquier registro epistémico. De ahí la importancia de considerar su dimensión política.


Dimensión política

¿Qué constatamos entonces? Constatamos que hay también aquí posiciones diversas que se mueven entre dos polos. Ante el temor al contagio y a la muerte, una parte de los seres humanos están dispuestos a ceder buena parte de sus libertades, de sus derechos civiles y de expresión. Y hay otra parte que puede obviar más o menos esta presencia de la muerte en nombre de estas mismas libertades. Se plantea así un conflicto entre estas dos partes. 

A nivel global, constatamos un reforzamiento de las leyes del capitalismo, un discurso que se alimenta de su propia consumación, de su propio consumo. Lo estamos comprobando también con el mercado de fabricación y distribución de las vacunas. No es la solidaridad de una distribución equitativa lo que prevalece sino la promoción de beneficios. Lo que parece sin duda un gran error para el propio tratamiento de las pandemias a escala global. Y es que el goce hace estúpido al ser humano. El mercado de patentes de las vacunas está demostrando esta estupidez endémica de todas las políticas. Se vacuna a los países ricos —una persona cada segundo— en el llamado «primer mundo», y se olvida a la otra parte del mundo, cuando se trata de un problema global donde el cálculo colectivo es fundamental. En algunos países todavía no se ha administrado ninguna vacuna. Se insiste, pero parece en vano, en la necesidad de liberar las patentes de las vacunas, de compartir tecnología, de promover una producción masiva de un bien que debería ser considerado un bien público.

Al principio de la pandemia, algunos alimentaban una fantasía: que el llamado «distanciamiento social», un eufemismo del «no se toquen» —con todas las resonancias que ello tiene— podría dar lugar a un mayor acercamiento subjetivo, que podrían reforzarse los vínculos de solidaridad entre los seres humanos. No era un ideal armónico de amor fraterno. Los analistas sabemos que esta ideal encierra un imperativo imposible ante el que ya Freud retrocedió: amarás al otro como a ti mismo. Era el resultado de constatar que el ser humano no puede salvarse individualmente como especie sino es a través de un cálculo colectivo. Hay, es cierto, un sujeto colectivo que llamamos Humanidad y que está viviendo la imposibilidad de confinamiento de las distintas formas de gozar. Se decía que la pandemia sería una gran oportunidad para encontrar una forma alternativa de responder a todas estas paradojas del goce, de distribuirlas de una buena manera. Constatamos que no es así. No parece nada fácil la existencia de una justicia distributiva cuando se trata del goce. Cuando se trata del goce, no es tanto que cada uno pueda disfrutar de lo mismo que los otros, sino de que el otro no pueda disfrutar de lo que uno no puede disfrutar. 

De modo que muchos —aunque no la mayoría— volveremos al turismo masivo y a movernos lo más rápidamente posible por el globo terráqueo. Y volveremos a hacer todo lo posible para que continúe el deshielo progresivo, imparable, de los glaciares.  Sabemos ya —no parece una hipótesis descabellada— que es en muchos glaciares donde existen —en estado latente, han estado ahí miles de años— unos 30 nuevos grupos de virus, a la espera de ser liberados por el deshielo. Los científicos nos dicen que «deberíamos preocuparnos» ante esta posibilidad, «pero no hasta llegar a la paranoia», ya que la mayoría de los virus suponen un mayor riesgo para las bacterias que para los humanos. Y aun así… hay quien piensa que sería mucho mejor ser un poco paranoicos y mantenerlos confinados. Pero no parece tan fácil. El problema es que nosotros confinamos —colindamos, entramos en contacto— cada vez más con ellos, debido a nuestros modos de vida. Lo que ocurre en un pequeño rincón del planeta afecta entonces, cada vez más rápidamente, cada vez más sincrónicamente, a todos los otros lugares del planeta. No es para angustiarnos demasiado, pero sí un poquito. Un poco de angustia, un poco de paranoia, tal vez nos permita movilizarnos en otra dirección. De hecho, Lacan sostenía que el ser humano navega entre dos posibilidades diagnósticas: entre la paranoia y la debilidad mental. Demasiada angustia bloquea, pero a pequeñas dosis puede despertarnos del sueño de la promesa de un goce sin pérdida. Cuando no hay ningún signo de angustia, tampoco hay brújula alguna para limitar, para confinar el goce que se alimenta sin límites de sí mismo, de una manera adictiva. 

Y este es un verdadero problema político: ¿Qué política está hoy dispuesta a sostener que es necesario perder una satisfacción para que exista el deseo? ¿Qué político se atrevería hoy a poner en suspenso la promesa de un goce sin pérdida sin creer, él miso, que va a perder toda posibilidad de gobernar? Y, sin embargo, debemos decir que no hay política posible sin pérdida. De hecho, para el psicoanálisis, no hay deseo posible sin una pérdida, una pérdida en relación a esta promesa de goce. No hay producción sin pérdida de goce, y la propia pérdida es entonces productiva.

Entonces, si algo nos está mostrando este periodo de pandemias y confinamientos es la importancia de la pregunta: ¿Qué soy como ser-hablante, como ser de goce, para mí y para los otros? ¿Cómo debo hacerme responsable de mi forma de vivir y de gozar cuando «confina» con la forma de vivir y de gozar de los otros? Es la pregunta que quiero subrayar para abordar un último punto, un tema que me ha sugerido la lectura del libro titulado «Pandemia», del filósofo esloveno Slavoj Zizek (3).

 

La epidemia del goce

Slavoj Zizek, con quien podemos compartir algunas referencias —aunque no siempre compartimos su modo de leer y de entender el psicoanálisis de Lacan— explica siempre algunos chistes que resultan muy ilustrativos. Lo mejor de Zizek son los chistes que explica, siempre tienen un jugo que hay que saber extraer, aunque a veces él no parece que termine de hacerlo. En el reciente libro que he citado, donde relata su propia experiencia durante este último año de pandemia, explica un chiste que dice algo de la verdad de la experiencia que todos estamos viviendo, aún sin saberlo del todo.

Un hombre, a quien se le tiene por loco, cree en su delirio que es un grano de trigo y es ingresado, confinado, en el hospital psiquiátrico. Creer ser un grano de trigo puede ser signo de un extraño modo de gozar, algo que puede parecernos inadmisible. Los psiquiatras intentan convencerlo de que él no es ningún grano de trigo, de que es un ser humano, un ser hablante. Cuando finalmente tienen el convencimiento de haberlo conseguido, deciden que el hombre ya puede salir de su confinamiento en el hospital psiquiátrico y entrar al mundo de nuevo, al «exterior». Pero solo salir, el hombre vuelve rápidamente al hospital, temblando de miedo, diciendo que en la puerta del hospital ha encontrado una gallina y que tiene terror a que la gallina se lo coma. «Estimado», le dice el médico, «usted ya sabe perfectamente que no es ningún grano de trigo, sino que es una persona». «Por supuesto que lo sé», responde el paciente, «pero ¿están ustedes seguros de que la gallina lo sabe?».

Este es precisamente el problema de la diversidad de goces imposibles de confinar. El problema es el Otro, y el goce que supongo en el Otro con respecto a mi, sea yo lo que sea, sea el otro lo que sea, incluso si es una gallina. El problema es qué soy yo para el Otro. Y qué soy para el Otro es algo que solo se descifra en el corazón más íntimo, más ignorado, del fantasma de cada sujeto. El fantasma es una maquinaria de goce, una máquina para tratar el propio goce que es siempre tan insoportable como adictivo. De hecho, cuando «salimos», cuando salimos también del confinamiento, no dejamos de confinarnos en este exterior que es a la vez un interior más interior todavía que el del primer confinamiento, y que es nuestro propio fantasma. Cuando salgamos de todos los confinamientos imaginables, seguiremos sin embargo «confinados» en nuestros fantasmas más íntimos, los fantasmas que confinan con el fantasma del goce del Otro. En realidad, para seguir el chiste de Zizek, hay que decir que cada uno de nosotros es un grano de trigo para una gallina —la gallina es lo más real de nuestra existencia— una gallina a la que habrá que saber despistar, sin provocarla demasiado. 

Más bien, el psicoanálisis, a diferencia de esta psiquiatría caricaturizada en el chiste de Zizek, nos lleva a esta certeza, a este convencimiento íntimo: cada cuerpo hablante es un grano de trigo que se agrupa en espigas como puede para confinar su goce con el de los otros, para no sentirse solo en su propio goce. Y no hay confinamiento posible del goce de ser grano de trigo para la gallina, para el goce que suponemos en la gallina. Lo que nos amarga la vida es la suposición del goce del Otro, un goce que siempre suponemos extraño e intolerable, frente al que podemos convertirnos en más o menos racistas, xenófobos por estructura con la gallina en cuestión.

Zizek traslada este chiste a la situación actual: «¿Por qué lleva usted mascarilla si no cree que funcione? Sí, yo creo que no funciona, ¿pero está seguro de qué el virus lo sabe?» Y este es el problema, tanto en la dimensión clínica, epistémica y política: ¿qué soy para el saber y el goce del Otro? Nadie sabe muy bien qué es para el Otro. Construimos toda suerte de fantasmas para intentar responder a esa pregunta. Puedo ser contagioso para el Otro, puedo ser un extraño al que hay que confinar. El principio de solidaridad entre los seres humanos no basta para eliminar este pequeño delirio que llamamos fantasma. No es ninguna tontería. Este pequeño delirio —epidémico por sí mismo— nos plantea la cuestión de la imposibilidad de confinar el goce. El goce del ser hablante es una epidemia que alimenta y se alimenta ella misma de la suposición de un goce en el Otro. Es una epidemia cuyos pasos siguen las huellas del inconsciente para cada sujeto.

Y es solo con la lectura y el desciframiento, uno por uno, de estas huellas que llamamos inconsciente, como el psicoanálisis puede operar con lo real de la pandemia que significa ser un ser hablante, un ser humano habitado por lo más inhumano del goce, un goce que será siempre imposible de confinar.

 



[1] Texto redactado a partir de la conferencia pronunciada por Zoom el 12 de marzo de 2021 en el ciclo «Pulsos de nuestra época», organizado por el Seminario del Campo Freudiano de Valencia y el Institut Français de Valencia.

[2] Jacques Lacan, La Tercera. «Actas de la Escuela Freudiana de París», varios autores, págs. 159-186, editorial Petrel, Barcelona, España, 1980.

 

[3] Slavoj Zizek, Pandemia. La covid-19 estremece al mundo. Anagrama, Barcelona 2020.

09 d’octubre 2020

Política del síntoma y extravío del goce
















(Notas para las Jornadas de la Escola Brasileira de Psicoanalise: Sobversoes)


 

En el extravío de nuestro goce, sólo existe el Otro para situarlo, pero es en tanto nosotros estamos separados de él. De ahí los fantasmas, inéditos cuando no nos mezclábamos.

Dejar a este Otro a su forma de goce, esto sólo sería posible sin imponerle el nuestro, sin tenerlo por un subdesarrollado.

Cuando se añade la precariedad de nuestra forma, que a partir de entonces sólo se sitúa con el plus-de-gozar, que incluso no se enuncia de otra manera, ¿cómo esperar que prosiga el humanitarismo hecho de imposición con el que se revestían nuestras exacciones?

Dios, si vuelve a tomar fuerza con ello, acabaría por ex-sistir, esto no presagia nada mejor que un retorno de su pasado funesto.

 

Jacques Lacan: "Television", Autres Écrits, Editions du Seuil, Paris 2001, p. 534.

 

 

 

Una política del síntoma se orienta también por esta respuesta que Jacques Lacan dio a Jacques-Alain Miller, en un documento que sigue teniendo la mayor actualidad. La pregunta era sobre la indicación que había hecho Lacan en los años 60, tan proclives a los ideales del humanismo, sobre el ascenso imparable que había que esperar del racismo y de las diversas formas de segregación social.

Nos extraviamos en nuestro goce, en la adicción con la que se alimenta cada día. ¿Hay que insistir aún? Cualquiera puede denunciarlo sin reparar en el combustible que aporta al mismo tiempo para alimentar esta maquinaria infernal. La pulsión de muerte, decía Freud, realimentada por el imperativo del superyó: "¡Goza, goza siempre un poco más!" Pasado el límite, no hay más bordes cuando se trata de gozar. Sería un asunto que sólo le importa a cada uno si no fuera que este imperativo es correlativo al rechazo que se alimenta al mismo tiempo de lo que percibimos como el goce del Otro. Pero es precisamente este Otro lo único que podemos tener como referencia, como brújula, para distinguir y situar nuestra forma de gozar, incluso para limitarla, para tener en cuenta la pérdida necesaria que implica, para no ser sólo un ser-para-la-muerte, ofrecido a la pulsión de muerte.

De este Otro del goce estamos necesariamente separados, es un Otro radical, tan radicalmente Otro que nos llega a parecer inhumano. Pero, de hecho, es tan inhumano como nuestra propia forma de gozar. Y al Otro, cuando lo hacemos existir como Otro, ¿le llegará también a parecer inhumana nuestra forma de gozar? Todo ello cristaliza en fantasmas más o menos perversos, más o menos adecuados al placer de cada uno, fantasmas con los que tratamos de interpretar el modo de gozar del Otro cuando nos parece inhumano. Son fantasmas inéditos, que nos parecen absolutamente originales y nunca vistos, hasta que nos mezclamos en lo que ahora llamamos, por un fantasma precisamente, "multiculturalidad". Lo que quiere decir: las formas de gozar del otro me parecen extrañas, pero sólo son extrañas para mi fantasma, según la forma con la que interpreto mi propia forma de gozar.

De este goce y de este Otro, lo mejor es decir que no quiero saber nada, mejor decírmelo que pensar ingenuamente que yo sé más que él, de este goce del que no quiero saber nada. Entonces, ¿qué debo hacer con este Otro, tan extraño y tan familiar a la vez, una vez reconozco aquello que yo no quería saber de mi, de mi goce? "Dejar a este Otro a su forma de goce..." sería una salida posible, dejarlo librado a su propia forma de gozar y que él me deje con la mía, cada uno en su tonel, como un par de Diógenes, cada uno en su cinismo, sin ver cada uno el agujero por donde fluye su des-ser, y el del Otro. 

De hecho, era la observación de Claude Levi Strauss que alarmó a la UNESCO con dos intervenciones que marcaron un hito: la separación entre culturas era una brújula mejor que los ideales vaporosos de la multiculturalidad mezclada, ideales que parecen finalmente destinados a segregar aún más al goce del Otro. Es conocido el torbellino de reacciones que causó. Su segunda intervención, "Raza y cultura", fue escuchada en 1971 con un especial malestar por algunos defensores del universalismo y de la integración entre culturas. El ideal de tolerancia recíproca cuando se trata de las formas de gozar, el ideal de una reciprocidad entre el goce de cada ser hablante y el goce del Otro, se muestra imposible de sostener. Es lo que Lacan pudo elaborar sobre el goce como un registro radicalmente distinto del deseo, que siempre es deseo del Otro. El goce, por el contrario, nunca es el goce del Otro. Cincuenta años después, en la época de la llamada globalización, la observación antropológica de Lévi-Strauss parece de lo más actual. Lévi-Strauss ya intuía en aquel momento las condiciones de la imposibilidad de una reciprocidad entre formas diversas de gozar, y lo hacía recurriendo a la noción lacaniana del “goce del Otro”, aunque no escribiera este Otro con mayúscula ni citara explícitamente a Lacan: "La tolerancia recíproca supone ya realizadas dos condiciones que nuestras sociedades contemporáneas están más que nunca lejos de conocer: por un lado, una igualdad relativa, por otro una distancia física suficiente, dado que es imposible fundirse con el goce del otro"[1]. Cuando se trata del goce del Otro, la igualdad es siempre relativa al fantasma de cada sujeto, según aquello que le parezca semejante de este Otro a la propia imagen que tenga de sí mismo y de su forma de gozar. Por otra parte, cuando este Otro se hace presente de un modo que resulta intrusivo, la distancia física parece el único recurso posible. “Distanciamiento social” lo llaman estos días de pandemia, confundiendo al sujeto del lenguaje y del goce con su cuerpo.

La dimensión del goce del Otro, la suposición de una diferencia radical de la forma de gozar de los otros, toma un relieve especial cuando se trata de la tolerancia recíproca entre colectivos que se piensan distintos. Y es ahí donde la observación de Lacan toma su dimensión política. El ideal de reciprocidad de las formas de gozar tiene un precio, un precio muy alto cuando pasamos de la "psicología individual" a la "psicología de grupo", para retomar lo términos de Freud en su “Psicología de las masas y análisis del Yo”. Llega el momento inevitable en el que el goce del Otro, el goce como alteridad, se hace imposible de reducir al semejante, a lo que el fantasma consideraba como homogéneo a la propia imagen y a la propia forma de gozar. Y ahí se hace presente lo que del Otro no es homogéneo al fantasma, se hace presente la dimensión del prójimo como imposible de reducir al semejante. Entonces, la irrupción del goce del Otro nos muestra que nuestro propio goce no estaba tan orientado como parecía, que nuestra forma de gozar va tan a la deriva como cualquier otra. Y es ahí donde la forma de gozar del otro puede ser considerada como una forma subdesarrollada, tal como indica el término de Lacan. El fenómeno del etnocentrismo, tan bien aislado por la antropología como un fenómeno general de todas las culturas, tiene aquí su raíz. Queremos imponerle al otro que consideramos un subdesarrollado entonces nuestra forma de gozar, a veces siguiendo un ideal humanitario. Pero es para mantener más secreta todavía la causa de las exacciones de nuestra forma de gozar.

El término "exacción" que utiliza Lacan tiene varias connotaciones. En nuestra lengua es un término jurídico que designa la acción de exigir el pago de impuestos o de tributos. Podemos hablar, por ejemplo, de una exacción ilegal como el delito que comete la autoridad o el funcionario público al exigir el pago de impuestos no autorizados debidamente, o de exigir derechos superiores a los que le son señalados en el ejercicio de sus atribuciones. En francés, "exacciones" incluye ya el sentido de exigir, generalmente por la fuerza, el pago de lo que en realidad no se debe o un pago que es más de lo debido. Por extensión, una "exacción" es un maltrato, un acto de violencia en todas sus formas posibles. Digamos entonces que sólo consideramos al otro como un subdesarrollado, afectado de una forma de gozar y de vivir inferior a la nuestra, para exigirle que pague él por nuestra forma de gozar. Y así tapar nuestras propias exacciones, las de nuestra forma de gozar.

Y aquí empieza el racismo, aquí empieza la lógica de la segregación de lo no semejante del Otro que puede llegar a querer su exterminación sistemática, tal como Europa conoció en los tiempos del fascismo. Y esto es algo que no se arregla con ninguna buena pedagogía, con ningún humanismo por muy bondadoso que se quiera. El fantasma del goce del Otro es el límite de las mejores intenciones pedagógicas y humanitarias. Al fracaso del principio del placer descubierto por Freud, hay que añadir ahora el fracaso del principio del goce, más espinoso aún.

Máquina infernal, en efecto. Se añade además, para engrasar su mecanismo, un hecho hoy incontestable: nuestra forma de gozar es, como señala Lacan, tan precaria que nadie puede dudar ya de que lleva por sí misma al desastre ecológico, a la quiebra económica y a un aumento progresivo de las desigualdades con los efectos de segregación que conlleva. La lógica del discurso capitalista se alimenta de este mecanismo, que Marx descubrió como la producción de la plusvalía, plusvalía que es de hecho un plus-de-gozar, siempre un poco más. De ello Marx atisbó la forma sintomática, por ejemplo, cuando habla del fetichismo de la mercancía. Lacan reconoce la importancia de este descubrimiento marxista y desarrolla sus consecuencias: a cada uno su goce, a cada uno su síntoma, su propia manera de extraviarse en el goce. De hecho, el plus-de-gozar es ya hoy la brújula, el objeto que ocupa el lugar del mando, el objeto que viene al lugar del significante Amo, una vez los distintos significantes Amo han ido cayendo uno tras otro de su lugar de autoridad. Y el significante «democracia» no será el último en caer de allí.

La Humanidad ha sido también un significante Amo para una política del goce que no podía reconocer en sí misma la maquinaria infernal del plus-de-gozar. El recurso al Humanismo, que atravesó Occidente desde el Renacimiento hasta la Segunda Guerra Mundial, quedó para Lacan inevitablemente reducido a un "humanitarismo", en una "humanitarería" si queremos trasladar a nuestra lengua el irónico neologismo que inventa aquí - humanitairerie. No deja de ser otra forma de justificación de una manera de gozar que no quiere saber nada de la segregación que engendra. Y puede ser hoy muy bien en nombre de este humanismo como se imponga una manera de gozar al otro. Aunque sea con la pretensión de salvarlo. Sí, pero ¿para salvarlo de qué y para qué? ¿Salvarlo para hacerlo tan siervo como nosotros mismos de la maquinaria de nuestro goce? Cuidado entonces con el humanitarismo. Puede ser sólo una forma de revestir con un buen ideal la exacción de mi propia forma de gozar, imponiéndola a los demás a los que pretendo salvar de la suya.

La historia de las religiones es el mejor ejemplo de este malentendido estructural entre formas de gozar, de las versiones diversas de lo que se considere en cada caso la mejor manera de gozar del Otro. Con todos sus paraísos prometidos. Con respecto al goce, podemos considerarnos todos y cada uno religiosos. Empezando por Diógenes que optó por el goce solitario en su tonel. O dicho al modo freudiano: la religión sólo es una forma colectiva de la neurosis individual. Y hay tantas como queramos para alimentar lo que Lacan denominó «los dioses oscuros», siempre dispuestos con su retorno a pedir el sacrificio del sujeto, de todo un colectivo si hace falta, al fantasma del goce del Otro.

El psicoanálisis descubrió que el síntoma —el síntoma que anida en el malestar de la civilización— es el palo puesto en la rueda de este mecanismo infernal que hoy vemos funcionar a escala colectiva. La singularidad del síntoma implica en sí misma una forma de gozar que no se reconoce como tal y que hay que descifrar para que el sujeto pueda tolerarlo y saber hacer algo con él más allá de sufrirlo. Y es por ello que Lacan pudo decir también que el psicoanálisis es una política del síntoma[2]. No del síntoma que hay que hacer desaparecer a cualquier precio sino del síntoma como portador de una verdad del sujeto de nuestro tiempo, de su plus-de-gozar.



[1] Claude Lévi-Strauss, Race et culture, precedido de Race et histoire. Paris, Albin Michel / Unesco, 2001, pp. 167 y 172 especialmente.

[2] “El síntoma instituye el orden del que resulta nuestra política”. Lacan J., «Lituraterre», Autres écrits, Paris, Seuil, 2001, p. 18.

 

 

03 de juliol 2019

Contingencias del amor

Ausiàs March (1397-1459)















Hacia las Jornadas de la ELP, "La discordia entre los sexos"

Amor, de vós jo en sent més que no en sé,
de què la part pitjor me’n romandrà,
e de vós sap lo qui sens vós està:
a joc de daus vos acompararé.

Amor, de vos yo siento más de lo que sé, 
por lo cual la parte peor me tocará, 
y de vos sabe quien sin vos está: 
a juego de dados os compararé.

Ausiàs March


En pleno siglo XV y siguiendo la tradición de los clásicos —de Ovidio especialmente— el poeta valenciano Ausiàs March trató insistentemente del amor como una experiencia siempre marcada por los dictados de la fortuna, tan azarosa como los vientos que gobiernan el destino de los navegantes. En la canción “Veles e vents” —Velas y vientos— tan conocida a partir de la interpretación de Raimon y de la que hemos escogido los cuatro versos finales, el amante se encuentra y desencuentra con el objeto del amor entre la confianza y la duda, entre el temor y la audacia, al albur de vientos contrarios en los que se juega el rumbo del amor. El amor es así como jugarse la vida a los dados. La analogía ha sido ampliamente comentada por los estudiosos de las influencias clásicas del poeta y tiene en estos versos una estructura muy precisa que conviene comentar a la luz de la experiencia analítica.

Sentido y saber se oponen en el primer verso siguiendo la oposición clásica entre la experiencia pasional, siempre imprevisible, y el saber siempre certero de la razón. Pero Ausiàs March añade un plus del lado del sentido, del goce de la pasión, que convierte esta disyunción en una falta irreductible del lado del saber. Al plus de sentido —tanto en su sentido pasional como semántico— corresponde necesariamente un menos de saber. Dicho de otro modo, no hay saber posible sobre el goce del amor porque el amor, como el inconsciente, es un saber que no se sabe a sí mismo. El amor goza sin saber de qué goza, y cuanto más goza menos lo sabe. O también, el amor es un saber que cuanto más cree saber de qué goza más se separa de su objeto de goce. Si amar es suponer al otro un saber sobre el propio ser de goce es también porque ese goce se hurta necesariamente al propio saber. Amo sin saber de qué gozo allí donde supongo un saber sobre ese goce. De ahí que Ausiàs March afirme enseguida que el saber del amor implica la ausencia del objeto de amor. De manera recíproca, la presencia del objeto de amor implica necesariamente una falta de saber.

La discordia entre los sexos es así, en primer lugar, la discordia que insiste en el campo del propio sexo, sea cual sea, entre saber y goce. Entre saber y goce existe una relación de imposibilidad que también se enuncia con el aforismo lacaniano: no hay relación entre los sexos, no hay relación sexual que pueda escribirse en lo real. En esta imposible correspondencia —el goce del Otro no es nunca el goce del Uno— sólo el amor puede establecer una reciprocidad. Pero es una reciprocidad que está siempre a merced del azar, de la contingencia, del encuentro fortuito con lo real, un encuentro que será igualmente fallido del lado del saber o de la razón. —Te amaré toda la vida— le dice Uno al Otro. —Me contentaré con que me ames cada día— le responde el Otro al Uno. Y nunca harán de dos Uno solo, siempre a la espera de la siguiente tirada de dados.

El juego del amor, tal como evoca Ausiàs March, puede ser entonces tan adictivo como jugar a los dados, siempre a la espera del encuentro certero con el objeto en una nueva tirada. Pero —Mallarmé dixit— una tirada de dados nunca abolirá el azar. O dicho de otro modo: una tirada de significantes nunca abolirá el objeto a, causa del deseo y del amor.


10 d’abril 2019

El goce en la enseñanza de Jacques Lacan





















Prólogo a Psicoanálisis orientación lacaniana: Recorrido del goce en la enseñanza de Jacques Lacan, JCE Ediciones, Buenos Aires 2019


¿Es posible una enseñanza del psicoanálisis en la Universidad? La pregunta no debería sorprender al lector de la obra Freud. A la vez que afirmaba, en su texto dedicado a responder esta pregunta, que la institución universitaria “únicamente puede beneficiarse con la asimilación del psicoanálisis en sus planes de estudio”, el fundador del psicoanálisis no dejaba de señalar los límites de esta asimilación: aun con el mejor programa de enseñanza posible, “el estudiante nunca podrá aprender cabalmente el psicoanálisis”[1]. De hecho, no solo le faltará el acceso al “ejercicio práctico” sino que únicamente podrá acceder a este ejercicio a partir de lo que elabore de sí mismo, como analizante, en su propia experiencia analítica. A falta de ello, la lógica interna de esta experiencia quedará opaca en los conceptos que aprenda. 

Freud mantuvo así desde el principio la necesidad de unas formas propias de transmisión y de evaluación del psicoanálisis que no podían regularse desde el discurso universitario. Y creó una institución que terminó yendo a contracorriente de su propio descubrimiento precisamente, y entre otras cosas, por una deriva del discurso analítico hacia el discurso universitario, es decir por una promoción del psicoanalista didacta como agente y garantía  última del saber aprendido en la experiencia. No está de más recordar que, en realidad, la figura del Lehranalytiker, el analista didacta, era más bien en su origen un didacta universitario de disciplinas diversas que deseaba orientarse por el psicoanálisis y adentrarse en su experiencia. No era el psicoanalista que ya poseía un saber reconocido por su pares sobre esa experiencia sino el que mejor podía plantearse la pregunta sobre la lógica que la gobernaba para alimentar así otros saberes. La inversión en el uso y en la práctica de esta expresión, analista didacta, da la medida del deslizamiento institucional que llevó al psicoanálisis a la situación que Jacques Lacan encontró y criticó en 1956 [2]. Se trataba de una sociedad jerárquica en la que los propios analistas didactas, que Lacan llamaba ahí “Suficiencias”, se eligen y reconocen entre sí formando una clase en oposición a los candidatos a ocupar esa misma clase, llamados irónicamente “Zapatitos”. Se producía así la homología con la estructura universitaria de profesores y estudiantes. Lejos de responder a la pregunta planteada al principio, ésta se cerraba sobre sí misma en la figura del analista que se bastaba a sí mismo como sujeto supuesto saber.

Fue Jacques Lacan, excluido de aquella institución por la ruptura que su enseñanza implicaba en los modos de practicar y transmitir el psicoanálisis, quien renovó la apuesta institucional diferenciando netamente el discurso analítico del discurso universitario, diferenciando a la vez grados y jerarquías. Los grados se distinguen por la relación singular de cada sujeto con el saber del inconsciente, imposible de regular y de evaluar desde las formas universitarias por muy precisas y cuidadosas que se quieran. La Escuela del pase es el resultado de esta apuesta, con un modo inédito de verificar la relación de cada sujeto con el saber del inconsciente. A la vez, Lacan no dudó en impulsar un Departamento de Psicoanálisis en la Universidad parisina de finales de los años sesenta, Departamento desarrollado después por Jacques-Alain Miller en su vinculación con el Instituto del Campo Freudiano, dispositivo de formación de practicantes que sigue fortaleciendo hoy los estudios universitarios del psicoanálisis de orientación lacaniana en varios países. Pero puso los fundamentos de la formación y de la autorización del psicoanalista en su Escuela, donde el modo de transmisión del saber analítico tiene unas condiciones y un grado de exigencia que ninguna institución universitaria podría cumplir. Y ello aunque siguiera a pies juntillas el programa freudiano de la Universitas Literarum, la Universidad de las Letras, formulado en el texto citado como un ideal que sienta las bases del estudio de los saberes necesarios para el psicoanalista: la clínica psiquiátrica en primer lugar, pero también la historia de las religiones y de los mitos, la filosofía, la antropología, la lógica y la literatura. Y es cierto, la elaboración de todos estos saberes sigue siendo necesaria para la formación del psicoanalista. Pero la propia experiencia analítica, su control por el practicante, así como la experiencia del pase, fundamental en la Escuela de Lacan, no podrían planificarse ni organizarse nunca siguiendo la forma de un cursus universitario.

Podemos responder entonces a la pregunta: la enseñanza del psicoanálisis en la Universidad no solo es posible, es necesaria. Para agregar de inmediato: pero no es suficiente. La experiencia de la Escuela, tal como la fundó Lacan y la ha desarrollado Jacques-Alain Miller, es el lugar de formación del analista a partir de la singularidad de su experiencia como sujeto del inconsciente, de un texto que debe aprender a descifrar y transmitir de la manera más clara y precisa. Y es solo a partir de esa experiencia, por otra parte, que es pensable una enseñanza universitaria acorde con el descubrimiento freudiano y con la práctica misma del psicoanálisis. En una Escuela así no hay psicoanalistas didactas standard que oficien de profesores y que se confundan con las jerarquías de la institución. Hay analizantes que llevan hasta su final una experiencia analítica y de elaboración de saber sobre su singularidad como sujetos, una experiencia que no será validada por ningún didacta sino por un procedimiento, el pase, en el que son sus pares, otros sujetos en su misma situación, los responsables de transmitir y hacer efectivo ese saber. El resultado, cuando se da, siempre de manera singular, es el Analista de la Escuela.

Vaya esta introducción al prefacio para avisar al lector que lo que encontrará en las  páginas que siguen quiere ser una elaboración de saber de este orden llevada al ámbito de la enseñanza universitaria. La elección del tema no podría entonces ser mejor para introducirse a la clínica psicoanalítica de orientación lacaniana. Es precisamente lo que hace más singular al sujeto del inconsciente, a cada ser hablante en su síntoma y en su modo de vivir. Es precisamente lo que está en los límites del discurso de la Universidad con el discurso del psicoanalista. Es lo que llamamos “el goce”, noción lacaniana por excelencia que designa esta singularidad, aquello a la vez que no se deja atrapar por ningún saber al uso. Menos todavía si reducimos el saber a una forma de conocimiento supuestamente objetivo, y menos todavía si queremos condensarlo en una información programable y adquirible en unidades empaquetadas como querrían las leyes del mercado. 

El lector verá muy pronto que el goce es lo que más se resiste al saber, aquello sobre lo que estrictamente no queremos saber nada de nada. Si algo constata la experiencia analítica en cada caso y a cada paso es que no hay un saber sobre el goce singular de cada sujeto, que no hay un saber sobre el goce sexual en primer lugar que pueda formularse de manera consciente, consistente y completa a la vez. La relación entre el goce y el saber se funda así en una incompatibilidad lógica que la enseñanza de Lacan investiga de una y mil maneras y que encuentra su mejor formulación en el objeto a, el objeto causa y brújula del deseo. Encontraremos en las páginas de este libro varios modos instructivos de estudiar las conjunciones y disyunciones entre el saber y el goce: desde la clínica de las neurosis y las psicosis, pasando por los nuevos objetos del fetichismo —selfie incluida—, hasta llegar al discurso de la filosofía, del arte y de la literatura. Todas ellas están expuestas siguiendo el programa de lectura y de investigación que Jacques-Alain Miller ordenó con sus “Seis paradigmas del goce”, texto que hoy es ya un clásico para cualquier lector de Lacan que desee orientarse en la lectura de sus escritos y seminarios. Ha habido sin duda un antes y un después de esta precisa elaboración para situar la noción de goce en la enseñanza de Lacan. 

La noción de goce es difícil, empezando por su traducción, tal como se comenta al final de este libro: jouissance tiene en francés resonancias semánticas que el español no puede traducir sin una pérdida de sentido que no es ajena, precisamente, a lo que el propio término significa. El saber de las lenguas tal como lo aborda la lingüística deja escapar inevitablemente el sentido del goce que Lacan escribirá como joui-sens, sentido gozado o, también, sentido de lo que “yo oigo” (j’oui-sens). Dicho de otra manera, el sentido de las palabras, y especialmente de las palabras que han tenido un peso y una densidad especiales en la historia de cada sujeto, depende del modo singular en que su dimensión significante ha tocado y resonado en cada cuerpo. Y ello casi siempre de manera traumática. Nadie experimenta entonces del mismo modo el sentido de una palabra, un sentido que depende de la lengua particular de cada ser hablante, del texto de su propio inconsciente que está por descifrar. Es lo que Lacan designará con un neologismo que también recorre estas páginas, lalangue, que traducimos por “lalengua”, escrito en una sola palabra. A la vez, señalemos que la palabra “goce” tiene en español sus propias resonancias que encontramos ya en la mística y en la literatura que el propio Lacan evocó en textos de Santa Teresa de Jesús —“Acá no hay sentir, sino gozar sin entender lo que se goza”[3]—y de San Juan de la Cruz —“regalada llaga” lo calificaba en su Llama de amor viva— para estudiar su vertiente más femenina. 

Recorrer las diversas resonancias de la noción de goce en la enseñanza de Lacan requiere así plantearse finalmente la cuestión en términos decididamente subjetivos: qué soy yo como ser hablante, qué soy yo como ser de un goce que me habita, en mis síntomas en primer lugar, y que se me impone tanto como se me escapa en mis propias palabras. Sólo desde ahí tomará sentido, a través de los diversos paradigmas estudiados de manera tan metódica y rigurosa en este libro, la noción de goce, crucial para abordar la clínica de nuestro tiempo.




[1]Sigmund Freud, “Sobre la enseñanza del psicoanálisis en la Universidad”.Obras Completas. Biblioteca Nueva, Madrid 1974, p. 2455.
[2]En su texto “Situación del psicoanálisis y formación del psicoanalista en 1956”. Escritos. Ed. Siglo XXI, México 1971.
[3]Santa Teresa de Jesús: “Libro de la Vida”. En: Obras Completas. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1997, p. 180.