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08 de juny 2023

René Daumal i el saber

© René Daumal


(Français, Català, Castellano)


Propos de René Daumal à André Rolland de Renéville rapportés par Vera Daumal sur Le Mont Analogue:

« Je m'apprête à décrire, au cours des cinquième et sixième chapitres, l’expédition des quatre dégonfleurs.Tu te rappelles quau début, il y avait parmi les person­nages : Julie Bonasse, actrice belge, Benito Cicoria, tail­leur pour dames, Émile Gorge, journaliste, et Alphonse Camard, poète fécond, qui nous ont lâchés avant même de commencer. Cependant ils ont fini par déci­der un jour de s’embarquer de leur côté avec quelques- uns de leurs camarades, pour essayer de découvrir eux aussi le Mont Analogue, car ils étaient persuadés que nous les avions trompés, et que si nous étions partis à la recherche du fameux Mont, c’était dans l’espoir d’y trouver quelque chose d’autrement important qu’un type d’humanité supérieure. C’est pourquoi ils nous appelaient : “les farceurs”. Ils pensaient que cette mon­tagne devait recéler du pétrole, de l’or et d’autres richesses terrestres. Toutefois ils présumaient que ces trésors étaient jalousement gardés par un peuple auquel il s’agissait de les arracher. Ils équipèrent en conséquence un bateau de guerre muni de l’armement le plus moderne et le plus puissant, puis levèrent 1 ancre. Leur voyage se déroula à travers maintes péripéties, mais enfin ils parvinrent en vue du Mont Analogue, et s’apprêtèrent à faire usage de leurs armes. Toutefois, comme ils ignoraient les lois essentielles, ils furent arrêtés par un infranchissable tourbillon. Condamnés a tourner en rond, ils pouvaient cependant bombarder cette terre, mais tous leurs projectiles reve­naient vers eux, tels des boomerangs, de sorte que leur fin était dérisoire. Je veux m’étendre tout particuliè­rement pour finir sur une des lois du Mont Analogue : pour en atteindre le sommet, l’on doit aller de refuge en refuge. Mais avant de quitter un refuge, l’on a le devoir de préparer les êtres qui doivent venir y occuper la place que l’on quitte. Et ce n’est qu’après les avoir préparés, que l’on peut monter plus haut. C’est pour­quoi, avant de nous élancer vers un nouveau refuge, nous avons dû redescendre, afin d’enseigner nos pre­mières connaissances à d’autres chercheurs. »

(Les Monts Analogues de René Daumal. Gallimard, Paris 2021, p. 139)


* * *
 
Comentaris de René Daumal a André Rolland de Renéville transmesos per Vera Daumal a propòsit d’ El Mont Anàleg, novel·la inconclusa:
 
«Estic a punt de descriure, durant els capítols cinquè i sisè, l'expedició dels quatre trànsfugues. Recordes que, al principi, estaven entre els personatges: Julie Bonasse, actriu belga, Benito Cicoria, modista de dones, Emile Gorge, periodista, i Alphonse Camard, poeta prolífic, que ens va deixar fins i tot abans de començar? Tot i això, van acabar decidint un dia embarcar-se pel seu compte amb alguns dels seus companys, per intentar descobrir també el Mont Anàleg, perquè estaven convençuts que els havíem enganyat, i que, si anàvem a la recerca de la famosa Muntanya, era amb l'esperança de trobar-hi alguna cosa més que un tipus superior d’humanitat. Per això ens deien: "els farsants". Creien que aquella muntanya havia de contenir petroli, or i altres riqueses terrenals. No obstant això, presumien que aquests tresors estaven gelosament guardats per un poble a qui calia arrabassar-los. En conseqüència, van equipar un vaixell de guerra amb l'armament més modern i poderós, després van llevar àncores. El seu viatge va passar per moltes aventures, però al final van arribar a albirar el Mont Anàleg i es van disposar a fer servir les seves armes. No obstant això, com que ignoraven les lleis essencials, van ser aturats per un remolí infranquejable. Condemnats a donar voltes en rodó, no obstant van poder bombardejar aquella terra, encara que tots els seus projectils es van girar contra ells, com a boomerangs, de manera que el seu fi va ser irrisori. Vull aturar-me particularment per acabar en una de les lleis del Mont Anàleg: per arribar al cim, cal anar de refugi en refugi. Però abans de sortir d'un refugi tenim el deure de preparar els éssers que han de venir a ocupar el lloc que estem deixant. I és només després d'haver-los preparat, que hom pot pujar més amunt. Per això, abans de marxar cap a un nou refugi, vam haver de tornar a baixar, per ensenyar els nostres primers coneixements a altres investigadors.»
 

* * * 

 
Comentarios de René Daumal a André Rolland de Renéville transmitidos por Vera Daumal a propósito de El Monte Análogo, novela inconclusa:
 
«Estoy a punto de describir, durante los capítulos quinto y sexto, la expedición de los cuatro tránsfugas. ¿Recuerdas que, al principio, estaban entre los personajes: Julie Bonasse, actriz belga, Benito Cicoria, modisto de mujeres, Émile Gorge, periodista, y Alphonse Camard, poeta prolífico, que nos dejó incluso antes de comenzar? Sin embargo, acabaron decidiendo un día embarcarse por su cuenta con algunos de sus compañeros, para intentar descubrir también el Monte Análogo, porque estaban convencidos de que les habíamos engañado, y que, si íbamos en busca del famoso Monte, era con la esperanza de encontrar allí algo más que un tipo superior de humanidad. Por eso nos llamaban: "los farsantes". Creían que aquella montaña debía contener petróleo, oro y otras riquezas terrenales. Sin embargo, presumían que estos tesoros estaban celosamente guardados por un pueblo al que había que arrebatárselos. En consecuencia, equiparon un buque de guerra con el armamento más moderno y poderoso, luego levantaron el ancla. Su viaje pasó por muchas aventuras, pero al final llegaron a avistar el Monte Análogo y se dispusieron a usar sus armas. Sin embargo, como ignoraban las leyes esenciales, fueron detenidos por un torbellino infranqueable. Condenados a dar vueltas en redondo, pudieron sin embargo bombardear aquella tierra, aunque todos sus proyectiles se volvieron sobre ellos, como boomerangs, de modo que su fin fue irrisorio. Quiero detenerme particularmente para terminar en una de las leyes del Monte Análógo: para llegar a la cumbre, hay que ir de refugio en refugio. Pero antes de salir de un refugio, tenemos el deber de preparar a los seres que deben venir a ocupar el lugar que estamos dejando. Y es sólo después de haberlos preparado, que uno puede subir más arriba. Por eso, antes de partir hacia un nuevo refugio, tuvimos que volver a bajar, para enseñar nuestros primeros conocimientos a otros investigadores.»

03 de juliol 2019

Contingencias del amor

Ausiàs March (1397-1459)















Hacia las Jornadas de la ELP, "La discordia entre los sexos"

Amor, de vós jo en sent més que no en sé,
de què la part pitjor me’n romandrà,
e de vós sap lo qui sens vós està:
a joc de daus vos acompararé.

Amor, de vos yo siento más de lo que sé, 
por lo cual la parte peor me tocará, 
y de vos sabe quien sin vos está: 
a juego de dados os compararé.

Ausiàs March


En pleno siglo XV y siguiendo la tradición de los clásicos —de Ovidio especialmente— el poeta valenciano Ausiàs March trató insistentemente del amor como una experiencia siempre marcada por los dictados de la fortuna, tan azarosa como los vientos que gobiernan el destino de los navegantes. En la canción “Veles e vents” —Velas y vientos— tan conocida a partir de la interpretación de Raimon y de la que hemos escogido los cuatro versos finales, el amante se encuentra y desencuentra con el objeto del amor entre la confianza y la duda, entre el temor y la audacia, al albur de vientos contrarios en los que se juega el rumbo del amor. El amor es así como jugarse la vida a los dados. La analogía ha sido ampliamente comentada por los estudiosos de las influencias clásicas del poeta y tiene en estos versos una estructura muy precisa que conviene comentar a la luz de la experiencia analítica.

Sentido y saber se oponen en el primer verso siguiendo la oposición clásica entre la experiencia pasional, siempre imprevisible, y el saber siempre certero de la razón. Pero Ausiàs March añade un plus del lado del sentido, del goce de la pasión, que convierte esta disyunción en una falta irreductible del lado del saber. Al plus de sentido —tanto en su sentido pasional como semántico— corresponde necesariamente un menos de saber. Dicho de otro modo, no hay saber posible sobre el goce del amor porque el amor, como el inconsciente, es un saber que no se sabe a sí mismo. El amor goza sin saber de qué goza, y cuanto más goza menos lo sabe. O también, el amor es un saber que cuanto más cree saber de qué goza más se separa de su objeto de goce. Si amar es suponer al otro un saber sobre el propio ser de goce es también porque ese goce se hurta necesariamente al propio saber. Amo sin saber de qué gozo allí donde supongo un saber sobre ese goce. De ahí que Ausiàs March afirme enseguida que el saber del amor implica la ausencia del objeto de amor. De manera recíproca, la presencia del objeto de amor implica necesariamente una falta de saber.

La discordia entre los sexos es así, en primer lugar, la discordia que insiste en el campo del propio sexo, sea cual sea, entre saber y goce. Entre saber y goce existe una relación de imposibilidad que también se enuncia con el aforismo lacaniano: no hay relación entre los sexos, no hay relación sexual que pueda escribirse en lo real. En esta imposible correspondencia —el goce del Otro no es nunca el goce del Uno— sólo el amor puede establecer una reciprocidad. Pero es una reciprocidad que está siempre a merced del azar, de la contingencia, del encuentro fortuito con lo real, un encuentro que será igualmente fallido del lado del saber o de la razón. —Te amaré toda la vida— le dice Uno al Otro. —Me contentaré con que me ames cada día— le responde el Otro al Uno. Y nunca harán de dos Uno solo, siempre a la espera de la siguiente tirada de dados.

El juego del amor, tal como evoca Ausiàs March, puede ser entonces tan adictivo como jugar a los dados, siempre a la espera del encuentro certero con el objeto en una nueva tirada. Pero —Mallarmé dixit— una tirada de dados nunca abolirá el azar. O dicho de otro modo: una tirada de significantes nunca abolirá el objeto a, causa del deseo y del amor.


27 de gener 2014

Retal 2: Entre centro y ausencia


























(Segunda parte del texto dedicado a la lectura de "Lituratierra", continuación de Retales 1)


A veces el detalle de un párrafo —una hoja— puede decirnos algo de la estructura del texto —de la planta entera— según cómo se escoja.

Hemos querido detenernos en una frase del texto de Lacan, frase que articula estos dos términos —saber y goce—, siguiendo la cita implícita de un poeta, en la página 16 de la edición francesa, página 25 de la traducción al castellano del texto de Lituratierra:

“Entre centro y ausencia, entre saber y goce, hay litoral que solo vira a literal si pudiesen, a ese viraje, considerarlo el mismo en todo instante.”


La cita implícita, “entre centro y ausencia”, es de un poema de Henri Michaux que lleva esta expresión por título. Michaux fue alguien especialmente interesado en la escritura china y japonesa, en la caligrafía oriental que atraviesa toda su obra, y es sin duda uno de aquellos a los que Lacan puede llamar “mis literatos, si puedo hacerlos compañeros míos.”[1] La expresión reaparece en el siguiente momento del poema: 

“Era a la llegada, entre centro y ausencia, en el eureka, en el nido de burbujas…”


A la llegada hay pues un encuentro —¡Eureka!— entre los dos términos, centro y ausencia, también entre saber y goce. ¿Dónde pueden encontrarse saber y goce? Es en efecto una pregunta para un final de análisis. El problema a la hora de descifrar la frase enigmática de Lacan es que hay algo que no termina de cuadrar, algo que cojea entre los pares de términos que se nos presentan como heterogéneos: centro es un término geométrico, relativo al espacio, ausencia es un término temporal, relativo a las apariciones y desapariciones. Por otra parte centro va emparejado con saber, ausencia va emparejado con goce. Saber y goce son también dos términos heterogéneos: hay un saber imposible sobre el goce, falta siempre un goce de y por saber. El saber no sabido del inconsciente y el goce más allá del significante del falo, goce imposible de representar, hacen presente este corte, esta discontinuidad que el término “litoral” escribe en el texto de Lacan. La propia frase de Michaux citada por Lacan hace presente esta discontinuidad, este litoral que introduce una no reciprocidad entre los dos términos, cada uno haciendo de frontera infinita para el otro.
Pero algo de la frase puede aclararse si reintroducimos los dos términos antónimos de centro y ausencia que están latentes: el borde de la periferia, opuesto al centro, y la presencia opuesta a la ausencia. Resulta entonces la siguiente distribución de los términos:


Allí donde el saber está en el centro, hay ausencia de goce. Dicho de otra manera, no hay saber posible sobre el objeto de goce absoluto, das Ding. Allí donde el saber está presente, el goce se convierte en borde del agujero. Allí donde el goce está en el centro, es el saber el que se ausenta, el que se convierte en un borde para ese goce. Hay, pues, discontinuidad, litoral, ruptura, no intersección entre saber y goce, descentrado uno del otro, bordeando cada uno el agujero del otro. 
Con la letra, en la medida en que inscribe este litoral en lo real, hay viraje a lo literal, obtenemos una intersección posible, un pasaje. La letra escribe así un saber sobre el goce y cifra también un goce del saber. Aquello del goce que pasa al inconsciente es así (des)cifrado por la letra como saber.
Señalemos para concluir que esta operación será leída por Lacan sólo a la vuelta de su viaje al Japón donde hace la experiencia de un “poco demasiado” —ce petit peu trop es su expresión— del goce de la letra que la caligrafía japonesa hace presente en esas obras impresionantes llamadas kakemono
Aquello que a la ida aparecía en la geografía como discontinuidad del litoral entre centro y ausencia, se revelará entonces como el borde de una presencia irreductible, recortada por la letra de Lituratierra.




[1] En la página 123 del Séminaire XVIII, leyendo su texto Lituraterre. Otro poema del mismo Henri Michaux parece hecho a la medida del texto de Lacan y de su operación de lectura. Se trata del poema titulado J’écris (Yo escribo) y resuena de inmediato en la geografía de Lituraterre. Traducimos: “… escribo porque he aprendido a leer la arena y el agua la sombra la nube y el vuelo de los pájaros // escribo para atraparme en el borde del mundo retomar aliento detenerme mirar escuchar// […] escribo porque de los Chinos aprendimos los secretos de la tinta y del papel // escribo para colmar los agujeros negros de cada día // escribo para saber por qué escribo”.

24 de juny 2013

“En el psicoanálisis no hay saber en lo real”


















Es la afirmación que Jacques-Alain Miller sostuvo en su Presentación del tema del próximo IXº Congreso de la AMP sobre “Un real para el siglo XXI”[1]. Su desarrollo nos permite releer un párrafo de Lacan que parece paradójico. Se encuentra en la “Nota italiana” de 1973 y se dirige al punto de conjunción-disyunción entre psicoanálisis y ciencia:
“Hay saber en lo real. Aunque a este no sea el analista sino el científico quien tiene que alojarlo. El analista aloja otro saber, en otro lugar, pero que debe tener en cuenta el saber en lo real. El científico produce el saber, por el semblante de hacerse su sujeto. Condición necesaria pero no suficiente.”[2]
Desde cierta perspectiva, parece difícil sostener que hay un saber en lo real, un saber ya inscrito en él, un saber que le sería natural e inherente. Aunque este es, en efecto, un supuesto que encontramos en muchos desarrollos de la ciencia actual: habría un saber ya escrito en lo real biológico —en el gen o en la neurona, por ejemplo—, un saber que habría que descifrar según la máxima de Galileo: “la Naturaleza está escrita en lenguaje matemático”. Pero esta Naturaleza, escrita entonces en mayúsculas, es la naturaleza que antaño se igualaba a lo real, la misma naturaleza que la ciencia moderna ha encontrado en un desorden cada vez más manifiesto, en especial con la física del pasado siglo (cf. E. Schrödinger, por ejemplo) que se sigue en el actual. En la época de Galileo, tal como señalaba Jacques-Alain Miller, “la Naturaleza era el nombre de lo real cuando no había desorden en lo real”. Lo real sin ley al que nos acercamos en la experiencia analítica orientada por la última enseñanza de Lacan se separa así de la Naturaleza[3] gobernada por un sujeto supuesto saber, Dios para el caso o cualquier otro escritor de las leyes matemáticas que deben regir la trayectoria de los cuerpos celestes o el saber de cada célula para cumplir su función.
Veamos entonces un poco más de cerca el párrafo de Lacan.
“Hay saber en lo real”. Se trata en el texto en francés de un partitivo, siempre resistente a pasar a la lengua castellana: “Il y a du savoir dans le réel”. No se trata de que haya un saber, tal o cual saber, determinado o indeterminado, inscrito de entrada en lo real sino de que “de saber”, hay algo en lo real. Como quien dice: de agua, hay algo en el mar[4]. ¿Cuánta? No lo sabemos, hay que medirla, con metros cúbicos por ejemplo. Sólo que en esta operación, por interminable que sea, estamos haciendo dos cosas a la vez. La primera: estamos introduciendo el número y la cantidad en ese mar incontable que, como el pase, siempre debemos recomenzar. Estamos introduciendo aquello que el lenguaje, lo simbólico, vehiculiza de lo real con el número[5]. La segunda: estamos de hecho vaciando el mar de agua, al considerarlo ya como continente vaciable del agua que pretendemos contabilizar. El número, pues, vehiculiza un real y vacía a la vez a ese real de significado, lo convierte en algo tan inimaginable y sin concepto posible como un mar sin agua. Es una imagen que nos acerca a lo más irrepresentable de lo real. Ese vacío de un mar sin agua es también el sujeto del significante una vez lo concebimos como una respuesta de lo real.
Supongamos así que el agua es el saber y que el mar es lo real. El científico aloja entonces el saber del agua contable en el mar, siempre incontable, de lo real. Es un saber que no está allí desde siempre, esperando a ser leído y descifrado, sino que es un saber que el científico ha alojado en el mar para hacerlo representable, en la misma operación de su descubrimiento. Más todavía, ese saber, el científico “tiene que alojarlo” necesariamente para simbolizar lo real, aunque sea al precio, como dirá Lacan en otros lugares, de enmudecerlo. Y lo hace a través de una operación que es inversa a la de la transferencia, si entendemos por transferencia la suposición de un sujeto supuesto saber —ya sea la suposición de un saber al Otro o la suposición de un sujeto a lo real—. La operación del científico va a contrapelo de la transferencia al hacerse él mismo sujeto de ese saber que aloja en lo real. O al menos lo hace parecer, hace “semblante” de hacerse sujeto de ese saber. ¿Qué querría decir en realidad hacerse sujeto de ese saber? Querría decir en primer lugar identificarse a su significado, al Otro que determina el sentido del saber, al Otro del Otro incluso que diría ese sentido, si existiese. Lo que es pura y simplemente delirante. En realidad, ni los cuerpos celestes ni la célula tienen saber alguno de sujeto, por mucho que el científico se los atribuya —en los dos sentidos de la expresión: que el científico les atribuya ese saber de sujeto o que él mismo se atribuya ser el sujeto de ese saber—.
El analista, por su parte, aloja Otro saber, el saber del inconsciente, y en Otro lugar, el lugar del Otro que sólo existe por la transferencia. Pero Lacan no lo sitúa en una disyunción absoluta en relación a la ciencia. Su saber y su lugar deben tener en cuenta ese saber que el científico aloja en lo real, aunque éste no sea suficiente.
Entre lo necesario y lo suficiente, lo real del saber del inconsciente no cesa pues de insistir, todavía. También en la ciencia.




[1] Seguimos la versión en castellano publicada en http://www.congresamp2014.com
[2] Jacques Lacan, Otros escritos, Paidós, Buenos Aires 2012, p. 328. En francés, Autres écrits, Editions du Seuil, Paris 2001, p. 308. Modificamos ligeramente la traducción allí donde nos ha parecido conveniente siguiendo nuestro comentario.
[3] “Se observará que he hablado de lo real, y no de la naturaleza” escribe Jacques Lacan en su “Introducción a la edición alemana de los Escritos”, Otros escritos, Paidós, Buenos Aires 2012, p. 583.
[4] Este partitivo existía en castellano antiguo: “Cogió del agua en él y a sus primas dio” (El Cantar de Mio Cid, 2800).
[5] En efecto, “el lenguaje vehicula en el número el real con el que la ciencia se elabora”. Jacques Lacan, “Introducción a la edición alemana de los Escritos”, Otros escritos, Paidós, Buenos Aires 2012, p. 585.


15 d’agost 2012

Respuestas a "Exordio"











Respuestas a César Mazza para la revista “Exordio”

1- ¿Frente a la facticidad real del “campo de concentración”, en qué se diferencia la posición de Lacan respecto del humanismo y de los fascinados por el horror?

La expresión de Jacques Lacan que usted evoca, esa “facticidad real, demasiado real, suficientemente real ... [del] campo de concentración”, sigue resonando en mí cada vez que veo los fenómenos de segregación a los que estamos abocados, de manera más manifiesta si cabe que en 1967, cuando él hizo esta observación. Parecía entonces, siguiendo los ideales tanto progresistas como liberales de toda una generación, que el mundo estaba un poco más a salvo de los horrores de la segregación. No es así. A la caducidad del orden de lo simbólico que hemos estudiado en el pasado Congreso de la AMP, realizado en Buenos Aires, caducidad correlativa al declive de las formas patriarcales de la autoridad, responde hoy la facticidad de lo real, —eso quiere decir, lo real que retorna como idéntico a sí mismo, sin caducidad posible—, tema que estudiaremos en el próximo Congreso de 2014 en París, con el lema siguiente: “un gran desorden de lo real en el siglo XXI”. Los fenómenos de segregación se están globalizando de tal manera que los ideales humanistas clásicos muestran más que nunca su inconsistencia, incluso su inesperada connivencia con las nuevas formas de segregación. Paradójicamente, hoy estos fenómenos se producen en nombre de los semblantes del humanismo, de la razón humana como valor supremo, de los valores culturales más altos, de la propia ciencia, así como en nombre de las bondades de las leyes del mercado —el comercio no es pecado, la riqueza es señal de que Dios bendice al trabajador, proclamaba el humanismo naciente—. Hoy mismo leo en primera página del periódico la afirmación atribuida a un ministro europeo: la propia unidad de Europa podría estar amenazada “por el exceso de solidaridad”. El mensaje no se refiere de manera explícita sólo a ciertos países sino a todo un sector de la población cada vez más sometido a la exclusión social. ¿Cómo entender que sea precisamente en Europa, cuna del humanismo y de la ciencia moderna, donde esta perspectiva esté ocupando el horizonte de la acción social y política siguiendo su ortodoxia? Hay aquí un punto de imposibilidad que tanto el humanismo como lo que usted evoca bajo la figura de la fascinación del horror obliteran necesariamente. Creer que los semblantes promovidos por la nueva alianza del discurso capitalista con la ciencia pueden borrar, liquidar, este punto de imposibilidad conduce a un impasse cada vez mayor.
Ante estos fenómenos, la posición de Lacan fue elaborar la categoría de lo real no sólo como irreductible a la acción de lo simbólico sino como brújula para la acción política, en el sentido más fuerte del término. Lo real hace presente un punto de imposibilidad que no cesa de no escribirse y que muestra lo irreductible del inconsciente, como una saber que no sabe a sí mismo, y del goce, como una satisfacción que fascina y que promueve a la vez la intolerancia del otro. En este punto, me permito citar una observación de Jacques-Alain Miller cuando estudió en su curso los efectos sobre el sujeto de esta nueva época: “El uso de los semblantes es vano, inoperante, hasta profundamente nocivo si se omite lo real en juego” (en El Otro que no existe y sus comités de ética, Paidós, Buenos Aires, p. 13.) Todo el problema está ahí: cómo hacer un uso de los nuevos semblantes de esta época sin omitir lo real que ellos mismos ponen en juego sin saberlo. Creo que la posición introducida por Lacan de manera decidida se fundó en este punto.

2- Usted plantea que existe un empuje a hacerse excluir, algo que podría llamarse el goce de la autosegregación. ¿Habría un tratamiento posible a este goce desde el dispositivo analítico, desde la comunidad analítica?

El problema del goce, tal como lo evocaba en la anterior respuesta, puede entenderse precisamente como una suerte de “autosegregación”, una forma de no querer saber nada del propio inconsciente y de gozar a la vez de ese no querer saber nada. Es lo que encontramos en muchos fenómenos de la actualidad: desde las nuevas formas de adicción, en las que el sujeto se autosegrega del Otro y del vínculo social, hasta otras formas de goce sintomáticas en las que el propio sujeto segrega, por decirlo así, una parte de sí mismo. La satisfacción pulsional incluida en estas formas de autosegregación explica el fracaso de las mejores intenciones de las terapias o políticas de integración a cualquier precio, pensadas según el modo: hay una buena forma de gozar que el otro puede proponer, incluso imponer si el sujeto no se aviene a ello. El psicoanálisis parte de una perspectiva distinta —no hay una buena forma de gozar del Otro, en los dos sentidos: una buena forma de satisfacerse del Otro o una buena forma de satisfacción que el Otro pueda proponerme. Por el contrario, hay un saber rechazado por el sujeto en cada una de estas formas de autosegregación del goce, aunque sea la más extraña aparentemente, y es un saber que puede descifrarse para modificar esa posición ante la autosegregación estructural del goce. Tratar lo singular del goce del síntoma a partir de esta premisa es el principio del tratamiento analítico. Y también es la premisa de lo que hace posible esa “comunidad analítica” que se funda, precisamente, en lo que no hace comunidad posible del goce.

3- Tal como fue planteado por Jacques Lacan, existe el horror de saber, un horror de cada uno separado del horror de los demás. Entonces ¿cómo no banalizar las ideas en la transmisión y la enseñanza del psicoanálisis, para que siga existiendo, teniendo un lugar en el mercado?

Precisamente, partiendo de la idea de que no hay un deseo de saber dado de entrada sino más bien un horror al saber. Banalizamos en la misma medida en que damos algo por supuesto y creemos entonces comprender, siempre demasiado rápido. Es por ello que siempre hay cierta dosis de incomprensión cuando transmitimos algo del saber del psicoanálisis, y es por eso también que el psicoanálisis generó desde un principio cierto rechazo, tanto en el ámbito de la ciencia como en el medio social. Freud lo tuvo en cuenta a su manera, poniendo el acento en esa resistencia que encontraba en el propio medio, inventándose a veces un interlocutor escéptico ante sus ideas, más bien resistente. Lacan no cedió un palmo en este punto, sin esperar nada de la falsa compresión, poniendo de hecho el acento en que la resistencia es aquí siempre la del propio analista. Y es un hecho que eso sigue haciendo mucho más difícil la banalización de su enseñanza. Aun así, el psicoanalista no está nunca a salvo de la impostura que supone hacerse depositario del supuesto saber, sobre el inconsciente y sobre el goce. Le conviene entonces ponerse a prueba una y otra vez en la transmisión de lo que el psicoanálisis le enseña, también sin concesiones, y si es ante un interlocutor escéptico, mucho mejor.

4- Ud. señala que la inscripción de Oscar Masotta es un punto de origen del psicoanálisis en España. ¿Cómo pensar esa operación de inscripción? ¿Qué pasajes fueron necesarios entre el Atlántico y los Pirineos? ¿Se trata de internacionalidad o de extimidad? 

De hecho, ha sido el propio Jacques-Alain Miller quien ha señalado en distintos momentos el lugar que ocupó Oscar Masotta como “punto cero” del psicoanálisis lacaniano en castellano, tanto en Argentina como en España y en otros lugares. Ese lugar siempre se obtiene de manera retroactiva, a partir de alguien que permite leerlo como tal. Mi colega Germán García ha estudiado muy bien esa operación en distintos momentos de la historia del psicoanálisis en castellano y a propósito de Oscar Masotta en especial, ya que ha sido parte implicada en ello. No hace mucho, el Institut Ramon Llull, institución señera de la vida cultural catalana, se puso en contacto conmigo mostrando su interés por la figura de Oscar Masotta y lo que ésta supuso en la Barcelona de finales de los años setenta. No es fácil explicar por qué la enseñanza de Lacan tuvo que esperar a cruzar el Atlántico desde Argentina para ir más allá de los Pirineos y llegar a España. También hay que explicar por qué tuvo que atravesar esos Pirineos con el Campo Freudiano para llevar a término las consecuencias que habían quedado en suspenso en ese cruce. Todo ello no puede entenderse sin la condición del deseo singular de los que han sostenido y sostienen la enseñanza del psicoanálisis lacaniano en diversas lenguas y lugares. Por mi parte, siempre pienso que esa enseñanza tiene necesariamente un lugar intersticial entre los discursos y las instituciones de cada lugar, un lugar “éxtimo”, es cierto. Con todo, hay que ir con cuidado, como decía el propio Oscar Masotta en diversas ocasiones, uno siempre se ve progresando en el sentido de la historia y ese sentido es necesariamente engañoso cuando se trata de explicar la causa del discurso en el que uno está embarcado.

5- Se publicó este año, en Español, “Otros Escritos”. Jacques-Alain Miller dedica esta recopilación  a un nuevo lector que tendrá que vérselas con “Otras inquisiciones” en la cultura: las TCC, la ideología del neohigienismo, la evaluación. Teniendo en cuenta el aspecto de “ilegibilidad” necesaria de los Escritos, vale decir: es necesario que el lector ponga su parte, no se puede captar su virulencia, su novedad desde un lugar preconcebido. ¿Cómo estar a la altura de esta renovada apuesta?

La “ilegibilidad” del texto de Jacques Lacan tiene una fuerza semejante a la de los jeroglíficos de la piedra Rosetta, enterrados durante siglos bajo la arena y esperando pacientemente a cada uno de sus descifradores. A la vez, es como la famosa carta robada del cuento de Poe leído por Lacan, esa carta-letra que está a la vista de todos pero que sólo se dirige a cada uno de ellos en la medida que se sienten ya concernidos por ella. Imposible que esa letra le diga algo a alguien sin que éste le suponga al menos ya un saber sobre lo más ignorado de si mismo. Esa es una de las fuerzas gravitatorias del texto de Lacan que atrae a tantos lectores pero que también los repele a veces con la sensación de una incomprensión decepcionante. En este sentido, el texto de Lacan me parece tan generoso como expeditivo: cada uno saca de él según lo que está dispuesto a poner en el trabajo de su desciframiento, siempre mucho más de lo que esperaba si no ceja en el intento, pero a la vez no le permitirá usarlo para traicionar su sentido sin pagar un alto precio, generalmente el de creer asimilado o ya superado ese sentido. Los “Otros escritos” son paradigmáticos de esta fuerza “agalmática” y nos darán trabajo para tiempo. Aunque, por lo que he dicho, está claro que cada uno demuestra finalmente la altura de su apuesta en el modo que tenga de leerlos, o de no leerlos.

6- La traducción refiere en forma directa a la extranjeridad de una lengua, al encuentro con el propio exilio. Hallamos un trabajo suyo sobre Ramón Llull (catalán) escrito en francés, también ubicamos un poema traducido por Ud. de J.V. Foix, en la revista “Escrita” publicada en 1983 en nuestra ciudad de Córdoba. Le recuerdo unos versos:

“Todas las rejas tienen su trampa
Y tememos que su sombra nos haga prisioneros.
Cada escalón nos acerca al Libro del Exilio
y con mirada vellosa vemos lo ofrecido.
No hay caza para quien no va alerta;
¡ni el nuevo ardiente, o el adverso!, para los locos del pasado.
No es libre ni franco quien no se olvida
o se mira en el agua, con clac y faldones largos.
No son los unicolores los esquemas del atlas:
el griego tiene su turco y el polonés, el ruso”

(De Todos estaremos en el puerto con la desconocida, J.V. Foix)

Un filósofo Cordobés, poeta y también traductor, Oscar del Barco afirma que “a la poesía no se la interpreta (no se la podría comprender), se accede a ella para salir de la comprensión” ¿Qué puede decir de esta experiencia como traductor de poesía?  El lector-traductor de poesía ¿renovaría la apuesta, movería lo “mental” de cierta rutina del practicante (joven o viejo) poco dúctil de dejarse sorprender por lo real?


Casi me sonroja leer ahora esa traducción, no por lo más o menos desacertada que es con respecto al poema original de J. V. Foix —lo es en algún momento—, sino por haberme atrevido precisamente a traducirlo. Lo hice con un gran aprecio por los colegas que editaban la revista. Siguiendo lo que usted cita tan acertadamente de Oscar del Barco: a la poesía no se la traduce, en todo caso se la recrea para salir también de la comprensión en la que pensábamos haber concluido. Con todo, esos versos dicen muy bien la extrañeza del sentido cuando nos damos cuenta de lo imposible de comprender entre las lenguas y los discursos, de aquello que escapa a su sentido y rompe finalmente la unidad homogénea cuando nos miramos en el agua de nuestras identificaciones más asentadas. Un poema certero siempre viene a decirnos que nunca somos idénticos a nosotros mismos y que en realidad la lengua, lalengua tal como Lacan la escribía en una sola palabra, es una traducción permanente de lo que no se deja decir en cada palabra, de aquello que es lo más singular e intransferible de la experiencia de sentido de cada sujeto. En este sentido, valga la redundancia, toda traducción es necesariamente interpretación, transcripción incluso de un original que no existe, que siempre estará perdido.

03 d’agost 2012

Leer a Ausiàs March: el amor y el saber











— Ausiàs March, Obra poética (Selección bilingüe). Introducción de Joaquim Molas, traducción de Pere Gimferrer, Alfaguara, Madrid 1978.*

¿Podemos encontrar algo nuevo en el amor leyendo a un autor del siglo XV? Si duda, si ese autor es Ausiàs March, el poeta valenciano considerado, junto a François Villon, el momento culminante de la lírica de su época, entre el meteoro del amor cortés a punto de desaparecer y el momento señalado por Jacques Lacan en varias ocasiones como el nacimiento de un nuevo discurso del amor.
Entre los múltiples puntos de interés que la poesía de Ausiàs March presenta para un lector de Jacques Lacan, señalemos la vertiente que mejor nos enseña el vínculo del amor con las paradojas de la transferencia, entendida como sujeto supuesto saber.
Nadie como Ausiàs March ha sabido formular estas paradojas en la experiencia de un amor siempre contradictorio, lejos finalmente de toda idealización primera. Es precisamente siguiendo las consecuencias de esta desidealización donde se produce el encuentro con aquello que no hace amable al amor pero que nos indica el lugar de su causa. Es ahí donde el sujeto del amor encuentra lo más valioso del saber que buscaba, evitándolo sin saberlo, en su experiencia.
Vayan dos citas al respecto.

1) La primera, tan famosa como evocadora del amor como contingencia en su disyunción con el saber:

Amor, de vós io en sent més que no en sé,
de què la part pijor me'n romandrà;
e de vós sap lo qui sens vós està.
A joc de daus vos acompararé.

Amor, de vos yo siento más de lo que sé,
de lo que la parte peor me quedará,
y de vos sabe el que sin vos está:
con juego de dados os compararé.


2) La segunda, tan poco comentada como enigmática para quien quiera seguir la introducción del sujeto a la causa inconsciente del amor:

Creixent saber, l·ignorança·s desperta;

al qui més sab li corre major dubte:

en aquell temps que res no sé, no dubte,

e·l grosser foll tota cosa l·és certa.

En son saber algú no·s glorieje;

algú no sap del saber lo subjecte:

l'ànima és, e sol sabem l'effecte.

Creciendo saber, la ignorancia se despierta;
a quien más sabe le sobreviene mayor duda:
en aquel tiempo en que nada sé, no dudo,
al tosco loco todo le parece cierto.
Nadie se vanagloria en su saber;
nadie sabe del saber el sujeto:
el alma es, y sólo sabemos el efecto.

Es este sujeto del saber que no se sabe a sí mismo, —aquí “sujeto” debe entenderse también en el sentido clásico del “objeto del saber”—, es este sujeto tan cercano al sujeto del inconsciente freudiano, el que Ausiàs March aborda en la experiencia del amor. Y es allí donde el lector que quiera seguir sus meandros encontrará también las razones para acercarlo a las paradojas del amor de transferencia.


* Referencia escogida para la Bibliografía razonada — “Amor a la letra” — para las XI Jornadas de la ELP, con el tema “Un Nuevo Amor... Destinos del amor en la experiencia analítica”, que se realizan en A Coruña, en Noviembre de 2012.