04 de febrer 2019

Agujeros











(Texto preparatorio para la XIX Conversación Clínica del ICF en España)

Cuando nuestra colega Marta Serra propuso el tema para esta Conversación, todos los presentes asentimos sobre la buena elección. Desencadenamientos, en plural, abre un amplio abanico de fenómenos clínicos más allá de los que clásicamente se adscriben a las psicosis y que Lacan estudió de manera tan precisa, desde el Seminario 3 y su texto sobre la “Cuestión preliminar…” de 1958. 

El desencadenamiento del delirio y de los fenómenos psicóticos tiene su principio en aquel “proceso por el cual el significante se ha ‘desencadenado’ en lo real, después de que se abrió la quiebra del Nombre-del-Padre.(Escritos, p. 564).Subrayemos que Lacan mismo escribe allí el término entrecomillado, y no para darle un sentido metafórico sino bien “literal”, en el sentido más literal del término literal, de la letra como soporte real del significante. El significante se desencadena en lo real, y sólo en lo real, separándose de la cadena en la que tenía su lugar en lo simbólico, para aparecer entonces —solo, roto— fuera de lugar, desde aquel no lugar que es lo real mismo. Cuando un anillo de una cadena se separa de ella sólo puede aparecer así, solo y roto, sin abrazar ya el agujero en el que se sostenía y por el que se enlazaba a los otros anillos de la cadena significante. Para tomar una imagen literal, y es algo más que una imagen: pasamos de la letra O, con su agujero rodeado, y la cadena que forma con otras oes, a la letra C, abierta sin remedio, y al desencadenamiento que implica al no poder abrazar ya el agujero con el que se vinculaba a la cadena.

Entonces, tal como señalan en el texto de presentación los coordinadores de la Conversación, Rosa López y Vicente Palomera, “no hay que tomar esta cadena significante como una mera imagen” y conviene estudiar los distintos tipos de agujeros que hay en ella para hacer una clínica diferencial acorde con esta noción de “desencadenamientos”. Hay desencadenamientos distintos según los diferentes agujeros en juego. Por decirlo así, pasamos de una clínica estructural definida a partir de la forclusión del Nombre-del-Padre a una clínica diferencial de los agujeros que se definen por aquello que los rodea. Porque ¿qué es lo que distingue a un agujero de otro, más allá de aquello que lo rodea? Nada en realidad, pero es una nada que interesa especialmente a la clínica de los anudamientos y desanudamientos de la última enseñanza de Lacan. Si en 1958 situaba el agujero fundamental en la forclusión del Nombre-del-Padre, hacia el final de su enseñanza, con la forclusión generalizada y la pluralización de los Nombres-del-Padre, la lógica del desencadenamiento se extiende a toda una serie de fenómenos clínicos que responden al encuentro del sujeto con otros tantos agujeros.

Podemos hablar entonces del desencadenamiento del síntoma o de la angustia, del desencadenamiento del trance obsesivo o de los jeroglíficos corporales de la histeria, pero también del desencadenamiento de la transferencia o del desencadenamiento del final de análisis, tal como Jacques-Alain Miller lo indicó en su momento. Cada desencadenamiento es respuesta al encuentro con un agujero, singular para cada sujeto. O, mejor dicho, si leemos bien el texto de la “Cuestión preliminar…”, cada desencadenamiento es efecto de la respuesta que el sujeto recibe desde el lugar del Otro al haberle dirigido una llamada. Recordemos la operación fundamental que Lacan había situado en su texto de 1958: lo que funciona como frontera para una clínica diferencial no es tanto la propia forclusión del Nombre-del-Padre (Verwerfung) como la respuesta que puede producirse en el momento en que ese significante “es llamado” en el lugar del Otro (Escritos p540). Es entonces cuando “puede responder en el Otro un puro y simple agujero” que provocará “un agujero correspondiente en el lugar de la significación fálica”. Mientras no haya llamada —y todo puede seguir en orden sin necesidad de que se realice esta llamada— no hay necesidad tampoco de respuesta. Y el problema, en el caso de las psicosis, no es que no haya respuesta, sino que en el momento de la llamada la respuesta sea “un puro y simple agujero”. No es lo mismo una falta de respuesta que un agujero como respuesta, esta es toda la diferencia que nos importa en la clínica diferencial. Podemos imaginar, por ejemplo, a un sujeto que pasa su vida llamando al lugar del Otro sin recibir respuesta. No pasa nada, todo parece más o menos normal. El problema es que haya respuesta y que la respuesta sea un agujero. ¿Cómo es la respuesta de “un puro y simple agujero”? Es algo imposible de imaginar, imposible de simbolizar: es real. La expresión de Lacan en el texto, “Un padre en lo real”, es ya una manera de intentar nombrar este real que no tiene lugar.

Así, el sujeto puede llamar al lugar del Otro y el Otro puede no responder una y otra vez, puede no dejar de no responder. Es algo que sólo podemos verificar vez por vez. Hasta que, al menos una vez, el Otro deja de no responder y puede hacerlo entonces con un puro y simple agujero. Y es aquí donde el significante se desencadena en lo real. Esta lógica del desencadenamiento puede valer, en efecto, para una gran variedad de fenómenos clínicos.

La pregunta para nuestra Conversación será entonces la siguiente: ¿qué agujero es respuesta a qué llamada del sujeto, en cada caso, en cada fenómeno de desencadenamiento que encontramos en la clínica? 


06 de gener 2019

Contra una Europa indiferente


Texto para el debate preparatorio del Forum Europeo de Psicoanálisis, Amor y Odio por Europa, Milán, 16 de Febrero de 2019.

El amor como arma para responder al odio —así es como se nos presentan las cosas en el campo de los ideales, de los Ideales del Yo para tomar el término freudiano. ¡Cómo querríamos todos que el amor por Europa venciera al odio generado por sus detractores, más o menos explícitos, tanto internos (Le Pen en Francia o Vox en España) como externos (Trump o Bannon a la cabeza)! Pero una pastoral del amor no bastará nunca para neutralizar el discurso del odio, para responder a los discursos que matan. Hace falta algo más que el entusiasmo del amor, hace falta un amor que no ignore el resorte que lo mueve… hasta que desemboca en el odio (cf. el final súbito e impensado del Seminario Encore de Jacques Lacan: “Y el verdadero amor […] desemboca en el odio”). No, el amor por Europa no la hará existir más que el odio mismo en el que desemboca al encontrar sus límites en la extrañeza del goce del Otro, cuando se siente asediado por él. Esta es una de las consecuencias imprevistas que podemos extraer después del precipitado entusiasmo que generó para muchos la caída del muro de Berlín. Hoy, constatamos la fragilidad de la identidad europea, más allá del proyecto de unificación económica que creía alimentarla, cuando se confronta a sus nuevos problemas. Tal como indica Manuel Castells en el excelente volumen del que es editor, La crisis de Europa: “En conjunto, la identidad europea es una identidad débil. Y su debilidad la hace vulnerable a cualquier perturbación importante en la Unión Europea, ya sea económica, geopolítica o migratoria”[1].

Señalemos entonces un rasgo de estructura que la psicología más banal repite sin sacar consecuencias: es la indiferencia la que se opone tanto al odio como al amor, al odionamoramiento (hainemoration, Lacan de nuevo). Las oscilaciones entre el amor y el odio por Europa se producen de un modo que la historia puntúa en giros inesperados. El Brexit es sin duda uno los que más sacude hoy al viejo continente. Hay el amor y el odio, es cierto, pero lo peor sería la indiferencia que alimenta la conversión del primero en el segundo. Es la indiferencia la que puede corroer a Europa sin saber cómo hacer virar el odio —la segregación inherente del goce del Otro— al amor de un vínculo que cuaje en una identidad, siempre ilusoria por otra parte. 

La indiferencia es el modo en que se manifiesta a veces la tercera pasión del ser, la ignorancia. Lo mejor en este caso es querer saber lo que ignoro en una docta ignorancia, y ello para salir de la peor indiferencia. En este tránsito pasional, la lógica es la siguiente: del amor a la indiferencia, de la indiferencia al odio imprevisto. La pura ignorancia, no la docta, es el puente de pasaje de una pasión a otra. Por el contrario, la docta ignorancia es la que no debe confiar en el amor, menos todavía en el odio, para salir de la indiferencia. Hace falta para ello un deseo que se ponga a prueba ante la segregación estructural del goce del Otro, de sus formas de vivir. Ante esta segregación estructural mejor saber lo siguiente: ignoramos de hecho qué es hoy Europa en la diversidad de sus formas de vivir. Para salir de la indiferencia es necesario partir de esta docta ignorancia.

Tal vez lo que hoy define mejor a Europa es precisamente la indiferencia, la indiferencia por lo que ocurre dentro y en el borde de sus fronteras: la migración, el aumento de los nacionalismos encubiertos de patriotismo, la falta de solidaridad entre sus miembros, incluso cuando alguno de ellos decide, con despecho, hacer su brexit particular. En España, por ejemplo, después de décadas de ardor amoroso por querer sentirse europeos, empiezan a aparecer claros signos de ambivalencia hacia la Unión Europa. Las cosas no eran como se esperaban. El “conflicto catalán”, que es en realidad la mejor expresión del conflicto de España consigo misma, no ha hecho más que poner de manifiesto esta ambivalencia histórica hacia las otras naciones europeas, siempre más seguras de su patriotismo, tan nacionalista al fin y al cabo como cualquier otro. El nacionalismo español se expresa ahora en una indiferencia creciente hacia una Europa que pone en tela de juicio sus propios juicios contra los soberanistas catalanes encarcelados desde hace más de un año en “prisión preventiva”. Manuel Castells puede escribir entonces, a propósito de lo que considera “las pruebas de fuego de la identidad europea”: “Si en los primeros refrendos en España y Portugal el voto proeuropeo ganó con facilidad, aunque con una tasa de participación muy baja (en torno al 40%), se debía a que los europeos del sur siempre vieron a la UE como un escudo protector contra sus demonios autoritarios y nacionalistas. Por añadidura, los catalanes y los vascos son los más europeos de España (igual que los escoceses en el Reino Unido), porque aspiran a la protección de la UE contra sus propios Estados-nación.”[2] En este puzle, no parece que la Europa actual de los Estados-nación, más burocrática que solidaria, sepa encontrar la pieza que la hace necesariamente inacabada e inacabable.

Entonces, no será una Europa de las naciones ni de las regiones la que podrá hacer avanzar un proyecto como el que animaron los padres fundadores de su Unión. ¿Será tal vez una Europa de las ciudades, una Europa de ciudadanos europeos en pie de igualdad, la que asegure la difícil coexistencia de espacios cada vez más densos y complejos?



[1]Manuel Castells et al. (eds.) La crisis de Europa. Alianza Editorial, Madrid 2018, p. 276.
[2]Ibidem, p. 286.

27 de desembre 2018

Germán García, la Biblioteca



Me llaman de madrugada para darme la noticia. Con Germán muchas cosas, a veces las más importantes, ocurrían de madrugada. Después me escriben desde varios lugares para insistir en la noticia que ya me ha llegado, lacerante. Por favor, no me escriban más, ya me he enterado. Finalmente respondo por e-mail a uno de sus amigos, César Mazza, que me escribe desde Córdoba (Argentina): “Acaban de llamarme por teléfono para darme la triste noticia. Aquí son las dos de la madrugada y sé que esta noche no dormiré, como otras tantas noches de conversación incesante con Germán. Así que me tomo un whisky, como en las infinitas noches de Bocaccio —aquel resto infame de la izquierda-caviar barcelonesa en el que gastamos juntos tantas horas “de blableta”, yo vivía justo al lado— y lloro al saber que no podré ya volver a hablar con él. De momento no sé hacer nada más. Intento escribir algo, para seguir hablando con él… Un abrazo”. Y entonces escribo esto que sigue, para intentar hablar de él.

Lúcido conversador, nada conservador. Polémico es decir poco. Siempre excesivo —“punyent”, como decimos en catalán—, hasta agotar al interlocutor más paciente si había conseguido sostener la palabra con él hasta la madrugada. Agente provocador: de instituciones psicoanalíticas, de grupos literarios, de revistas, de bibliotecas inacabables, de sectas infames, de escuelas en proyecto, de escuelas disueltas por no haber estado a la altura del proyecto, de células subversivas tramando asaltos al poder de los impostores del saber, de descartes de barajas confundidas. Sí, “Descartes”, esta ha sido y será su apuesta final en el juego del significante que nos marca a todos. Sin cartas marcadas, sin embargo, porque Germán nunca jugaba en falso ni de farol, siempre con las cartas boca arriba. O lo tomas o lo dejas. Y era siempre difícil tomarlo en bloque.

La primera vez que lo conocí me dio un libro, un libro sobre retórica de la editorial Gredos, lo recuerdo con precisión. He escrito bien: “la primera vez que lo conocí”, porque lo conocí muchas veces más, sin llegar a conocerlo del todo. Germán era uno un día, otro el otro día —eso sin contar las noches— y uno no sabía a veces con cuál quedarse. La última vez que lo conocí, hace tan sólo unos meses, también me dio un libro, esta vez sobre filosofía del lenguaje. Era un buen libro, como todos los que, de una forma u otra, me dio a leer. Esta última vez fue en Buenos Aires, en un bar —dónde si no— en el que me citó para seguir la conversación. Él estaba siempre en Buenos Aires incluso cuando estaba en París o en Barcelona, donde vivió unos cinco años que fueron para muchos de nosotros —barceloneses todos de adopción—, fundamentales en nuestra formación, como psicoanalistas y como lectores. Porque Germán era un lector antes que psicoanalista. O mejor, era psicoanalista porque era primero un buen lector. Y por eso amaba a las librerías y a las bibliotecas (en mayúsculas y en minúsculas). Amaba a la Biblioteca Freudiana de Barcelona en primer lugar, la que había fundado su maestro Oscar Masotta. ¡Cuántas veces terminábamos con él en la única librería que quedaba abierta en Barcelona a altas horas de la noche! A él seguramente le recordaba las innumerables librerías abiertas en Buenos Aires hasta bien entrada la madrugada. Pero Tuset Street no era Corrientes de madrugada. Y Germán se volvió un día de 1985 a Buenos Aires después de dejarnos a todo un grupo —sí, era un grupo que quería dejar de serlo— un lápiz a cada uno en aquel bar de Tuset como signo de una alianza: “como los siete anillos que Freud dejó a sus alumnos” — nos dijo con cierta ironía. Éramos algunos más de siete. Y de ahí siguió una transferencia de trabajo que fue a parar al Campo Freudiano gracias a él también. Y de ahí, vía Jacques-Alain Miller que le rindió ya un homenaje, hasta donde estamos hoy. De hecho, fue él quien una noche —otra— me dijo: “Ves a París a hablar con Miller, a ver qué podemos organizar aquí en Barcelona”. Y le hice caso, y eso cambió las cosas, sobre todo para mí.

Germán era la conversación incesante y era también los libros. Siempre y cada vez, la generosidad intelectual, sin confort posible. El libro que Germán te daba a leer era siempre un buen libro, —empezando, por supuesto, por los “Escritos” y los Seminarios de Lacan. Siempre era un buen libro porque para Germán no había buenos o malos libros sino buenos o malos lectores. Siempre era un buen libro porque era él quien te lo daba a leer. Eso era la transferencia, recíproca porque él también leía lo que uno le daba a leer, si ese uno —no había tantos— merecía su confianza. Y nos dio muchos libros, a muchos, en muchos lugares de España. En realidad, nos dio una biblioteca entera. No es ninguna metáfora: la Biblioteca de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis en Barcelona contiene en sus estanterías buena parte de la biblioteca que él juntó en sus años barceloneses. La otra parte quedó distribuida entre sus amigos. A mí me tocó Macedonio Fernández, y se lo agradezco infinitamente. Por eso también, por Macedonio, me resulta seguramente inútil escribir ahora la semblanza de Germán García, su biografía inverosímil, su amplia bibliografía más inverosímil todavía. Otros lo intentarán mejor que yo. Tiempo habrá para escribir lo que Germán García inscribió del psicoanálisis en castellano. Sólo un recuerdo más.

Pocos días antes de su retorno a Buenos Aires, pasamos toda una noche redactando una entrevista que debía publicarse en L’Ane, le magazin freudien, la revista dirigida por Judith Miller. Era una entrevista a la que Jacques-Alain Miller le invitó sabiendo que volvía a Buenos Aires, una entrevista que yo simulé hacerle y que en realidad se hacía él mismo charlando conmigo. “Germán García, allées et retours”, idas y vueltas. A las ocho de la mañana, una vez acabada la redacción, le dije ya agotado que me iba a dormir. —“¡Pero no, pibe! ¡Hay que mandarla a Miller por correo urgente para que salga en el próximo número de L’Ane!” Y ahí me fui, de buena mañana, a la oficina postal de San Gervasio para enviar por correo urgente —no, no existía todavía Internet— la entrevista que apareció, sí, publicada en un número de “L’Ane, le magazin freudien”. Hay que leerla.

Termino, con mi mayor estima y mi dolor, este testimonio bajo el golpe de la noticia: “El lector, diestro en ausencias…”


Miquel Bassols
27 de diciembre de 2018
8:00 de la mañana

08 de desembre 2018

Tres preguntas sobre lo femenino


























Entrevista publicada en "Feminismos Variaciones Controversias" - Colección Orientación Lacaniana, Grama, Buenos Aires 2018.


1-Como Ud. bien lo esclarece en su libro, lo femenino como alteridad radical, como Otro goce que no sería el fálico, no es sólo asunto de mujeres. Lo femenino es sin género. Describe a lo femenino como el ombligo mismo del ser que habla, lugar de lo real irrepresentable que marca el exilio interior. ¿Por qué cree que insiste en nuestro decir una asociación entre ese Otro goce y las mujeres?


Si partimos de la hipótesis freudiana —constatación más bien— según la cual en el inconsciente no hay una representación, una inscripción de la diferencia de los sexos, entonces es necesario preguntarse cómo trata el inconsciente la diferencia que establecemos entre lo masculino y lo femenino. La respuesta freudiana formalizada por Lacan en la primera parte de su enseñanza es simple. La diferencia es: o falo o castración. Es una diferencia binaria, 1/0, inherente a la propia estructura del lenguaje. Desde esta perspectiva, orientada por la propia lógica del significante, la diferencia es un hecho de discurso. Entonces, puede haber mujeres que sostienen una posición fálica, del lado masculino de la sexuación, y puede haber hombres que sostienen una posición no fálica, del lado femenino de la sexuación. En esta coyuntura, y a diferencia de lo que el propio Freud pudo sostener en un momento, la anatomía no es el destino. Lacan corrige a Freud en este punto: no hay otro destino que el que cada sujeto se construye en el lenguaje, a partir de su relación con el inconsciente estructurado como un lenguaje. Parecería éste un mundo muy bien ordenado por el significante, por la lógica binaria fundada en la diferencia: los que están de un lado y los que están del otro. El otro sería otro para el uno, y el uno sería otro para el otro. Reduplicaríamos así la diferencia anatómica hombre / mujer en una diferencia fundada en el discurso, masculino / femenino, siguiendo una reciprocidad que no hace falta que sea simétrica. 
Sólo que el ser hablante no es únicamente un hecho de discurso. Hay también el goce del cuerpo y el cuerpo es finalmente el Otro por excelencia para cada ser hablante. Lo que hace presente el goce femenino es que no hay reciprocidad posible, que no hay Otro del Otro, y que cuando el Otro se hace Otro para sí mismo, el goce del cuerpo es imposible de reconvertirse en el Uno del significante. Cuando se trata del goce no hay reciprocidad posible, y mucho menos simetría. Y ahí cada mujer, una por una, hace presente esta alteridad irreductible del goce. Sin que pueda decirse de “todas las mujeres”, o de la “La mujer” como tal, la singularidad del goce femenino en cada una está más allá de la lógica binaria falo / castración. Y el lenguaje, cada lenguaje, lleva la marca irreversible de este “no-todo”.


2-En Análisis terminable e interminable Freud desarrolla el concepto de Rechazo a la feminidad, que Ud.  retoma en su libro ¿Será eso lo que está en juego para el hombre que ejerce la violencia contra una mujer?

Esa es la hipótesis. La alteridad del goce femenino, alteridad también para cada mujer, es lo que para Freud queda rechazado en cada ser hablante, y es lo que significa para él la famosa roca de la castración al final del análisis. El término freudiano “Ablehnung”, rechazo, ha sido traducido también por “desautorización”. Cada sujeto desautorizaría así su parte femenina, la parte femenina del goce que insiste más allá de la lógica del falo y la castración. Hasta el punto de rechazarla con la segregación y la violencia. Ese es también el “no quiero saber nada de eso” que insiste en cada ser hablante y en las diversas formas de segregación que existen en nuestro mundo.

3- En el apartado denominado “Alteridad radical del Uno solo” usted indica dos modos de abordar lo femenino. Lo femenino como un S2, o bien lo femenino como un S1 solo. Dos lógicas para pensar lo femenino. Si consideramos al feminismo, como un semblante atravesado por la lógica fálica ¿podríamos considerar que se aleja de lo femenino a medida que avanza?

Hay feminismos diversos. Y podríamos distinguirlos siguiendo estos dos modos de abordar lo femenino. O bien tomando lo femenino en su diferencia con lo masculino, como Otro para el Uno, o bien tomando lo femenino como Otro para sí mismo. Tomemos la paradoja de Aquiles y la tortuga, evocada por Lacan al principio de su Seminario “Aún” a propósito del goce femenino. Desde la perspectiva de Aquiles, que se mueve siguiendo la lógica fálica un paso tras otro, en un espacio ordenado de modo binario, S1 --> S2, la tortuga resulta inalcanzable, sólo se reunirá con ella en la infinitud. Es también la paradoja de Zenón, es la imposibilidad de dar cuenta de lo real del goce en el espacio ordenado, contabilizado por los números naturales: 1, 2, 3,... n. Resulta que entre 1 y 2 hay ya un montón de intervalos más, una infinitud de números reales imposible de recubrir con los números llamados naturales. La infinitud en la que Alquiles podría reunirse con la tortuga Briseida está ya de hecho en cada paso que da Aquiles, entre un paso y otro, en cada intervalo del espacio que recorre. Y eso aunque fuera a la pata coja. Desde este lado, el lado fálico, en efecto, a cada paso que avanzamos nos alejamos más de la alteridad del goce femenino. Y es la paradoja que encontramos en muchos desarrollos de la teoría de los géneros fundados en la diferencia. Pero Lacan señala algo más: la tortuga Briseida es también tortuga para sí misma, es también Otra para sí misma. Y es ahí donde se abre la posibilidad de otra lógica para abordar lo femenino, más allá de la lógica fálica. La lógica de la diferencia ya no funciona en el espacio que recorre la tortuga Briseida. Es el espacio del Uno solo, sin Otro. En lugar de la diferencia, podemos echar mano de otros conceptos, otros términos. En francés se dispone del término “écart” que el filósofo Philippe Julien ha subrayado recientemente. Un “écart” es una desviación, algo que se tuerce, al estilo “queer”, y que no funciona por la diferencia con otro término. El goce del Uno-solo es “queer” por definición. Cada forma de goce tomada en su singularidad es, de hecho, un goce “queer”, torcido en relación a la norma fálica. Y no por su diferencia significante sino por su misma singularidad. Estudiar estas formas del goce “queer” es el reto que debe afrontar cada estudio singular de lo femenino.

12 de novembre 2018

In-consciente y ex-cerebro

























Texto de preparación para el encuentro Pipol 9: "L'inconscient et le cerveau, rien en commun"

Das Unbewusste lo inconsciente. Freud no encontró un término mejor y Lacan lo recordaba para indicar lo que le parecía su principal inconveniente: es un término negativo, lo que implica que puede ser cualquier cosa, cualquier otra cosa que aquello que niega[1]. A todo esto, aquello que niega, lo consciente, no es un término menos pantanoso. Nadie sabe hoy muy bien qué es la consciencia. Las neurociencias siguen buscándola sin éxito en el lugar donde suponen que hay más luz para encontrarla, en las distintas zonas del cerebro, en la química de los espacios intersinápticos de sus neuronas. ¿Por qué no un poco más allá, en las redes neuronales conectadas al propio cerebro, en el sistema nervioso entérico, por ejemplo, es decir en las tripas? Las tripas parecen hoy tan importantes para las neurociencias que se han ganado ya el nombre de “segundo cerebro”, ya que fluye por ellas más dopamina que por el primero. Pensar con las tripas no parece ya una metáfora, o lo parece tanto como la idea de que pensamos con el cerebro. Es como decir: hablamos con la lengua.

Por nuestra parte, partimos del siguiente principio ético: sólo hay inconsciente en el ser hablante. El “in-“ del inconsciente debería ser leído entonces como un término topológico, es un “dentro” tan interior que se convierte en exterior, en éxtimo para el ser hablante. Y sólo desde y en el lenguaje es posible entonces el espejismo que llamamos consciencia. Se señala con frecuencia: consciencia y lenguaje son los dos “realidades emergentes” o “epifenómenos” —otros dos eufemismos en realidad— del ser hablante que las neurociencias no logran localizar en ninguna de las partes del sistema nervioso central.

Y el cerebro, ¿dónde está el cerebro? Dentro del cráneo, por supuesto. Pero ¿sólo dentro del cráneo? Cada vez más, lo más importante del cerebro parece encontrarse fuera del cerebro tomado como unidad anatómica. Los límites anatómicos tienen siempre algo arbitrario cuando se trata de definirlos a partir de las funciones. El debate sigue abierto: ¿dónde está, por ejemplo, la función de la visión, en el ojo o en el cerebro? La tecno-ciencia actual no hace más que poner todavía más en cuestión esta unidad del cerebro al injertarle extensiones que serán cada vez más indistinguibles de su propia naturaleza. De ahí la interesante idea del “exocerebro” promovida por el antropólogo mexicano Roger Bartra[2].

Resulta entonces interesante hacer el listado de todo aquello que la ciencia no encuentra en el cerebro “interior”: la consciencia, el lenguaje, los quale, la imagen del mundo, la causa del deseo… Y la lista se va ampliando cada día, hasta el punto de fundar la hipótesis: el cerebro debe estar más vacío que otra cosa. No hay nada en él de lo que buscamos. O mejor, hay una nada incrustada en su materia, una nada incrustada gracias al lenguaje, esa araña que está agarrada a su superficie según Lacan.

Así, nuestro tema para Pipol 9 es bien real: inconsciente y cerebro no comparten nada. O mejor, comparten sólo esa nada que el lenguaje introduce en el cuerpo al borrar la marca, la huella, de lo real imposible de representar. Es esa nada la que debemos investigar. 



[1]Jacques Lacan, “Télévision”, Autres écrits. Ed. Du Seuil, Paris 2001, p. 511.
[2]Roger Bartra, Antropología del cerebro. Conciencia, cultura y libre albedrío. Editorial Pre-textos, Valencia 2014.

03 de novembre 2018

Killing Me Softly…





















L’expressió “Discursos que maten” pot entendre’s com discursos que menen a un acte mortífer, assassí, però també com discursos que maten per ells mateixos. Pot matar una paraula? En qualsevol cas, com indicava Jacques Lacan[1], el poder sempre està vinculat a la paraula, també quan fa un ús de la força pura i simple. I la primera violència més o menys encoberta és la que perpetra un discurs quan endormisca l’ésser parlant i li furta el poder de la paraula, quan el redueix a un objecte sense paraula possible. I això pot fer-se també amb les paraules, amb la violència pròpia de la paraula quan actua en els límits del simbòlic.

El principi pot ser ben simple, tan simple i aparentment “democràtic” com això: “Les minories hauran d’adaptar-se a la majoria.” La frase és de Jair Bolsonaro —en un discurs de febrer del 2017 a l’Aeroport João Suassuna— però podem escoltar frases equivalents en diversos llocs i moments de les nostres societats anomenades democràtiques. També a Europa, i amb els millors arguments. Pot ser fins i tot el millor argument emprat com a “democràtic” per tal d’imposar una acció amb tota mena de tècniques de modificació de conducta, des de les més suaus fins les més violentes. Passar d’aquesta acció, d’estil “TCC en massa”, al pas següent és qüestió de grau: “A través de la votació no canviaràs res en aquest país, oi? Res! Res de res! Malauradament, només canviarà el dia que comencem una guerra civil aquí dintre. I fent el treball que el règim militar no va fer: ¡matar-ne trenta mil! Començant per FHC [Fernando Henrique Cardoso, president en aquell moment]! Si en moren alguns d’innocents, doncs bé, en cada guerra moren persones innocents.” La declaració torna a ser del recentment escollit president a les eleccions brasileres, però ressonen també ben a prop, massa a prop, del lloc on ara sóc, a aquesta banda de l’Atlàntic. Que aquest discurs amenaçant passi a l’acte és només qüestió de seguir les conseqüències de la certesa subjectiva que l’anima. De moment només cal que s’alimenti ell mateix amb més paraules que maten, fins i tot si es presenten amb la suavitat de les paraules d’amor a la unitat de la pàtria que motiva l’odi al qui és diferent.

Tal com indicava Gil Caroz en un text recent: “Brasil no és Europa, el fenomen Bolsonaro no és equivalent al fenomen Le Pen, i els contextos són diferents. Malgrat tot, podem considerar que els esdeveniments de Brasil constitueixen la veritat d’un moviment que està escombrant Europa com un incendi. És el cim d’una caiguda de l’autoritat vertical, que demana de posar en ordre el món a través de la massacre: o ets com jo, o moriràs.”[2] Convé situar els discursos que han contribuït a produir al Brasil aquesta conjuntura mortífera, que han sostingut i nodrit un sentit que es contagia com un regueró de pólvora. És la combinació del discurs religiós de l’Església Evangelista, aquest fals “humanisme” que també va nodrir Trump als EEUU, i el poder de la dictadura militar que ha travessat indemne les darreres dècades[3], una dictadura que va caure de la representació del poder de l’Estat, però que no havia desaparegut del poder polític efectiu. Així, són les faveles qui han votat Bolsonaro, però també capes il·lustrades de la població, no només els lobby i els poders fàctics minoritaris quantitativament. Sense aquest dos suports Bolsonaro no hauria guanyat pas les eleccions: sentit religiós —n’hi ha per tot— i poder armat de l’exèrcit en nom de la Llei.

Com respondre als discursos que maten sense alimentar el seu sentit, el seu sentit mortífer? En aquest punt, la polarització impedeix qualsevol equidistància en nom d’una impossible harmonia universal. L’error de bona fe seguirà sent, també aquí, el més imperdonable quan es tracta de respondre a aquest perill major contra la humanitat. No serà en nom d’un Humanisme ja periclitat, aquella “humanitereria” (humanitairerie) amb la qual Lacan deia que no fem altra cosa que revestir les nostres exaccions, les de la nostra pròpia manera de gaudir[4]. Més aviat un in-humanisme com el que la psicoanàlisi troba en l’ésser parlant habitat per la pulsió de mort.

Cal concloure: hi ha discursos enverinats amb sabor a mel, també en nom de l’amor. Diguem-ho doncs amb les paraules de la cançó. Recordin: with his words, killing me softly with his song…



[1]“És tanmateix molt demostratiu que el poder no descansi mai en la forà pura i simple. El poder és sempre un poder vinculat a la paraula.” Jacques Lacan (1975), “Conférence à Genève sur le symptôme”, La Cause du désir nº 95, Paris 2017, p. 9.
[2]Gil Caroz, “Notre vérité brésilienne”, textos de preparació del Forum europeu “Els discursos que maten” a Brussel·les, 1 de desembre del 2018.
[3]Per a una anàlisi d’aquesta conjuntura, vegeu Aldo Cordeiro Sauda y Benjamin Fogel: “Bolsonaro’s Most Dangerous Supporters”, al peiòdic digital Jacobindel 18 d’octubre de 2018.
[4]Jacques Lacan, “Télevision”. Autres écrits,Éditions du Seuil, Paris 2001, p. 534.

Killing Me Softly…





















La expresión “Discursos que matan” puede entenderse como discursos que conducen a un acto mortífero, asesino, pero también como discursos que matan por sí mismos. ¿Puede matar una palabra? En todo caso, como indicaba Jacques Lacan[1], el poder está siempre vinculado a la palabra, también cuando hace un uso de la fuerza pura y simple. Y la primera violencia más o menos encubierta es la que perpetra un discurso cuando adormece al ser hablante hurtándole a él el poder de la palabra, reduciéndolo a un objeto sin palabra posible. Y eso es algo que puede hacerse también con las palabras, con la violencia propia de la palabra cuando actúa en los límites de lo simbólico. 

El principio puede ser muy simple, así de simple y tan aparentemente “democrático”: “Las minorías tendrán que adaptarse a la mayoría.” La frase es de Jair Bolsonaro —en un discurso de febrero del año 2017 en el Aeropuerto João Suassuna—pero podemos escuchar frases equivalentes en distintos lugares y momentos de nuestras sociedades llamadas democráticas. También en Europa, y con los mejores argumentos. Puede ser incluso el mejor argumento esgrimido como “democrático” para imponer una acción con toda suerte de técnicas de modificación de conducta, desde las más suaves hasta las más violentas. Pasar de esta acción, de estilo “TCC en masa”, al siguiente paso es una cuestión de grado:“A través de la votación no cambiarás nada en este país, ¿verdad? ¡Nada! ¡Absolutamente nada! Desafortunadamente, solo cambiará el día en que comencemos una guerra civil aquí adentro. Y haciendo el trabajo que el régimen militar no hizo: ¡matar a treinta mil! ¡Comenzando con FHC [Fernando Henrique Cardoso, presidente en ese momento]! Si algunos inocentes mueren, bien, en cada guerra mueren personas inocentes.” La declaración vuelve a ser del recién elegido presidente en las elecciones brasileñas, pero resuenan también muy cerca, demasiado cerca, del lugar en el que estoy ahora, a este lado del Atlántico.Que este discurso amenazante pase al acto es sólo cuestión de seguir las consecuencias de la certeza subjetiva que lo anima.Por el momento sólo hace falta que se alimente a sí mismo con más palabras que matan, incluso si se presentan con la suavidad del amor a la unidad de la patria que motiva el odio al diferente.

Tal como señalaba Gil Caroz en un texto reciente: “Brasil no es Europa, el fenómeno Bolsonaro no es equivalente al fenómeno Le Pen, y los contextos son diferentes. A pesar de ello, podemos considerar que los eventos de Brasil constituyen la verdad de un movimiento de civilización que está barriendo Europa como un incendio. Es la cúspide de una caída de la autoridad vertical, que llama a la puesta en orden del mundo a través de la masacre: o eres como yo, o mueres.”[2]Conviene situar los discursos que han contribuido a producir en Brasil esta coyuntura mortífera, que han sostenido y alimentado un sentido que se contagia como un reguero de pólvora. Es la combinación del discurso religioso del Evangelismo, ese falso “humanismo” que también alimentó a Trump en EEUU, y del poder de la dictadura militar que ha atravesado indemne las últimas décadas[3], una dictadura caída de la representación del poder del Estado, pero que no había desaparecido del poder político efectivo. Así, son las favelas las que han votado a Bolsonaro, pero también capas ilustradas de la población, no sólo los lobbies y los poderes fácticos minoritarios cuantitativamente. Sin estos dos soportes Bolsonaro no hubiera ganado las elecciones: sentido religioso —lo hay por todas partes— y poder armado del ejército en nombre de la Ley.

¿Cómo responder a los discursos que matan sin alimentar su sentido, su sentido mortífero? En este punto, la polarización impide toda equidistancia en nombre de una imposible harmonía* universal. El error de buena fe seguirá siendo, también aquí, el más imperdonable cuando se trata de responder a este peligro mayor contra la humanidad. No será en nombre de un Humanismo ya periclitado, esa “humaniterería” (humanitairerie) con la que Lacan decía que no hacemos más que revestir nuestras propias exacciones, las de nuestro propio modo de gozar[4]. Más bien un in-humanismo como el que el psicoanálisis encuentra en el ser hablante habitado por la pulsión de muerte.

Concluyamos: hay discursos envenenados con sabor a miel, también en nombre del amor. Digámoslo entonces con las palabras de la canción. Recuerden: with his words, killing me softly with his song…




* Algunos lectores me han señalado que "harmonía" es un error ortográfico por "armonía". El hecho es que el Diccionario de la RAE da por buena la "harmonía", aunque desaconseja su uso por arcaico. Yo prefiero aquí el arcaísmo de la harmonía, con esa marca del silencio necesario para que la música fluya, "in a silent way"...

[1]“Es sin embargo muy demostrativo que el poder no descanse nunca sobre la fuerza pura y simple. El poder es siempre un poder vinculado a la palabra.” Jacques Lacan (1975), “Conférence à Genève sur le symptôme”, La Cause du désir nº 95, Paris 2017, p. 9.
[2]Gil Caroz, “Nuestra verdad brasileña”, en los textos de preparación del Fórum europeo “Discursos que matan” de Bruselas, 1 de diciembre de 2018.
[3]Para un análisis de esta coyuntura, ver Aldo Cordeiro Sauda y Benjamin Fogel: “Bolsonaro’s Most Dangerous Supporters”, en el periódico digital Jacobindel 18 de octubre de 2018.
[4]Jacques Lacan, “Télevision”. Autres écrits,Éditions du Seuil, Paris 2001, p. 534.