03 de juliol 2021

Conversación sobre lo trans

Primeros pasos para clasificar la información de tu organización

Entrevista a Miquel Bassols realizada por Daniel Casellas, Lucía Icardi y Trinidad Valente, miembros del comité editorial de Nodvs, aperiódico virtual de la Sección Clínica de Barcelona y publicada en el número 61. Ideada a partir de la orientación impulsada por Jacques-Alain Miller bajo la fórmula: 2021, Año Trans. 

Daniel Casellas: Antes que nada, nos gustaría dar cuenta de dónde surge el deseo que nos condujo a proponer esta entrevista. Fue a partir de la intervención de Paul B. Preciado en noviembre del 2019 en las Jornadas de l’École de la Cause freudienne en Paris, que luego se convirtió en el libro Yo soy el monstruo que os habla. Allí se empezó a abrir el tema que concluyó en lo que Miller dio en llamar Año Trans. Pero más allá de ello, fue el escucharte decir en varias ocasiones que había que darle una respuesta al discurso de Preciado lo que nos convocó, cada uno a su manera, a proponerte esta entrevista. Sabemos, porque lo has comentado en alguna ocasión, que esta respuesta ha tomado la forma de un libro. Nos gustaría que pudieras contarnos más sobre lo que te animó a ofrecer una respuesta a Preciado, y sobre el libro que has escrito.

Miquel Bassols: Hay dos factores que me animaron a responder. El primero es el momento en que Andrés Borderías, nuestro colega de Madrid, me envía un whatsapp con una foto de la portada y de la primera página del libro de Paul B. Preciado, diciendo “acaba de aparecer”. Se da la circunstancia de que en la mesa de las Jornadas en las que Preciado intervino, debía estar yo para conversar con él, pero tuve que viajar y no pude estar ese día allí. Fueron François Ansermet y Omaïra Meseguer, dos colegas excelentes, quienes lo recibieron y conversaron con él. La breve entrevista que mantuvieron con Preciado está publicada al final de mi respuesta. Pensé, pues, que había una conversación pendiente con Paul B. Preciado. Al leer el libro pensé que había que responder. Vi también que en Lacan Quotidien varios textos habían respondido a su intervención en las Jornadas y empecé a escribir un capítulo.

Lo hablé con varios colegas. Algunos pensaban que era mejor no responder, que era una provocación. Lo conversé también con Jacques Alain Miller, que me animó a responder. Pensé que la política de la Escuela y del Campo Freudiano ha sido siempre entrar en la conversación con la subjetividad de nuestro tiempo.

D.C.: Tal como señalas en tu texto La diferencia de los sexos no está escrita en el inconsciente, que se publicó en Ciutat de les Lletres, desde el psicoanálisis coincidimos en la lectura que hace Preciado sobre que no hay nada que pueda definir por sí mismo la esencia de lo que es ser hombre o mujer. Incluso, me atrevería a decir que los discursos que apelan a la desidentificación podrían fácilmente coincidir con cierto planteamiento psicoanalítico de que cada uno tiene su modo de goce. Me pregunto entonces por la diferencia. Diría que la diferencia se encuentra en que el psicoanálisis aloja la imposibilidad propia del ser hablante para hacer coincidir goce y verdad, para gozar de la buena manera, que es, al fin y al cabo, una manera de leer lo que Lacan vino a decir con el No hay relación sexual. Es por ello que el psicoanálisis ofrece más bien la identificación al síntoma, en el centro del cual está inscrita esa imposibilidad. Esa imposibilidad, no obstante, diría que es lo que en estos discursos se forcluye, tal como Lacan señaló que sucede en el discurso capitalista. Quisiera preguntarte de qué modos encontramos este retorno de lo imposible forcluido.

M.B.: Lo primero a tener en cuenta es que el campo de los discursos de género, donde se enmarca este debate y el propio discurso trans, es muy amplio y heterogéneo. Hay posiciones muy diversas, incluso contradictorias, con orientaciones diferentes con respecto a lo que se define como género, como sexo, identidad, transición, síntoma, etc. Nos encontramos con un amplio abanico de posiciones, tal como se señala en el libro de Éric Marty, Les sexe des Modernes, que Jacques-Alain Miller ha elogiado y que es el mejor estudio reciente sobre el tema. Lo que encontramos en común es el hecho de evitar plantear la cuestión sintomática, la realidad sintomática de la sexualidad en el ser humano. Y eso con la idea de que habría que despatologizar cualquier posición sexuada, cualquier identificación a un género, cualquier forma de goce, etc. La posición del psicoanálisis no es despatologizar cualquier posición, sino más bien interrogar la falsa frontera entre lo normal y lo patológico. Es una cuestión clásica que ya Georges Canguilhem, uno de los antecedentes epistémicos del Campo Freudiano, abordó en un precioso libro llamado Lo normal y lo patológico. El psicoanálisis no patologiza necesariamente las identificaciones sexuadas, pero sí interroga el punto de sufrimiento particular que para cada sujeto introduce su relación con la sexualidad: qué es lo que, para cada sujeto, hace síntoma en su relación con la sexualidad. No hay manera de borrar este punto sintomático, sea cual sea la posición, ya sea desde una identificación homosexual o heterosexual, o negando la diferencia, siempre hay la dimensión sintomática. De hecho, Paul B. Preciado lo pone de manifiesto de entrada, cuando explica lo que es sintomático para él, lo que le hace sufrir y le hace sentir encerrado en una jaula. Lo atribuirá al capitalismo, al heteropatriarcado, incluso al psicoanálisis mismo. Pero el sufrimiento del síntoma en relación a la sexualidad está ahí presente de entrada. El testimonio de Paul B. Preciado es el testimonio de alguien que dice haber sufrido en su relación con la sexualidad y que busca salir de una jaula en la que se siente encerrado, ya sea la de su cuerpo o la del discurso del Otro. Es el hilo que le importa recoger al psicoanálisis. Un análisis puede empezar cuando a alguien le aprieta el zapato en su relación con el goce. Y esto no es patologizar las identificaciones sexuales, sino entender, con Freud y con Lacan, que la sexualidad introduce el pathos en el ser humano. Es el primer paso para abordar la cuestión del síntoma de una manera analítica.

D.C.: Partiendo de lo que desarrollas en el texto citado, plantear salir de lo binario a partir de lo no-binario, es ciertamente una paradoja bien binaria. En lo sexual, la lógica binaria del significante no puede más que hablar de aquello representable, es decir, de lo que actualmente se entiende como género y que no deja de seguir la lógica del significante en tanto x se define por un significante para otro significante. Sin embargo, si nos adentramos en el campo del goce, más bien entramos en el campo de lo irrepresentable debido a que en él no hay Otro ante el que hacerse representar. Planteas entonces ese Uno sin Otro como una alteridad radical, una alteridad sin Otro que pueda definirla, y que en el psicoanálisis lacaniano se asocia con lo femenino, más allá de las figuras culturales asociadas a la feminidad. Quisiera preguntarte por qué desde el psicoanálisis se lee esta alteridad radical como lo femenino.

M.B.: Es el horizonte en el que se desarrolla el discurso Lacan, y que aún debemos investigar en sus consecuencias con respecto a los estudios de género y lo trans. Lo primero que me llamó la atención es cómo se aborda la cuestión del binarismo, que es uno de los puntos de la crítica de Paul B. Preciado y de otros autores. No es tan fácil salir de un sistema binario. La propia definición de persona no-binaria, por ejemplo, ya es una definición binaria por sí misma porque se funda en la negación de otro significante. Esta es una prisión que compartimos todos los seres humanos. Por el hecho de habitar el lenguaje, estamos sometidos a esta lógica de la diferencia significante que es siempre una diferencia binaria. La cuestión de la diferencia sexual entre hombres y mujeres está incluida en este paradigma del binarismo, que es la estructura misma del lenguaje. Leyendo a Judith Butler y a los autores que se refieren a esta cuestión, uno se da cuenta de que, en realidad, no salen del binarismo, que el marco binario de los significantes del lenguaje sigue funcionando, aunque sea desplazado a una multiplicación de diferencias, como sucede actualmente en la multiplicación de géneros: LGTBI… Se puede ir alargando el abecedario, pero siempre se acaba por reproducir la estructura binaria del lenguaje. Éric Marty sigue en su libro las elaboraciones de Roland Barthes, de Gilles Deleuze, de Michel Foucault. Barthes ya había planteado que existe lo masculino, lo femenino y lo neutro como un tercer elemento. En un primer momento, parece que lo neutro nos permita salir del paradigma del binarismo, pero en realidad se revela finalmente como su fundamento mismo, como aquello que lo hace posible. Lo «no binario» es también binario en la medida que se opone a lo binario. Es la paradoja misma del lenguaje.

Lacan parte, al principio de su enseñanza, del binarismo fundamental del significante que implica la diferencia de los sexos entre «hombres» y «mujeres». Son los significantes con los que se representa la sexualidad a partir de la lógica del significante que funciona por su diferencia. Dicho de manera simple: el hombre se define por no ser mujer, y la mujer por no ser hombre. Esta es la lógica fálica, que funciona con el símbolo de la presencia o de la ausencia, uno o cero, fálico o castrado. Pero Lacan, a medida que avanza en su enseñanza, ya incluso a finales de los años cincuenta, empieza a plantearse otra lógica que le llevará a la construcción de su famoso objeto a. Es la salida de la lógica binaria que hay que investigar y que está ausente en la teoría de género. El objeto a no funciona por una lógica binaria, por su diferencia con otros objetos. No hay objeto b, c, d… es Lacan mismo quien hablará en los años sesenta de la necesidad de «una nueva lógica» fundada en este objeto a. El objeto a no es un significante, escapa a la lógica binaria a la vez que habita en la diferencia entre dos significantes.

Tu pregunta apunta a lo siguiente: ¿cómo llega Lacan, siguiendo esta lógica del objeto a, a sostener que La mujer no existe? Es decir, que no hay un significante que pueda definir a La mujer en relación a otros significantes. Cuanto más avanza Lacan, más aparece esta dificultad: no encontramos el significante que podría definir a lo femenino en la lógica de la diferencia relativa entre significantes. Es algo que ya encontramos también en la clínica freudiana y que no parece haber cambiado tanto: cuando se trata de la identificación de la mujer, no hay modo de encontrar el significante. Freud encuentra una primera resolución a esta cuestión diciendo que en el inconsciente no hay una inscripción de la diferencia de los sexos, que solo existe el símbolo fálico para representarlos en su diferencia. Lacan partirá de ahí en los años cincuenta, por ejemplo, en su texto La significación del falo. Y encuentra varios puntos en los que la lógica fálica no puede dar cuenta de lo femenino como tal. De hecho, Freud mismo, a medida que iba avanzando, se daba cuenta de que algo no cuadraba cuando intentaba situar la posición femenina con su complejo de Edipo. Lo femenino no se explica en la lógica de la oposición significante falo / castración. Freud concluye que lo femenino es un «continente negro», es la expresión que utiliza. Lacan retoma esa cuestión, y en los años sesenta empieza a elaborar una nueva lógica sobre la cuestión de la feminidad más allá del Edipo, más allá de la lógica fálica, de la lógica de la diferencia entre hombre y mujer. Empieza a construir así el objeto a y luego llegará a la fórmula de La mujer no existe. Aquí es donde abre la temática de lo femenino como una alteridad radical, una alteridad que no se explica con la diferencia relativa entre significantes. Es una diferencia absoluta, para decirlo con otra expresión de Lacan.

Sobre esta cuestión planteada por Lacan y su nueva lógica no he encontrado todavía ninguna referencia en los llamados estudios de género. Algunos se han quedado más bien con la idea, falsa, de un psicoanálisis falocéntrico, heteropartiarcal. Pero tampoco conozco la variedad de estos estudios actuales, debemos investigarlos. Lo que sí está claro es que la crítica de Paul B. Preciado ignora por completo esta referencia. No sólo desconoce la última enseñanza de Lacan, sino que tampoco lee como merece su primera elaboración de la lógica del falo en los años cincuenta. Y hasta donde he leído, tampoco Judith Butler. De manera que hay todo un campo para elaborar y transmitir si queremos entrar en una conversación con las teorías de género actuales y con el mundo de lo trans, muy especialmente a partir de esta última parte de la enseñanza de Lacan. Es aquí donde la cuestión de lo femenino y el aforismo lacaniano La mujer no existe, que será el tema del próximo congreso de la AMP, es una brújula fundamental.

Lucia Icardi: ¿Qué autocrítica puede hacer el psicoanálisis en relación, no a su imposibilidad, pero sí a una dificultad evidente para transmitir la última enseñanza de Lacan? Las teorías de género han elegido tomar -y mal- la primera parte de su enseñanza, de manera deliberada, pero es una pregunta que nos vuelve como un boomerang. En estos años, el psicoanálisis, acusado de sectario y de hablar un idioma que nadie entiende, ha tenido problemas para hacer valer su transmisión; es algo que debe tomar como un interrogante a su cargo para entender por qué este terreno -que era fértil para él- fue tomado por las teorías de género.

M.B.: Algunas teorías de género, también el feminismo, tomaron el discurso del psicoanálisis y la enseñanza de Lacan como una referencia, ya en los años setenta y ochenta del siglo pasado. Fue un efecto de la importación del discurso de Lacan y de los intelectuales franceses a los Estados Unidos. Fue una operación de discurso, y hay que ver ahora cómo la leemos. Se trata de ver cómo recibe ahora el psicoanálisis su propio mensaje de manera invertida a partir de esta importación de la cultura universitaria de los Estados Unidos, que tiene un gran poder de fagocitación. Lacan mismo se quejaba, por ejemplo, en Lituratierra, de esta importación que lo importunaba, y pedía ser leído como merecía. Entonces, hay que ser en primer lugar muy cuidadosos en cómo transmitimos el discurso del psicoanálisis, sobre todo no repitiendo sin saber lo que decimos, porque el malentendido está asegurado. Fue el principio de los seminarios del Campo Freudiano, que está en el origen de la Sección Clínica: una lectura línea a línea de los textos de Lacan sin dar nada por supuesto, y sin quedarse satisfecho con una primera forma de comprender una fórmula, para repetirla sin interrogarla. La palabra autocritica no me termina de gustar, me suena a las asambleas de los partidos de izquierdas donde, por lo general, cada uno terminaba convencido de lo que ya eran sus propios prejuicios. Si algo me gusta de los textos de Lacan es que te obligan a hacer una crítica sistemática de lo que uno cree comprender en una primera lectura. Digamos más bien que es una hetero-crítica constante de lo que uno cree comprender. Con respecto a esta importación de Lacan a los Estados Unidos, Éric Marty subraya en su conversación con Jacques-Alain Miller cómo el psicoanálisis ha sido siempre allí reducido a una ideología de la adaptación. Y habla incluso del puritanismo de Judith Butler, con un lenguaje surgido del pragmatismo y el comportamentalismo americanos. Es desde ahí que vuelve ahora esta extraña crítica al psicoanálisis como supuestamente falocéntrico y heteropatriarcal. Preciado lanza desde ahí una serie de insultos absolutamente fuera de lugar. Llega a acusar al psicoanálisis de haber contribuido a la violencia sexual y al abuso de los niños y las mujeres. ¿Pero dónde habrá leído esto Preciado, de dónde lo saca? El problema es que parece hablar de oídas, sin ninguna cita de apoyo.

Entonces, lo primero es transmitir la importancia de una lectura atenta, salir del efecto endogámico que produce siempre la langue de bois (la lengua vacía), que supone que todos nos entendemos cuando decimos La mujer no existe, o No hay relación sexual. De modo que no hay verdades bíblicas. Me parece muy justificada la crítica que se sostiene en un demuéstreme eso. Es lo que debemos hacer con el sujeto de nuestro tiempo. En este sentido, la conversación de Jacques-Alain Miller con Éric Marty es todo un ejercicio de estilo para encontrar el modo de dirigirnos al sujeto contemporáneo marcado por el significante amo de lo trans, para interrogarlo. Es una conversación que hay que llevar a cabo con una lectura seria.

L.I.: En relación a la transmisión, me preguntaba qué instancias puede asumir el psicoanálisis en el debate público, en la esfera de lo social, incluso a nivel político, donde pueda constituirse como una voz audible. Pensaba, por ejemplo, en las universidades. El germen de las teorías de género en los Estados Unidos se inoculó en las universidades, como ocurre ahora en distintos lugares, como Argentina, donde el psicoanálisis ya no tiene su lugar asegurado, sino que está más bien comprometido y en disputa con las teorías de género. 

M.B.: Hay que generar estos espacios de debate y de conversación públicos. El psicoanalista lacaniano, como decía Jacques-Alain Miller hace ya veinte años, es el que sale del gimnasio para debatir en la plaza pública. El Campo Freudiano ha tenido desde siempre esta vocación de exterioridad, desde su fundación. En los años ochenta en Argentina, una de las ideas fundamentales era esta vocación de exterioridad: generar los espacios del debate público del psicoanálisis. En Argentina el psicoanálisis siempre ha estado en la calle, tanto o más que en los consultorios de los psicoanalistas. Por otra parte, la universidad ha cambiado mucho en las últimas décadas, en todas partes, ya no parece un lugar para un verdadero debate. Aquí en España, como en otros lugares, los espacios de los movimientos sociales son ahora mucho más importantes, son los lugares donde gente joven se interesa por estos temas desde otra perspectiva. Ya no van a la universidad a discutir esto, sino que lo hacen en otros espacios, a veces vinculados a los partidos políticos. La universidad es hoy el lugar de un congelamiento del saber. Cataluña siempre ha sido un lugar muy vivo de movimientos sociales, y debemos estar atentos a ellos para crear espacios de conversación y de discusión. Es una apuesta, hay que salir de la comodidad que genera la propia institución, también la analítica. Si me permites retomar una referencia tan local como exterior, Francesc Tosquelles decía que hay que curar a las instituciones de su enfermedad endogámica. Y la institución analítica no es ajena a ello. Lacan fue el primero que se alzó contra esta inercia endogámica de la institución analítica. Salió disparado de la IPA, expulsado por una fuerza centrífuga y centrípeta a la vez, para encontrarse con los jóvenes de aquella época, la de los años sesenta. El Campo Freudiano es también un efecto de este encuentro.

¿Cómo leer todo esto en la época actual? Es cierto que la universidad no tiene hoy nada que ver con la de Mayo del ‘68. Yo lo escucho ahora en los movimientos sociales, es ahí donde podemos encontrar una interlocución y una sensibilidad por el malestar de nuestro tiempo. Y hay que crear estos espacios. Cuando uno se dirige al otro poniendo en cuestión los acuerdos tácitos que hay en la comunidad analítica, entonces empieza una verdadera conversación. También debemos hacerlo con el mundo y el discurso trans. La orientación que está en el principio del Campo Freudiano es heredera de esta fractura de la institución analítica encerrada sobre sí misma. Es cierto, por ejemplo, que hay analistas que han adoptado una postura de repliegue, que se han quedado en la idea del patriarcado, de la autoridad de la imago paterna, como un discurso universal. Lacan ya se dio cuenta en los años cuarenta del declive imparable de esta imago y del propio patriarcado, pero no para pensar que lo que venía después sería necesariamente mejor. Más bien: del padre a lo peor. Encontramos en Lacan un discurso de una fuerza enorme para entrar en esta conversación, más allá de los clichés con los que el psicoanálisis ha sido leído. Nos toca a nosotros saber producir el lugar de esta fractura de la verdad, allí donde se juega la dimensión política del psicoanálisis.

L.I.: Uno puede intentar transmitir, con las limitaciones de cada uno, de una manera más o menos entendible, algo de la última enseñanza. Pero si uno remite al otro a leer, por ejemplo, El Seminario 23, hay una dificultad real en el encuentro con el texto, que puede terminar expulsándolo de esa potencial transferencia. Hay en los textos una complejidad evidente, e intencionada, manifestada por Lacan justamente para que no se comprenda demasiado rápido. Entonces me pregunto si este lugar éxtimo del psicoanálisis, no terminará auto fagocitándolo.

M.B.: Es cierto, el futuro del psicoanálisis no está asegurado. Y es posible que la dimensión misma del inconsciente se cierre y quede fuera del discurso contemporáneo. Lacan no lo excluía, muy al contrario, le parecía más que probable. Nos toca a los analistas hacer existir este discurso. Siempre me ha llamado la atención cómo Lacan, en los años sesenta y setenta, diciendo cosas que no se comprendían, podía percutir en el discurso de la época. Lo hacía con significantes que no se entendían de entrada pero que resonaban en el discurso común. Y así Lacan fue un best seller, consiguió hacer pasar ciertos significantes a su época de una manera llamativa. ¿Cómo hacerlo hoy, cuando el ruido ambiente es mucho mayor? Con un discurso que no se deje fagocitar por el discurso ambiente, por un lado, y encontrando la manera de hacer resonar los significantes del psicoanálisis por otra. Como decía Paul Valery, con las palabras gastadas de la tribu crear un estilo y generar efectos de discurso en el mundo contemporáneo. No debemos perderlo nunca de vista, porque si no, como tú dices, todo se cierra cuando parece que nos entendemos entre nosotros. Hacemos seminarios, suponemos que nos entendemos en el interior, pero resulta que no nos hacemos escuchar en el exterior. Es algo que ocurre en todos los campos del saber, científicos o no, que tienden a tener un lenguaje endogámico. Si hay alguien que ha ido a contracorriente de esta inercia ha sido Jacques-Alain Miller, que aclara la supuesta oscuridad de Lacan, descifrando sus textos. Y esta operación de lectura genera una enorme fuerza de trabajo, un campo de transferencia de trabajo en extensión. Pues bien, nos toca a cada uno hacer también este trabajo. Que lo haga uno es condición necesaria, pero no es condición suficiente. Me he dado cuenta, por ejemplo, que para trasmitir la cuestión de la lógica no binaria que Lacan introduce en los años sesenta, hay que romperse la cabeza con sus textos para que algo pase al discurso contemporáneo. Todo esto no será imitando a Lacan. Él mismo decía: “hagan como yo, y no me imiten”. En todo caso, el debate sobre lo trans es hoy una muy buena ocasión —en la clínica, epistémica y políticamente—, para hacer esta operación. Hay que volver a interrogar lo que creemos entender sobre la sexualidad, sobre las identificaciones, sobre la diferencia entre los sexos, para actualizarlo y transmitirlo de una manera lo más clara posible.

L.I.: Miller hace unos días, en la presentación para la Revista de Psicoanálisis en Rusia, manifestó que había que llevar adelante una petición radical en contra de la ley trans que se discutirá en Francia. Probablemente entonces vaya a haber una avanzada pública del psicoanálisis en contra de dicha ley. Hoy en España se debate la ley en el Congreso. ¿Cree que es la buena manera ir abiertamente en contra de la ley?

M.B.: No hay un consenso sobre ello en nuestro campo. Es lo que he podido comprobar. Hay que ponerlo a debate en una conversación. ¿Qué os parece a vosotros? ¿Creéis que puede producir un efecto de rebote? Me interesa mucho lo que penséis sobre esto.

Trinidad Valente: Creo que ir en contra sería posicionarse en el lugar del universal también, del no a la ley, cuando en realidad el discurso del psicoanálisis es otro, promover la escucha uno por uno.

L.I.: Me parece distinto lo que ocurrió en el 2017 con la campaña contra Marine Le Pen que concluyó con la fórmula: Campo freudiano, año cero. En aquel momento la subsistencia del psicoanálisis se veía comprometida, por no estar asegurado en el porvenir un Estado de derecho. En ese punto, me parece prudente. Pero creo que ahora se trata de otra cosa. Pronunciarse decididamente en oposición sería contradictorio respecto al principio mismo que defiende: que el goce no puede ser atrapado por el binarismo significante. Allí hay cierta afinidad entre los postulados de ambos discursos. Las teorías de género son una consecuencia de ello, por eso Simone de Beauvoir o Judith Butler dialogan con el psicoanálisis y lo interpelan. En consecuencia, creo que sería ir en contra de sí mismo, si no se introducen matices. Además de las consecuencias sociales, que pueden ser complejas.

M.B.: Está claro que estamos en un momento de incertidumbre. Hay una fractura de la verdad en torno a este asunto, no sólo en el campo analítico, sino que es algo que está presente en el mundo social y político. Dentro del feminismo mismo hay muchas mujeres que dicen que esta ley trans irá en contra de los derechos que se han conseguido durante años de lucha. Es una división y un síntoma que el psicoanálisis debe saber leer. Hay una fractura cuando se introduce en el debate sobre las identidades sexuales la dimensión de lo femenino.

D.C.: A mí me parece un tanto problemático situarse explícitamente en contra de la supuesta verdad de la ley porque fácilmente puede caer en la lógica especular que solemos presenciar en los debates actuales. Hago esta lectura de lo que Miller planteó como la época donde el Otro no existe y de la caída del Nombre del Padre, en la que a falta de la excepción que permite crear un conjunto, vemos la tendencia, ya no a definirnos en relación a esta excepción, sino más bien a partir de la diferencia con el otro especular, de definir el yo confrontándolo a otros que son definidos como su contrario, con todas las connotaciones agresivas propias de esa lógica. Lo que paradójicamente aparece, no obstante -y creo que el discurso de Preciado participa de ello- es que a la vez que hay esa definición a partir del contrario, hay un llamado al Otro para que reconozca la posición que se defiende. Preciado, con su intervención en las Jornadas, no viene a abrir un diálogo sino a plantear una confrontación que no obstante luego es dada al Otro de la opinión pública en forma de libro. Es la omnipresencia de esta lógica en lo político y en lo social, lo que me hace pensar que yendo frontalmente contra la ley se puede caer fácilmente en este tipo de disputas, donde se hace muy difícil hacer escuchar algo que no tome el cariz de agresividad especular y sea rechazado por ello. Por eso me parece interesante lo que planteas sobre la fractura de la verdad que observamos que se produce en relación a este tema, pues es ahí, en aquello que hace síntoma, donde quizás se pueda tratar de crear un espacio de pregunta, donde poder desarrollar un debate en el que poder incluir algo de lo imposible que aparece en el mismo síntoma. 

M.B.: Efectivamente, en relación a este proyecto de ley se ha abierto un espacio de fractura de la verdad. En los propios partidos políticos llamados de izquierda y en los movimientos sociales que han tratado el tema, hay posiciones muy diversas. En una sociedad democrática, es algo que necesita de una conversación argumentada. Dicho esto, la pregunta está justificada: ¿es conveniente ir explícitamente en contra de esta ley o no? Yo debo decir que, por principio, cuantas menos leyes, mejor. Es algo que Spinoza tenía claro: quien pretende regularlo todo por medio de leyes, produce estragos. Cuanto más se quiere legislar sobre las costumbres, sobre las formas de goce, más efectos negativos se producen en lo social. Precisamente por lo delicado que es la relación del sujeto con el sexo —complicado porque es singular, porque el deseo del sujeto está siempre fuera de la norma—, querer hacer una norma jurídica sobre las identidades sexuales, ya de entrada es una cuestión que hay que interrogar. Cuanto menos legislemos, mejor. Ahora bien, dicho esto, hay formas diversas de legislar. Yo encuentro un punto delirante en el proyecto de ley tal como se ha planteado. Digo delirante sin ánimo de ofender, no es ninguna ofensa, puesto que en el psicoanálisis sabemos que todos deliramos de una forma u otra. El punto delirante se refiere a los actos performativos, a tomar como un acto de certeza, como una realidad efectiva, la enunciación sobre mi propia identidad. Es decir, cuando viene un niño o una niña de cinco años y dice yo soy una niña o yo soy un niño ¿qué valor de verdad debemos dar a este enunciado para sacar consecuencias en el tratamiento tal como propone este proyecto de ley? Lo que está diciendo este proyecto es, por ejemplo, que sujetos entre los doce y los dieciséis años pueden pedir un tratamiento hormonal sin consentimiento de los padres, sólo por intermedio de un representante legal que toma el enunciado yo soy un hombre o yo soy una mujer como una verdad sobre la que no hace falta preguntar nada. Preguntarle al sujeto por las razones de esta afirmación sobre su ser es considerado inoportuno, incluso patologizador. Los padres no pueden oponerse a ello. Si se oponen, puede tener, pues, consecuencias legales. Y todo ello está fundamentado en lo que el psicoanálisis escucha como un delirio del yo, tan delirante por otra parte como decir yo soy psicoanalista. Ya en los años ’40, Lacan sostenía que es un enunciado tan delirante como decir yo soy una guacamaya, o yo soy ciudadano de la república francesa. En este punto, creo que el proyecto de ley, queriendo legislar sobre los derechos de las personas, con todas las buenas intenciones del mundo, se apoya en el delirio del yo, es decir, en la identidad del yo y del sujeto. ¿No convendría antes un profundo análisis de lo que quiere decir para cada sujeto singular esta afirmación, que puede tener entonces consecuencias irreversibles? El proyecto de ley deja fuera de lugar al sujeto del inconsciente, impide hacer ningún historial sobre la cuestión, situar al sujeto de la palabra y del goce en relación a esta afirmación que se toma como un acto performativo, de autodefinición incuestionada, suficiente por sí misma para iniciar un tratamiento hormonal o quirúrgico. La cuestión es fundamental si consideramos, ya desde Freud, que la pubertad supone un reinicio de la vida sexual del sujeto, que el encuentro con lo real del goce del cuerpo implica poner patas para arriba todo el andamiaje de las identificaciones en las que se sostiene su relación con el goce. Y es un tiempo para comprender que, hay que decirlo, hoy se extiende en muchos casos varias décadas en la vida del sujeto. Conocemos ya muchos casos de desencanto, incluso de experiencias trágicas, en sujetos que no han encontrado lo que esperaban y que no han sido escuchados antes en su singularidad. ¿Cómo hacer con esto una ley para todos? Pero ¿quiénes son hoy todos los trans? Es un cajón de sastre.

Cuando el legislador quiere legislar para todos sobre la cuestión del goce sexual, se pierde inevitablemente, empieza a delirar según los fantasmas de la época, fantasmas que son de hecho delirios compartidos. Como decía Lacan en Subversión del sujeto y dialéctica de deseo: en este punto, el legislador es un impostor. No la ley, añade de inmediato, entendiendo que es la ley simbólica de la palabra y del lenguaje. La ley de la palabra y del lenguaje no es la norma jurídica. Y cuando se trata del goce, no hay modo de encontrar una norma jurídica que funcione como una ley del Otro que valga para todos. Hay que ir necesariamente uno por uno. Por lo tanto, es necesario ver caso por caso qué quiere decir un deseo trans. La impostura es querer regular normativamente una relación del sujeto con su cuerpo y con el goce sin escucharlo en su singularidad.

Me he encontrado en la consulta con adolescentes que vienen con una pregunta sobre su identidad sexual, también con un deseo trans. Y es fundamental poner por delante la ley de la palabra antes de hacer cualquier recurso a una norma jurídica. Hay que preguntar, por ejemplo, desde cuándo apareció ese deseo, en qué coyuntura se produjo. Hay que distinguir si se trata de una posición que es resultado de una forclusión de cualquier vínculo simbólico con el sexo, o si se trata de estrategias de identificación simbólica ante la aparición de un goce extraño. Pero el proyecto de ley no permite distinguir nada de todo esto. Es muy distinto si se trata de una neurosis o de una psicosis. Y esto no es patologizar. Para nosotros la histeria es el principio del discurso y del vínculo social. Pero tiene sus síntomas, y es diferente que escuchar a un verdadero trans, cuando dice siento que me estoy transformando en mujer. Cuando hay esa certeza, la norma jurídica no sirve de nada, hay que ver entonces cómo acompañar al sujeto en un síntoma que se incluye en un proceso que es siempre complejo.

Jacques-Alain Miller señalaba en su texto Dócil a lo trans que el analista debe ser dócil de la misma manera que Freud fue dócil al discurso histérico. Es una orientación política y clínica para no dejarnos embarcar en un discurso que, de manera aparentemente progresista, puede ser de lo más reaccionario. Cambiar al Padre por la testosterona no es necesariamente más benéfico. El paraíso soñado por el discurso trans puede ser un infierno para algunos sujetos.

T.V.: Me pregunto, a partir de haber visto el documental Tren trans, en relación con la transición y la destransición. Hay algo que me parece que la ley no contempla: son estos casos en los que efectivamente se ha llevado adelante el proceso de transición -ya sea con operaciones o la ingesta de hormonas- y que testimonian sobre el hecho de que ese malestar, que se ubica en el cuerpo, no desaparece con la inmediatez de los posibles tratamientos. Entonces, frente a la prisa y lo que la ley viene a garantizar que es la solución inmediata ¿qué lugar para aquellos que ya hoy están testimoniando de eso que no viene a solucionar el agujero que percute en el cuerpo? ¿Cómo visibilizar algo de esa parte del movimiento que hoy en día queda un poco taponado por la idea que la ley promueve como universal la solución inmediata para lo insoportable del goce? Ya Miquel Missé lo había anticipado en la conferencia que tuvo lugar en la Biblioteca del Campo Freudiano: ustedes se las tendrán que ver con la clínica del arrepentimiento.

M.B.: Ese punto es fundamental, en efecto. Esta clínica del arrepentimiento es justo lo inverso que encontramos en el discurso de Paul B. Preciado, donde se trataba de un proceso siempre reversible. El hablaba de la transición como un baile en el que ahora voy, ahora vuelvo, y lo proponía casi como un divertimento. Cuando encontramos a un verdadero trans es un viaje sin billete de vuelta. Y a veces de una vuelta sin haber ido.

T.V.: Además, Preciado habla de una cuestión que es fundamental: el reconocimiento del Otro, sin identificación.

M.B.: Si, él pide un reconocimiento como no identificado. Esta es también una modalidad posible. Hay quien no quiere ni puede ser reconocido de ninguna manera, hay quien pide ser reconocido con esta paradoja, ser reconocido como no identificado. Es un pedido de reconocimiento y hay que escucharlo así. Pero deducir de ello que cuando alguien se define como trans se trata de una experiencia de viaje a la alteridad del Otro sexo, eso es otra cuestión.

T.V.: Y más en niños pequeños…

M.B.: En niños pequeños y en adolescentes. Si entendemos la pubertad como un reinicio de la vida sexual, hay que esperar a ver qué pasa cuando el cuerpo estalla en mil pedazos con la irrupción del goce sexual y hay que recomponer todas las identificaciones de nuevo. Eso es algo fundamental y el proyecto de ley no lo contempla. Por eso, en cuestiones como esta lo mejor no es legislar. Hay sujetos que en nombre de la ley pueden ser empujados a algo que es irreversible.

T.V.: Eso me parece que se pone de manifiesto muy claramente en el documental. Muchos de los que están en el proceso de destransición hacen alusión a esto, hay algo que se perdió para siempre. Una de las preguntas que me despertó el documental, después de escuchar la respuesta de los médicos que reciben las demandas de transición es: ¿de qué se trata, de escuchar al sujeto o de taponar la angustia de quien los recibe?

M.B: Exacto, es sobre esto que hay que conversar. Hay ya muchos testimonios que podemos tomar de sujetos que han tenido experiencias desastrosas siguiendo las mejores intenciones del Otro. Hay que abrir en cada caso una conversación, y también escuchar si algo empuja a un punto delirante. Dar un valor performativo a un enunciado —ya sea en lo que consideramos un niño, un adolescente o un adulto— sin antes interrogarlo, puede contribuir a alimentar un delirio. Por otra parte, vemos ya que hay una normatividad del discurso trans que se está instaurando como una suerte de norma fálica a la cual identificarse y que eso plantea dificultades a nivel del Otro social, que con frecuencia no puede escuchar ni, debemos añadir, interpretar de qué se trata. La cuestión es entrar en conversación con estos discursos, no con un prejuicio dado de entrada. Con respecto a esto, a mí siempre me ha parecido que hay una nueva moralina en la supuesta liberación sexual, que es también un retorno del discurso americano. Después de la época hippie de los sesenta, era de prever: vino una moralina que, en nombre de la liberación sexual, introdujo nuevos significantes amos que no son mejores que los anteriores.

Ciertas formas de feminidad, ciertas formas de hacer aparecer lo femenino o lo masculino, son hoy tildadas de reaccionarias, de heteropatriarcales, etc. Pero, a la vez, comienza a aparecer un discurso que va a la contra de esta crítica, que retoma lo que era objeto causa de deseo rechazado y lo hace aparecer ahora de nuevo en ese lugar. Lo que en un momento era objeto causa del deseo se convierte en un ideal rechazado, y a la inversa, lo que era un ideal rechazado se convierte ahora en causa del deseo. Hay una banda de Moebius en la que el objeto causa del deseo se convierte en significante amo. Uno se trasviste en otro, es otro viaje trans. El discurso de la moda funciona así, pero también los discursos identitarios. Lo trans viene a llenar el vacío que abre la pregunta ¿qué es lo que quieres? Éric Marty también plantea algo así: el discurso del género ha venido a llenar un vacío y se ha instaurado en un nuevo significante amo para inducir polos de identificación. En su libro estudia muy bien cómo el discurso de la teoría de género iniciado por Judith Butler, especialmente en EEUU y el mundo anglosajón, lo fagocitó todo, lo metió en la centrifugadora, incluyendo también a Lacan. Pero la propia Judith Butler pone ahora en cuestión su referencia a la noción de género. Seguramente, es ahora un buen momento para volver a leer esos textos. Leerlos ahora, con esta perspectiva, para entrar en conversación con un discurso que diluye lo más importante que aporta la experiencia del psicoanálisis.

04 de juny 2021

Un regal de Califòrnia

El dia de la presentació de «Boscúria» a la llibreria Byron (podeu seguir-la aquí), després de l'agradable conversa que vam desenvolupar a partir de la seva afectuosa lectura del llibre, Xavier Antich em va fer arribar un petit text de John Steinbeck que em va colpir de manera especial. Ell sabia, perquè també ha sabut entrar i sortir dels boscos dels quals parlo a «Boscúria», que aquest «regal de Califòrnia» seria també un regal de boscúria. Heus ací el text.

 

«Les sequoies, un cop vistes, deixen una marca o creen una visió que resten per sempre amb nosaltres. Ningú no ha aconseguit mai pintar-ne o fotografiar-ne ni una amb èxit. La sensació que produeixen és intransferible. N’arriba només silenci i recolliment. No és només la seva alçada increïble, ni el color que sembla canviar i modificar-se davant els teus propis ulls. No, és que no són com cap altre arbre que jo conegui, són ambaixadors d’una altra època. Tenen el misteri de les falgueres que van desaparèixer fa un milió d’anys i es van convertir en el lignit de l’era carbonífera. Posseeixen una llum i una ombra pròpies. Fins i tot els homes i dones més banals i despreocupats o irreverents se senten dominats per una sorpresa i per un respecte màgics davant la presència de les sequoies. Respecte... aquesta és la paraula! Hom sent la necessitat d’inclinar-se davant uns sobirans indiscutibles. Conec aquests gegants des de la meva més tendra infantesa, he viscut entre ells, he acampat i he dormit al costat dels seus càlids i monstruosos cossos, i malgrat la llarga relació que he tingut amb ells no he estat capaç de menysprear-los mai. I es tracta d'un sentiment que no és exclusivament meu, ni de bon tros.

Fa molts anys, un nouvingut es va traslladar a la meva terra, a prop de Monterrey. Se li devien haver afeblit i atrofiat els sentits amb els diners i el fet d’aconseguir-los. Va comprar un bosquet d’arbres de fulla perenne en una profunda vall, a prop de la costa, i després, fent ús del seu dret de propietat, els va talar, va vendre la fusta i va deixar a terra els rastres de la carnisseria. La sorpresa i la indignació esglaiada van inundar el poble. No era només un assassinat sinó un sacrilegi. Miràvem aquell home amb aversió, i va estar marcat per aquell fet fins al dia de la seva mort. [...]

Em vaig quedar dos dies al costat dels cossos dels gegants, dos dies sense viatgers, ni grups corrent amb càmeres fotogràfiques. Hi havia un silenci de catedral, allà. Potser la gruixuda i tova escorça de les sequoies absorbeix el soroll i crea el silenci. Els arbres s’eleven rectes cap al zenit. No hi ha horitzó. Es fa de dia molt d’hora i l’alba hi continua fins que el sol és ja ben alt. Després, el fullatge, que té una verdor de falguera, filtra des de molt amunt la llum del sol i li dona un to d’un daurat verdós i la distribueix en llamps o més aviat en llenques de llum i d’ombra. Després que el sol passi pel zenit, ve la tarda i tot seguit el capvespre, amb una penombra remorejant, fins que torna el matí.

Així és com es modifiquen el temps i les divisions ordinàries del dia. Per a mi, l’alba i el capvespre són períodes silenciosos. Els ocells es desplacen a través de la llum tènue o creuen com centelles els raigs del sol, però ben silenciosos. Sota els peus, hi ha un matalàs d’agulles que ha anat dipositant-se al llarg de dos mil anys. No s’hi pot sentir cap mena de remor de petjades, en aquesta gruixuda manta. Jo hi experimento una sensació remota i enclaustrada. Ningú s’atreveix a parlar, per por d’alterar alguna cosa... Què, però? He tingut la sensació, des de la meva infantesa, que als boscos de sequoies estava passant alguna cosa, una cosa de la qual jo no en formava part. I per si havia oblidat aquesta sensació, aviat vaig tornar a experimentar-la. [...]

La gent que no té aquesta experiència comença a tenir aquí una sensació de desassossec, de perill, d’estar atrapat, tancat i desconcertat. No és només l’alçada que tenen aquestes sequoies el que els espanta, sinó com són d’estranyes. I per què no? Són els últims membres d’una espècie que va florir a quatre continents tan enrere en el temps com és el període juràssic. S’han trobat fòssils d’aquests ancians que dataven de l’era del cretaci mentre que en l’eocè i el miocè estaven escampats per Anglaterra i el continent europeu i Amèrica. I després, les glaceres van anar baixant i escombrant aquests titans irremissiblement. I només en resten aquests pocs: un record sorprenent de com era el món molt de temps enrere. ¿És possible que no ens agradi que ens recordin que som molt joves i novells en un món que ja era vell quan nosaltres hi vam arribar? ¿Podria ser que hi hagués una ferma resistència a l’evidència que un món viu seguirà el seu camí majestuosament, quan nosaltres ja no l'habitarem?»


JOHN STEINBECK. Travels with Charlie (1962).

 

04 de maig 2021

El «pousse-au-trans» o la normalitat trans

Introducció a la intervenció a l'Escola Lacaniana de Psicoanàlisi, a l'espai dedicat al tema del proper congrés de l'Associació Mundial de Psicoanàlisi, 2022: «La dona no existeix».



L'empenta o l'empenyiment al «trans»

- «Trans», «transsexual», designava en un temps el passatge d'un lloc a un altre, el passatge a un Altre lloc que es representava o s'experimentava com el gaudi de l'Altre sexe, de l'Altre lloc, o fins i tot com el gaudi del lloc de l'Altre, un gaudi del cos no-fàl·lic, efecte d'una «elisió del fal·lus» (com indica Lacan a la seva «Qüestió preliminar...», on parla del gaudi transsexualista).

Així, podíem parlar, als anys cinquanta-vuitanta del segle passat, de l'empenta trans com l'«empenta a La dona» [pousse à La femme].

Avui aquesta referència no recobreix de cap manera el que es diu «trans» en el llenguatge i en el discurs de la nostra època. «Trans» és un significant, un prefix, que s'ha convertit en un calaix de sastre en el qual hem de distingir posicions de gaudi molt diverses: des de psicosis desencadenades, psicosis ordinàries, neurosis, també trets de perversió. Per a nosaltres és avui un significant transclínic: «despatologitzat» en la mesura que s'ha convertit en part del discurs de la normalitat comuna. És també la normalitat del «trans».

De fet, podem molt bé dir (crec que és una lectura possible del text de Jacques-Alain Miler, «Dòcil al trans») que el discurs del subjecte histèric s'ha enganxat a aquest significant amo d'una manera epidèmica, com un significant amo de la nostra època.

I és també el que podem escoltar a la clínica actual.

L'analista ha de ser dòcil al significant «trans» (no als trans com a tal) de la mateixa manera que Freud va ser dòcil als significants del subjecte histèric de la seva època.

Així doncs, avui l'«empenta al trans» no pot llegir-se ni superposar-se a l' «empenta a la dona» tal com podíem llegir-ho en el text de Lacan de 1958.

I ens planteja una paradoxa interessant, una paradoxa en la idea mateixa de passatge, de trànsit d'un lloc a un altre.

- Jacques-Alain Miller deia aquest 2 de maig: "El canvi trans és avui un plus de gaudi en si mateix». El plus de gaudi (promès o exigit) no es troba en el lloc de l'Altre sinó en el passatge mateix cap a aquest lloc. No és l'empenta a l'Altre gaudi (si existís, només existeix realment en l'empenta a la dona en les psicosis, en una certesa del gaudi Altre), no és l'empenta de l'Un a l'Altre, sinó que és l'empenta a l'interval mateix que s'obre entre l'Un i l'Altre. El gaudi està en transitar, no en arribar. (N'és un bon exemple el que explicava Miquel Missé a propòsit del seu llibre, «A la conquesta del cos equivocat»: el canvi de sexe no existeix, l'important avui és l'espai, més o menys ambigu, indeterminat, sense certesa, que s'obre amb el trànsit mateix).

No es tracta de gaudir d'un Altre lloc sinó de gaudir del trànsit mateix cap a un Altre lloc que, en realitat, no existeix ni consisteix com a tal, en la major part dels casos, en res precís per al subjecte.

- Llavors, parlar de l'empenta al trans: ¿no seria més aviat un pleonasme, una redundància? És com dir «l'empenta a l'empenta», és una empenta que obre un espai impossible de recórrer de l'Un a l'altre, a l'estil de l'espai que Lacan considerava -a l'inici del seu Seminari XX, «Encara» - en la paradoxa d'Aquil·les i la tortuga. I cal no oblidar que per Lacan el més interessant d'aquesta paradoxa no és només que Aquil·les no pot arribar mai a atrapar la tortuga -només pot atrapar-la en la infinitud- sinó que la pròpia tortuga és «tortuga per si mateixa», és una Altra per si mateixa. Ella també es troba en aquesta paradoxa, que és finalment la paradoxa de l'interval real entre l'Un i l'Altre, un interval que no pot mai recórrer del tot, que no pot fer mai un «tot» per transitar. Només amb la lògica de el «no-tot» podem abordar les paradoxes del gaudi, també quan es tracta avui de l' «empenta al gaudi trans».

Diguem llavors que aquesta «empenta al trans» és un esdeveniment de civilització, un significant que mostra el seu vessant d'un nou ideal, i que té conseqüències no només clíniques, sinó també epistèmiques i polítiques. I el discurs de la psicoanàlisi ha de saber escoltar-lo en cadascun d'aquests registres sense tenir un judici previ sobre la seva significació, cap prejudici.

Valgui aquesta introducció per presentar-vos el que he estat treballant aquests últims mesos a partir del discurs, una diatriba més aviat, que Paul B. Preciado va llançar a l'auditori de les Jornades de la ECF (novembre de 2019). Són una sèrie d'observacions al seu discurs, publicat com «Jo sóc el monstre que us parla. Informe per a una acadèmia de psicoanalistes » (Anagrama 2020), i que he reunit en un text que acabo d'enviar a l'editorial Grama, dels nostres col·legues a l'EOL d'Argentina, i que es publicarà pròximament:« La diferència dels sexes no existeix en l'inconscient». 

Exposaré algunes d'aquestes observacions en la perspectiva del nostre treball d'Escola cap al Congrés de l'AMP de 2022: «La dona no existeix».

29 d’abril 2021

Trauma col·lectiu i marques singulars











Vivim en una època d'experiències traumàtiques col·lectives. Ja sigui en els esclats de violència en massa o en les pandèmies globals, cada vegada més freqüents, es tracta d'una dimensió col·lectiva del trauma que sembla ja que forma part de la quotidianitat del subjecte contemporani. És un fenomen augmentat i promogut per la immediatesa i la difusió global d'informacions i d'imatges que permeten assistir, moltes vegades «en directe», a esclats de violència i de patiment que es succeeixen alhora i en diverses parts de món. Les pantalles de televisions, ordinadors i mòbils, les reprodueixen d'una manera que sembla reduplicar la pantalla del fantasma particular de cada subjecte. Gairebé res pot semblar inesperat en aquesta reduplicació instantània. L'efecte col·lectiu produït no és tant una banalització del mal o de la violència sinó la seva elevació al lloc d'un nou objecte que brilla amb la seva fosca presència al zenit social. Fins i tot la violència més arbitrària i sense un fi determinat sembla que s’hagi convertit, ella mateixa, en un objecte que ve a el lloc de la Cosa freudiana, das Ding. Aquest objecte és, però, innombrable i sense representació possible en el fantasma de cada subjecte. Escoltem amb freqüència en la consulta del psicoanalista l'efecte que produeix de manera individual: un sentiment d'irrealitat, de viure com en una pel·lícula el relat distòpic sobre un objecte innombrable, tan familiar com estrany.

Podríem arribar a parlar d'una sublimació de la violència, de la seva elevació com a objecte a la dignitat de la Cosa? La fascinació i el rebuig que produeix en el fantasma de cada subjecte mostren i encobreixen alhora amb la seva pantalla la relació més íntima amb la pulsió de mort, aquest oxímoron que reuneix en una mateixa expressió l’impuls de la vida i la seva pròpia destrucció. No hi ha res, però, de "instint natural" en la violència humana, tal com suposem que existeix al regne animal. No hi ha, de fet, instint violent en l’inhumà del que és humà. Es tracta d'un dels productes inherents a la cultura, en cadascuna de les seves formacions simbòliques per diverses que semblin.


D'altra banda, subratllem que la pantalla més o menys fascinant del fantasma davant la realitat del passatge a l'acte violent, especialment quan es tracta d'experiències traumàtiques de massa, tendeix a fer desaparèixer la singularitat del subjecte de l'inconscient com una resposta del real. Cada subjecte produeix els seus somnis i els seus malsons singulars sobre aquestes experiències comunes. Dit d'una altra manera: no hi ha experiència col·lectiva de la mort, només hi ha experiència un per un, en la seva singularitat irreductible, del fet d’ésser mortal. Existeix, per una banda, un fenomen d'identificació grupal que de vegades té un primer efecte apaivagador per al subjecte de l'experiència traumàtica, i que es pren de vegades com a fi terapèutic promovent aquestes identificacions. Però allò que ajuda a la identificació amb el grup, en la solidaritat de les identificacions, deixa sempre a l'espera l'elaboració d'allò més singular del fantasma de cada subjecte com a pantalla davant la realitat, sempre imprevisible. L'efecte d'identificació no hauria d'ocultar llavors el que és irreductible d'aquella singularitat.


Aquest fet és d'especial importància quan es tracta d'abordar el tractament de subjectes que han patit esdeveniments traumàtics en massa. En cada cas, el que es revela com a més important, com el nus real de l'experiència, no és tant allò que va passar, i que pot explicar-se com a esdeveniment col·lectiu, allò que es pot compartir també amb l'Altre de la comunitat en l'eix de les identificacions. En cada cas, el que apareix com irreductible a la identificació, com allò que es repeteix de manera incessant en el record o en el malson diari, és una cosa que no ha arribat a ocórrer però que, precisament per això, no cessa de no realitzar-se, no cessa de no escriure’s en la realitat de la seva vida, i que torna una i altra vegada com un forat en el real impossible de localitzar en aquesta realitat.


Una orientació clínica es dedueix de tot això: la possibilitat d'un veritable treball de dol sobre l'experiència traumàtica ha de tenir en compte de manera molt especial aquest nus del real al voltant de el qual gira tota possible elaboració significant. I és sempre un treball sobre les marques singulars que ha deixat el real per a cada subjecte.


«Un moment més i la bomba esclatava», per citar de nou l'exemple que Jacques Lacan va prendre del lingüista a l'hora de situar aquest temps, singular i fora de la simbolització comuna, del trauma. És un temps sempre per venir. La bomba va esclatar, en efecte, per al col·lectiu. No obstant això, en algun lloc la bomba no cessa de no esclatar per a cada subjecte, i espera la seva resposta en una trobada sempre fallida. El real del trauma deixa així una marca que queda a l'espera d'una resposta. I l'analista ha de saber acompanyar cada subjecte per donar aquesta resposta, sempre singular i imprevisible, a l'experiència col·lectiva del trauma.

24 de març 2021

Punto de capitón





 















Jacques-Alain Miller, Polémica política
Textos recopilados por Andrés Borderías
Editorial Gredos, Barcelona 2021

  

Aquí está, es la conversación analítica que pone en acto aquel axioma lacaniano: «el inconsciente es la política». Este precioso y grueso volumen — 527 páginas — reúne una serie de textos, intervenciones, conferencias, entrevistas, artículos de prensa, conversaciones diversas, entradas de Blog, elogios y diatribas, crónicas y objetos-dardo (objets-dard) de Jacques-Alain Miller producidos durante un densísimo periodo de actividad, desde marzo a junio de 2017. Cuatro meses que supusieron un corte radical, un recomienzo, en el movimiento del Campo Freudiano y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. Cuatro meses que significaron una interpretación de la actualidad de la política y del psicoanálisis mismo, un «punto de capitón», título del texto que abre el volumen y también del Seminario que marcó las bases para una nueva época de la orientación lacaniana. Es probablemente su momento de inflexión más decisivo después de Sigmund Freud y con Jacques Lacan, el punto cero de su extensión al campo de la política, con la apuesta y la creación de la red internacional que lleva el nombre Zadig (zero abjection democratic international group). Lo que quiere decir: un llamado para que el psicoanalista esté de manera decidida a la altura de la subjetividad de su época, con todas las consecuencias políticas fuera de las cuales el psicoanálisis deja de ser lo que es como experiencia desde sus principios. Zadig no funciona como un partido político. De hecho, queda excluida cualquier militancia en sus impulsores. No un partido político, pero sí para tomar partido de manera clara en una coyuntura global donde la fractura de la verdad —la verdad, siempre no toda— hace cada vez más difícil una conversación que ponga a cada uno en su lugar de sujeto, de sujeto responsable de su palabra. Tal vez sea éste un principio de la política del psicoanálisis, la política del síntoma, que podemos extraer de la lectura de estas páginas: que cada sujeto se haga responsable de cada uno de los efectos de aquello que dice. Solo que este sujeto no siempre recibe su propio mensaje para saber hacerse cargo de él. Y alguien debe hacérselo llegar de la buena manera. También cuando se trata del político, también cuando se trata del psicoanalista.

    ¿Qué es, pues, Polémica política? Es la carta robada —carta en souffrance, a la vista de todos, pero escondida a la de cada uno— de la historia del psicoanálisis. Escrita con tinta invisible, però extendiéndose como un reguero de pólvora, es una línea que empieza con la tesis defendida por el fundador del psicoanálisis: la «psicología individual» es también una «psicología colectiva» [1]. La línea sigue con Jacques Lacan: «La intrusión del psicoanálisis en la política sólo puede hacerse reconociendo que no hay discurso, y no solamente analítico, que no sea del goce» [2]. Y llega ahora, clara como la luz del día, para leerse en esta nueva página que Jacques-Alain Miller abrió en el Campo Freudiano: «Tengo un proyecto: hacernos presentes no solamente en la clínica, en la psicología individual, como dice Freud, sino también en la psicología individual en cuanto que colectiva, es decir, en el campo político. No como un partido político, sino como psicoanalistas que pueden aportar algo a la humanidad en este momento de la o de las civilizaciones. Esta aportación, Lacan lo dijo y lo repitió, él la esperaba, pero no llegó a concretarla. No consiguió la apertura que tenemos nosotros ahora. Él no dio este paso, pero todo su discurso converge en ese punto.»[3]

    Leído desde ahora, este punto de convergencia no dejaba de no escribirse en la historia del psicoanálisis. Y ahora hay que dar el paso, el psicoanálisis, debe hacer este «pase» si quiere atravesar el siglo XXI y seguir siendo una práctica de acuerdo con sus principios, una práctica que no quede diluida en el confuso mundo de las prácticas «psi». No es seguro que todos los analistas quieran dar este paso —es más bien imposible, porque no hay «todos los analistas»—, hay que leerlos uno por uno. En realidad, a juzgar por varios efectos de esta apuesta —que hace temblar, de hecho, los cómodos asentamientos instituidos—, algunos parecen mostrarse un poco reticentes, temerosos de dejar caer la túnica de Nesos con la que a veces se piensan a cubierto del malestar contemporáneo, la túnica que Lacan igualó a la transferencia, al sujeto-supuesto-saber que encarnan para cada sujeto en la intimidad de su consultorio. La túnica les quema —es lo propio de la túnica de Nesos— y Jacques-Alain Miller no piensa, en estas páginas, aliviarlos de esta quemazón, tampoco de los efectos del resquemor. Polémica política —también la del psicoanálisis mismo — querría transformar este ardor en la fuerza motriz del Campo Freudiano para que no retroceda ante lo real de nuestro tiempo. Incluso con una perorata, con una tirade, cuando hace falta. Y hay varias.

    Carta, pues, a la espera todavía de llegar a su destinatario, como una botella al mar. Cuando llegue —y una carta, Lacan dixit, siempre llega a su destinatario—, el psicoanálisis tendrá la mejor oportunidad de atravesar el siglo XXI para estar a la altura de la subjetividad de su tiempo, para extenderse al campo de la política donde, de hecho, siempre ha estado, aún sin saberlo, aún sin quererlo. Estar allí sin saberlo, esta es precisamente una de las definiciones lacanianas del inconsciente. Hace falta ahora querer estar ahí, saber estar ahí. Es, se lo piense como sea, una decisión política.

    Algún día estaría bien escribir un libro que se titulara algo así como «La fidelidad y sus precios». Polémica Política estaría sin duda a la cabecera de sus referencias, al lado de Vida de Lacan, también publicado en español en la misma colección de la editorial Gredos de la ELP. A veces el precio es el silencio. A veces ese silencio es la interpretación: para volver a leer lo que no cesa de no escribirse… ¡hasta que se escribe!

    Aquí está, pues, Polémica política. Por fin, ya era hora, vamos con cierto retraso. Léanlo y verán por qué. Pero tal como recordaba Freud citando al poeta para subrayar la lentitud con la que se siguen algunas empresas humanas: «está escrito que no es pecado cojear». Que sea, pues, cojeando. Pero cojeando de la buena manera.

Nota: los textos de Polémica política han sido sabiamente recopilados por nuestro colega de Madrid, Andrés Borderías, y editados con sumo gusto por Gredos —la editorial que es toda una tradición en el mundo hispanohablante— gracias al buen trabajo de Vicente Palomera, director de la colección.




[1] Freud S., «Psicología de las masas y análisis del Yo». Obras Completas, Biblioteca Nueva, Madrid 1984, tomo VII, p. 2563.

[2] Lacan, J. Seminario, libro 17, «El reverso del psicoanálisis». Paidós, Buenos Aires 1992, p. 83.

[3] Miller, J.A. «Conferencia en Madrid. ‘Que viene el coco’». Polémica política. Gredos, Barcelona 2021, p.419.

22 de febrer 2021

Oscar Masotta, los ecos de un estilo

Oscar Masotta

Intervención en la presentación del libro de Cloe Masotta con cartas de Oscar Masotta: «Tendremos que encontrar un lugar donde encontrarnos». Biblioteca del Campo Freudiano de Barcelona, 19 de febrero de 2021.

 

Mi amigo Germán García —que siempre se reconoció como alumno de Oscar Masotta— publicó hace unos años un libro, fruto de la serie de conferencias llamadas «Conferencias Oscar Masotta» que hicimos en honor del fundador de la Biblioteca Freudiana de Barcelona, un libro con un título que siempre me gustó por enigmático: «Oscar Masotta, los ecos de un nombre». Resonaba para mí como el eco de un encuentro que, no es exagerado decirlo, marcó mi vida, mi encuentro con el psicoanálisis y con la orientación lacaniana. Y, sobre todo, marcó mi encuentro con los textos de Jacques Lacan.

A mí me gustaría hoy intervenir en esta mesa con una expresión un poco copiada de la de Germán para decirles cómo presentar este libro, qué he encontrado yo en este precioso libro, tan especial y singular. Diré: «Oscar Masotta, los ecos de un estilo».

Porque para mí, el nombre de Oscar Masotta quedó muy pronto —y cuando digo muy pronto, digo a los 18 años, que fue cuando me encontré con él—asociado a un estilo. Un estilo de lectura, un estilo de enseñanza y de transmisión de los textos. El propio Jacques Lacan dijo que el estilo es, en realidad, lo único que se transmite en la enseñanza del psicoanálisis. Un estilo es un modo de abordar lo real, de abordar lo que no se puede nombrar, de abordar eso que llamamos el inconsciente o que, desde otra lógica, escribimos también con la letra a del objeto. El estilo es un modo de abordar el objeto a, el modo de gozar singular de cada uno. Y OM tenía un estilo —incluso en el sentido más inglés de la palabra, a unique style, un estilo único—, un estilo de abordar su propio objeto a, que él situaba con frecuencia en su auditorio, en su lector. Y Cloe Masotta, es lo que reconozco en este libro, tiene también un estilo, un modo de abordar su encuentro con alguien tan cercano como su padre, alguien, a la vez, tan enigmático para ella como su padre.

Y lo hace iniciando su libro con una cita que aprecio especialmente, un acita de un peoma de Maria Mercè Marçal:

 

«Amb fils d’oblit / L’agulla enfila [...] cus la memòria / la sargidora cega» 

 

«Con hilos de olvido / la aguja enhebra […] cose la memoria / la zurcidora ciega»

 

La memoria, una zurcidora ciega. Todo ejercicio de memoria es un coser y recoser a ciegas porque, al decir de Freud, todo recuerdo es encubridor, todo recuerdo es ya un zurcido hecho en un roto del tejido, en los agujeros que nos quedan en el texto tejido de la vida, más o menos traumáticos para cada uno.

O, como también decía otro poeta —Gabriel Ferrater—, la «memòria, la marmanyera, i l’oblit, el drapaire mut»: la memoria, la mentirosa, y el olvido, el trapero, el chatarrero mudo (como los que hoy deambulan por las calles de nuestras ciudades con un carrito de la compra lleno de piezas sueltas).

Más allá del recuerdo encubridor, la memoria, sin embargo, deja escritas las cosas de la vida, en mensajes que debemos aprender a descifrar, también en cartas como las que Cloe rescató a uno y otro lado del Atlántico para hacer este libro.

Quiero agradecerle de veras haberlo hecho porque también para mí es la oportunidad para reescribir mi memoria más allá de los recuerdos encubridores de lo que fue mi encuentro con Oscar Masotta. Y no equivocarme demasiado, yo también, recosiendo el tejido y texto de la vida.

Oscar Masotta lo hacía observar así: con la historia siempre podemos engañarnos, nos vemos siempre evolucionando en un sentido, con el sentido de la vida, con el sentido que le damos a esa zurcidora ciega y a ese chatarrero mudo. En lo imaginario, nos vemos siempre progresando, del pasado al futuro. Pero no es cierto, no hay progreso, solo vueltas en una espiral alrededor de los agujeros que quedan en el tejido, en el texto de la vida. La idea misma de progreso se funda en este malentendido.

Y también lo escribía así, lo cito:

“Estuve pensando hace poco el destino de la literatura de quienes, como nosotros, sólo disponemos de los analistas como audiencia. Temible. Sólo tendremos lectores dentro de veinte años (un escritor de otro tipo puede fantasear a su audiencia en términos de cientos de años) si la banda que hoy nos lee se mantiene hasta mañana. Como se ve, mi lamelle [mi deseo, mi estilo] no carece de motivos para inducir vuestra investigación. ¿Pero qué es lo que hace que una banda pueda articular las oscuridades de hoy en una ciencia del porvenir?”

Oscar Masotta no tuvo, no ha tenido, no tiene hoy, solo a los analistas como audiencia. Esta mesa es una prueba de ello. La exposición del MACBA (2018) dedicada a su obra —«La teoría como acción», impulsada por Cloe— también lo fue. Ustedes, aquí, son también una prueba de ello, con su interés por Oscar Masotta.

Y, por otra parte, la banda esta que lo leíamos entonces, y que lo seguimos leyendo hoy, resulta que se ha mantenido ya algo más de veinte años. Vamos al menos por los cuarenta. No está mal, y hay razones para pensar que las oscuridades de ayer se articulan hoy, si no en una ciencia, sí en una experiencia sostenida de modo insistente, persistente. Y, en primer lugar, se trata de la experiencia de una Escuela de psicoanálisis, deseo que estaba siempre en la acción de Masotta. No está nada mal tampoco.

Y todo esto que sigue sucediendo, sucedió de hecho en poco más de tres años: ¡desde 1975, momento de su llegada a Barcelona, hasta 1979, momento de su muerte! 

Las oscuridades de hoy pueden articularse en un saber —si no una ciencia— de lo que se nos presenta —hoy también— como el porvenir, ya sea de la vida de cada uno como de la propia experiencia del psicoanálisis. 

 

Si leen la presentación de Cloe Masotta verán las razones para confiar en la memoria ciega, o en el chatarrero mudo, nombres los dos del inconsciente, más allá de nuestros temores, más allá también de lo que cada uno recuerda. Hay, en efecto, encuentros, encuentros no previstos pero escritos en la memoria de los cuerpos, que está ahí para ser leída, escrita y reescrita por cada uno. 

Cloe empezó esa operación de lectura y escritura sobre «una mesa de luz», el lugar —ese es «el lugar»— donde reescribir con sus letras la memoria de lo perdido. Lo verán muy bien en el libro, lo verán materialmente, con el soporte material de la letra, en la mesa de luz donde Cloe sigue y bordea las palabras de las cartas de su padre. 

Déjenme concluir entonces con algo más que me ha parecido encontrar en su carta-letra-prólogo. Porque hay un mismo rasgo de estilo, resultado de su encuentro:

 

«Entonces, leer tus cartas fue un encuentro en el que pude imaginar mi vida familiar antes de tu muerte. Hoy, papá, escribirte es un hilo de sutura, después de tantos años de no saber cómo hacer con tu pérdida, con el vacío que dejaste, llegando incluso a huir de aquellas aulas donde se mencionaba tu nombre. Las heridas que nos inflige la vida, los traumas, son como agujeros en nuestros relatos, y siempre contienen algo de oscuridad, algo insondable, pero ahí está el arte para que podamos habitarla y transformarla.»


Así pues, gracias Cloe por haber escrito estos ecos de tu encuentro, gracias por hacer de las oscuridades de hoy —siempre son las de hoy—, una luz de porvenir donde seguir escribiendo nuestra memoria.

 

11 de febrer 2021

Extensions de Boscúria

Boscúria és un dels noms de l'inconscient, un dels noms de La sense nom. I l'inconscient no para d'escriure i de desescriure, fent formacions de tota mena, arbres de sentit i sense sentit que estenen les seves branques i les seves rels amb una lògica que l'Afat —el sisè sentit del llenguatge segons Ramon Llull— ja va anticipar una mica. 

Així que has sabut que Boscúria ha sortit d'impremta, i encara sense tenir el llibre a les mans, «veus» a les proves —ni saps com—, algunes «errades» que et són curioses, llocs on segueixes errant per camins muntanyencs i de boscatge. I això, després d'haver llegit i rellegit galerades, després de correccions i revisions a dojo. A Boscúria, però, les errades tenen valor de lapsus —algunes, no pas totes. És a dir, són veritats agudes que cal desxifrar quan et retornen sense que ningú te les hagi hagut d'assenyalar abans. Que tu mateix les «vegis» ara, just quan saps que acaben de sortir impreses, te les fa més veritables encara. Veritats de sobrenatura per desxifrar.

Aquí n'aniràs seguint, doncs, l'escriptura. Aquí seguiràs caminant per fer extensió geogràfica de Boscúria, que no saps ni on comença ni on acaba, que no para mai de créixer. Als lectors que trobin més camins perduts de Boscúria, els agraïràs que te'ls indiquin per seguir fent camí: 

m.bassols@mac.com

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19/04/2023


Trobada i conversa a l'Ateneu Santfeliuenc, «Quin és el significat de Boscúria?».

Podeu escoltar la intervenció a Youtube.


En Jaume Grau Massalleres en fa una bona ressenya. Heus-la ací:


«Ens hem endinsat en el bosc de l'inconscient de la mà d’en Miquel Bassols, en un intrèpid viatge que sempre porta més lluny que la passejada diumengera del turista ocasional.

Miquel Bassols és psicoanalista, membre de l’Escola Lacaniana de Psicoanàlisi i de l'École de la Cause freudienne. Doctorat pel Departament de Psicoanàlisi de la Universitat de París 8 i docent de la Secció Clínica de Barcelona (Institut du champ freudien). Ex-president de l'Association Mondiale de Psychanalyse (2014-2018). Ha impartit cursos i conferències a diversos països d'Europa i Amèrica.

Fidel a l’axioma lacanià segons el qual l'inconscient està estructurat com un llenguatge, ha iniciat el viatge a través de la selva dels símbols de “la natura perduda de les coses”, que és el subtítol que du el seu llibre Boscúria, Símbol editors, 2021. Bassols comença palesant la íntima relació entre natura (physis) i llenguatge (logos): la llengua no és una simple representació, sinó que crea una realitat. Amb paraules del poeta Perejaume, “el llenguatge no és més que una altra terra”. A partir dels viatgers romàntics, s’ha anat conformant una idea de natura i paisatge que ha arribat fins als nostres dies amb la forma de translació de “bombolles de llenguatge”, que així és com defineix el turisme actual. Bassols afirma que “ningú no se’n va a la muntanya sense la motxilla d'un relat, una motxilla més o menys carregada, ja sigui de llibres llegits, de pel.lícules vistes, de quadres coneguts, o de tot allò que d’altres -amics, avis, pares o germans- te n’han explicat”; enfront de la moda occidental de “fer el cim”, contraposa la tradició oriental de voltar la muntanya. Travessant un llindar imprecís (“un llindar mòbil” diu Perejaume), ens hem trobat de cop dins del bosc, amb la seva munió d’éssers feréstecs, que Bassols assimila a l'inconscient. I, en un clar d'aquest bosc, amb la cabana de Heidegger a Todtnauberg, la petita cabana improvisada de Dersú Uzalà, fins i tot “el que l'infant construeix al seu llit amb un llençol agafat a la capçalera per tal de fer-s'hi un clos”. A partir de la síndrome de la cabana, des d’el punt de vista de la psicoanàlisi, hem arribat al confinament que tots hem patit, amb les seqüeles que ens ha deixat, encara no totes ben conegudes. També hem parlat del conflicte entre el tractament institucional del bosc i la natura i els seus habitants més propers, com a conseqüència de normatives basades en ideologies amb un vernís suposadament ecologista que poc compta amb la gent del territori.

Idees, pensaments, suggestions, fruit de la lectura tranquila d'un llibre que s'ha de llegir lentament, al pas del badoc que no corre perquè no té cap pressa per arribar enlloc.»

Jaume Grau Massalleras

Video a YouTube del Cafè filosòfic

https://www.youtube.com/watch?v=EYASTL5S6aA

Galeria d'imatges

https://ateneusantfeliuenc.cat/cafe-filosofic-57-boscuria-amb-miquel-bassols/

Tot plegat realitzat per l'Aleix Mestres