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05 de novembre 2019

Tres preguntas sobre la agresividad

Edipo y Antígona














Respuestas a la Revista “Conclusiones Analíticas”
(Universidad de La Plata)


1) Considerando que Lacan trabaja la agresividad en el inicio de su enseñanza, ubicándola en el registro de lo imaginario, ¿que se podría decir a la luz de la última enseñanza de Lacan? Es decir, ¿la última enseñanza de Lacan reubica de alguna forma esta noción?

Distingamos en primer lugar la agresividad —la tensión entre el yo y el otro en el registro imaginario— de la agresión o el pasaje al acto violento. Puede haber una gran tensión agresiva sin que se produzca ningún acto violento y, al revés, este acto puede producirse en un atravesamiento súbito del marco del fantasma sin que haya necesariamente signos previos de una tensión agresiva. Hay, sin embargo, un punto en común entre agresividad y acto agresivo, es la relación con el goce como límite de la palabra con lo innombrable. Es con este término, el goce, desarrollado en la última parte de la enseñanza de Lacan, como podemos releer y resituar entonces todo aquello que aparece en primer plano en los inicios de su enseñanza con el término de agresividad. El famoso estadio del espejo —la fragua de la relación imaginaria del sujeto con su cuerpo— es, como ha señalado Jacques-Alain Miller, una primera fórmula del fantasma y también un primer paradigma del goce, es la imaginarización del goce. Y la agresividad es inherente a esta imaginarización del goce, entre la unidad de la imagen corporal y las distintas formas de goce que fracturan esta unidad. Esta es la brújula para esta interesante relectura.

2) Nos gustaría conocer su opinión sobre la agresividad en el orden social contemporáneo.

Es algo manifiesto. Tanto la tensión agresiva como los pasajes al acto violentos están al orden del día en sus múltiples formas y en ámbitos diversos, ya sea en el ámbito familiar, pedagógico o político. El goce es en su límite siempre disruptivo, implica la fractura del vínculo social. Si en un momento alguien puede imaginar —precisamente “imaginar”— que lo simbólico, el lenguaje y la palabra, son modos de limitar el goce, enseguida se da cuenta de que el lenguaje mismo está hecho a partir del goce, y que la palabra y el silencio pueden ser también agresivos e inductores de violencia. “Los discursos que matan” fue precisamente el tema de un encuentro de la red Zadig en Bélgica a finales del año pasado. Vimos allí cómo florecen hoy los discursos de la exclusión, de la segregación más radical, del racismo y la xenofobia, del odio, pero también de la indiferencia. Alimentan políticas y los votos que las legitiman. El único punto de anclaje que aparece ante esta inercia —no es nueva, ya Freud la indicó en su “Malestar en la cultura”—, el único modo de abordarla analíticamente, es el síntoma, no como un trastorno sino como un intento de solución. Cuando la agresividad se sintomatiza, el sujeto puede empezar a encontrar otra vía para descifrar su relación con el goce. ¡Viva el síntoma entonces!

3) ¿Podría resultarnos de utilidad la noción de agresividad para interpretar algunos fenómenos actuales entorno a la discordia de los sexos? ¿Qué podría decirnos acerca de los feminismos? 
La discordia entre los sexos, tema de las próximas Jornadas de la Escuela Lacaniana en España, es hoy precisamente un ámbito en el que se plantea de manera especialmente aguda la cuestión del pasaje al acto agresivo. La llamada “violencia de género” es un modo de abordar la cuestión de la violencia ante la alteridad del goce, ante la cuestión del goce del Otro, ese goce que Lacan situó fuera del significante, fuera de lo simbólico, en el que se funda el racismo, la xenofobia, y también la agresión violenta. Que este goce del Otro haya estado representado por la posición femenina es algo que necesita su explicación. De hecho, Lacan señaló tres lugares de la segregación estructural a lo largo de la historia: la infancia, la locura y lo femenino. Ante la segregación de estos tres lugares sobre los que se ha ejercido y se sigue ejerciendo la violencia de distintas formas, ha habido distintas respuestas, y muchas veces no han hecho más que alimentar esa segregación. Con respecto a lo femenino, hay que subrayar el plural de “los feminismos” en su pregunta. Hay, en efecto, una variedad de discursos feministas, en algunos casos contradictorios entre sí. No parece tan simple salir de la lógica del patriarcado, al declive de la función clásica de la autoridad paterna puede muy bien sucederle un retorno de los “dioses oscuros”, como los llamaba Lacan, y también de las diosas oscuras. El feminismo que toma referencia en la lógica del no-todo puede ser un modo de tratar ese retorno sin alimentarlo.



08 de desembre 2018

Tres preguntas sobre lo femenino


























Entrevista publicada en "Feminismos Variaciones Controversias" - Colección Orientación Lacaniana, Grama, Buenos Aires 2018.


1-Como Ud. bien lo esclarece en su libro, lo femenino como alteridad radical, como Otro goce que no sería el fálico, no es sólo asunto de mujeres. Lo femenino es sin género. Describe a lo femenino como el ombligo mismo del ser que habla, lugar de lo real irrepresentable que marca el exilio interior. ¿Por qué cree que insiste en nuestro decir una asociación entre ese Otro goce y las mujeres?


Si partimos de la hipótesis freudiana —constatación más bien— según la cual en el inconsciente no hay una representación, una inscripción de la diferencia de los sexos, entonces es necesario preguntarse cómo trata el inconsciente la diferencia que establecemos entre lo masculino y lo femenino. La respuesta freudiana formalizada por Lacan en la primera parte de su enseñanza es simple. La diferencia es: o falo o castración. Es una diferencia binaria, 1/0, inherente a la propia estructura del lenguaje. Desde esta perspectiva, orientada por la propia lógica del significante, la diferencia es un hecho de discurso. Entonces, puede haber mujeres que sostienen una posición fálica, del lado masculino de la sexuación, y puede haber hombres que sostienen una posición no fálica, del lado femenino de la sexuación. En esta coyuntura, y a diferencia de lo que el propio Freud pudo sostener en un momento, la anatomía no es el destino. Lacan corrige a Freud en este punto: no hay otro destino que el que cada sujeto se construye en el lenguaje, a partir de su relación con el inconsciente estructurado como un lenguaje. Parecería éste un mundo muy bien ordenado por el significante, por la lógica binaria fundada en la diferencia: los que están de un lado y los que están del otro. El otro sería otro para el uno, y el uno sería otro para el otro. Reduplicaríamos así la diferencia anatómica hombre / mujer en una diferencia fundada en el discurso, masculino / femenino, siguiendo una reciprocidad que no hace falta que sea simétrica. 
Sólo que el ser hablante no es únicamente un hecho de discurso. Hay también el goce del cuerpo y el cuerpo es finalmente el Otro por excelencia para cada ser hablante. Lo que hace presente el goce femenino es que no hay reciprocidad posible, que no hay Otro del Otro, y que cuando el Otro se hace Otro para sí mismo, el goce del cuerpo es imposible de reconvertirse en el Uno del significante. Cuando se trata del goce no hay reciprocidad posible, y mucho menos simetría. Y ahí cada mujer, una por una, hace presente esta alteridad irreductible del goce. Sin que pueda decirse de “todas las mujeres”, o de la “La mujer” como tal, la singularidad del goce femenino en cada una está más allá de la lógica binaria falo / castración. Y el lenguaje, cada lenguaje, lleva la marca irreversible de este “no-todo”.


2-En Análisis terminable e interminable Freud desarrolla el concepto de Rechazo a la feminidad, que Ud.  retoma en su libro ¿Será eso lo que está en juego para el hombre que ejerce la violencia contra una mujer?

Esa es la hipótesis. La alteridad del goce femenino, alteridad también para cada mujer, es lo que para Freud queda rechazado en cada ser hablante, y es lo que significa para él la famosa roca de la castración al final del análisis. El término freudiano “Ablehnung”, rechazo, ha sido traducido también por “desautorización”. Cada sujeto desautorizaría así su parte femenina, la parte femenina del goce que insiste más allá de la lógica del falo y la castración. Hasta el punto de rechazarla con la segregación y la violencia. Ese es también el “no quiero saber nada de eso” que insiste en cada ser hablante y en las diversas formas de segregación que existen en nuestro mundo.

3- En el apartado denominado “Alteridad radical del Uno solo” usted indica dos modos de abordar lo femenino. Lo femenino como un S2, o bien lo femenino como un S1 solo. Dos lógicas para pensar lo femenino. Si consideramos al feminismo, como un semblante atravesado por la lógica fálica ¿podríamos considerar que se aleja de lo femenino a medida que avanza?

Hay feminismos diversos. Y podríamos distinguirlos siguiendo estos dos modos de abordar lo femenino. O bien tomando lo femenino en su diferencia con lo masculino, como Otro para el Uno, o bien tomando lo femenino como Otro para sí mismo. Tomemos la paradoja de Aquiles y la tortuga, evocada por Lacan al principio de su Seminario “Aún” a propósito del goce femenino. Desde la perspectiva de Aquiles, que se mueve siguiendo la lógica fálica un paso tras otro, en un espacio ordenado de modo binario, S1 --> S2, la tortuga resulta inalcanzable, sólo se reunirá con ella en la infinitud. Es también la paradoja de Zenón, es la imposibilidad de dar cuenta de lo real del goce en el espacio ordenado, contabilizado por los números naturales: 1, 2, 3,... n. Resulta que entre 1 y 2 hay ya un montón de intervalos más, una infinitud de números reales imposible de recubrir con los números llamados naturales. La infinitud en la que Alquiles podría reunirse con la tortuga Briseida está ya de hecho en cada paso que da Aquiles, entre un paso y otro, en cada intervalo del espacio que recorre. Y eso aunque fuera a la pata coja. Desde este lado, el lado fálico, en efecto, a cada paso que avanzamos nos alejamos más de la alteridad del goce femenino. Y es la paradoja que encontramos en muchos desarrollos de la teoría de los géneros fundados en la diferencia. Pero Lacan señala algo más: la tortuga Briseida es también tortuga para sí misma, es también Otra para sí misma. Y es ahí donde se abre la posibilidad de otra lógica para abordar lo femenino, más allá de la lógica fálica. La lógica de la diferencia ya no funciona en el espacio que recorre la tortuga Briseida. Es el espacio del Uno solo, sin Otro. En lugar de la diferencia, podemos echar mano de otros conceptos, otros términos. En francés se dispone del término “écart” que el filósofo Philippe Julien ha subrayado recientemente. Un “écart” es una desviación, algo que se tuerce, al estilo “queer”, y que no funciona por la diferencia con otro término. El goce del Uno-solo es “queer” por definición. Cada forma de goce tomada en su singularidad es, de hecho, un goce “queer”, torcido en relación a la norma fálica. Y no por su diferencia significante sino por su misma singularidad. Estudiar estas formas del goce “queer” es el reto que debe afrontar cada estudio singular de lo femenino.