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31 d’agost 2018

Lazos amarillos


























A Manuel de Pedrolo


“Es muy sencillo: dejad de darle más sentido”. El mensaje empezó a circular por las redes y las calles hasta hacerse viral, aprovechando él mismo los medios habituales de propagación del sentido, las redes llamadas “sociales” y las calles por las que se habían transmitido tantos otros bulos y medias verdades, tantas otras consignas y denuncias, tantas otras convocatorias e imperativos. No iba firmado, aunque sí cuidadosamente marcado por unas comillas, como si fuera la cita de un aforismo conocido o también, quizás, el fragmento de una simple conversación cotidiana en un bar. Y debidamente escandido con los dos puntos que reduplicaban el sujeto de enunciación, un decir que se afianzaba de manera tan contundente como anónima. “Es muy sencillo: dejad de darle más sentido”. Como surgido de la nada, el mensaje pululaba ahora por todas partes multiplicado en papeles y pantallas, en redondas y en itálicas, en negritas y en versales.

No decía a qué, a qué no había que darle más sentido, si a la vida o a la muerte, si a las palabras de amor o a las quejas del vecino, si a aquella oscura pesadilla de la noche anterior o a la luminosa frase leída antes de irse a dormir, si a las noticias de los periódicos o a los discursos políticos televisados que esos días, es cierto, se habían hecho tan insensatos. De modo que a algunos les costó muy poco cumplir enseguida la extraña consigna. Ella misma parecía al principio un mensaje igualmente insensato, descolgado de no se sabía qué contexto, de qué realidad de la que parecía definitivamente exiliada. Cada uno podía interpretarla a su manera y cada otro de un modo contrario, pero todos según el lugar y el momento en que la leían.

Y empezó muy pronto a constatarse su rápido contagio. Sucedió como en una de aquellas mañanas de verano en la alta montaña, cuando las espesas nieblas van desvaneciéndose lentamente sin que pueda saberse exactamente en qué momento empieza a percibirse aquel bosque o aquella peña, en qué momento el valle se vuelve valle y la cima se vuelve cima. Más todavía, fue como el lento e imperceptible crecimiento de la hiedra que asoma un día por la ventana sin haberse anunciado antes, un salto cualitativo que ninguna suma de cantidades podía hacer previsible, ese grano de arena incontable que se añade a los demás y a partir del cual los demás se ordenan de repente en un montón, en un solo montón de granos de arena que hasta aquel momento no existía. Así, poco a poco, pero también de repente, la espesura y la opacidad de la consigna se adueñó de la ciudad y de sus extra-radios, hasta alcanzar cada realidad y cada uno de sus sentidos, dándole aquel toque irreal y sin sentido que producen los momentos de mayor lucidez en el ser hablante.

Hubo quien, ante el creciente impacto del mensaje, empezó su análisis lingüístico para intentar encontrarle el quid a la epidemia. Era sin duda un enunciado performativo, aquellos que hacen lo que dicen, al estilo de un “te juro que” o “se abre la sesión”. Pero el hecho de ser un mensaje escrito y no efectivamente dicho por nadie, dejaba su rasgo performativo suspendido al recorrido de su propia letra. Dependía pues —todavía más que si fuera una frase efectivamente dicha— del lugar y del momento en el que fuera leído. Ejercía así su efecto en silencio —de ahí su maléfica virtud—, al estilo de la carta robada del famoso cuento de Edgar Allan Poe. Sólo cuando era efectivamente leído agujereaba el sentido que hasta ese momento hacía consistente la realidad. En todo caso, el análisis pragmático —de la disciplina de la lingüística llamada “prágmática” pero también de la escuela filosófica cara a Hilary Putnam o a William James— llegaba de manera indefectible a la paradoja de la propia enunciación del mensaje: no había que darle más sentido, ninguno más del que tenía, si es que tenía alguno. Y ahí cobraba su fuerza y su efecto de reguero de pólvora.

La segunda persona del plural —“dejad”— daba también para un sutil análisis. ¿Por qué se dirigía a un “vosotros” y no a un “tú”? ¿Por qué se dirigía a un grupo y no a la particularidad de cada uno de sus miembros? La consigna tomaba así al grupo en su cualidad de sujeto, de un sujeto transindividual, como una entidad que era, sin embargo, reconocible para cada uno de sus individuos particulares. De hecho, la consigna los había constituido ya en un grupo, un grupo entendido entonces como un sujeto singular, más allá de la particularidad de cada uno de sus miembros. Siguiendo el curso de la epidemia, era en la consigna, convertida en contraseña, como se reconocían los unos a los otros, como ese grano de arena de más, ese más uno, los ordenaba de repente en un grupo para descompletarlo de inmediato en su sentido: “Dejad de darle más sentido”. De nuevo la paradoja.

Pero, y ese “más”, ¿qué quería decir ese “más”, precisamente? ¿No daba ya por supuesto un sentido previo, un sentido al que no habría que añadirle ningún otro sentido, ninguno más? ¿No era una concesión —pequeña, pero concesión al fin y al cabo— al poco de sentido inevitable con el que sostenemos la dura realidad? ¿O era más bien el poco de sentido que quedaba después de no darle ya “más” sentido, ninguno más del que tenía y que se mostraba entonces como demasiado poco, como un poco demasiado poco, como un “menos” finalmente? Sí, así era, así era como ese “más” se convertía, también de repente, en un “menos” por una extraña y astuta operación lógica. Así era como obtenía su contagioso poder en contra de toda sugestión. Y el “menos” se fue afirmando así como un plus en la epidemia, un plus al que se iba añadiendo uno más cada vez, cada vez más. Y cada vez eran más los que dejaban de darle más sentido. ¿Más sentido a qué? Al sentido, precisamente, a ese sentido del que se alimenta la pura y simple segregación del otro en una sugestión compartida por todos los que piensan —siempre religiosamente— que no son el otro.

Y así, los lazos dejaron de tener ya ningún sentido, —ni los amarillos ni los que llamamos, siempre con un eufemismo, sociales— para no darles más sentido, ningún sentido más. 

Y así algunos irresponsables políticos dejaron de ser un poco más religiosos y entendieron finalmente, antes de verse definitivamente arrasados por un desierto de granos de arena, que no tenía sentido alguno seguir manteniendo a los otros —porque siempre habrá otros— en prisión.

31 de agosto de 2018

Notas:

1. La dedicatoria al escritor Manuel de Pedrolo se explica por un post anterior:

2. The Yellow Danger, el libro cuya portada ilustra este post, fue una curiosa novela del escritor Matthew Phipps Shiel que causó furor en su época. M. P. Shiel (1865-1947), prolífico novelista inglés de literatura fantástica tenido por racista y místico estrafalario, relata en él las diabólicas maquinaciones del Dr. Yen How que envió a sus imparables hordas chinas a conquistar Europa. Puede leerse un comentario en:






09 de maig 2018

España - Catalunya: perder es ganar


Una entrevista es siempre un duo —uno pregunta el otro responde. El que escucha —como solemos decir con Lacan— determina al que habla. Xavier Fernánez hizo como periodista un excelente trabajo de compresión de la hora y media de conversación telefónica que mantuvimos en lengua catalana. Luego hubo que traducir, recortar, puntuar, titular, recomponer los párrafos. El resultado dice muy bien el tono de la significación general de la conversación. Aun así, le envié algunas indicaciones que le proponía para precisar mejor el sentido de algunas expresiones después de recibir el artículo en PDF. Demasiado tarde, las indicaciones no llegaron a tiempo para ser incluidas en la edición del domingo. Van aquí esas indicaciones:

— Sobre el titular, propongo el siguiente:
“Si España no está dispuesta a perder algo, puede perderlo todo. Y Catalunya también.”

— Pregunta 1
“[…] Siempre que hay un impasse de este tipo en una relación, sea del tipo que sea, es porque ha faltado sostener y desarrollar el pacto simbólico de la palabra con el otro. El resultado suele ser el reforzamiento excesivo de las propias identificaciones.”

— Pregunta 2
“Sí. La situación se enquista y no permite flexibilizar tu propia posición para fomentar el diálogo.”

— Pregunta 3
“En Catalunya siempre ha habido un ánimo de pacto, de conversación, es algo que forma parte de su cultura, de sus identificaciones precisamente.”

— Pregunta 9:
“Si España no está disuesta a perder algo, puede perderlo todo. Y Catalunya también. Pero eso forma parte ya hace tiempo de la historia de España”.

— Pregunta 11:
“[...]surge la segregación del otro.”

— Pregunta 15:
"Pero también ha habido una gran parte que ha cuestionado ese discurso nacionalista. Por otro lado, parece que el eje del debate se haya desplazado, ya no es tanto independencia o no, sino Monarquía o República.”

— Pretunta 25 (penúltima):
Uno de los efectos del psicoanálisis es ser mucho más tolerante con la diferencia. En este sentido, no le iría mal a nadie.”


09 de novembre 2017

Lecturas del Procés catalán










por J. V. Marcabrú

“Proceso” —palabra ambigua, significante equívoco que sugiere cosas tan diversas como contradictorias. Cada vez que escucho la palabra en castellano, “el proceso”, resuena en mí tanto la novela de Kafka como aquel episodio terrible y trágico que nuestra querida Argentina tuvo que sufrir en tiempos de la dictadura militar, ese terrorismo de Estado organizado bajo el eufemismo del “Proceso de Reorganización Nacional”. En Catalunya, el término “procés” ha venido a designar entre los políticos y los medios de comunicación cosas también muy diversas, que van desde un movimiento vacío, circular y repetitivo, hasta el ansiado viaje hacia las Ítacas de la independencia de Catalunya.

Siguiendo un amplio recorrido semántico, este es el abanico que he podido encontrar para intentar desentrañar los sentidos del “Procés”, a veces transcrito irónicamente en castellano como “Prusés”:

— Una cortina de humo que habría creado la burguesía catalana de la extinta Convergencia Democrática de Catalunya para tapar sus casos de corrupción: el famoso 3%, Jordi Pujol y la tragicomedia del padre de la nación. Es el Procés, coartada de corruptos.

— Una manera más de seguir la política de recortes del “Govern de la Generalitat” convergente contra las clases populares en Catalunya. El Procés, neoliberal a fondo.

— Un movimiento de desestabilización golpista destinado a acabar con el Estado y la nación española, “una, grande y libre”. El Procés, golpista.

— Una suerte de “proceso primario” del sueño nacionalista, o pesadilla identitaria, que lleva inevitablemente a la frustración social y política de Catalunya, a aquellos “lendemains qui chantent” como se dice en francés. El Procés, suicida.

— Un legítimo movimiento del pueblo catalán que busca su lugar desde hace tiempo en una Europa de los pueblos con la apuesta de afianzar una República como “estado no identitario”. El Procés, pueblo soberano.

— Una consigna mesiánica lanzada por un gobierno nacionalista que la población ha seguido masivamente sin saber nadie a dónde iba. El Procés, desde arriba hacia abajo.

— Una suma de movimientos sociales, pacífica y sabiamente organizados, que ha arrastrado desde la calle a los dirigentes en sus despachos de la Generalitat, alguno de los cuales —Artur Mas, por ejemplo— ni se planteaba un ideario independentista. El Procés, desde abajo hacia arriba.

— Una algarada que empezó con manifestaciones de “abducidos” en las calles de Barcelona hacia 2012 y que terminó en octubre de 2017 con la detención y puesta en prisión de sus sediciosos impulsores. El Procés, “butifarrada catalana” (fiesta en la que se reúnen catalanes para comer butifarra y pan con tomate).

— Una suerte de resistencia legítima contra la monarquía de los Felipes al estilo de aquella insurrección que llevó a los Países Bajos a la independencia del opresivo imperio español en tiempos de Felipe II. (Ver el excelente libro de Blandine Kriegel, La République et le Prince moderne, PUF, Paris 2011 que hace de este momento el verdadero
 nacimiento de las Repúblicas modernas en Europa). Un renacimiento del proyecto republicano en España y en una Europa de las Repúblicas. El Procés, decididamente republicano.

— Un proyecto de construcción de una Europa política de los pueblos que reconfigure los Estados-Nación, más inestables que estables en sus fronteras, después de la Segunda Guerra Mundial. El Procés, decididamente europeísta.

— Una pesada lata que los catalanes, esos “judíos de España”, se han inventado para soliviantar y molestar al resto del mundo. Historia de nunca acabar. El Procés, día de la Marmota.

Una cosa, o un semblante, que tenga tantas lecturas y tan distintas para tantos, debe ser sin duda algo de interés…

17 d’octubre 2017

De Judíos y Catalanes


Haggadah de Barcelona, c.1340, fol. 26r. The British Library
















por J. V. Marcabrú

“Los catalanes tienen la reputación de ser los Judíos de España, pero son Judíos sin chutzpah [insolencia, impertinencia]: se la han cepillado los Castellanos. En su lugar, tienen la pareja seny i rauxa, el buen sentido salpimentado con el delirio de grandeza. Por ejemplo Ramon Llull, santo de Catalunya, apodado en su tiempo (1232-1315) Arabicus Christianus, Gaudí, y Dalí.” Jacques-Alain Miller, “Des hyperactifs, et autres typhons”. Lacan Quotidien nº 479, 16/02/ 2015.


¡Pero bueno! ¿De dónde viene ahora este paralelismo extraño, incluso preocupante? Ya escucho la voz de algunos amigos: —¡No nos identifiquemos ahora con la víctima! Hacer de los catalanes el chivo expiatorio, el sacrificio ofrecido a los dioses oscuros, no es lo mejor para seguir este debate. —Y, sin embargo, es un tópico muy conocido: los catalanes, judíos de España. La razón viene de lejos y hay que seguir su entramado.

Quien ha estudiado su historia lo explica como la lenta construcción de un estereotipo que empieza muy pronto, con la llegada de los judíos a la península ibérica, hacia el primer siglo de nuestra era. Manuel Forcano, especialista en historia del judaísmo y filólogo de lenguas semíticas, desarrolla en su libro Los judíos catalanes la gran influencia de la cultura judía en Cataluña dentro del marco de la península ibérica, para acabar explicando las razones de este estereotipo:

“Una pretendida similitud de carácter o de personalidad entre los catalanes y los judíos ha hecho nacer el estereotipo que define a los catalanes como los judíos de España […]: industriosos, trabajadores, emprendedores, comerciantes, inteligentes, astutos, pacientes, sobrios, introvertidos, con espíritu de clan y extendidos por todas partes, así también como el tópico negativo de la avaricia y la usura […] Estos estereotipos que relacionan catalanes y judíos le deben mucho a la prensa franquista que tildó al catalanismo de contubernio judeo-masónico y que con frecuencia los definía de inspiración judaica, subrayando que en tierras catalanas, muy pobladas de judíos en la Edad Media, el edicto de expulsión de los Reyes Católicos [1492] había provocado más conversiones que no expulsiones, razón por la cual Cataluña se convirtió en la región española con más población de origen judío […] No es pues extraño que la gesta colectiva del sionismo, de la restauración de la lengua hebrea y de la creación del estado de Israel sean, hoy por hoy, referentes claros de superación a los que aspiran una parte de los independentistas catalanes.”[1]

Es conocida por otra parte la estrecha relación que el patriarca del nacionalismo catalán en el postfranquismo, Jordi Pujol, ha tenido con el sionismo y la cultura judía[2], verdadera brújula de su ideario nacionalista. Seguramente esta estrecha relación no es ajena a su destino de exclusión interna, bien ganada, que ha acabado teniendo en la política catalana. La fuerza del estereotipo ha llegado incluso estos días al ridículo de tildar al gobierno catalán de la Generalitat de “brujería, sionismo y masonería”, rasgos que estarían encarnados en la persona de la mujer de su actual presidente, Marcela Topor.[3]

El hecho es que en Cataluña los judíos, más conversos que expulsados, más mimetizados que segregados, supieron encontrar un lugar de primer orden en la cultura y en la sociedad, de modo que la primera comunidad judía moderna del Estado español después de 1492 fue la de Barcelona. En los “calls” (barrios judíos) de Barcelona y Girona existían dos escuelas de cábala de una gran influencia en todo el mundo judío. La propia ciudad de Girona, donde el judaísmo ha tenido siempre una fuerte presencia, era conocida hasta el siglo XII como “la Madre de Israel”. A modo de ejemplo literario de este injerto translingüístico y transidentitario entre judíos y catalanes, es interesante conocer la operación que unos cánticos festivos de bodas, verdadera joya para los filólogos, supieron producir con la letra[4]. Se trata de unos poemas festivos, redactados como consejos a los novios, escritos con el alfabeto hebreo pero con palabras del catalán de los siglos XIV y XV, combinando palabras y frases hebreas en una mezcolanza digna del mejor Joyce. La letra es hebrea, pero leída es catalana. ¿Simple anécdota del viaje de la letra por el litoral mediterráneo más allá de las fronteras? Es un testimonio más del refugio que el judaísmo, esta voluntad de ser que ha hecho de la escritura su único país, ha encontrado en este rincón de la península ibérica.

El estereotipo sigue pues una lógica interna que va más allá de la caricatura. Otro estudioso de esta relación entre judaísmo y catalanismo, Joan Pérez i Ventanyol[5], ha situado la huella de esta voluntad de ser en el pensamiento de la izquierda catalanista que ha atravesado la oscura época del franquismo hasta hoy: “el catalanismo de izquierdas tuvo una especial atracción por los judíos […] Los judíos eran reconocidos como un ejemplo de sobrevivencia nacional a pesar del fatalismo histórico y, por eso mismo, se los asociaba con la idea de libertad. Además, se les otorgaba un componente de tenacidad colectiva que era muy atractivo para los catalanistas.”[6] No es menos cierto que otra parte del nacionalismo catalán se ha mirado también en el espejo del pueblo palestino, por una identificación del débil contra el poderoso, de modo que el conflicto arabo-israelí tiene también en Cataluña sus duplicidades. En todo caso, no hay que perder de vista que las relaciones diplomáticas entre el Estado español e Israel son un hecho desde el año 1986 y se han construido fundamentalmente desde Cataluña, no tanto desde el propio Estado español. España e Israel no han tenido nunca una buena relación. Esto hace también que el Estado de Israel haya manifestado públicamente su complicidad con el proyecto de construcción de un Estado catalán.

Queda la chutzpah, la chutzpah que los catalanes habrían perdido a manos de los castellanos, la chutzpah que les habría sido “cepillada” —como decía el ínclito Alfonso Guerra a propósito del Estatut de Catalunya— por el hidalgo herido en su orgullo de imperio en declive. Pero ¿qué es la chutzpah? Es una palabra del Yiddish que, según el diccionario Merriam-Webster, significa precisamente el orgullo, la suprema confianza en sí mismo, incluso la impertinencia, la insolencia, la audacia, la arrogancia. El término, tan intraducible como cualquier otro que denote una voluntad de ser, tiene siempre un tono humorístico, del humor del superyó cuando se hace tránsfuga en el sujeto —Freud dixit— ante los embates que lo convertirían en su víctima. La ironía de la chutzpah llega tan lejos como en la siguiente definición legal: ¡Alguien que ha matado a sus padres y que pide clemencia ante el juez por el hecho de ser huérfano! Esta es la chutzpah que en la jurisprudencia americana ha sido recogida del siguiente modo: “La chutzpah legal no es indeseable en todos los casos, y sin ella nuestro sistema jurídico sufriría”[7].

Así pues: ¡Catalanes, pongan un poco de chutzpah en la salsa!

15 de Octubre de 2017






[1] Manuel Forcano, Els jueus catalans. La història que mai no t’han explicat. Angle Editorial, Barcelona 2014, pp. 371-372.
[2] Anna Figuera, Jordi Pujol i els jueus. Pòrtic Editorial, Barcelona 2011.
[3] http://www.alertadigital.com/2017/10/09/brujeria-y-masoneria-en-la-generalitat/
[4] Jaume Riera i Sans, Cants de noces dels jueus catalans. Editorial Curial, Barcelona 1974.
[5] Joan Pérez i Ventanyol, Els debats sobre la qüestió jueva a Catalunya (1917-1939). La construcció idológica del discurs sobre el poble jueu, el sionisme i l’antisemitisme en el periode d’entreguerres. Tesis doctoral en la Universitat Autónoma de Barcelona, Octubre de 2015.
[6] Joan Pérez i Ventanyol, opus cit, p. 643.
[7] https://www.jlaw.com/Commentary/SupremeChutzpah.html

08 d’octubre 2017

Carta a un amigo de Madrid

"Bienvenido Mr. Marshall" de Luís García Berlanga (1953)
















Estimado Santiago,

Como entiendo que Zadig-España debe ser una conversación y no una suma de monólogos, van aquí unas líneas después de haber leído tu interesante texto con mucha atención, y con todo el cariño.


I

Empecemos por el final de tu principio: “…tras el Referéndum de Cataluña”. En efecto, cada vez son menos los que lo niegan: el Referéndum de Cataluña se celebró, tuvo lugar, existió, sucedió. Es un hecho. Y cada vez se lee y se escucha menos el adjetivo de “ilegal” con el que se lo acompañaba al principio para intentar anular sus previsibles efectos. La prensa extranjera al menos ha dejado ya de utilizar este adjetivo tan solo una semana después de haberse realizado. Así, la fuerza de los hechos impone su reconocimiento y ha marcado un antes y un después. No es entonces solo un hecho, es un acto que no reposa en un argumento jurídico sino político. Algunos no querían llamarlo referéndum y también tenían razón. Fue una movilización social de más de dos millones de personas empeñadas en jugarse la piel para hacer valer su decisión, la de un sujeto político que se había ido gestando con el tiempo —al menos desde el año 2010— y que con este acto nacía para exigir su reconocimiento. A partir de ahí, se habla ya de este sujeto político, existe como tal, tanto para defenderlo como para impugnarlo, tanto para reivindicarlo como para banalizarlo.

Fue, es cierto, un referéndum sin garantías y con resultados que siempre podrán discutirse por eso mismo, porque se hizo sin garantías jurídicas. Es su pecado original, la falta criticada por aquellos mismos que, solo ellos, podrían haber dado esas garantías. Y aun así, ocurrió como un acto político que ha hecho mover definitivamente el eje de coordenadas del Estado español. Todos lo admiten ahora: más allá de los resultados, apabullantes, es un hecho sin precedentes.

El Referéndum se celebró, más mal que bien, pero hubo urnas y papeletas —no todas— y se contabilizaron los votos —no todos—, incluidos los que se dice que fueron emitidos de manera repetida pero también excluidos los que volaron por arte de la Guardia Civil. Sin duda los segundos fueron muchos más que los primeros y, en todo caso, deberían valer igual, es decir nada para algunos y todo para otros. Y hay que ver los recursos increíbles que se llegaron a inventar para que todo esto fuera posible, algunos dignos de una película de Berlanga: urnas escondidas en nichos del cementerio, otras que eran un simple señuelo con papeletas de mentira para cuando viniera la Policía Nacional o la Guardia Civil a incautarlas por la fuerza… La picaresca fue digna del barroco español. Y se contaron papeletas hasta en el altar, en plena misa, con los cánticos del “Virolai” —himno religioso catalán— de fondo. (Puede verse enYoutube). Ahí no se le ocurriría venir a la Benemérita para llevarse el resultado trabajado durante tantos días. Y puedes seguir con otra escena digna del mejor Fellini. En un pueblo perdido de L’Empordà, Sant Mori, de 176 habitantes, un nutrido pelotón de la Guardia Civil llega a media mañana del día 1 de Octubre debidamente ataviado —es decir, armado— para entrar en el colegio electoral a incautar las urnas. Algunos habitantes que están en la plaza almorzando frugalmente los ven pasar con cierto asombro. Llegan tarde. Los votantes habían empezado a votar puntualmente a las 9 de la mañana, terminaron todos de votar a las 9:15 y a las 9:45 tenían ya los votos contabilizados y las urnas escondidas a buen recaudo. Unos dicen que la urna —era una— estaba escondida en la silla de ruedas que se pasea en un momento por la escena, otros que estaba entre las ramas del árbol bajo el que están almorzando. (También en Youtube puede verse la escena). Y así, una y otra. No, una improvisación así no se improvisa, es una “improvisación dirigida” como dicen algunos músicos, es necesariamente el resultado de una combinación sabiamente urdida por el deseo de muchos que se encuentran en uno, en un solo sujeto: “el sujeto de lo colectivo”, lo llamaba Lacan. Imposible construir algo así a golpe de leyes, imposible también destruirlo a golpe de leyes. Quedan las porras, pero ¿hasta cuándo? Se trata de una voluntad de ser, irrenunciable para muchos, demasiados ya para seguirlos ignorando. ¿Ilegal? Tal vez. ¿Ilegítimo? Tal vez también, pero es difícil borrar del mapa una voluntad de ser cuando funciona así, con la improvisada precisión del deseo.

Eso ocurrió. Y hay que sacar consecuencias.


II

A partir de ahí, estimado Santiago, vienen tus dos reflexiones.

—“La primera es que las garantías democráticas han sido degradadas por el gobierno de España y también por el movimiento independentista catalán.”

Es cierto, cuando una voluntad de ser de esta magnitud solo puede expresarse en un Referéndum sin las garantías de quien podía darlas y este mismo no quiere darlas por una voluntad política —en otras naciones esta voluntad política existe— entonces lo invalida, las garantías se degradan. Y también, cuando una fuerza política usa su mayoría en el parlamento para imponer, ya a las últimas, una ley decisiva por el procedimiento llamado de “lectura única”, las garantías democráticas se degradan también. ¿Pueden ponerse, sin embargo, en el mismo nivel estas dos formas de degradación teniendo en cuenta que la “lectura única” es habitual en muchos actos parlamentarios? En todo caso una garantía degradada no es ya una garantía. Una garantía es de orden binario: o existe o no existe, no hay grados. Nos encontramos entonces con una paradoja: si no hay garantía democrática en ninguna de las dos partes ¿dónde puede sostenerse el recurso a la ley? ¿Quién está más legitimado para hacer este recurso?

Sólo hay una salida a esta paradoja: entender que la ley proviene de la democracia, nunca al revés.

De ahí que, en efecto, la judicialización de un problema político sea siempre un mal asunto, con la confusión de poderes que supone y que lleva a un uso espurio tanto de la judicatura como del propio parlamento. Sin embargo, no puede suponerse aquí la causa de “la intervención de las Fuerzas de Seguridad del Estado para violentar, amenazar y reprimir…” Ese acto es fruto de una decisión política, no es resultado de esa mala práctica que es la judicialización de la política. Es la voluntad clara y explícita de derrotar al adversario haciendo presente la fuerza militar en la calle, es la amenaza física en lugar de la conversación. O bien es “la política seguida por otros medios” (la guerra de Clausewitz). Nada que ver con la judicialización, nada que ver con el juego, más o menos sucio, del parlamentarismo. Es la represión pura y dura. Y no pueden ponerse al mismo nivel los dos actos con un igual “carácter totalitario”. Una injustificable triquiñuela parlamentaria —¿y cuántas no se han hecho en el mismo parlamento español?— no puede ponerse al mismo nivel que la conculcación clara y explícita de los derechos civiles, conculcación de la que pocos dudan ya.

—“La segunda es que las consecuencias de la radicalización de ambos discursos —el independentismo catalán y el nacionalismo español— son la ruptura del lazo social y la promoción de los fenómenos de segregación.”

En este punto prefiero el quiasmo: el independentismo español hace tiempo que ya ha desconectado de lo que se reduce demasiado fácilmente al “nacionalismo catalán”, cajón de sastre con etiquetas de lo más variadas. Y es que no se trata ya de nacionalismos —que por otra parte sobreviven muy bien conjuntamente en otras latitudes— sino de la apuesta decidida de una República que sólo en Cataluña parece hoy poder ponerse en juego hasta el límite. No olvidemos que la pregunta del famoso Referéndum era la siguiente: “¿Quiere que Cataluña sea un estado independiente en forma de República?” La última parte de la pregunta explica en parte por qué el Sí ha sido tan mayoritario (un 90%), incluyendo diversas posiciones republicanas que atraviesan partidos, clases y movimientos sociales diversos y haciendo tan transversal su manifestación. Visto así, este Referéndum ha venido al lugar de aquel que no pudo hacerse hace décadas en todo el Estado español —muchos lo recuerdan ahora— por la inevitable herencia franquista de la Monarquía española. Lo que hoy se juega en Cataluña importa también a todo el Estado por esta disyuntiva: Monarquía sí o Monarquía no. Tema intocable, es cierto, para buena parte de la izquierda nacional, nacionalista o no. Se entiende entonces que pocos quieran meterse en este berenjenal. Se entiende también que la derecha española haya hecho su recurso final a la supuesta garantía de la Monarquía para dirimir un asunto que debe ser de política parlamentaria. ¿Aguantará la Monarquía este peso que, por otra parte, no debería corresponderle? Su noli me tangere parece ya demasiado frágil para eso. Y la historia nos dice que, cuando la Monarquía se ha visto tocada, ha preferido siempre amputarse de una parte de sus súbditos antes que cumplir la función que tan noblemente se le supone: ser equidistante entre las fuerzas políticas.

Así, el “síntoma Catalunya” está despertando también el alma republicana española, tan aparentemente dormida. Y esa sí es una fractura, es La Fractura española por excelencia: “Españolito que vienes al mundo…” (4)

Hay que explicarlo. Buena parte de los viejecitos y viejecitas  —y no tanto— que has visto con chichones y sangrando en los videos que circulan por la Red salieron a la calle por esa alma republicana, y es por esa alma que se han visto contabilizados del lado del independentismo. Dicho de otra manera: más que independentismo, es republicanismo desconsolado. Por otra parte, es por no querer apuntarse a este independentismo, por lo que tiene de tinte nacionalista, que muchos republicanos en Cataluña están hoy con el corazón partido, dividido entre República y Nación. Hasta que la izquierda española no entienda este juego seguirá tan perdida como lo ha estado un socialismo que, recordémoslo, no ha ganado una sola elección en el Estado español sin el apoyo de Cataluña y de Andalucía.

¿Fractura social? Usemos este término si quieres en la medida que define la estructura misma de lo social. Pero no dice en realidad nada más específico de lo que está ocurriendo hoy en Cataluña. Alguien se preguntaba: ¿Cuántos grupos de Whatsapp se han disuelto estos días por las discusiones sobre el síntoma Cataluña? Y el otro respondía: ¿Y cuántos se han formado para estas mismas discusiones? Hay familias en las que se prefiere no hablar de eso, es cierto, como del sexo por otra parte. Y hay también muchos nuevos vínculos que se han creado, algunos de repente y de modo insospechado. Los llamados antisistema defienden el orden como nunca, la gente de orden son ahora juzgados por desobediencia y sedición. Y hasta se abrazan unos a otros (veremos hasta cuándo, por supuesto). En todo caso, el argumento tan repetido de la “fractura social” y de la “ruptura de los vínculos sociales” no aguanta un análisis serio: la movilización social y la creación de nuevos lazos que se está produciendo en Cataluña es inédita y sólo puede explicarse por la fuerza del tejido social, como a veces sucede en otras partes de España también. Y es esta movilización social la que ha arrastrado a los políticos, no al revés.

Frente a este nuevo fenómeno, —que se ha convertido ya en un síntoma para el conjunto de esta Europa vacilante— no bastan los análisis de la vieja política. La lógica de la segregación y del odio se hace cada vez más compleja. La buena conciencia que reclama un “rechazo al odio” y denuncia la “segregación” puede estar causada también por el odio mismo sin entender lo que se segrega por estructura. ¿Cuál es la perspectiva del psicoanálisis?: tratar la segregación estructural con una verdadera conversación, más que con un diálogo de sordos. Entonces, antes que rechazar el odio hay que entenderlo como aquella pasión que se dirige más directamente al ser (Lacan dixit). El odio no tiene patria, el amor tampoco. Y en todo caso, si el psicoanálisis fuera una patria, como tú escribes, sería un patria… sin padre. Es decir, un jardín sin flores. Mejor tal vez pensarlo entonces como un pueblo —incluso en el sentido del Volk por muy “populista” que pueda parecer—, como un sujeto sin esencia, sin identidad definida. El pueblo judío, por ejemplo, sabe mucho de esto. Un pueblo sin fronteras, fronteras que suponen siempre una reciprocidad imposible (no hay Otro del Otro). Un pueblo que tenga, sin embargo, litorales bien definidos y más del lado femenino (no hay reciprocidad, hay lo Uno). Para hacerlo existir como Uno, el amor de transferencia será siempre mejor argumento que la invocación al odio.

Estimado Santiago, lo diré de forma sintética para concluir: si España no quiere perder a Cataluña —muchos ya la consideran perdida— será mejor que intente seducirla con algún buen bolero —“Si tú me dices ven…”*, por ejemplo, mejor incluso que un mambo— que no enviarle cada tanto a la Guardia Civil y a la Policía Nacional para molerla a palos como hizo este pasado 1 de Octubre.

Un fuerte abrazo.

6 de Octubre de 2017


1. Antes Miquel Bassols, del Grup Impulsor “Rel i Llamp”.
3. https://www.youtube.com/watch?v=2RqiWVKNHMY
4. "Españolito que vienes / al mundo te guarde Dios. /Una de las dos Españas / ha de helarte el corazón." (Antonio Machado)


*Si tú me dices ven, lo dejo todo
Si tú me dices ven, será todo para ti
Mis momentos más ocultos,
También te los daré,
Mis secretos que son pocos,
Serán tuyos también.

Si tú me dices ven, todo cambiará
Si tú me dices ven, habrá felicidad,
Si tú me dices ven, si tu me dices ven.

No detengas el momento por las indecisiones,
Para unir alma con alma, corazón con corazón,
Reír contigo ante cualquier dolor,
Llorar contigo, llorar contigo,
Será mi salvación.

Pero si tú me dices ven, lo dejo todo,
Que no se te haga tarde
Y te encuentres en la calle
Perdida, sin rumbo y en el lodo.

Si tú me dices ven, lo dejo todo.